Los declinantes

¿Por qué declinan los precandidatos? ¿Qué extraño fenómeno provoca ese repentino ataque de desprendimiento? Gracia a Andrés Eloy Blanco, conocemos las razones por las cuales la gente renuncia. Pero nadie sabe, a ciencia cierta, qué lleva a una criatura a declinar algo que acarició largamente. El vate cumanés revela en su poema que “cuando renuncie a todo seré mi propio dueño”. Esto significa que Antonio Ledezma, en este preciso momento, debe sentirse el feliz propietario de sí mismo. Algo es algo.

 En la Mesa de la Unidad nadie quiere declinar pero, aquel que lo hace, es felicitado por los que no lo hacen. Es un fenómeno raro, complejo,  inextricable. En los deportes, el que tira la toalla o abandona la carrera recibe la rechifla general. En cambio, en la oposición le ofrecen un reconocimiento nacional, lo declaran “hijo ilustre” de algo y los más confianzudos hasta le dan unas palmaditas y le susurran: “buena esa”.

 En los programas televisivos los conductores piden “un aplauso para Oswaldo porque declinó valientemente esta mañana”. O para “El Tigre” por tomar la crucial decisión de bajarse del ring y, sobre todo, por  ese coraje  para anunciarle al país que ya no roncará más en la caverna umbría de esta precampaña. Se trata, pues, de un torneo raro, donde el que se raja despierta la admiración y la ovación, valga la rima. 

 En el fondo,  nadie quiere que le reconozcan nada ni que lo feliciten por perder antes de tiempo. El ex precandidato Ledezma montó un púlpito flanqueado por dos banderas para anunciar solemnemente su declinación, como si estuviera renunciando a la Sociedad Patriótica de 1811. Todo iba muy bien hasta que en un arrebato dramático rezongó que la maluqueza adeca “sí me dolió… y muchísimo”.

 La víspera, un feliz Pablo Pérez recibía el apoyo blanco y, con su típica media sonrisa congelada del lado derecho, chismeó que, según le chismearon, Capriles Radonsky fue a pedirle cacao a Copei, cuando ese partido está para que le den completa la mata del chocolate. La ciencia política ha descubierto que a quien le dan cacao, es decir, un buen apoyo partidista, no declina. Eso nunca se ha visto. Ello demuestra crudamente que la declinación no es fruto del desprendimiento, sino del desamparo. Por supuesto, Alvarez Paz, Ledezma, El Tigre ni Cecilia Sosa van a salir por ahí a gritar que son unos desamparados. Primero muertos, así sea insepultos. 

 De lo anterior, la politología deduce dos causas emocional y éticamente devastadoras para la declinación: la falta de votos o la fatal de dinero, que viene a hacer casi lo mismo. Leopoldo López no declinó porque un Frijolito en franco declive le lanzó un salvavidas, aunque allí no se sabe quién salva a quién. Tampoco lo hizo María Corina Machado porque, de hacerlo, mataría antes de nacer al “capitalismo popular” y eso sería un horrible filicidio ideológico. “La declinación de unos es la consolidación de otros”, filosofa con su gozoso pragmatismo Ramos Allup.

  En la Mud, la vieja maña adeco-copeyana inventó un delicioso reglamento que casi hace declinar a sus vástagos de Primero Justicia. En el Zulia, le guardan la gobernación a Pablo Pérez en caso de perder las primarias. Pero si Capriles Radonski es el derrotado, no se puede devolver para repetir en Miranda, o sea, que lo “declinan” aquí y  allá. Los dirigentes de PJ sienten que la Mud los sentó en un declinatorio. Pero deben permanecer en esa posición  nada cómoda en aras de la bonita unidad. 

earlejh@hotmail.com



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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

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