Doctrinas Revolucionarias

Nota de Aporrea: Conferencia ofrecida por el Diputado Isrrael Sotillo en el Salón Francisco de Miranda del Palacio Federal, donde sesiona la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, el día 05 de marzo de 2007, aniversario del nacimiento
de la camarada Rosa Luxemburgo, a quien se le dedicó la disertación.
Iniciamos con este nuevo círculo de discusiones nuestra tercera jornada de debate de las doctrinas revolucionarias en el marco estratégico de elevar la conciencia y la cultura política, tanto del pueblo venezolano, como la de los cuadros dirigentes de la Revolución Bolivariana, y en lo relativo a la teoría marxista de la organización y del partido..

La primera discusión versó sobre los aspectos organizativos del partido revolucionario en Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui, de quienes aprendimos algunas enseñanzas; esto lo digo porque fue muy leve el abordaje teórico en las dos actividades preliminares, ya que dos horas son insuficientes para tener una visión integral acerca de una teoría y sobretodo cuando se habla de dos importantes revolucionarios, autores de una voluminosa obra política; italiano el primero y peruano el segundo.

Hubo otro coloquio con relación a Rosa Luxemburgo y a George Lucaks, donde por cierto estuvieron presentes varias y varios compañeros alemanes de la Fundación Rosa Luxemburgo; en esa actividad, se dio un debate bastante provechoso, debido a la seriedad con la que intervinieron cada uno de los y las participantes.

De Gramsci aprendimos aquí que al movimiento socialista antes de Lenin, le había hecho falta la noción misma de trastrocamiento de la relación de poder, es decir, la noción de factores que contribuyeran a modificar el antiguo bloque de poder dominante, para que fuese reemplazado por la creación revolucionaria de un nuevo bloque de poder; que desde nuestra humilde opinión, todavía no tiene lugar en Venezuela. También desciframos con Gramsci que el poder se concibe como relaciones, pero no como cualquier tipo de relaciones, sino como relaciones de opresión de una clase sobre otra.

Antonio Gramsci, por cierto, afirmaba que “la Revolución Comunista no puede ser realizada más que por las masas y no por un Secretario de Partido o un Presidente de la República, a fuerza de decretos”. Es evidente, que en Venezuela no está en marcha una Revolución Comunista, porque, definitivamente, la sociedad comunista no puede construirse imperativamente con leyes y decretos: “nace espontáneamente de la actividad histórica de la clase obrera”.

De la misma forma nos aproximamos al “Amauta” José Carlos Mariátegui, quien cultivó en todas y todos los presentes en esa jornada la idea de una enorme profundidad con respecto al socialismo cuando nos aclaraba desde su visión indoamericana que “el socialismo es un método y una doctrina, un ideario y una praxis”, “que a una revolución le hacen falta fusiles, un programa y una doctrina”.

Con Rosa Luxemburgo hicimos un ejercicio en el orden de las ideas de su tiempo para comprender cómo el reformismo y cómo el oportunismo se enquistan en las organizaciones revolucionarias; cómo actúan en contra de las masas en su largo camino de la construcción de la sociedad socialista. La revolucionaria polaca es autora, como todos sabemos aquí de la Teoría de la Huelga General expresada a través de tres temas característicos: 1) conciencia de clase; 2) relaciones partido-masas; 3) organización interna del partido.

Por su parte el húngaro George Lukacs aportó esa noche, desde la envergadura de su pensamiento marxista, una aleccionadora instrucción, cuando nos dijo que: “El problema de la organización de un partido revolucionario no puede desarrollarse orgánicamente sino a partir de una teoría de la revolución misma. Sólo cuando la revolución se ha convertido en un problema del día a día aparece en la conciencia de las masas y de sus portavoces teóricos como imperiosa necesidad la cuestión de la organización revolucionaria”.

Era lo que Lukacs advertía en sintonía con las cuestiones de la organización, las cuales según él habían estado ubicadas durante mucho tiempo en un claroscuro utópico. Para Lukacs la concepción del partido revolucionario se seguía tratando como cuestión meramente técnica y no como uno de los problemas intelectuales de la revolución.

Algo parecido a lo que ha venido sucediendo en nuestro país, en donde después de ocho años es cuando se plantea, con urgencia y rigor, la necesidad de construir una organización revolucionaria, un partido para la construcción del socialismo, de un nuevo modelo de sociedad, muy a pesar de las posiciones “socialistas democráticas” del oportunismo venezolano. Hace falta allí en esas organizaciones la voz luxemburguiana para que destierre cualquier desviación hacia la derecha.

Para Lukacs el partido revolucionario es la forma organizativa de la conciencia de clase que como portadora de la más alta posibilidad objetiva de conciencia y de acción revolucionaria, ejerce una mediación entre la teoría y la práctica, entre el hombre y la historia.

Estas breves palabras introductorias las he querido pronunciar aquí para nivelar, creo que debí decir “refrescar” mejor, un poco el conocimiento de los temas que ya han sido tratados a los compatriotas presentes, ávidos, por lo demás de dar un debate intelectual de altura acerca del Partido Socialista Unido de Venezuela y acerca del Socialismo del Siglo XXI.

Cabe recordar ante todas y todos ustedes que además de los autores mencionados; elegimos a otros maestros pensadores marxistas como Mao Tse Tung, Ho Chi Ming, el Che Guevara, Fidel Castro, hasta llegar así al líder de la revolución venezolana y su propuesta del Socialismo del Siglo XXI, con la idea de extraer lo mejor de ellos en lo relacionado con la organización del partido y su concepción socialista. No sé si la metodología utilizada es la correcta, pero en algún momento tendremos que invitar al señor Carlos Marx para que nos regale un rato de su tiempo y nos enseñe un poquito de su teoría, en especial el método dialéctico de la historia.

Claro, también hemos seleccionado a Vladimir Ilich Lenin y a León Trotski, a quienes, ex profeso, he dejado para mencionarlos en último lugar, porque de ellos hablaremos, precisamente, en esta tercera jornada de batalla de ideas, para llamarla por algún nombre, muy en boga, por cierto.

Estoy consciente que emprender un tratamiento de Lenin y de Trotski en unos minutos, de verdad que es una tarea muy difícil de cumplir satisfactoriamente. Stalin, por ejemplo, en su obra Los fundamentos del leninismo dice que es un tema vasto y que para agotarlo haría falta un libro entero. Pero, en todo caso, más que del leninismo, el cual definiremos más adelante, hablaremos de la teoría marxista aplicada por Lenin a la organización del partido

Bien, es con Vladimir Ilich Lenin, justamente, con quien iniciaremos el círculo de estudios de este primer lunes del mes de marzo del 2007; luego, hablaremos de León Trotski y de su Teoría de la Revolución Permanente, y al final haremos la rueda de participantes de este debate que promete ser fructífero por la calidad intelectual de los diputados y diputadas y demás invitados e invitadas aquí reunidos y reunidas.

Las obras de Lenin ¿Qué hacer? (1902) y Un paso adelante, dos pasos atrás (1904) contienen la materia prima para comprender la teoría leninista de la organización. Pero hay que advertir lo dicho por el propio Lenin: “el escrito ¿Qué hacer?... no se podía comprender sino en el contexto específico de una polémica contra el economicismo”. En esa gran obra se establecen las dos formas de la conciencia del proletariado, diversas por su naturaleza y por su origen histórico: En primer lugar, primeramente: “Las formas espontáneas de esta conciencia que brotan orgánicamente de las primeras luchas proletarias, al principio con carácter emocional, para alcanzar más tarde su pleno desarrollo en “una conciencia tradeunionista”, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno tales o cual leyes necesarias para los obreros, etc”.

Y en segundo término: La conciencia socialdemócrata (llamada así en ese momento histórico); comunista, pues, que no surge espontáneamente en el movimiento obrero, sino que es introducida “desde fuera” por los intelectuales socialistas, originarios de las clases poseedoras.

Roque Dalton, en un trabajo político-poético titulado Un libro rojo para Lenin, se aproxima al ¿Qué hacer? de Lenin. ¿Qué hacer? -dice- Es el resultado y no el inicio de un estudio de Rusia y su formación social (El desarrollo del capitalismo en Rusia, etc.). ¿Qué hacer? Es el análisis concreto a partir de una situación concreta: ¿Qué hacer?, refuerza el poeta salvadoreño, es método, es recomendación metodológica que surge de todo el cuerpo de ideas de Lenin, que en cierto sentido es un resúmen metodológico.

A partir de este análisis de la estructura de la conciencia Lenin construirá su teoría del partido, en la cual propone la institucionalización, en términos organizativos, de los diferentes niveles de conciencia.

¿Que plantea Lenin allí estimados y estimadas camaradas? Lenin instituye una línea clara de demarcación entre el partido y la clase, la vanguardia-organización y el movimiento-masa, la minoría consciente y la mayoría vacilante en el seno del proletariado; y al mismo tiempo, trata de crear lazos entre los dos compartimientos.

En Un paso adelante, dos pasos atrás, sugiere cinco niveles jerarquizados, según el grado de organización y conciencia. Permítaseme ser estructuralista en esta explicación: Esos cinco niveles ponderados los ubica dentro y fuera del partido.

Dentro del partido: 1) Las organizaciones revolucionarias (profesionales); 2) las organizaciones de obreros (revolucionarios).

Fuera del partido: 1) Las organizaciones de obreros ligadas al partido; 2) las organizaciones de obreros no ligadas al partido, pero sometidas de hecho a su control y dirección; y 3) los elementos no organizados de la clase obrera que obedecen, durante las grandes manifestaciones de la lucha de clases a la dirección de la socialdemocracia.

Miren camaradas, Roque Dalton, el poeta asesinado por sus propios compañeros, ya lo referí cuando hablaba del ¿Qué hacer? Cuando Roque Dalton vivió en La Habana, participaba de un Círculo de Estudios, parecido a este que venimos llevando a cabo aquí en el Palacio Federal Legislativo; bueno, él en un análisis político y poético que hace de Un paso adelante, dos pasos atrás, destaca que no es por hacer frases, pero que Un paso adelante, dos pasos atrás, “es un paso intermedio entre el terreno teórico general y lo meramente técnico, por decirlo así, en lo referente al problema del partido”.

¡Disculpen que estoy en deuda con ustedes! Sé que les debo la definición de lo que se conoce como leninismo; por su puesto, que no es mía, es de José Stalin, quien concretaba el leninismo de la siguiente manera: “es... el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria”; o más exactamente, como: “la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular”. Stalin lo especifica, además, como “el desarrollo ulterior del marxismo”.

Con esa herramienta, estoy seguro, entenderemos mucho mejor la teoría de Lenin sobre la organización del partido: “el marxismo aplicado por el proletariado para alcanzar el poder en la época del imperialismo”.

Bien, camaradas, retomemos los principios que constituyen el esquema de las relaciones entre el partido y las masas y que son aplicados por Lenin a la estructura interna de la organización revolucionaria, mediante la elaboración de unas reglas que mencionaré seguidamente:

a) el contenido político de la lucha socialdemócrata (Comunista) y la clandestinidad obligatoria de su acción exigen que la organización de los revolucionarios “debe estar formada, en lo fundamental, por hombres entregados profesionalmente a las actividades revolucionarias”, a diferencia de las grandes organizaciones adaptadas a la lucha económica, que deben ser lo más amplias posible;

b) por las mismas razones, es imposible dar un carácter “democrático” al partido (con elecciones, control sobre los dirigentes, etc.). La estructura del partido debe ser “burocrática” y centralista, fundada en el principio de la construcción del partido desde “la cúspide hasta la base”, de “arriba abajo”. El democratismo, el autonomismo, el principio de organización “de abajo arriba” son patrimonios del oportunismo en la socialdemocracia;

c) por consiguiente, la dirección del partido debe quedar en manos de un grupo de jefes “firmes y resueltos”, “profesionalmente preparados e instruidos por una larga práctica”. Los peores enemigos de la clase obrera son los demagogos que siembran la desconfianza respecto de los jefes y excitan los malos instintos, de la multitud”;

d) finalmente, una disciplina de hierro debe regir la vida interna del partido, disciplina para la cual los obreros están naturalmente preparados gracias a la “escuela” de la fábrica, pero a la cual la pequeña burguesía, anárquica por el hecho de sus propias condiciones de existencia, trata de escapar.

Es mucho lo que podemos extraer de ese postulado teórico que acabo de exponerles; por su puesto, habrá que valorarlo para extraer algunos aportes que nos permita construir en Venezuela, un gran Partido Socialista Unido, como aspira el líder de la Revolución Bolivariana.

De otro lado, camaradas, la historia registra que Lenin recibió fuertes señalamientos de sus adversarios en la socialdemocracia, que lo incriminaban de una concepción “jacobinista” en sus argumentos acerca de la organización; por eso le responde a la camarada Rosa Luxemburgo, ante su crítica, estas palabras,: “Que yo, al definir al socialdemócrata revolucionario como un jacobino vinculado a una organización obrera con conciencia de clase, probablemente he trazado una caracterización más ingeniosa de mi punto de vista de la que haya podido trazar ninguno de mis adversarios”.

Asimismo, le enrostra que la afirmación hecha por ella se aparta una vez más de los hechos. “El primero que ha hablado de jacobinismo no he sido yo, sino P. Axelrod, -le aclara-. Ha sido él quien por primera vez comparó los grupos de nuestro partido con los del tiempo de la gran Revolución Francesa. Yo me he limitado -dice Lenin- a advertir que esta comparación sólo era admisible en el sentido de que la división de la socialdemocracia actual en una ala revolucionaria y otra oportunista coincidía hasta cierto punto con la división en montañeses y girondinos. La comparación en cuestión fue hecha con frecuencia por la vieja Iskra reconocida como órgano por el congreso”.

Lo que pasa, camaradas, es que Lenin no escatimaba esfuerzo alguno en responder a cualquier tipo de crítica, viniera de donde viniera. También le aclaró a la polaca el señalamiento que le hacía en referencia al “centralismo a ultranza”. Clara Zetkin, por ejemplo, subraya que la paciencia de Lenin para escuchar y contestar era infinita, verdaderamente asombrosa. No había cuidado de partido ni dolor personal que no encontrasen en él un oído alerta y un consejo afectuoso. Pero lo más sublime de todo era su modo de comunicarse y tratar con los jóvenes. Hablaba con ellos como un camarada más, libre de toda pedantería escolástica, sin pensar nunca, ni por asomo, que la edad fuese por sí sola una virtud insuperable.

Es bueno destacar aquí que durante la época “staliniana” “¿Qué hacer?... fue traducido y difundido por todo el movimiento comunista internacional como la última palabra de Lenin acerca de los problemas de organización. Ahora bien, Lenin, en 1921, consideraba que la traducción de esta obra no era “deseable”, y exigía que una eventual publicación en lenguas no rusas fuese acompañada por lo menos de un “buen comentario”, para evitar falsas interpretaciones”.

No quiero dejar pasar por alto que desde 1907, en un nuevo prólogo, Lenin formulaba sus consideraciones acerca de este texto, y acentuaba que contenía expresiones “más o menos torpes e imprecisas”; que no se le debería separar “de la situación determinada que le dio nacimiento, en un período ya lejano del desarrollo del partido”, y por último, que era “una obra de polémica dirigida contra los errores del economicismo y que es desde este punto de vista como había que apreciarlo”.

En verdad, queridos camaradas, los escritos de Lenin durante el período 1902-1904 constituyen un todo coherente, que debe estudiarse como tal; sin embargo, ¿acaso este todo constituye “lo esencial del bolchevismo” a “la expresión acabada del leninismo”, como pretenden muchos de sus partidarios y de sus adversarios?

El 22 de septiembre de 1923, Mariátegui publicaba en Variedades un artículo suyo titulado Lenin: Allí dio una visión amplia sobre el padre del Estado Soviético: “La vida de Lenin ha sido la de un agitador. Lenin nació socialista. Nació revolucionario. Proveniente de una familia burguesa, Lenin se entregó, sin embargo, desde su juventud, al socialismo y a la revolución. Lenin es un antiguo líder, no solo del socialismo ruso, sino del socialismo internacional”.

Como falta aún hablarles acerca de la organización que traza Trotski en su Teoría de la Revolución Permanente, les voy a dejar unas interrogantes por adelantado que nos ha hecho formular Lenin: ¿En la escena política contemporánea venezolana y ante las fuerzas impulsoras del cambio social que está en marcha en nuestro país es posible que la vía al socialismo siempre sea pacífica? ¿La lucha parlamentaria y de la reforma puede garantizarnos la transición al socialismo? ¿En qué punto confluyen y en qué difieren la lucha sindical y la militancia partidaria?

Hay otras más. ¿Cuál es el papel de la lucha ideológica en nuestro proceso revolucionario? ¿No está en marcha en Venezuela un proceso de liberación nacional? ¿Son complementarios o antagónicos? ¿Es posible que la clase obrera sea sustituida en su papel de la vanguardia revolucionaria? ¿En la lucha por el socialismo a la venezolana es válido rechazar la dictadura del proletariado?

Tales son las preguntas que Vladimir Ilich Lenin nos puede ayudar a responder en sus obras ¿Qué hacer? Un paso adelante, dos pasos atrás, El Estado y la Revolución, El Renegado Kautski, Las Tesis de Abril, y otros textos, que estoy conteste, ustedes conocen mucho mejor que yo.

Aquí todos sabemos que León Trotski experimentó un proceso de conversión al bolchevismo, el cual emprendió sobre todo mientras acontecía la guerra mundial. Los motivos fueron muchos, pero los historiadores numeran algunos como los más importantes:

a) La ruptura en febrero de 1915, del “bloque de agosto” (del cual formaba parte Trotski, desde 1912, al lado de los mencheviques y de algunos bolcheviques disidentes);

b) La orientación pro-bolchevique del diario de Trotski, Nache Slovo, a partir de 1916;

c) La colaboración de Trotski, exiliado en los Estados Unidos con el círculo bolchevique que publicaba Novyi Mir (1917).

La adhesión final se realizó en el fuego de la revolución, en julio de 1917. No se puede comprender la “bolchevización” de Trotski más que a la luz de los acontecimientos del año de 1917, que le mostraron: 1) las limitaciones del movimiento espontáneo de las masas, el cual, abandonado a sí mismo, permite las maniobras de los “moderados” burgueses (febrero) o desemboca en derrotas terribles (julio); y, 2) la necesidad urgente de una organización de vanguardia sólidamente arraigada en el proletariado y capaz de dirigir la insurrección para la toma del poder.

Hay otras dos consideraciones permiten aclarar la decisión del camarada Trotski:

1) Puesto que su “conciliacionismo” de 1912-1914 se fundaba sobre todo en la hipótesis de que una crisis revolucionaria conduciría a la fusión de las dos fracciones de la socialdemocracia rusa, la crisis de 1917, al abrir una profunda brecha entre el reformismo menchevique y la radicalización revolucionaria del partido de Lenin, lo obligaba a abandonar esta premisa errónea y a favorecer una de las dos corrientes. Por esta razón Lenin remachó, en un discurso del 14 de noviembre de 1917, que desde que Trotski había comprendido que la unidad con los mencheviques era imposible “no ha habido mejor bolchevique que Trotski”.

Era idéntico al de 1904; no sólo se había convertido en un partido insertado en el movimiento de las masas, sino que bajo el impulso de Las tesis de abril de Lenin, había dado un paso hacia la izquierda que a decir de Trotski incorporaba lo esencial de su estrategia de la revolución permanente de algunos “antiguos bolcheviques”, acusaron a Lenin, inclusive, de haberse vuelto “trotskista”.

Por otra parte, compatriotas, esta adhesión no podía efectuarse sin una “desgarradora revisión” por parte de Trotski, de sus antiguas concepciones en materia de organización; revisión no sólo en relación con el bolchevismo, sino, en general; a propósito del papel correspondiente a la organización de la vanguardia en la revolución proletaria. Una lectura “sintomática” de los primeros artículos “bolcheviques’ de Trotski, en 1917, permite descubrir el comienzo del punto de inflexión en su pensamiento. Especialmente esclarecedor es un ensayo sobre la “táctica internacional”, de septiembre de 1917, donde cita sus observaciones de 1906 (del libro Results and prospects) acerca del conservadurismo de los partidos socialistas europeos. Pero, mientras que en 1906 este análisis culminaba en una declaración vaga acerca de a capacidad del proletariado para romper la cadena de la rutina burocrática conservadora, ahora, en 1917, Trotski llega a una conclusión completamente diferente: “Tiempos nuevos exigen organizaciones nuevas. En el bautismo de fuego, partidos revolucionarios se están creando ahora por doquier”.

El fracaso de los espartaquistas alemanes de 1919, probablemente fue, a juicio de Trotski, la confirmación final del valor de los principios de organización del bolchevismo: descubre la causa substancial de los conflictos y las contradicciones por los que pasa la revolución alemana, precisamente, en la falta de un partido revolucionario centralizado, que tenga como cabeza una dirección de combate cuya autoridad sea aceptada universalmente, “ecuménicamente” -como dice Matías Camuñas -por las masas trabajadoras.

A partir de esta época (1917-1919) hasta su muerte, la convicción de la importancia del partido como dirección revolucionaria de las masas, como condición absolutamente necesaria para la toma del poder por el proletariado, se convierte en uno de los ejes centrales del sistema teórico de Trotski.

A propósito de las relaciones entre Gramsci y Trotski, hay que decir una palabra sobre el “estilo” de la crítica gramsciana: Gramsci consideraba a Trotski como un “camarada” y siempre lo trató como tal. Su crítica política nunca sobrepasó la medida para caer en las acusaciones falsas y en las más bajas calumnias. En 1924-1926, Gramsci critica a Trotski y apoya a la mayoría del partido bolchevique.

Ahora bien, de que manera estas teorías planteadas a ustedes esta noche se pueden aplicar a los Cinco Motores de la Revolución Bolivariana; a mi manera de ver, tienen mucho que aportar en el proceso de transición que se dibuja en el horizonte socialista venezolano, pues, como ya sabemos está en marcha la construcción de otra superestructura social, que viene a ser un problema básico de la revolución. Eso que estoy indicando tiene que ver con el Estado, la conciencia de clase, la ideología, el partido.

En la creación de esa superestructura estaremos profundizando la teoría marxista contenida en el pensamiento de los camaradas Gramsci, Mariátegui, Lukacs, Luxemburgo, Lenin y Trotski; de allí que afirme, sin temor a equívocos, debe ser un referente obligatorio para nuestro proceso, sobre todo para no cometer los errores del pasado.

Pienso que el Motor Tres: Moral y Luces: Educación con valores socialistas y el Motor Cinco: Explosión del Poder Comunal: Democracia protagónica revolucionaria y socialista, son los más colindantes con la búsqueda del Socialismo del Siglo XXI que ha emprendido el presidente Hugo Chávez. Toda vez que es necesario y urgentísimo elevar la cultura política del pueblo venezolano, incluida la oposición. Allí “Moral y Luces”, como Tercer Motor deberá cumplir el papel preponderante de posesionar a las grandes masas de mujeres y hombres venezolanos de la conciencia socialista, sin la cual, jamás podremos conformar el nuevo modelo de sociedad que estamos empeñados en materializar. Sin socialistas no habrá socialismo, camaradas.

El Quinto Motor: Explosión del poder comunal va por el camino correcto: ¿Aquí cabría parafrasear a Lenin? ¿“Todo el poder para los consejos comunales”? La respuesta la debemos construir en colectivo en el debate diario. Sin duda que la explosión del poder popular será no sólo la base más sólida de la Revolución Bolivariana, sino que además será la garantía para evitar que la revolución se desvíe. Pero eso va ha depender de los niveles de conciencia socialista que alcancen las masas. Lamentablemente, hay mucho de economicismo en el espíritu de los miembros de los Consejos Comunales, el cual debemos desterrar cuanto antes, no sea que corran un destino parecido al de la mayoría de las cooperativas “bolivaristas”, que se constituyeron pensando en los bolívares, pues.

Es decir, que los Motores de la Ley Habilitante, de la Reforma Constitucional y de la Nueva Geometría del Poder, no crearán necesariamente el Socialismo en Venezuela; pero sí incidirán en la creación de un nuevo Estado, que puede o no ser socialista. Considero que va ha depender de muchos factores, que pudiéramos, discutir en una jornada especial. Estamos compelidos a batallarlo en otra momento si las circunstancias nos lo permiten.

En todo caso, creo que estos Motores permitirán desarrollar una táctica, que si se ajustan a la estrategia de la formación social, podrán coadyuvar con la instauración del Socialismo del Siglo XXI. Bueno, la previsión seguramente ha sido tomada, lo que aquí digo, lo afirmo partiendo un poco de las teorías hoy desglosadas.

Bien, estoy por terminar, permítanme darle las gracias a cada una y uno de ustedes por haberme escuchado. Termino trayendo nuevamente a colación al poeta Roque Dalton, ese malogrado artesano de la palabra, hijo del pulgarcito de América, El Salvador, quien nos define el concepto del leninismo desde el punto de vista de la estrategia y la táctica:

Para ser leninista
se necesita
una escalera grande
y mil chiquitas...


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Isrrael Sotillo


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