No es de extrañar que, dada la criminalidad de Gringolandia

La mejor manera de entender el movimiento que Gringolandia lanzó es concibiéndolo como una ofensiva del capital multinacional destinada a reconquistar la "frontera" colonial (sumamente lucrativa y sin ley) que tanto admiraba Adam Smith (antepasado intelectual de los neoliberales de hoy en día), aunque imprimiéndole un nuevo giro. En lugar de hacer campaña por las "naciones salvajes y bárbaras" de que hablaba Smith y en las que no imperaba la ley occidental (una opción que ya no resultaba practicable en los años sesenta y setenta del siglo XX), el nuevo movimiento se fijó como propósito el desmantelamiento sistemático de las leyes y las regulaciones existentes para recrear esa alegalidad anterior. Y allí donde los colonos de Smith obtenían su lucrativa rentabilidad de la apropiación de "tierras baldías" a cambio de "una insignificancia", las multinacionales actuales consideran territorio a conquistar y del que apropiarse toda una serie de programas estatales, activos públicos y bienes y servicios que no estén todavía en venta: los servicios postales, los parques nacionales, las escuelas, la seguridad social, la ayuda para los damnificados en los desastres y cualquier otro ámbito que pueda estar administrados públicamente.

Para la teoría económica de Gringolandia, el Estado es hoy una frontera colonial que los conquistadores empresariales saquean con la misma determinación y energía implacables con la que sus predecesores arrasaron con el oro y la plata de nuestra Américas para llevarlo consigo. Si Smith previó en su época que algún día los terrenos verdes y fértiles podrían convertirse en explotaciones agrícolas rentables, Wall Street ha visto en décadas recientes "oportunidades" parecidas en la telefónica de Chile, en las líneas aéreas de Argentina, en los yacimientos petrolíferos de Venezuela, en las ondas de la radiotelevisión de Gringolandia: todos ellos "terrenos verdes" construidos con riqueza publica, pero vendidos por una insignificancia. Tampoco podemos olvidar los tesoros que se han generado encargando al Estado la imposición de patentes y precios a formas de vida y a recursos naturales que jamás hubiéramos soñado que podían convertirse en artículos comerciales: semillas, genes… incluso el dióxido de carbono de la atmosfera terrestre. En su búsqueda insaciable de nuevas fronteras en el ámbito público para el lucro privado, los economistas de Gringolandia son como los cartógrafos de la era colonial, que tan pronto identificaban nuevas vías fluviales a través de la Amazonia como marcaban la ubicación de un supuesto alijo de oro potencial custodiado en el interior de un templo inca.

La corrupción ha sido un elemento tan habitual de estas fronteras contemporáneas cono lo fue durante las fiebres del oro coloniales. Como los acuerdos de privatización más significativos se firman siempre en medio del tumulto generado por una crisis económica o política, no impera casi nunca en esos momentos un marco legislativo claro ni unas autoridades reguladoras efectivas: el ambiente es caótico y los precios son tan flexibles como los dirigentes políticos. Lo que hemos estado viviendo durante varias décadas ha sido un capitalismo de frontera, una frontera que ha sido cambiando constantemente de ubicación, de crisis en crisis, trasladándose tan pronto como la ley se ha ido poniendo al día de la situación en cada nuevo lugar.

Algo importante es hacer que estos cambios sean irreversibles y conseguir llevarlos a cabo antes de que los anticuerpos hagan su aparición. Para asegurarse por completo de que tales "anticuerpos" no llegaran a tiempo para intervenir, Gringolandia hizo que los gobernantes pitiyanquis a su orden, (como el presidente de Colombiagranadina) que ya había hecho con anterioridad en circunstancias similares impuso un nuevo y prolongado "estado de sitio" por el que prohibió toda reunión de tipo político y se arrojó la autoridad de arrestar, ejecutar a todos los oponentes del proceso.

"Aquí en nuestros países los años del circo privatizador tristemente célebre por su corrupción, pero ensalzado como ‘A Bravo New World’. A medida que la riqueza de nuestra América era trasladada de ese modo al extranjero, (Miami) los estilos de vida de nuestros políticos se iban haciendo cada vez más fastuosos. La alegalidad de la frontera, como bien entendió Adam Smith, no es el problema, sino el elemento central, una parte tan consustancial del juego como los actos de contracción post facto y las promesas de hacerlo mejor la próxima vez".

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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