La entrevista un hombre extraordinario George Steiner

La fuerza y la claridad ética es la gran vía por la que se deslizan las respuestas de este maestro que, hay que decirlo, tal vez sea el último de los grandes intelectuales de Occidente.

George Steiner realiza un ejercicio, que a la manera de los grandes pensadores y escritores del género confesional, nos ofrece una parte sustancial de sus más íntimos y profundos pensamientos. Aquí descubrimos la delicada forma de operar de una de las mentes más brillantes de la historia literaria y cultural de Occidente. Es un hombre cuya educación se forjó con la lectura de libros canónicos, así como en la rebelión paradigmática de una galaxia de lugares comunes y de máximas que han forjado la cultura promedio de la humanidad occidental. La entrevista en cuestión sólo pudo haberla realizado su amigo Nuccio Ordine, quien nos advierte de la enorme capacidad y elocuencia de Steiner para comunicarse por medio del discurso hablado, ya que, como se sabe, una de las grandes pasiones de Steiner fue precisamente la enseñanza.

Un viejo George Steiner, ante la cercanía de la muerte, se confiesa, diciendo que si bien ha vivido a través de sus lecturas, es la vida misma la que es objeto de sus meditaciones más profundas. Sin embargo, no se trata de cualquier forma de lectura, sino de una intensa, vasta y profunda actividad mental y espiritual, como la que empleó para escribir una serie de libros que se consideran obras maestras. Baste con mencionar algunos títulos, como los lejanos Tolstoi o Dostoevski (1960) o La muerte de la tragedia (1961), hasta Los libros que nunca he escrito (2008) o La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan (2011). Justamente en el prólogo de este libro, en la traducción del inglés al español de María Condor, dice que: "Todos los actos filosóficos, todo intento de pensar, con la posible excepción de la lógica formal… Son hechos realidad y tomados como rehenes por un movimiento u otro de discurso, de codificación en palabras y en gramática."

Justamente esa es la preciosa materia de su entrevista póstuma –una auténtica confesión–, sorpresa intensamente agradecida por sus lectores, quienes apreciamos la fina manera en la que este gran hombre, ya alejado de los reflectores de los medios y de la prensa literaria y cultural cosmopolita, sometido desde 2014 por la enfermedad, también nos hace vislumbrar a un ser extraordinariamente lúcido y equilibrado por el tiempo (ese gran constructor acerca del que profundizaron escritores como Marcel Proust, Borges o Marguerite Yourcenar). Se trata de un viejo lector que nos obsequia algunas respuestas con las que se podría integrar una antología de ética y belleza literaria, pero que también da respuesta a temas cotidianos y humanos. Por ejemplo, nos cuenta cómo, a través de un intercambio epistolar, al paso de los años fue integrando una especie de diario al alimón con cierta mujer, cuyo nombre no se dará a conocer hasta el año 2050, diseñando una especie de literatura de no ficción, aunque seguramente forjando una de las historias literarias más esperadas por quienes vivan (o sobrevivan) en el futuro de un planeta diagnosticado con alarmantes posibilidades postapocalípticas a mediados del presente siglo.

"Alimentar algunas esperanzas"

En la ya famosa entrevista con Steiner, una de las cosas que más se agradecen es el tono íntimo y profundamente honesto con el que trata temas personales. A manera de ejercicio de balance y despedida, Steiner articula joyas verbales como esta: "habría debido tener el valor de probarme en la literatura ‘creativa’. De joven escribí cuentos y también versos. Pero no quise asumir el riesgo de experimentar algo nuevo en ese ámbito que me apasiona… es mejor fracasar en el intento de crear que tener cierto éxito en el papel de parásito, como me gusta definir al crítico que vive de espaldas a la literatura".

¿De qué habla Steiner cuando se refiere a un futuro interior sino de la posibilidad de hacer un ajuste de cuentas con los recuerdos? Independientemente de las inimaginables vicisitudes, malestares y dificultades físicas, el filósofo vital se propone "alimentar algunas esperanzas". Resulta fascinante observar cómo el maestro –que enseñó a leer y a pensar a incontables generaciones de estudiantes de literatura en universidades de Europa y Estados Unidos– realiza un último ejercicio literario y existencial que apunta hacia su futuro interno, es decir, hacia el presente de sus potenciales lectores (de nosotros), en los que continúa pensando. Un poco a la manera de Mozart en su Requiem, aunque ya no ante la "Víspera del confesor" sino ante la presencia del confidente; aquí, el maestro de la vida, es decir de la literatura en el sentido más humano y profundo, nos cuenta con ternura y lucidez, conectando con su más fino pensamiento, expresado como prosa poética, con el que alimenta su mente para así estar en condiciones de esperar todavía vislumbres de vida para, inmediatamente, imaginar el trance de su propia muerte, momento culminante para un hombre extraordinario (que no cree en "la otra vida") y a quien el proceso de exhalación final todavía le resulta sumamente interesante y atractivo. Porque toda esperanza –lo mismo para Steiner que para una buena cantidad de seres humanos– contiene aunque sea un leve resplandor, una súbita iluminación. El suyo es un proceso mortuorio que, sin embargo, está lleno de generosa solidaridad; es el proceso de una verdadera "práctica mortal" que recuerda a gurús y sanyasis de India ofreciéndose (en el caso de Steiner, a una miríada internacional de lectores); por eso piensa, antes de que se pierdan el honor y el decoro básico, que todavía los días, o más precisamente cada día, "debe considerarse un valor añadido, un regalo que te da la vida".

Por este tipo de reflexiones, George Steiner nos lleva a que re-pensemos nuestra propia vida, nuestro propio tiempo, en nuestra propia muerte; en lo que pensamos y hacemos con el pasado (justo cuando, paradójicamente, en México un pequeño y turbio sector insiste en negarse a pensar en la historia colectiva), un pasado que, para Steiner, a la vez constituye futuro y horizonte. Un poco como lo plantea el psicoanálisis, en el sentido de que es necesario recordar para verdaderamente olvidar, es decir, para que seamos capaces de ser verdaderamente libres, recordando, como dice Milan Kundera que "la lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido", porque el poder del olvido es tan intenso que, sin darnos cuenta, nos hace tan inauténticos como infelices.

Por eso Nuccio Ordine, amigo y fantástico confesor de Steiner, citando a Gabriel García Márquez, dice que el "secreto de una buena vejez no es más que un pacto honesto con la soledad", aforismo que nos obliga a reflexionar en la calidad de la vejez de nuestros seres queridos, en la vejez propia y en la de quienes –tal vez por rigidez muscular, ósea o conceptual- no podrán tener futuro ni en el pensamiento, que por otro lado es donde el futuro comienza a existir. El Alzheimer es metáfora y símbolo, además de realidad atroz, de quienes no tienen más remedio que olvidarse de sí mismos, de la historia regional, colectiva o nacional, pensando que no existe la muerte, sin saber que en cierta forma obligamos a la mente a que permanezca en una especie de estado vegetativo.

Tal vez lo más sensato sea pensar, como Saramago, que la vejez comienza cuando se pierde la curiosidad. En ese sentido, la vejez de George Steiner parece el tiempo luminoso de una prolongada primavera, ya que, por lo leído en su entrevista póstuma, es decir en su futuro (en cierto sentido, nuestro presente), nos regaló fragmentos inolvidables de un pensamiento poético, inagotable y lúcido.



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Antonio J. Rodríguez L.


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