Canciones sobre las tumbas

El concierto “Paz sin fronteras”, montado por quienes han impuesto unas fronteras sin paz, no pudo ahogar la verdad de las bombas arrojadas sobre la selva ecuatoriana, donde murieron masacrados guerrilleros colombianos y estudiantes mexicanos. Aunque los cantantes lo ignoraran, formaban parte de un plan alevoso, diseñado por las fuerzas estadounidenses con bases militares en Colombia y Ecuador.

Las mentiras, todas, se han venido desmoronando una tras otra. No hubo, como proclamara Uribe, combate alguno. No se trató, como reiteró el gobierno de Bogotá, un acto de legítima defensa. Nadie les disparó desde el lado ecuatoriano, nadie quedó siquiera en condiciones de hacerlo. Burda mentira resultó la coartada de la persecución en caliente. Se trató de una matanza fría, calculada.

La macabra amenización de la masacre también formaba parte del libreto. En una repulsiva operación de marketing se montó un show para ahogar todo dolor y toda protesta. Con cultivado cinismo no se escogió como escenario al país agredido, sino al agresor. Juanes, Bosé, Sanz, Guerra y Montaner conjugaron mucho talento pero poca nobleza para tanta sangre. Más allá de la multitud frenética, los muertos no se oían, pero tampoco serían silenciados. Se volvió a cumplir el poema de Roque Dalton: “Los muertos están cada día más indóciles”.

La selva no tuvo tiempo de tragar evidencias. Las sofisticadas bombas guiadas con lasser no podían ser lanzadas desde aviones super tucanos, como se mintió al principio. Los radares de la fuerza aérea ecuatoriana captaron a un avión de guerra estadounidense que partió y regresó a su base en Ecuador, justo en el lapso que duró el bombardeo y se consumó la masacre.

Sobre el puente internacional Simón Bolívar, se pretendió borrar la memoria de Simón Bolívar. La operación logística y mediática fue gigantesca. Otra vez estalló la música no para crear consciencia, sino para sembrar olvidos. Canciones para ahogar todos los gritos de la selva, inútilmente. Del estribillo, del bis, del replay a toda hora se encargarían los medios de los agresores, de los esbirros, de la derecha planetaria.

El imperio reía. La oligarquía reía. Los medios reían. Miguel Bosé cantó como un mismo bosé. Juanes, como un juanes. Sanz como el sanz que es. De Montaner no se sabe. Y de Juan Luis Guerra, qué pena con Guerra, alguien que dice haber recibido al Señor, tratando con su voz de ahogar la voz de los heridos y el eco todavía calcinante de las bombas. Nunca se canta después de las masacres, independientemente de lo cercano o lejano que de ti estén los masacrados. Sólo debes callar. Callar y respetar.

Durante los últimos años, sobre las selvas y aldeas ecuatorianas ha llovido el glifosato, un químico con el que Estados Unidos y Colombia intentan extinguir los sembradíos de coca. Las siembras de los campesinos han sido arrasadas y los niños, hombres y mujeres, contaminados. Las deformaciones congénitas y enfermedades terribles han caído sobre las poblaciones ecuatorianas. En medio del dolor, ni un Bosé, ni un Juanes, ni un Sanz; ninguna canción para estas muertes. Sus canciones quedaron para después de las bombas. Su eco financiado por el norte todavía recorre las verdes tumbas de las selvas.

earlejh@hotmail.com


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

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