Oligarcas (de aquí y de allá), temblad, viva la libertad

1.- Transición: oportunidad para demoler dogmas: 

En tiempos de transición  sería conveniente plantear un tema: ¿se superarán las aproximaciones dogmáticas, doctrinarias, esquemáticas y simplificadoras del pensamiento crítico y revolucionario que domino la escena del siglo XX?  

Mucho se dice: “Sin teoría revolucionaria no hay praxis revolucionaria”, pero acaso ¿puede ser revolucionaria una “Teoría” que no acepta una revolución paradigmática interna de sus presupuestos, sus premisas, sus redes conceptuales, sus categorías, sus concretos figurados y pensados? O al menos, ¿qué no acepta una autorreflexión crítica de sus criterios de justificación epistemológica, de acreditación científica o de legitimación social?  

Resulta al menos extraña una “praxis revolucionaria” basada en un “dogma petrificado”, que no interrogue, que no cuestione, que no inquiete, que no revise, que no supere, que no corrija, que no rectifique, que no se ponga a prueba permanentemente en su consistencia, en su justificación y en su eficacia. 

2.- La historia del dogma del “marxismo de aparato”: 

Una comprensión  histórica de la recepción de las ideas marxistas en el siglo XX venezolano, nos permite constatar la hegemónica diseminación y penetración de las vertientes bolcheviques del “marxismo revolucionario” en el país. Esta es una hipótesis que puede ser fácilmente sometida al debate, indagando con rigor las “configuraciones de nociones, conceptos o categorías”, los procesos ideológicos y organizativos de la izquierda política del país. 

En pocas palabras, por “marxismo” se asimiló no la obra crítica, inconclusa y abierta de Marx y Engels, no la “ortodoxia social-demócrata” (codificada por Karl Kaustky), no el debate sobre el revisionismo marxista alemán (donde se enfrentaron Bernstein y Rosa Luxemburgo), no las tesis del “Comunismo de Consejos” holandés o alemán; no el austro-marxismo, no los “Cuadernos de la Cárcel” de Antonio Gramsci o las reflexiones sobre el “materialismo histórico” de Antonio Labriola, no el “sindicalismo revolucionario” francés o las ideas de Jean Jaurés, no las reflexiones heterodoxas de Georgi Lukacs o Karl Korsch, ni siquiera las reflexiones y auto-criticas tardías de León Trotski. Lo que dominó de manera casi absoluta como “ideario marxista” fue (y sigue siendo como proceso inercial de sedimentación ideológico-política) desde una perspectiva histórico-cultural, el ideario de una particular tradición leninista y bolchevique, disponible en gacetillas, panfletos, volantes y textos que circularon al calor de los acontecimientos de la Revolución Rusa, así como al calor de la conformación de los primeros núcleos comunistas y socialistas en el país.  

Hay quienes quieren estudiar las ideas-fuerza fuera de los aparatos materiales y las matrices de afirmación/sanción que las seleccionan y las legitiman socialmente. Como sí se hubiesen perdido la genealogía de los múltiples y multiformes afluentes de las corrientes marxistas en el seno de tendencias y aparatos políticos, por “marxismo” se supuso aquel hilo de continuidad poco verosímil entre Marx-Engels-Plejanov-Lenin-Stalin. Y esta comprensión vino de la mano de la conformación simultánea de un aparato u organización comunista que, a diferencia de Mariátegui en Perú, practicó sin empacho los lineamientos doctrinarios de la III Internacional Comunista y sus 21 condiciones.  

Muchos de quienes reivindican el “marxismo-leninismo”, parecen desconocer el papel que Stalin y Bujarin cumplieron para codificar lo que denominaron “marxismo-leninismo ortodoxo”, cerrándole el paso (luego de la muerte de Lenin) no sólo a las “ambiciones de Trotski”, sino a todo el debate abierto en el seno del llamado “marxismo occidental”. Se trataba nada más y nada menos que de la legitimidad para acreditarse un legado teórico y político: el legado leninista.  

3.- El estalinismo sigue vivo como hábito ideológico: 

Por otra parte, un papel secundario cumplieron los esfuerzos de la ya estalinista “Academia de Ciencias de la URSS” al administrar, diseminar y acreditar a la “verdadera” filosofía marxista (materialismo dialéctico) y a la “autentica” ciencia de la historia (materialismo histórico). Toda esta tradición, todo este legado fue “consumido pasivamente” como “auténtico marxismo revolucionario” por generaciones enteras de militantes y simpatizantes del socialismo a lo largo y ancho del mundo. Se trataba sin duda de un marxismo institucional, oficial, soviético. 

Comprender a Marx no equivale entonces a desdibujarlo en el seno de la constelación marxista-leninista creada por la tradición estalinista oficial; sino que implica comprender el lugar y papel de sus ideas en el movimiento de emancipación que las afirmaba, en el contexto de la lucha de tendencias y la lucha de clases.  

4.- Recrear el “pensamiento del Marx-libertario” fuera del filtro dogmático: 

Sin comprender las tensiones entre tendencias en las cuales se movía el pensamiento-acción de Marx, tendremos la falsa impresión de que fue Marx una suerte de demiurgo del “movimiento obrero revolucionario” y no a la inversa; que la teoría critica, radical y revolucionaria de Marx fue la expresión viva y la traducción conceptual de los conflictos ideológicos, políticos y sociales de su momento histórico. Marx fue una voz del movimiento, no la única voz del movimiento, no pretendió ser la única voz “oficial” del movimiento proletario. Basta releer atentamente aquellas proposiciones del Manifiesto Comunista para dar cuenta de una actitud completamente abierta y flexible frente a otros partidos obreros:

“¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general? Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros. No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario. Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto. Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario. El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder. Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad.  Son todas, expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.“ (Manifiesto Comunista; 1848)

Compárese esta postura abierta, flexible, amplia y orgánicamente articulada al movimiento de emancipación del trabajo, con las 21 condiciones de ingreso a la III Internacional Comunista (condición 15):

“Los partidos que todavía mantienen los viejos programas socialdemócratas tienen la obligación de someterlos a revisión lo antes posible, y de redactar, teniendo en cuenta las condiciones particulares de su país, un nuevo programa comunista que esté en conformidad con las decisiones de la Internacional Comunista. Como norma el programa de cada partido perteneciente a la Internacional Comunista debe ser ratificado por un congreso regular de la Internacional Comunista o por el Comité Ejecutivo. Si el programa de un partido no obtuviese la ratificación del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, el partido en cuestión tiene el derecho de apelar al congreso de la Internacional Comunista.”.

El espíritu y la letra de estas condiciones de la III Internacional, tuvo un propósito distinto a los “planteamientos marxianos”. Aquellos que fuera de la Internacional intentaran ser aceptados tenían que someterse a estas “condiciones” para no ser rechazados; y quienes adentro de  los partidos comunistas cuestionaran las condiciones y tesis elaboradas por la Internacional Comunista, debían ser simplemente expulsados. Este doble movimiento de énfasis en el “rechazo-expulsión” es justamente el principio  dinámico de toda conformación “sectaria”, pues se trataba de coagular el monolito ideológico y organizativo del movimiento comunista internacional basado en legado leninista.

Todavía hoy, a casi 90 años de aquellos acontecimientos, se subsume por poderosas mentalizaciones a la “teoría crítica” de Marx, bajo aquella escatología que invocaba las “banderas del marxismo-leninismo”; es decir, triunfó todo el dispositivo que conformó la “subcultura del marxismo de aparato”; y lo que es peor, todavía como síntoma de aquellos procesos socio-ideológicos de deformación del “pensamiento marxiano”, hay “teóricos” del socialismo que pasan bajo contrabando la atribución del concepto de “Socialismo Científico” a la autoría de Marx. Ni siquiera se trata de una media verdad.

5.- De lo que hablo Marx fue de una nueva democracia radical en el Socialismo Revolucionario:

Marx no habló en ningún escrito conocido de “Socialismo científico”, tampoco de “Materialismo Histórico”, y menos de “Materialismo Dialéctico”. Estas codificaciones vienen de la mano de Engels, tienen otras “funciones de autor” y otros “propósitos polémicos”. Para ser rigurosamente responsable atribuyéndole ideas a Marx, hay que aclarar algunos puntos. Entre Marx y Engels, no sólo hay matices, sino que hay en algunos puntos no hay un mar de continuidad. ¿Dijo alguna vez Marx, éste “solemne enunciado”, que proyecta esa docta ignorancia de la Ciencia en clave positivista? Sencillamente no. 

Los enunciados de Marx fueron menos problemáticos, tal vez más claros y dirigidos no a obtener una acreditación científica, sino a convencer a sus camaradas de lucha que existía un conocimiento disponible para clarificar sus situaciones, que había que apalancar medios de acción disponibles y reconocer las finalidades de la lucha, hablando de una forma de construir conocimiento crítico y revolucionario (una combinación de “ciencia” y “revolución”, radicalmente distinta del cientificismo, la filosofía o el saber burgués de cuño positivista, marcada por las huellas de las disputas en el seno de la escuela hegeliana de la filosofía alemana) desde la perspectiva del proletariado: “socialismo revolucionario” y “comunismo”.  

Sin comprender no sólo el hegelianismo, sino todo el materialismo burgués de la ilustración (francés e ingles), incluyendo todo la estela del pensamiento post-kantiano hasta llegar a Feuerbach, es imposible comprender el clima intelectual que condicionó la formación del “pensamiento marxiano”. Las llamadas “tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” (Lenin), se quedan completamente cortas frente a la enciclopédica cultura de formación espiritual de Marx, que rebasa fronteras disciplinarias e inaugura una verdadera revolución teórica inconclusa en el pensamiento moderno-occidental. Marx no puede reducirse a la caricatura del llamado “Socialismo Científico”. 

Hasta donde se soporta el argumento con rigor de documentación histórica, fue su amigo Federico Engels, quien trató no sólo de popularizar-vulgarizar el pensamiento crítico y revolucionario de aquel compañero de travesía revolucionaria, colocándole el adjetivo de “científico” al Socialismo Todavía hoy corren chorros de tinta sobre tales problemas: ¿cuál fue el estatuto epistemológico del discurso de Marx? ¿Fue un “discurso científico”, evaluado según el canon dominante de la época de la ciencia histórica y social burguesa, moderna, europea y positivista? ¿Acaso Marx fue el creador de aquello que los manuales de la URSS llaman “materialismo histórico” y “materialismo dialéctico”?

En la lucha ideológica, ciertamente, hay mucho “contrabandos ideológicos”, mucha falsificación de contenido, envase, marca y empaquetamiento.  Marx y Engels no siempre enunciaron exactamente lo mismo. Responder al uso de la metodología rigurosa en las ciencias sociales e históricas críticas también implica que las nociones y conceptos que se usen respeten las diferencias y cualidades, incluso cuando efectivamente el papel de un grupo social y de sus voceros ideológicos depende de su lugar en el sistema de relaciones sociales, no de caprichos subjetivos.

6.- De Marx a la teoría critica, radical y revolucionaria:

Todavía hoy, el gran desafío de la “teoría crítica, radical y revolucionaria”, la base de las diferentes perspectivas teóricas contra-hegemónicas, es evitar el esquematismo simplificador, las vulgarizaciones y la omisión de la actividad practico-crítica para transformar la realidad histórica. Es preciso transitar desde ese marxismo-soviético a planteamientos elaborados desde “marxismos críticos, abiertos, no dogmáticos”, incluso ir más allá de Marx, transitar del “pensamiento marxiano” al “pensamiento radical contra-sistémico”, proponer una postura abierta, amplia, flexible, no dogmática ni sectaria para amplificar la potencia de la teoría crítica.

No se trata sólo de expresar ironías de la historia (como Marx fue convertido en dogma), sino de comprender como un sistema de enunciados, termina significando algo muy distinto (sometido a la entropía a su significación y sentido), en manos de los vulgarizadores con claras intencionalidades en el juego político. Si la revolución democrática, socialista, eco-política y descolonizadora afirma algo, es precisamente la necesidad de un intelectual colectivo caracterizado por su diversidad, amplitud y compromiso en la lucha teórica y práctica frente al orden capitalista. No se trata de repetir los errores del sectarismo y el dogmatismo que caracterizaron al movimiento comunista internacional durante el período estalinista.

8.- Contra el socialismo burocrático:

Cuando hemos planteado en diversos artículos, no es posible realizar la democracia socialista del siglo XXI con la ayuda de las armas melladas que nos lega el Capitalismo y el Socialismo Burocrático (los atributos de este ultimo son definibles):

a) Socialismo en un solo país,

b) Sistema político de partido-único,

c) Dominio de la propiedad estatizada,

d) Conciencia moral represiva/deber de sumisión ideológica,

d) Táctica de clase contra clase,

e) Hegemonía autoritaria,

f) Dogmatismo,

g) Burocratismo,

h) Sectarismo,

i) Cesarismo, bonapartismo, culto a la personalidad del líder infalible; 

A aquellos compañeros y compañeras que están socializados en la mentalización mass-mediática de la industria de la manipulación de las conciencias (con su slogan: ¡permítanme pensar por usted!), que optan por recetas (Socialismo-tips), que no les basta con orientaciones sobre lo que NO queremos reproducir: el “calco y copia” del Socialismo Burocrático; les planteamos algunas indicaciones para el debate, para que en un diálogo polémico, en espacios e instancias colectivas de discusión, retomar la tarea fundamental de investigar, debatir e intervenir en los procesos de transición histórica al “nuevas vías de socialismos radicalmente democráticos”: 

a) Revolución mundial y construcción de bloques de poder regionales,

b) Sistema político multipartidista y frente amplio de organizaciones políticas revolucionarias,

c) Hegemonía de la socialización, gestión y propiedad colectiva directa, fase de transición basada en la economía mixta de carácter socialista basada en un sistema democrático de planificación y autogestión obrera,

d) Ética, estética y afectividad para la liberación, deseo de insumisión permanente,

e) Táctica del frente amplio revolucionario,

f) Hegemonía democrática, socialismo liberador, democracia participativa, protagonismo popular,

g) Pensamientos radicales, críticos y creativos,

f) Contraloría social y popular directa  de la administración socialista,

h) Liderazgo democrático revolucionario, conducción colectiva, colegiada y consultiva, de amplia participación, rotación y revocación de cargos por las bases.

 

9.- Retomar el debate y programas de investigación-acción sobre las transiciones socialistas: 

No presuponemos que la etapa de transición consistiría en fortalecer el Capitalismo Monopólico de Estado (propiedad nacionalizada bajo control de los altos funcionarios del Estado), pues estaríamos ya en el callejón sin salida de la conformación de una nomenclatura (burguesía, sea alta, mediana o pequeña, con control de la apropiación directa desde Estado del excedente) y de una “nueva clase” político-económica.  

El sistema económico de la transición no puede pasar necesariamente por el fortalecimiento del capitalismo de Estado, incluso si es denominado “socialismo de estado”, pues si los procesos económicos son dirigidos exclusivamente por una burocracia de Estado bajo las órdenes de la dirección del Partido-único, conformarán una nueva clase dirigente y dominante, que dispondrá directamente de las palancas directas de producción y/o apropiación de excedentes; y por tanto, de la plus-trabajo acumulado, mientras que las clases trabajadores (con ocupaciones manuales o de gestión) no recibirán más que salarios, constituyendo así un sistema de clases y estratos explotados. 

La lección fundamental del balance histórico de inventario de los experimentos de transición al socialismo en el siglo XX, cuyas enseñanzas deben ser aprovechadas, es que no hay “modelos” a “calcar y copiar”; que el principal error es la reproducción servil de guiones ideológicos ó recetas de socialismo, sobre todo sí se pasa por alto que cada experiencia nacional-popular de acumulación de fuerzas sociales, políticas y culturales, implica simultáneamente la construcción de un Proyecto Estratégico Nacional (con capacidades, recursos, patrimonios y perfiles particulares), que debe caminar básicamente sobre sus propios pies, sobre sus ensayos, errores y logros, tomando en consideración no las experiencias internacionales erráticas, sino evaluando históricamente a escala mundial los resultados positivos en las dimensiones de derechos personales y colectivos, sobre todo de la capacidad de intervenir y decidir directamente en los asuntos colectivos.  

La recuperación del pensamiento radical, de las teorías críticas, pasa justamente por marcar distancia frente a cualquier postura que pase el triángulo dogmatismo/doctrinarismo/sectarismo, desconociendo la vitalidad de múltiples plataformas de pensamiento insurgente desde el Sur, más allá del marxismo-dogma, más allá de la mitología marxista-leninista, más allá de la racionalidad burocrática de los guardianes de la verdad en la izquierda de aparato.

10.- Salir del marasmo: contra la burocratización de la conducción de la revolución:

Hoy mas que nunca, en momentos de reflujo inducido parcialmente por la burocratización  (de la conducción de la revolución), es preciso promover un despliegue radical-democrático y socializante del poder político, hacer efectiva la democracia participativa, superar el imaginario vertical del poder, adecuar las estrategias y tácticas a las realidades concretas de cada espacio, sector, grupo o movimiento.

Es preciso criticar radicalmente y evitar el vanguardismo, el sectarismo, el burocratismo del partido “hegemónico”, liquidar el sectarismo desde un discurso y praxis anticapitalista y superador de cualquier idea de estatismo autoritario. Esto apunta a analizar críticamente la determinación de las lógicas de dominación de la sociedad capitalista y del socialismo de estado, para lograr la autodeterminación de los sectores populares-subalternos.

Justificar la teoría crítica, radical y revolucionaria implica en las actuales circunstancias, asumir el carácter profundamente libertario de  diversas formas de marxismo abierto y de pensamiento radical contra el vanguardismo, el burocratismo, el dogmatismo y el sectarismo, como consecuencia de la impugnación al legado histórico de la “stalinización” en los partidos y organizaciones revolucionarias.

Ante el estado de postración ideológica de la izquierda tradicional en el país (que se ha quedado repitiendo las consignas de la revolución rusa o de las fases constituyentes de la revolución cubana), no hay que obviar las reales condiciones de vida, necesidades y aspiraciones sentidas de los sectores populares subalternos, su cultura de resistencia-insurgencia, sus mundos de vida, sus reclamos y reivindicaciones directas, para apalancar las luchas nacional-populares, democrático radicales y anti-imperialistas.

La reflexión teórica y política radical más significativa del período de superación del estalinismo a escala global tiene que ver con la autonomía emergente de la clase trabajadora, los precarizados, los desempleados, las mujeres, los estudiantes, los pueblos indígenas, los migrantes, los movimientos ecologistas  respecto a la estructura de mando del Capital, el poder de generar y sostener formas sociales y estructuras de valorización independientes de las relaciones de producción capitalista y del dominio del Estado.

11.- Contra el Capital y contra el Estatismo: oligarcas temblad, viva la libertad.

Una oposición generalizada al Estatismo y al Capital implica formular nociones radicalmente democráticas y alternativas de poder, insistiendo en la autonomía e insubordinación de los movimientos sociales contra el dominio del Estado y del Capital. No puede separarse artificialmente el metabolismo social del Capital de su estructura de mando, control y disciplina.

Transformar el estado capitalista implica no desdibujar el horizonte de la crítica radical a la forma-Estado, implica una fase de transición, claro está, que pasa por la democratización intensiva y extensiva de las relaciones de poder, no por una re-oligarquización del poder de mando y decisión en cogollos, cúpulas o nuevas clases dominantes.

Ese es el significado de la expresión "rechazo de la idolatría del estatismo-burocrático" y del ser cooptados por el metabolismo del Capital, incluso personificado en la “propiedad estatal”. Rechazo de la dominación, de la explotación del trabajo, de la hegemonía ideológica, de la  exclusión social, de la discriminación y negación cultural.

Debemos reconocer que las concepciones del marxismo crítico, abierto y libertario tuvieron poca difusión e influencia en América Latina y en Venezuela en el siglo XX. Sólo a partir de la gran crisis de 1968, y luego de 1989 con la debacle del Socialismo Burocrático en la URSS, es posible asumir posiciones abiertamente impugnadoras del reformismo socialdemócrata o del marxismo-leninismo ortodoxo en sus variantes prototípicas en la región, como el guevarismo, el maoísmo o incluso, el trotskismo. Hoy día, las premisas ideológicas de la revolución rusa o de la revolución cubana, en su fase de descomposición o de “estalinismo consolidado”, constituyen  obstáculos para la construcción de nuevas formas de democracia socialista para el siglo XXI.

Se requiere potenciar una cultura libertaria en el campo de la izquierda política, dada la insatisfacción con el burocratismo, el autoritarismo, el sectarismo, el dogmatismo y el vanguardismo de la izquierda revolucionaria tradicional. Al parecer, algunas tendencias quieren obviar el quiebre paradigmático que significó, no sólo la caída del Muro de Berlín en 1989, sino la contra-revolución burocrática iniciada desde el momento en que Lenin liquidó el frente amplio de organizaciones revolucionarias de izquierda en medio de la edificación del capitalismo de estado y el nuevo estado socialista. Esto significa un quiebre significativo de la historia oficial del marxismo-leninismo ortodoxo, lo que aquí llamamos “subcultura del marxismo de aparato”. Tal ve será preciso sacar todas las implicaciones de la siguiente proposición:

"No queremos tomar el poder político para nosotros, ni para alguna otra organización en particular, ni que sea ejercido por alguna organización –del tipo que sea- en interés del pueblo. Ni el poder de una sola clase social. Queremos el poder del pueblo en su propio interés. Será precisamente el pueblo quien decida las formas y modalidad de su gobierno, además de la forma en que éste sea vigilado por el mismo pueblo.” 

Alguna vieja izquierda comparte con Betancourt, la tesis de que el pueblo no existe, que sólo es una entelequia. Quieren gobernar sobre el pueblo. Otra cosas planteaba Simón Rodríguez, la educación popular tiene otra misión: que sea el pueblo el que se auto-gobierne… la auto-valorización del poder constituyente de la multitud…eso suena a revolución permanente… ¿será por eso que algunos temen cuando escuchan el himno federal y miran el legado histórico de Ezequiel Zamora en su contexto de utopismo socialista?:  

“Oligarcas, Temblad, Viva la Libertad!”

jbiardeau@gmail.com




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Javier Biardeau

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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