¿Dispuestos a reemprender el camino de la organización necesaria?

La tarea orgánica para “otra política”

Material de debate

Tenemos desde el año 2004 (por aquellos momentos en que las “ubes” destrozaban gracias a su propia capacidad de autorganización la conspiración en marcha y caían estatuas sin permiso) una situación de “vacío de movilización”-“vacío de construcción autónoma” que ha llegado en los albores de la nueva década a transformarse en el punto de definición mas claro de lo que es hoy el movimiento popular venezolano. El movimiento popular en su inmensa mayoría ha quedado aplastado por la lógica corporativa que le ha impreso la nueva burocracia al estado venezolano, ella misma, enamorada de su poder, de los dineros acumulados por sus jefes y por el renacer inaudito del capitalismo de estado en medio de una revolución sobrada originalmente de lenguajes antiburocráticos, antifascistas y libertarios. Los resultados podrían detallarse en muchos lugares donde nos acercamos a lo nefasto desde el punto de vista de la gestión revolucionaria de gobierno, pero el criterio resultante más consensuado es el de un estancamiento formidable de la lucha popular revolucionaria. Razón por la cual se han creado las condiciones para el éxito de una doble ofensiva reaccionaria tanto en el ámbito continental, teniendo a Honduras como el mejor de sus cosechas, como en el ámbito nacional donde la “razón de estado” se impone sobre “la razón de todos”.

 En la medida en que aumenta el asentamiento interno de una corte política que sólo vive de la explotación de la plusvalía política colectiva creada por el esfuerzo de millones que día a día se insertan en el trabajo social, controlados segundo a segundo por las direcciones ministeriales, gobernaciones, institutos, etc, esto mismo ha permitido un rebrote electoral de la derecha y la revitalización del imaginario liberal-oligárquico que esta derecha expresa. Tal situación indirectamente contribuye con el golpe en Honduras, ha radicalizar la situación colombiana donde se ha hecho del genocidio su placer y discurso central político del bloque dominante y por acá el cambio de correlación de fuerzas representativas que nos espera para las elecciones legislativas de septiembre. Todos ellos son los signos, entre otros, de una misma tendencia marcadas por el bloqueo mutuo: imperial y burocrático, liberal y corporativo, de la rebelión nuestramericana.

 Es evidente que en la medida en que se centraliza, personaliza, desmoraliza, desmoviliza y se partidiza el chavismo como lugar de afluencia desde los años noventa de miles de colectivos populares, en esa misma medida éste ha perdido su lugar de liderazgo frente a la movilización y autorganización popular. La relación entre una cosa y otra ya es demasiado difícil negarlo hasta en el más “chavista”. Son mínimos los ejemplos donde la movilización popular de lucha allí donde renace es defendida y sostenida por la acción de gobierno y por ende de sus liderazgos y direcciones de partido. Por todos lados estos señores y señoras se están dedicando a bloquearlo todo en nombre de la sobrevivencia de la revolución que dicen representar y que a una buena parte los hace ricos; claro, cuando ya la presión social los desborda apelan al “jefe” y este, en nombre de todos, ofrece la salida que crea herida en la oligarquía, sin embargo, la mayoría de ellas supone solo un recambio de patrones, del dueño privado al propietario público.

 Pero en realidad el problema que tenemos delante es la ausencia de una respuesta coherente y congruente a esta situación que no suponga en absoluto el alimentar nuevos oportunismos “centristas” dedicados a recoger del árbol caído a provecho propio. Nos referimos a las posiciones y nuevas invenciones candidaturales de partidos como el PPT, ni búsquedas absurdas de acumulación de fuerzas insurreccionales por fuera de los valores y espacios de organización producidos dentro del proceso histórico revolucionario que hemos vivido desde hace 21 años, nos referimos al vanguardismo centrado en el monólogo antichavista.

Estamos hoy en día obligados a fabricar un orden de realidad que permita hacer verdad los sueños de la rebelión del 89. Esa “otra república” autogobernante y nuestramericana tiene que empezar a verse en tanto poder y realidad. Es decir, un engranaje complejo, compacto y horizontal de infinidad de nudos y tejidos de articulación popular que permitan ir desapareciendo del mapa las viejas relaciones de dominación burocráticas, capitalistas y colonialistas, al mismo tiempo que hagan brotar desde todos los territorios posibles constructos productivos y societales dignos de una “nueva vida”, póngase el nombre que quieran: socialistas, comunistas, anarquistas, comunales, etc. Es el cometido que nos dejan las rebeliones de las últimas décadas y frente al cual necesitamos a como de lugar construir “una política”, lo suficientemente lúcida, y “una organización”, lo suficientemente comprometida, militante y cohesionada, que garanticen la consecución de dichos cometidos libertarios.

En función de abrir el debate necesario para ello empecemos por aclarar lo que en nuestra consideración es un vacío de definición que ha hecho estragos dentro de esa amplia vanguardia colectiva que constituye hoy en día lo más sano y combativo del movimiento popular. Sin duda hemos querido avanzar en la generación de una “nueva democracia” centrada en la participación y el protagonismo popular (es el prioridad política del poder popular), una “nueva independencia” que enfrente el imperio capitalista global y reabra camino al sueño unitario bolivariano, y de manera más ambiciosa todavía, en la fundación de las primeras bases de un orden que ahora llamamos socialista. Si a ver vamos toda la retórica de gobierno, todo el ideario que comunica,  se ordena alrededor de estos tres ejes apuntalados sobretodo en los últimos seis años (2004, fin de la primera conspiración contrarrevolucionaria) por el liderazgo personal de Hugo Chávez y una institucionalidad de estado que en apariencia se hace cada vez más empática tanto a este liderazgo como a los contenidos políticos del mismo (terror de la oligarquía a la aparición desde aquí de una nueva Cuba). Estos ejes en su conjunto podríamos reconocerlos sin duda como una inmensa victoria hegemónica de la revolución (una gran victoria de las ideas emancipadoras) como proceso radical de transformación del orden social, político y cultural. Más aún, es gracias a esta parcial victoria que hoy en día podemos decir que el hecho revolucionario sigue estando vivo y presente. El problema inmenso frente al cual no hemos sabido definirnos es el problema del poder, es decir, cuál habrá de ser el mando que ayuda a direccionar políticamente el proceso de materialización de la hegemonía conquistada.

Avanzamos en una hermosa fantasía libertaria, en hablar de “poderes populares” y “hombres y mujeres nuevos”, de comunas, propiedad social y consejos obreros, de nueva pedagogía, producción agroecológica y estrategia continental (bases entre otras del programa nuestramericano). Hemos convencido y a la vez obligado a que el común de las instituciones asuman este ideario como suyo pero realmente nada en concreto hemos definido respecto al poder, o la lógica de mando si se quiere, que será el pilar de la materialización de esa fantasía común. Nada más ridículo que un “hiperburócrata” tratando de convencer a todos que sobre su alma se funden Marx, Bakunin y Bolívar…y a quienes por lo general ni siquiera ha leído… Mientras tanto los más astutos gendarmes teóricos del orden constituido se ríen, entienden que el juego está en hacer de esa victoria hegemónica un trampolín para afianzar sus intereses de clase, y sobre esta claridad tratan de revivir lo que hoy en día no es más que una grosería al pueblo y la historia revolucionaria: aquello de la “teoría de la transición” en su versión más conservadora y determinista. Digamos que para ellos la única manera de llegar a una cosa, que nadie sabe exactamente de que se trata, llamada “socialismo” (en principio una sociedad no fundada sobre las relaciones sociales capitalistas sino en relaciones solidarias) pasa necesariamente por un período previo donde habrá de dominar el capitalismo de estado, la burocracia, la planificación central y el partido representativo de la clase (solo que ahora su camino será más pacífico y aceptando gran parte de las formalidades heredadas de la democracia liberal). Sobre esta tesis mil veces derrotada, pero nominalmente reimpuesta el día que Hugo Chávez dispuso que cada ministerio tendrá el prefijo de “ministerio del poder popular para…”, entramos en una fase regresiva, delegativa y finalmente absurda: hacer de un estado rentista y dependiente que lo mejor que puede hacer es administrar “progresivamente”  la crisis del capital, la estrella que ilumina el camino de la emancipación social y la liberación del trabajo.

La fantasía liberadora adquiere entonces la forma de una ideología de estado, al mismo tiempo que este tiende a cerrarse alrededor de una lógica vertical y corporativa, mientras el mando revolucionario y de estado se personaliza cada vez más. De esta forma la victoria hegemónica queda bloqueada en la reproducción ampliada y renovada de un viejo, ineficiente y corrupto estado que ahora “es de todos”: y es efectivamente de todos, todas o demasiados. En realidad, de aquellos que hemos quedado atrapados observando como las ideas más queridas las gritan y devoran los nuevos magnates del orden capitalista nacional. Y entre tanto, en medio de tanto absurdo e inevitable tendencia a la decadencia, el imperio empieza a preparar de nuevo las baterías necesarias para acabar con los fabricantes legítimos de esta rebelión, y junto con ellos, sus conquistas, sus sueños, su expansión liberadora. Es la “república liberal-oligárquica” que nuevamente espera su hora, piensa su propia transición y sus alianzas inevitables.

Hay muchos retos por delante pero insistimos que el primero de todos pasa por construir una política que defina el punto de poder o el punto de mando por donde habrá de garantizarse la victoria definitiva de las ideas creadas y defendidas. Tanto como supimos impedir la entrada del desastre neoliberal, hoy en día, conscientes de los límites que arrastramos como movimiento popular y revolucionario a la hora de fabricar la rebelión necesaria, a como de lugar se nos impone la tarea de dar un salto cualitativo que al menos sepa pararle el trote a la lógica corporativa del “estado socialista” y su futura e inminente hermandad con la república oligárquica que hoy lo desafía y desgasta. Es desde este acto de conciencia de donde reaparece para nosotros la “tarea orgánica” como reto del presente. Seamos propositivos en ese sentido:

 

1. Respecto al poder en sí, antes de verlo como una batalla de tácticas y estrategias encaminadas a la conquista de “un lugar” ya constituido y articulado de mando oficial, somos de la consideración que “nuestro poder”, el poder de los descamisados, (ese “nosotros” consciente de sí que se enfrenta a los “hijos de puta” de los que hablaba Pancho Villa) será y existirá siempre en la medida en que se entienda a sí mismo desde una política absolutamente autónoma de las lógicas burguesas, representativas y burocráticas del poder (mucho y con toda razón todas las tendencias del pensamiento libertario han repetido lo mismo) centrada en la creación constituyente. Si el destino de ese nosotros se pone así mismo fuera de esta lógica, “nuestro poder” no puede ser otra cosa, y en primer lugar,  que “nuestra política”, es decir, nuestras ideas-mundo convertidas en una voluntad colectiva de transformación profunda que se lleva a la práctica partiendo de lo que somos y hacemos en tanto fabricantes materiales e inmateriales de la comunidad humana. Ese es el poder que proponemos buscar y crear. Por tanto, nuestra política es “otra política”, es decir, no es una política que pide un puesto dentro del orden de dominio garantizando la tranquilidad de todos sus actores, es una política fabricada desde la comunidad que lucha en función de la vida que queremos conquistar para todos, cualquiera que sea la forma o formas de lucha que nos toque afrontar.

 

2. Situándonos desde esta perspectiva, una “otra política” que supone “otra” perspectiva de poder nos obliga al mismo tiempo a ubicar el problema de la transición ya no como una pretensión teleológica (una teolog de tránsito entre dos modos de producción antagónicos (capitalismo-comunismo) dirigido y completado por una vanguardia iluminada. Entendemos el problema de la transición desde una posición humilde y material e igualmente comunista: como un modo de reconocer cuales han de ser las condiciones básicas para que una pluralidad de experiencias de carácter anticapitalista puedan ayudarse a sí mismas y al resto de los pueblos a realizar sus objetivos emancipadores esenciales independientemente del tamaño y trascendencia histórica de las mismas. Por los momentos nos atrevemos a adelantar las siguientes condiciones:

a. Que la construcción de una organización y una política anticapitalista suponga como meta fundamental la generación de experiencias colectivas anticapitalistas

b. Que todo proceso de transición está centrado por tanto en la creación de nuevas relaciones de producción que se liberen de las ataduras tanto de la división social del trabajo como de las relaciones despóticas que implican la producción y explotación de plusvalía (incluimos entre ellas la explotación de plusvalía económica, política como ideológica)

c. Que lo esencial frente al problema de los estados nacionales y sus gobiernos no es en sí la conquista de un gobierno de izquierda sino la posibilidad que el mando de estado –al menos en una buena parte- trabaje por un largo período como una retaguardia  de los núcleos más avanzados y comprometidos de la lucha popular (mando que obedece). Esto supone obviamente una presión inmensa sobre los agentes de estado de manera que no les quede otra alternativa que “el obedecer” el mando multitudinario, el cual a su vez necesitará de un base de articulación y síntesis que supere en poder la lógica autoritaria del estado. En otras palabras que la potencia social transformadora quiera y pueda tomar el papel dirigente que le corresponde como sujeto de transición y a su vez exista una dirección de gobierno dispuesta a entender la razón, facilitar y a la vez acatar su papel “obediente”.

d. Que la centralidad territorial que supone esta política de transición vaya creando las condiciones para borrar del mapa las divisiones regionales, nacionales, clasistas heredadas del mundo capitalista

e. Que la o las organizaciones revolucionarias que se comprometan con este tipo de premisas trabajen como un tejido entrelazado fuera de todo criterio de representación y a distancia del poder constituido

 

3. Estas premisas nos obligan a empezar a ordenar en lo que respecta a nuestra experiencia una tesis “alternativa” de la transición, de “otra transición” propia que nada tenga que ver con estar justificando el suntuoso mundo de los nuevos magnates de turno, y lo peor, como únicos garantes del futuro soñado. Como bien lo adelantó Marx en el “Programa de Gotha”, la realización del programa revolucionario no se funde con el pasado en un híbrido estatal impotente. Un “viejo poder”, aunque haga suyos todos los humanismos e igualitarismos que queramos, jamás le abrirá las puertas a ese programa, el cual hoy en día sintetizamos en la liberación del trabajo, el conocimiento y la tierra. La “dictadura revolucionaria del proletariado” de la cual habló y que tan mal utilizada fue después, no es más que una brusca manera de reafirmar la necesaria ruptura que supone el comenzar la construcción de la nueva sociedad. Todas las grandes revoluciones del siglo XX trataron de responder a este reto sin éxito con la tristeza de los auténticos líderes revolucionarios y frustraciones extraordinarias de casi la mitad de la humanidad. En respuesta, creímos por estas tierras nuestramericanas a los principios de este siglo que la formalidad constituyente e inaugurativa –la “refundación nacional” de la cual se habló- de un nuevo formato democrático y popular de por sí nos abría el boquete en el cielo, faltaba adecuar a ello los instrumentos políticos de movilización y los liderazgos pertinentes (Chávez, Evo, Correa, etc). Era y es un paso esencial que ha generado una experiencia colectiva fundamental, pero es la “praxis” y la “conciencia crítica” que deriva de ella, quien enseña. En ese sentido hoy podemos decir sin ambigüedad, corriendo el riesgo de las equivocaciones y límites de siempre, que cualquier “otra política”, pase lo que pase en los graneros del orden constituido, sean cuales sean las retóricas de sus nuevos líderes nacionales, lleguen hasta donde lleguen los logros de esta fase “progresiva y constituyente”, sea o no sea necesario establecer puentes tácticos o momentáneos con las tendencias más progresivas y honestas ligadas a este liderazgo, estará obligada a producir su propia transición sobre elementos radicalmente distintos a los límites del estado-nación y sobre un “nosotros” amplio, diverso, plural, pero que no acepte nunca encerrarse tras las rejas de dirección externa y burocrática alguna. Contemos algunas metas particulares que nos parecen fundamentales para esta transición desde “otra política”:

 

a. Uno: no siendo el estado-nación, en concreto, el gobierno nacional, su objetivo político primario, sino el espacio vital y productivo que necesitamos descolonizar, descapitalizar y liberar de los dominios heredados desde la colonia hasta hoy. Dos: situándonos en el contexto global del capitalismo de hoy y al mismo tiempo en el renacer de un utopismo bolivariano o nuestramericano esencialmente anticapitalista. Se hace por tanto fundamental “una política y una organización inspirada en ella” que aprenda a trabajar de manera “desnacionalizada” construyendo nuevos territorios y nuevas comunidades, a partir de la fabricación de todas las formas de articulación cognitiva, comunicante, productiva, formativa, distributivas, movilizadoras, posibles, quebrando todos los límites territoriales, raciales, nacionales, locales, sexistas, que la historia nos ha impuesto.

b. “Todas nuestras luchas” las de todo ese inmenso “nosotros” hecho esencialmente de clase trabajadora, es nuestro contexto. Desde ellas organizamos nuestro encuentro, los contenidos de estas luchas, la unidad necesaria. Sin embargo, ya no es suficiente reafirmar su desafío y la autonomía de ellas y con ello la autonomía política de las clases populares. Hoy en día, en el marco de esa “transición alternativa”, es esencial construir una “nueva soberanía” y una “nueva institucionalidad” ligadas a la lógica del no-estado que no es más un inmenso tejido “desnacionalizado” y “desburocratizado” de poderes populares, y que al menos en el contexto nuestramericano ya no reconozca ni fronteras entre países ni la legitimidad de los viejos poderes estatales. Reconocemos sí que están allí, merodeando su propia e irresoluble crisis, imponiendo su fuerza y su represión. Son, estructuralmente, el mando colectivo inmediato de nuestros enemigos históricos, mandos que ya no saben qué hacer para mediar en frente ante las enfermedades letales de su querido e imperial orden.

c. Por tanto, al hablar de “poder y de mando” obligados estamos, desde los lugares que esas luchas nos congreguen, desde los acontecimientos que ellas produzcan, desde “el” o “los” congresos de los pueblos que sean necesarios, generar el “proceso constituyente y popular” que le abra camino a esa “nueva república autogobernate y nuestramericana”. Nada podemos estar decretando en ese sentido que no sea del aprender de los caminos principalmente indígenas y zapatistas ya avanzados. Lo que sí nos atrevemos a advertir es que no se trata de una integración estatista donde privará siempre la lógica del estado más fuerte y con más recursos. Es una integración mucho más compleja y horizontal, “desestatizada”, producida por “multitudes” y creada desde la suma de espacios locales y específicos, regiones y corredores territoriales que sepan imponer un orden feliz de liberación. Articulándose y fortaleciéndose a ellos mismos desde un –o varios- espacios federativos y confederativos que los vaya fusionando y acrecentando su capacidad tanto productiva como de combate. Seguramente su proceso transitivo y constitutivo durará mucho tiempo –por lo menos varias décadas- y seguro que serán muy profundos y dolorosos los conflictos que se habrán de atravesar. Se trata de un continente demasiado apetecible para los imperios sobrevivientes y para su violenta respuesta también tendremos que prepararnos “más allá de toda frontera”. Sin embargo “el acto del nacer”, ese “síndrome constituyente” que definitivamente le de vida a esta otra política, junto muchos, tenemos que comenzar a incitarlo y disparar su fragua. Ello puede ser desde el lugar más pequeño o el congreso más grande. Por aclarar estas palabras se escriben precisamente desde lo más pequeño y territorializado.

d. Ordenando elementos, decimos entonces que esta “otra transición” tiene por delante el reto fundamental de la unidad en lucha de los pueblos desde sí mismos y en su propia singularidad. Ahora, al mismo tiempo reconocemos que estamos enfrascados en una cultura y unas estructuras sociales y productivas, de orden privatista, burocrática y nacionalista que a la final, guiados por neoliberales o capitalistas de estado, siempre quedarán ahogados bajo la lógica imperial del capital. Por lo cual toda “estrategia” para esta “transición”, recogiendo la sabiduría china, tendrá que estar enfrascada “por ahora” en un “doble espacio de lucha”:

e.  Primero, en un espacio de “lucha nacional” que busque en el mejor de los casos que dentro de los estados nacionales al menos se imponga una corriente que termine de entender el papel de “retaguardias” útiles que pueden jugar importantes fragmentos de estos estados frente una nueva “corriente histórico-social” que no sólo los está negando sino fabricando un orden alternativo desburocratizado y desnacionalizado. O al menos podamos establecer en puntos concretos relaciones de “equivalencia de poderes”, es decir, una difícil relación “de igual a igual” entre la lógica de pueblo y la lógica de estado. Esto supone una actitud política positiva frente la pertinencia táctica de la lucha tradicional por los espacios del poder constituido, apoyando los grupos más progresivos compenetrados en esta lucha, siempre y cuando se vea en ellos únicamente una retaguardia necesaria del mando popular exento él mismo de toda lucha representativa. Lo otro, la hegemonía absoluta del fascismo neoliberal o el estado burocrático-corporativo queriendo imponerse a los pueblos, ahora o más tarde el enfrentamiento es inevitable. Segundo, más allá de estar proclamando internacionales sin piso la “lucha nuestramericana” como segundo y más importante sistema de lucha, se nos presenta como una suma de conquistas y construcciones puntuales y territorializadas (como decíamos, de orden productivo, comunicacional, formativo, movilizador y de defensa) en cuyo espacio se va fraguando el sujeto y el contexto alimentado por un imaginario, un simbolismo, un conjunto infinito de relaciones, de acuerdos, de luchas, de nuevas instituciones comunes y federativas, centrados en lo que desde este orden de palabras denominamos la “república autogobernante y nuestramericana”. Dos “espacios de lucha” que se entrelazan tendencialmente y que en nuestro parecer deben sintetizarse en una organización o tejido militante unificado sobre el sentido de esta “otra política”.

 

4. Necesitamos igualmente referirnos aunque sea puntualmente a una “metodología básica de la transición”. El llamado “método Invedecor” que en un primer momento se planteó como estrategia de articulación de prácticas de liberación, en realidad jugó un magnífico papel en lo que fue la batalla por una “nueva cultura política” y la victoria hegemónica de la cual, al menos en parte, hoy podemos dar fe de su alcance. Por ello se trató de una metodología básicamente cualitativa que buscó cualificar y transformar al mismo tiempo la práctica revolucionaria. Pero hoy en día necesitamos de una “metodología para otra política”, es decir, de una metodología que se entienda a sí misma como “una ciencia política del pueblo” que sirva para resolver el problema de fondo del poder, cuyo asunto básico es el cómo poner en manos de los colectivos mas resueltos y comprometidos en la base del movimiento popular el mando colectivo y democrático de este largo proceso de transición. Nos atrevemos a adelantar que en ambos “espacios de lucha” (nacional y continental) priva en estos momentos una metodología centrada en la “suma acumulativa de victorias” gestadas a partir de la solidaridad militante tejida y ampliada, las cuales, independientemente de sus razones originales y particulares, tengan como fin despejar el acertijo del autogobierno popular. Luchas dirigidas y definidas desde las “cartas de lucha” que se armen en cada lugar, desde la “multitud de razones” que sustancian hoy en día la lucha popular. Lo que ayer fue una práctica con un contenido alternativo hoy se convierte en la necesidad de definir una razón de lucha, su alcance emancipador, los sujetos que la llevarán adelante, su espacio territorial, su identidad propia y el cómo esta victoria, en caso de obtenerse, hará parte de una “agenda nuestramericana de liberación”.

 

5. Terminamos con el problema programático que en nuestro criterio tiene como fin táctico fundamental el fortalecer los espacios de resistencia y como cometido estratégico el darle vida a la república autogobernante y nuestramericana. Puntualicemos algunos de estos aspectos programáticos propios de esta transición:

 

a. Debilitar el estado burgués y el orden imperial en todas sus versiones

b. Fortalecer todas las formas de autogobierno y desarrollo del poder obrero y popular

c. Quebrar las estructuras de propiedad monopólica imponiendo la apropiación y mando colectivo sobre ellos como la libertad política en el uso comunal de los fondos estratégicos que deriven de los excedentes económicos producidos

d. Multiplicar los espacios y su capacidad productiva en forma de comunidades autogestionarias que a su vez se entiendan como la base material y de recursos de la “otra república”

e. Crear las plataformas comunes para la articulación de las luchas de resistencia y de derechos además de todas las formas de control social

f. Ocupar, construir y entrelazar los espacios dirigidos a la formación de nuevas comunidades y corredores territoriales donde prive el mando popular

g. Desarrollar un vasto sistema de comunicaciones que potencie la palabra, la imagen y el sonido de los pueblos en lucha

h. Garantizar la defensa de los procesos populares libertarios

i. Iniciar la fragua del proceso constituyente de espacios continentales autogobernantes y comunes a los pueblos

j. Mantener los principios de “otro pueblo, otro conocimiento, otra producción, otra tierra”

 

Hasta la victoria siempre



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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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