Pedagogía en Economía Política

Hablemos de "El Consenso de Washington"

El término Consenso de Washington se originó en 1989, impulsado por el economista estadounidense John Williamson para conceptualizar un conjunto de diez fórmulas específicas que recibieron la denominación "reformas estándar" para los países en desarrollo azotados por la crisis, acentuadas a partir de 1982 en México, conocido como "efecto tequila". Tales fórmulas fueron aplicadas por las instituciones que, bajo la órbita de Washington DC, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Departamento del Tesoro de las Estados Unidos, eran requisito indispensable para el otorgamiento de los préstamos o apoyos financieros como los denominaron. Las fórmulas abarcaban políticas que propugnaban: la estabilización macroeconómica, la liberalización económica con respecto tanto al comercio como a la inversión, la reducción del Estado, y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de la economía doméstica.

El "Consenso de Washington" definiría la convergencia hacia una "agenda mínima" de las multilaterales internacionales ya mencionadas, como el FMI y el BM, y regionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) e incluso la Corporación Andina de Fomento (CAF), agenda estructurada bajo parámetros establecidos, en lo fundamental, por el Departamento de Estado Norteamericano. El decálogo del consenso enumerado por John Williamson estableció como requisitos indispensable para el desarrollo a finales de los años de 1980, los siguientes: disciplina fiscal, reorientación del gasto público, reforma fiscal, liberalización financiera, tipo de cambio competitivo, liberalización y apertura comercial, liberalización de la inversión extranjera, privatización de empresas públicas, desregulación a los mercados de trabajo y productos y seguridad jurídica a los derechos de propiedad privada (John Williamson, (1991): El cambio en las políticas económicas de América Latina. México).

Los programas de ajuste estructural comprenden medidas estabilizadoras, que reducen la demanda, y medidas estructurales, que actúan sobre la oferta. Así lo afirman: Eric Toussaint (1998): Deuda externa en el tercer mundo: Las finanzas contra los pueblos, y Patxi Zabalo, (2000), en: "Programa de ajuste estructural". Diccionario de acción comunitaria y cooperación al desarrollo, disponible en http://dicc.hegoa.efaber.net/listar/mostrar/178. La política de estabilización intenta corregir lo que se consideran excesivos déficit de los presupuestos públicos y de la balanza de pagos, debidos a una demanda superior a la oferta del país. El retorno al "equilibrio", concepto básico de la ortodoxia económica, se conseguirá mediante una política de reducción enérgica de la demanda, que ajuste el consumo interno del país a su capacidad de producción.

Esta intervención macroeconómica debe dar sus frutos en el corto plazo (uno o dos años) utilizando instrumentos de política monetaria y fiscal. Se trata en definitiva de un verdadero plan de austeridad, de un ajuste recesivo, que conduce a una interrupción o incluso a una caída en el crecimiento de la producción.

Las políticas estructurales buscan adaptar las condiciones de la oferta de la economía, de manera que posibiliten un crecimiento económico a mediano o largo plazo. Dentro de la ortodoxia neoliberal, la mejor forma de estimular el crecimiento de la producción interna es favorecer el "libre juego" del mercado, permitiendo que la iniciativa privada asigne los recursos donde encuentre mejores perspectivas de beneficio. Se tratará, por tanto, de liberalizar la economía, abrirla al exterior y disminuir la presencia del sector público.

Son esas las medidas que aspiran para Venezuela los "ideólogos" de la MUD, encabezados por el diputado José Guerra, quien ya ha viajado a la capital estadounidense a comprometer la soberanía del país ante esos entes multilaterales.

Imaginémonos por un momento lo que esa receta del FMI y el BM significarían en estas circunstancias de recesión que vivimos en Venezuela. Lo que pasaría con los programas sociales, con las misiones, con las pensiones, con los programas de salud, de educación, el subsidio a los alimentos y medicinas…

En aquellos años, tales medidas se ajustaban perfectamente a las prescripciones de la contrarrevolución neoclásica en los estudios del desarrollo que se inició a finales de los años de 1970 (que elevó la crítica al Estado a la categoría de dogma) pero también al nuevo enfoque favorable al mercado, impulsado desde principio de los años de 1990 por el BM, tal como resulta de los exhaustivos estudios de: René Villarreal, (1984): La contrarrevolución monetarista: Teoría, política económica e ideología del neoliberalismo. Ciudad de México (México). FCE.

Ahora bien es importante preguntarse ¿Qué es lo que le asigna el carácter de "neoliberal" a los programas de ajuste estructural? Se señala que los tres rasgos distintivos del modelo neoliberal son: la disminución del tamaño del Estado, la privatización generalizada de las empresas públicas, la desregulación de los mercados de bienes, servicios y factores de la producción.

En la década de los años de 1980 y 1990 existió el consenso de que las políticas aplicadas por los gobiernos en América Latina partieron de la base de considerar que el mercado es el mejor y más eficiente asignador de los recursos de la economía.

Por consiguiente, lo que distingue y califica de "neoliberal" a las políticas instrumentadas en esa época es que el carácter estructurador es otorgado en forma exclusiva y excluyente al mercado. Por ello, la política económica de ajuste: estabilización y reformas estructurales implementadas en América Latina, durante las últimas décadas, está inspirada bajo una "filosofía de mercado".

En contraste directo con el punto de vista que prevalecía en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y entre los economistas del desarrollo durante el período de la postguerra, el nuevo punto de vista prescribe la misma medicina económica para todos los países, independientemente del nivel de desarrollo. Esta idea llevó a su fin a los múltiples modelos de la era keynesiana y a un regreso a la "mono-economía" neoclásica.

La reforma del Estado es impulsada por los organismos financieros internacionales y economistas nacionales que promueven el modelo neoliberal. La reforma del Estado latinoamericano incorpora los principios propuestos por el modelo neoliberal tales como: delimitación de funciones, uso de contratos, reducción de tamaño del Estado, orientación a los consumidores y usuarios, disminución de intervención del Estado en la economía, control y recuperación de costos, incremento en la capacidad del gobierno o governance y de la gobernabilidad, rendición de cuentas, etc., tal como lo expresa José Vargas, (2006): "Un Estado mutante: Del Estado liberal al Estado post- neoliberal". FERMENTUM. No. 47, Septiembre-Diciembre. http://www2.scielo.org.ve/pdf/ferm/v16n47/ art09. pdf. (Vargas, 2006).

Al cabo de dos décadas, ochenta y noventa del siglo XX, de la implementación de estrategias de desarrollo fundadas en el modelo neoliberal, los resultados en los países de América Latina no fueron exitosos. No lo fueron en términos de crecimiento y menos desde el punto de vista social: el crecimiento fue débil, la pobreza se extendió, las desigualdades se amplificaron y la vulnerabilidad se convirtió en un rasgo social dominante. A pesar de los fracasos en que se debaten casi todos los países de la región, ha resultado curiosa la insistencia en la propuesta neoliberal. Según Pizarro (2005), ello se explica en parte por la ideologización extrema que domina a los economistas del establishment y, por otro lado, porque los políticos en el poder no se atrevían a desafiar a los grupos económicos locales, a las transnacionales y a las instituciones de Washington.

Los países de América Latina, en contra de la experiencia histórica, cometieron el grave error, según leemos en Roberto Pizarro, (2005): "Agenda económica propia". Nueva Sociedad. Septiembre-Octubre, de implantar mecánicamente el "Consenso de Washington", haciendo tabla rasa de los aspectos positivos que tuvo la propia experiencia de la industrialización. También por responsabilidad propia han sido incapaces de articular sus fuerzas, mediante la integración regional, para negociar un mejor posicionamiento en la economía mundial. Así las cosas, en vez de adecuarse cuidadosa y paulatinamente a las nuevas realidades de la globalización, optaron por el cambio radical neoliberal, lo que se tradujo en inmensos costos económicos, sociales y políticos.

En función de lo planteado anteriormente, el presente artículo tiene como propósito motivar a los lectores al análisis del papel o rol del Estado en América Latina durante la era neoliberal, indagar la implementación del neoliberalismo a través de los programas de ajuste estructural, su impacto en la conformación del Estado Neoliberal y sus principales resultados y críticas de su aplicación en América Latina.

Estúdiense, por caso, el final que tuvieron los gobiernos de Menen en Argentina en 2000, de Alan García y Fujimori en Perú; de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera en 1994 y 1998, entre varios otros, así como el cambio que adoptaron los "tigres asiáticos" al final de la década de 1990.

Para mayor información, recomiendo la lectura del profesor estadounidense: Rodrik Dani[2] (2006): "¿Adiós al consenso de Washington, o la confusión de Washington" (pág. 3 a 5), artículo en la Revista de Literatura Económica, publicado en el sitio web de la Universidad de Harvard, en enero de 2006.



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César Eulogio Prieto Oberto

Profesor. Economista. Miembro de Número de la Academia de Ciencias Económicas del Estado Zulia. Candidato a Dr. en Ciencia Política.

 cepo39@gmail.com

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