El capitalismo bondadoso

El desafío y la carga del tiempo histórico: El socialismo del siglo XXI, es una continuación de su esfuerzo teórico, que estudia las transformaciones experimentadas por el capital, por los movimientos sociales, políticos e intelectuales y la lucha por la construcción del socialismo. Mészáros

El completo reemplazo del “personal burocrático”, tal como la invención del “capitalista bondadoso”, dejaría el edificio del sistema del capital postcapitalista en pie. Y si por algún milagro ello fuera posible no se alteraría en lo más mínimo el carácter deshumanizante del sistema del capital del “capitalismo avanzado”.

Para que pueda funcionar de un modo totalizador que controle el metabolismo social, el sistema del capital y sus principales funciones inherentes, debe tener su estructura de mando históricamente única.

Consecuentemente, en aras de lograr los objetivos metabólicos fundamentales adoptados —en todas sus funciones productivas y reproductivas— la sociedad como un todo debe estar supeditada a los más profundos requerimientos del estructuralmente limitado modo de control del capital (aunque dentro tales límites puedan variar significativamente).

Este proceso de sometimiento, en uno de sus principales aspectos toma la forma de una sociedad dividida, con clases sociales imbricadas aunque sobre bases objetivas irreconciliablemente opuestas. Otro de sus aspectos principales consiste en instituir el Estado moderno como forma de control político totalmente abarcativa. Y debido a que la sociedad se desmoronaría si esta dualidad no pudiera ser firmemente consolidada bajo un denominador común, debe superponerse un sofisticado sistema de división social del trabajo jerarquizado sobre la división funcional/técnica (a posteriori altamente integrada tecnológicamente) del trabajo, como una fuerza que sea capaz de aglutinar al conjunto, superponiéndose a sus más profundas tendencias centrífugas.

Esta superposición de la división social del trabajo jerarquizada como la más problemática fuerza unificadora de la sociedad, y sin duda en última instancia explosiva, es una inevitable necesidad. Surge de la insuperable condición según la cual una sociedad que se rige por la regla del capital debe ser estructurada antagónicamente de una manera específica, ya que las funciones productivas y de control del proceso de trabajo, deben estar radicalmente divorciadas una de la otra y asignadas a diferentes clases de individuos. Así de sencillo, el sistema del capital —cuya razón de ser es la maximización de la extracción de plustrabajo de los productores en cualquier forma compatible con sus límites estructurales— no podría posiblemente cumplir sus funciones de metabolismo social de otra manera. En contraposición a ello, ni aun el orden feudal tiene que instituir ese divorcio tan radical entre la producción material y el control. Independientemente de cuán completo sea el cautiverio político del siervo, privado de su libertad personal para escoger la tierra donde trabaja, él conserva la posesión de los instrumentos de trabajo y retiene un control sustantivo y no formal sobre gran parte de la misma producción.

Bajo el sistema del capital, la división social jerarquizada del trabajo como una necesidad inexcusable, no debe ser solamente sobreimpuesta a los aspectos técnicos y funcionales del proceso de trabajo como una determinada relación de poder. También debe ser mistificada como la justificación ideológica absolutamente incuestionable y el contrafuerte de apoyo al orden establecido de cosas. En ese sentido, las dos categorías de la “división del trabajo” deben confluir, para que el hecho histórico y las condiciones de jerarquía y subordinación impuestas por la fuerza se puedan caracterizar como un dictado inalterable de la “naturaleza misma”, por la cual las desigualdades estructurales impuestas puedan reconciliarse con la mitología de la “igualdad y libertad” —“libre elección económica” y “libre elección política” en el lenguaje del The Economist— y también santificadas por el dictado de la razón. Significativamente, aun en el sistema idealista de Hegel, en el cual a la categoría de la naturaleza —en sintonía con la orientación de los valores de todos los sistemas filosóficos idealistas— se le asigna una posición inferior, sin la menor vacilación y temor de ser inconsistente se hacen apelaciones directas a la autoridad de la naturaleza, en los más variados contextos ideológicos, justificando una desigualdad socialmente creada e impuesta en nombre de una “desigualdad natural”, como hemos visto anteriormente.[5]

En relación con sus más profundas determinaciones, el sistema del capital es orientado hacia la expansión e impelido a la acumulación. Tal determinación constituye tanto un formidable dinamismo anteriormente inimaginable como una fatídica deficiencia. En ese sentido, como sistema de control del metabolismo social, el capital es casi irresistible en tanto pueda exitosamente extraer y acumular plustrabajo —ya sea de manera directamente económica o primariamente en la forma política— en el curso de la reproducción ampliada de la sociedad dada. Sin embargo, una vez que este proceso dinámico de expansión y acumulación se agota (por cualquier motivo), las consecuencias resultan devastadoras. Incluso dentro de la “normalidad” de las perturbaciones cíclicas y los bloqueos relativamente limitados, la destrucción que acompaña las consiguientes crisis socioeconómicas y políticas puede ser enorme, como revelan las crónicas del siglo veinte, que incluyen dos guerras mundiales (sin mencionar las incontables conflagraciones menores). Por tanto no es difícil imaginar las implicaciones de una crisis sistémica, verdaderamente estructural, esto es, que afecte el sistema global del capital no sólo bajo uno de sus aspectos —el financie­ro/monetario, por ejemplo— sino en todas sus dimensiones fundamentales, cuestionando globalmente su viabilidad como un sistema de reproducción social.


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Antonio J. Rodríguez L.


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