Marx, filósofo de la praxis y enemigo de la desrealización

Es hora de presentar a Marx como lo que es verdaderamente: un filósofo de la praxis. Un hombre que entendió a nuestra especie como una especie trabajadora y realizadora. Realizadora: literalmente, "hacedora de realidad". Como ser comunitario, el hombre crea realidades comunitarias.
En Hegel, como en Marx, lo negativo también es positivo. Ante la pregunta ¿qué será el comunismo?, hay una respuesta: el comunismo será la realización de aquellas posibilidades que el capitalismo ha negado. El capitalismo es una negatividad que también es positividad (D. Fusaro, Marx Idealista, El Viejo Topo, Barcelona, 2020; pps. 176-177; las siguientes citas están tomadas de esta obra). Es un modo de producción que ha traído al mundo fuerzas productivas desarrolladas en grado sumo, que ha movilizado como nunca la historia, esa es su positividad. Pero el capitalismo es, ante todo, negatividad.

Mirando el mundo dialécticamente, en el fondo no hay una lucha entre capitalismo y comunismo, como si ambas fueran dos concepciones del mundo incompatibles. En realidad, ambos bloques ideológicos comparten más ingredientes de lo que quieren admitir los militantes y detractores. También Heidegger, nos recuerda Fusaro, vio esto: ambos son dos bloques que comparten una Voluntad de Poder [Wille zur Macht]. La voluntad de Poder, dice Fusaro, es coesencial a la Technik (p. 187). El acierto de Heidegger, como el de Preve y Fusaro, consiste en haber visto en Marx a un idealista, dicho esto sin menosprecio ni reproche alguno. Al situar a Marx entre los idealistas se trata de ofrecer una descripción exacta de los planteamientos del filósofo de Tréveris, a pesar de las declaraciones que él hizo sobre su propio pensamiento. Marx calificó de materialista su filosofía en un sentido metafórico y muy general, para dar a entender que era "científica", no arbitraria. Además, en la lengua filosófica alemana de su tiempo, Wissenschaftstlehre, tiene el sentido de teoría de la "ciencia filosófica", una ciencia [Wissenschaft] rigurosa y no meramente empírico-positiva, que es filosofía.

El libro de Fusaro, Marx idealista, comienza con una cita de Marx muy significativa que, sin embargo, el propio pensador de Tréveris no se aplicó a sí mismo: "No se puede juzgar a un hombre por la idea que él tiene de sí mismo".

El asunto tiene, por un lado, gracia, pero por otra parte es un caso de gravedad. En Marx hay una grave incomprensión de sí mismo. Marx quiso presentarse como el fundador de una nueva ciencia (en el sentido "alemán" de la palabra ciencia, ya presente en Fichte y su Doctrina de la Ciencia), en donde la "ciencia" es filosofía rigurosa (e idealista), y no mera recopilación de datos o hechos generalizables. Querer "corregir" a Marx con datos empíricos es ignorar todo sobre este pensador y sobre el sentido auténtico del marxismo. La "ciencia" marxista enriquece con la empiria, pero siempre la rebasa.

Cuando Marx quiso presentarse como "materialista", esa materia a la que él alude "…nunca coincide con la materia de la física, la biología y las ciencias del "Entendimiento abstracto", sino que se refiere a la concreción material de las relaciones de producción inmanentes al modo de producción capitalista y, por lo tanto, a la totalidad concreta dada por la relación viviente entre la estructura y la superestructura dentro del efectivo bloque histórico existente" (p. 17).

Desde luego, no es materia que "se palpa, se mide, se ve, se siente", de alguna manera, aunque sea posible por medio de aparatos (microscopios) y operaciones de laboratorio. La de Marx es materia abstracta, se refiere a totalidades dinámicas que se imbrican con otras, entre las cuales mantienen relaciones dialécticas. La captación, comprensión y transformación de dichas totalidades -la praxis- es la labor de los sujetos. Estos, no son mentes contemplativas o espejos que "se atienen a una realidad", sino partes de esas mismas totalidades. No obstante, sin sujetos (que, a su vez, son praxis) no hay materia que valga. En una palabra, en Marx su materialismo es, en puridad, idealismo. Escribe Fusaro: "El siempre repetido `materialismo´ de Marx, en este sentido, coincide con un idealismo dialéctico de la totalidad concreta de la historia universal [Weltgeschichte]" (p. 17)

En los análisis de historia conceptual que ha ido ofreciendo Fusaro, va quedando claro que Marx es discípulo no ya solo de Hegel -lo cual es un hecho reconocido universalmente- sino también de Fichte. La Filosofía de la Praxis tiene su punto de arranque en el primer gran idealista que abre el ciclo alemán. Fichte aparece como el iniciador de ese ciclo tras la obra de Kant, el creador del idealismo trascendental. En el sistema de Kant la Ética (Razón Práctica) escondía en su seno el noúmeno, la pepita metafísica que le daba su razón de ser, pues no hay Ética sin libertad, y la libertad aparece como una cuasi-causa nouménica que inicia actos del hombre no explicables por las causas propiamente dichas, las causas físico-naturales. Fichte, discípulo de Kant, no se contenta con aislar esta especie de núcleo incontrolable, esta cuasi-causa aislable entre las causas de fenómenos naturales. Muy por el contrario, Fichte crea un sistema metafísico total en torno a una idea nouménica que no será residuo ni núcleo a aislar en medio de fenómenos explicables por el determinismo. Ni residuo ni agujero negro inexplicable, sino la fuente y el fundamento de la Metafísica, esa es la Libertad, el Yo libre.

El Yo es un yo, y no una cosa cualquiera. Y lo es en tanto que libre o, valga decir, en tanto que es principio práctico. El Yo es acción. No es el "yo pienso" (cogito) de Descartes, sino el yo hago. Un verdadero "yo hago" no se puede reducir a este otro enunciado "a mí me empujan". Un verdadero "yo hago" es principio de todos los actos y de todas las modificaciones de la realidad. Es la acción libre transformadora del mundo.

En Fichte se encuentran ya las andanadas que Marx lanza contra Feuerbach y todo materialismo pasivo en sus famosas Thesen. La vida no es (sólo) contemplación. La vida es acción transformadora. La libertad es el modo genuino de la vida humana, esto es, inicio (no determinado ni empujado) de acciones generadoras de realidad, "reiformes" si se permite el vocablo.

La obra de Marx , aunque inserta en un ambiente fuertemente determinista y positivista, del cual no se vio libre del todo, sólo cobra sentido en un una línea "voluntarista", compatible con la Filosofía de la Praxis. La sociedad es consciente de su esclavitud, y la secuencia de acciones revolucionarias destinadas a trascender dicha esclavitud son acciones libres, por más que se tome nota de las coyunturas económicas y políticas, del coste y los riegos, del cálculo de oportunidad, etc.

En efecto, en la obra de Marx hay tics y hábitos propios de la Ilustración tardía, que hoy se muestran muy envejecidos. El anticlericalismo de muchos marxistas de hoy, y toda la caterva de "abolicionistas" (abolir el trabajo, abolir la familia, abolir el amor…) que todavía inundan la literatura pseudorrevolucionaria actualmente, parecen apolillados y caducos. Ya eran consignas anticuadas en la pluma del propio Marx. Escribe Fusaro:
"Los aspectos menos convincentes del análisis marxiano se refieren a las "aboliciones" que propone: abolición de la filosofía, del Estado, de la religión, de la familia. Si estas aboliciones podrían ser revolucionarias y antiadaptativas en el contexto del capitalismo dialéctico, en la fase especulativa actual se vuelven funcionales al sistema de producción, que no por casualidad se convierte en promotor de las mismas". (Fusaro, p. 22, nota 9).

Ese es el Marx menos interesante, el ilustrado tardío, el "comecuras", el que arrastra resabios jacobinos y pretende abolir instituciones humanas, sin más, no específicamente capitalistas. Es cierto que, en manos del capitalismo, dichas instituciones se pervierten, es decir, se desvían de sus cometidos naturales, se adulteran y distorsionan. El capitalismo es un régimen que posee poder para todo eso. Pero no son instituciones prescindibles en la vida comunitaria del hombre, antes bien, son esenciales. Son la humanidad misma.

Los abolicionistas del trabajo, la familia, el Estado, la religión, etc. son intrusos en el marxismo. Son personas que sufren de una grave tara mental. Hacen un potingue con anarquismo utópico y marxismo, en proporciones variables, a través del cual se traiciona a este último. El marxismo deviene utópico él mismo, con dicho cóctel y yerra en la localización de enemigos. Al hacer esto, un marxismo utópico, "libertario", deviene una especie de eunuco filosófico. Un ser amputado en sus posibilidades de fructificar, una limitación de proyecto: eso es el marxismo eunuco, castrado, el marxismo de las múltiples aboliciones". Quienes odian la familia, el trabajo, la patria, la religiosidad, no son verdaderos marxistas. Los verdaderos marxistas solo pueden ser odiadores del capitalismo.

Marx, filósofo de la praxis, es hegeliano en todas sus etapas (Fusaro, p. 34, nota 54) y, además, fichteano. A través de la praxis, que incluye el trabajo, el hombre deviene hombre y genera "ontología". El marxismo bien entendido es una gigantesca labor de ontología: la realidad es poco real, y hay que "re-realizarla". El marxismo como filosofía de la praxis representa, en verdad, la lucha contra la des-realización.



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Carlos Javier Blanco

Doctor en Filosofía. Universidad de Oviedo. Profesor de Filosofía. España.

 carlosxblanco@yahoo.es

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