Intelectuales latinoamericanos: la vuelta de la tortilla

Quizá lo más interesante de cuanto ocurre en la arena política de la Venezuela actual sea su similitud con una caja de sorpresas. En cada uno de los ámbitos que la componen acaecen fenómenos que son dignos de ser tomados en cuenta para la construcción de una novela con ribetes insólitos.

El tema de los intelectuales escritores con (o contra) el poder es uno de estos temas. No se sabe, ciertamente, si a algunos intelectuales les sirve el poder o ellos se sirven del poder pero, mientras esto se dilucida, ingresamos a un ambiguo territorio de absurdos y ridículos muy cercanos entre si.

Por una parte, entre los intelectuales o escritores afectos al proceso (mas que al poder) se cuentan algunos como los que escribimos para algunos medios alternativos intentando desmontar los vicios (con toda su patología implícita) con que la derecha y el pensamiento reaccionario y neoliberal han impuesto sus modos y códigos, al tiempo que intentamos trazar salidas y respuestas mediante el análisis teórico, ideológico o semántico en algunos aspectos del pensamiento socialista. A través del movimiento del ensayo, nuestros artículos buscan, en ambos sentidos, hacer reflexionar al lector y prepararlo en el terreno del debate en busca de una vinculación con la realidad, o mejor, con las realidades que nos rodean y habitan, pues a veces son más las realidades que llevamos dentro y andan en nuestra mente o espíritu, que aquellas que vemos o palpamos en el mundo exterior. Eso, se supone, es parte de lo que hacemos los escritores: poner a dialogar esas dos realidades a través de un constructo literario, de un arte de la palabra que puede llamarse novela, cuento, ensayo, poesía o articulo periodístico.

Pero como todo no lo podemos llevar al arte literario con la rapidez y la efectividad que deseáramos, debemos entonces tomar posición en cuanto a este o aquel hecho, y hacer pronunciamientos acerca de un acontecimiento surgido en el seno de la realidad política. Pero una realidad política no es tan sencilla como parece, pues está impregnada de otras realidades éticas, económicas y sociales que la constituyen.

Por otro lado están los escritores de oposición, quienes, en el caso de la realidad venezolana, poseen una gama enorme de peculiaridades. El pensamiento progresista, antaño asociado a la emancipación de los pueblos de América frente a los yugos europeos o norteamericanos y representado por la izquierda revolucionaria, ahora pareciera estar asociado, en el caso de Venezuela, a una oposición sistemática a todo cambio comunitario, o en pro de una conciencia participativa en la construcción de un mundo mejor del que nos ofrece el capitalismo “avanzado”.

Con la asunción de Hugo Chávez a la Presidencia de Venezuela, se fueron construyendo dos bloques de intelectuales, unos en pro y otros en contra, del mismo modo que se efectuaban las dos visiones diferentes de país. No es, como creen algunos, que la gestión de Chávez estaba dividiendo al país, (que ya estaba dividido pero sometido al silenciamiento ideológico con el método del chantaje político derivado de un bipartidismo agotado), sino que todas las contradicciones sociales se fueron acentuando y posteriormente se radicalizaron. Comienza el despertar del pueblo.

Unos intelectuales escriben y otros no. Unos cavilan y se quejan en cafetines o bares, escriben en diarios perfectamente reconocibles; otros lo hacemos en los medios que ha creado el proceso para refutar las informaciones tendenciosas, amarillistas o infamantes. Escritores que en los años 60 se declararon socialistas o de izquierda, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, José Saramago, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Miguel Otero Silva, Nicolás Guillén, Carlos Monsiváis, Julio Cortázar, Roberto Arlt, Gonzalo Rojas, José Donoso, Rafael Alberti y tantos otros, expresaron y refrendaron sus puntos de vista sin cambiarse de bando, manteniendo sus posiciones ideológicas a lo largo del tiempo. En aquella época, los escritores constituían una oposición real a los desmanes de la derecha en sus formas de totalitarismo, tiranía, represión, persecución y asesinato, como los que tuvieron lugar, por ejemplo, en el Chile de Pinochet, la Bolivia de Banzer, la Panamá de Torrijos, la Venezuela de Pérez Jiménez, la Argentina de Videla, la Cuba de Batista o la República Dominicana de Trujillo, los cuales generaron una sangrienta persecución a quienes se les oponían. Ahora, que nuestros países ya se deshicieron de esas oprobiosas tiranías y se encaminan a un destino mejor, los intelectuales de la reacción se cierran y voltean la tortilla hacia un modelo “democrático” que, de democrático, no tiene sino la posibilidad de ir reciclando por la vía electoral a las mismas tendencias de los líderes de derecha que imperaban en el pasado.

Ahora resulta que la oposición a esos regímenes se ha transformado exactamente en lo contrario: la tortilla se voltea y entonces surge una oposición de derechas que defiende intereses de empresas trasnacionales y corporaciones extranjeras, escudándose en las banderas de una “democracia” que basa su libertad y eficacia en turnarse en el poder cada cinco años, comandada por presidentes que pasan sin pena ni gloria, como ha ocurrido en países como Argentina, Venezuela, Colombia o Perú, si recordamos a mandatarios civiles tan nefastos como Pastrana, Uribe, Lusinchi, Caldera, C. A. Pérez, Menem, Alan García, Eduardo Frei, Toledo, Belaunde Terri, Chamorro, De la Rua o Alberto Fujimori, que poco o nada hicieron por sacar a esos países de la dependencia. Durante estos lapsos “democráticos” muchos intelectuales y escritores se camuflaron como camaleones entre la pasividad y la comodidad, entre la aquiescencia y el conformismo, y prefirieron pasar desapercibidos en medio de mediocres gobiernos.

En Venezuela, luego del desmoronamiento de la democracia puntofijista, los escritores—camaleones fueron buscando sus respectivos acomodos dentro de la nueva realidad que se les presentaba, cuando Hugo Chávez asumió el poder. Aún no estaban muy convencidos de lo que se les avecinaba; se quedaron tranquilos un tiempo, esperando a ver qué pasaba, como puros espectadores. No sabían si creer en los modelos de la incipiente revolución o si refugiarse en los rescoldos de la democracia representativa. A medida que el nuevo modelo avanzaba en medio de sus naturales tropiezos (y sabotajes de todo tipo), muchos de ellos se alegraron fugazmente con la posible caída de Chávez a través de un golpe de facto por parte del grupo que apoyó a Pedro Carmona Estanga. Luego de su defenestración y del regreso de Chávez a su lugar, el pueblo comenzó a despertar a la verdadera realidad: se trataba de un proceso legitimado por sucesivos sufragios que estaba en grave peligro. Los medios de comunicación impresos y televisivos, que mantenían entonces una opinión adversa al gobierno, comenzaron a radicalizarse: periodistas, reporteros, redactores y escritores de opinión se pusieron inmediatamente al servicio de los dueños de los medios, para ir construyendo lo que conocemos hoy como la opinión de la oposición, la cual repite día tras día en reportajes e información el mismo discurso bajo diferentes ropajes. De este modo se conformó un bloque de periodistas, escritores e intelectuales para generar, --a través de un Sistema Nacional de Medios Públicos — otro tipo de mensajes formativos que pudieran hacer frente a aquéllos.

A media que fue adquiriendo resonancia internacional el proceso de cambios en el país, y obteniendo acogida en otros países de la región como Argentina, Cuba, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Brasil o Nicaragua, y se fueron conformado movimientos para hacer frente a los desaciertos económicos y sociales del modelo capitalista, buena parte de la clase intelectual y mediática venezolana se va identificando con los intereses creados por empresas culturales y de espectáculos de medios, Bancos y fundaciones para salvaguardar sus intereses y promover una cultura de la “libertad”, cuya principal característica es la entronización del éxito individualista, la mercantilización del conocimiento y la agresión a la naturaleza, el monopolio y privatización de los servicios y el mercadeo de libros, películas y obras de arte con rango de cotizaciones elevadas, que proyecten el rápido prestigio y el éxito personal y la fama, la fortuna y la difusión mediática de los autores como meta definitiva de los mensajes culturales, ignorando cualquier iniciativa de masificación del conocimiento, (como la que se propugna, por ejemplo, desde una Editorial como El perro y La rana en nuestro Ministerio del Poder Popular para la Cultura) para lograr que se democratice el acceso al libro. Justamente en países como Cuba, Ecuador o Bolivia se ha venido trabajando en este sentido para lograr que libros, películas y otras expresiones artísticas puedan ser compartidas por un mayor número de personas.

Intelectuales, artistas y escritores como José Saramago, Noam Chomsky, Ernesto Sábato, Eduardo Galeano, Ignacio Ramonet, Fernando Buen Abad, Javier Bardieu, Luis Britto García y hombres de cine como Sean Penn, Danny Glover, Oliver Stone, se han pronunciado en favor del proceso venezolano desde diversos ángulos; mientras la opinión de escritores como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Sergio Ramírez, Fernando Savater, Enrique Krause y otros toman partido por la libertad, la democracia, el libre comercio y los derechos humanos, bajo sus conocidas formas de obtener eco en organismos internacionales como la ONU, OEA, FMI, SIP, la Corte Interamericana de Derechos y otros, que apoyan incluso la invasión bélica de Estados Unidos a países del mudo árabe. Lo más notorio de éstos no es que se opongan al trabajo comunitario y socialista que intenta emprender la administración de Chávez, sino que se ponen de lado automáticamente de todos los movimientos apátridas que vienen de fuera, principalmente de Estados Unidos, los cuales ha venido financiando sin el menor escrúpulo a parlamentarios de la oposición.

Recientemente, por ejemplo, un grupo de escritores peruanos sale firmando un llamamiento al pueblo peruano a votar por Ollanta Humala, para impedir que la hija de Fujimori termine por convertirse en Presidenta de ese país, pero no para apoyar abiertamente a Humala. Esta actitud ambigua reviste un rasgo típico de manipulación mediática que pone de manifiesto lo que intentamos indicar: el de los intelectuales que voltean la tortilla hacia su lado cuando les conviene, tal el caso de Mario Vargas Llosa, contrincante de Alberto Fujimori en las elecciones donde Vargas Llosa resulta bochornosamente derrotado. Recordemos que Vargas Llosa apoya luego a otro candidato, Toledo, para presidente del Perú, y ante el aparatoso fracaso de la gestión de Toledo, el novelista se mantiene distante del nuevo “triunfador”, Alan García, un presidente que no logró en ninguno de sus mandatos efectuar ningún cambio sustancial en la sociedad peruana, ni siquiera de reformas que dieran muestras de avance en la anquilosada estructura social y económica de aquel país; por el contrario, el retroceso y el atraso impuestos por García pueden resultar comprobables. Regresar a Fujimori hubiese sido el colmo, dada la pesadilla vivida por ese país en manos del nefasto binomio Fujimori—Montesinos, que sumió al Perú en la ignominia. Humala ha resultado ganador por un pequeño margen porcentual, y de veras le va a ser cuesta arriba enfrentarse a una oposición tan nefasta como la que se le avecina, sin el apoyo de otros países progresistas de la región.

Apenas se anuncia el triunfo de Humala, surge la noticia de la enfermedad de Chávez donde éste debe ausentarse para tratamiento en Cuba, entonces toda la prensa reaccionaria de Europa (me encontraba en Portugal y España mientras esto sucedía), basándose en noticias de periódicos de Miami, asoman al hermano de Chávez, Adán, como sucesor en el poder y presentan a un Chávez sumido en la derrota física. En apenas un mes, Chávez se recupera, regresa en medio de un clamor del pueblo realmente conmovedor, da detalles de su enfermedad (cáncer), recibe a Humala, y al día siguiente solicita permiso a la Asamblea Nacional para ausentarse a Cuba a proseguir su tratamiento, lo cual genera una andanada de especulaciones, entre ellas una de las más lamentables la del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, donde anota nada menos que “lo mejor que puede ocurrir es que el presidente Chávez, plenamente recuperado, entregue la Presidencia a un sucesor legítimamente elegido por el pueblo, sea de su propio partido, sea de la oposición” (Sergio Ramírez. El Nacional, “Enfermedad y democracia”, 17 de julio de 2011). El caso de Vargas Llosa es demasiado obvio como para pretender decir algo nuevo sobre él, opositor sistemático a todo lo que suene a emancipación de América y a sus luchas colectivas, sumido como está en un narcisismo mediático verdaderamente delirante.

Lo cierto es que ahora nos topamos en diarios venezolanos con escritores tornados en columnistas que, más allá de una posición personal o un ejercicio de la libertad de expresión, se ponen del lado de los poderosos para ridiculizar todo lo que suene a socialismo, comuna, patria, revolución, proceso, emancipación cultural y espiritual, unión latinoamericana, soberanía económica o agroalimentaria, misiones sociales, multipolaridad, ecología.

Ya tenemos bastante tiempo contemplando este risible espectáculo de los intelectuales camaleónicos que voltean continuamente la tortilla de la oposición para el lado de la reacción, creyendo que con ello pueden engañar o distraer a un pueblo que, como el venezolano, ya empezó a distinguir claramente dónde están puestas las trampas que entorpecen su camino hacia un espacio y un tiempo donde podamos disfrutar, con mayor plenitud, el ver fortalecido nuestro país en aspectos esenciales de su existencia como nación libre y soberana.


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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

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