Momentos fundadores de la cultura en Venezuela

Cultura indígena y mestizaje

Antes de que los europeos (Vespucio, Colón y otros viajeros de Indias) pisaran tierras venezolanas, ya tenían aquí asentamiento grandes etnias indígenas, diseminadas a lo largo de nuestro territorio. Las descripciones hechas por Colón, luego por Federmann y otros viajeros, dan prueba fehaciente de ello. Si unimos a este inmenso conglomerado de tribus situadas en el centro del país (Caquetíos, Gayones, Jirararas, Ayamanes), a pobladores de la región andina como los Timotocuicas y todas aquellas áreas localizadas en Guayana, Bolívar y Amazonas (Motilones, Piaroas, Makiritares) y los Arawacos occidentales (Falcón, Apure), los Caribes orientales en los Llanos (Paria-Borburata) o los Otomacos (Apure, Guayana) y los sumamos a todos ellos, debemos dar por sentada una cultura indígena propiamente dicha, poseedora de una cosmovisión, de un sentimiento religioso adaptado a la vida y al trabajo corriente. Sus conocimientos les permitieron abrirse paso entre llanuras y selvas, y convivir allí gracias a una organización social que, aún cuando pueda parecernos precaria, poseía un don mágico para la creación y transformación de su hábitat: artesanía, comida, elementos de caza, pesca y vivienda realizados con esmero, surgido tanto de la necesidad de subsistir como de la convivencia con las fuerzas de la tierra. No es pues de extrañar que actualmente existan más de treinta lenguas indígenas habladas en Venezuela, localizadas mayormente en Bolívar, Amazonas, Zulia, Anzoátegui y la Guayana Esequiba. Puede, entonces, hablarse de familias de lenguas como la Caribe, Arawak o Chibcha. Tales lenguas poseen además una peculiar literatura, cuyas expresiones más específicas son los cuentos, leyendas, mitos y fábulas narrados por los Guaraos, Pemones, Makiritares, Guajiros, Guaicas, Yarabanas y Piaroas, para nombrar sólo las principales. Entre estas expresiones pueden identificarse canciones, creaciones escenificadas, poemas épicas y relatos, que muy bien podrían convertirse en "novelas" completas. Eran culturas dotadas de una voluntad de compresión del mundo que no tendrían demasiado que envidiarle a las que se encuentran insertas en el proceso "civilizado".

Mientras Colón está escribiendo sus cartas a los Reyes Católicos, los llamados Cronistas de Indias emprenden la redacción de sus historias. Gonzalo Fernández de Oviedo su Historia General y Natural de Indias; Fray Pedro de Aguado su Historia de Venezuela (1581); Oviedo y Baños su Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela (1723) casi dos siglos después, obras que no hacen sino certificar lo antes mencionado.

El proceso de la conquista española no podría llamarse propiamente cultural, sino de compulsiva imposición de valores. Y esto no es hoy ningún secreto para historiadores, profesores o maestros. Este proceso de conquista va a convertirse luego en colonización, entendida ésta como la mixtura entre la población nativa y la española, que desde un punto de vista étnico recibe el nombre de mestizaje.

Este sería en verdad el punto de partida para hablar de una cultura, aún cuando ésta se viese en sus comienzos limitada a la catequesis religiosa. No se trata aquí de oponer el acervo de la cultura autóctona americana al de la cultura europea, pues el antagonismo de las potencias, dice Schiller, "es el poderoso instrumento de la cultura; pero es sólo un instrumento mientras la oposición dura, caminamos hacia la cultura sin haberla alcanzado todavía". Debe reconocerse que no sólo se produjo una suplantación religiosa; muchos misioneros jesuitas o capuchinos convivieron en las comunidades indígenas y las defendieron, como hizo el Padre de las Casas.

Orígenes literarios, cronistas de Indias

Los orígenes de la literatura de un país no pueden ubicarse sólo en el terreno de la tradición escrita; éstos obedecen ante todo a necesidades espirituales que deben reflejarse en el cuerpo social; luego los hombres, impulsados por la urgencia de cambio o la necesidad de dibujar un destino, acometen la empresa de forjar una historia o conformar una nación. No existe, pues, una literatura sin suelo físico, que no comparta una geografía precisa.

El proceso histórico de las sociedades hispanoamericanas reflejó siempre la resonancia de Europa en el terreno social; cada país tomó una peculiaridad y la absorbió; así tenemos que aún en aquellas naciones donde se habla el castellano hay diferencias culturales notables; en unas se impone lo hispánico, en otras lo francés o lo inglés. Sin embargo, antes de tener lugar los procesos denominados conquista y colonización, en cada país americano existía un fuerte legado indígena expresado en el vasto repertorio de las culturas azteca, inca o maya en un primer plano, y en un segundo al de las sociedades de recolectores y cazadores que se extendieron desde la altiplanicie hasta el mar, a lo largo de la geografía americana, definiendo una cultura caribeña y otra andina. Por razones puramente lingüísticas, tendemos a excluir de este proceso a Norteamérica o a naciones como Brasil, olvidando que en estas regiones también se cumplió un conjunto de circunstancias que influenciarían notablemente nuestros modos de sentir y pensar.

En el caso de Venezuela, como el de otros países vecinos, hubo una literatura de tradición oral a través de la cual se expresaron las sociedades indígenas –en su mayoría tribus de cazadores-recolectores- y luego una literatura derivada del asombro de los viajeros europeos ante América, a raíz de la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo. Tales viajeros, llamados genéricamente Viajeros de Indias, recogieron en sus informes, crónicas y cartas una literatura peculiar, en la cual se mezclaba lo testimonial con la imaginación, el dato con la ficción, y ello dio lugar a una escritura que en ciertos momentos produjo casos de una notable voluntad de estilo, reflejada en cronistas como José Oviedo y Baños o en poetas como Juan de Castellanos (1522-1607). El primero es autor de la célebre Conquista y población de la conquista de Venezuela (1723); el segundo de las Elegías de varones ilustres de Indias (1589), el poema más extenso de la literatura americana. Existe un repertorio inmenso en el terreno de la crónica de Indias en Venezuela, del cual citaré sólo El Orinoco ilustrado y defendido (1741), del padre Joseph Gumilla, y el Discovery of Guiana (1597), de Sir Walter Raleigh. Por cierto, el río Orinoco y la región de Guayana, donde éste se ubica, ejerció fascinación en literatos de todo tenor; desde una Descripción de Guayana realizada por Jacques Nicolas Bellin, hasta una novela de aventuras ideada por Julio Verne, El soberbio Orinoco (1893). Ninguno de los dos escritores franceses pisó jamás tierra venezolana.

Luego del proceso de colonización, del cual merece destacarse la labor humanista de los sacerdotes –que iba más allá de la mera evangelización o catequización- hubo de transcurrir un largo período de asentamiento de las precarias poblaciones fundadas, para que éstas adquirieran rangos de ciudades: Coro, Angostura, Cumaná, El Tocuyo, Caracas. Desde el siglo XVIII, las ciudades coloniales habrían de esperar al advenimiento de la revolución romántica para que se gestara el movimiento independentista, cuyo precursor fue Francisco de Miranda y más tarde encabezaría Simón Bolívar. Este movimiento se propagó por toda América del Sur y pretendió, a la par de liberarse del dominio español, crear para cada República una entidad legislativa y política independiente. Cuando pretendió hacerse integracionista, uniendo varias repúblicas en una para conformar la Gran Colombia, tal proyecto fracasó.

Acudimos luego a la formación de lo criollo y al desarrollo de la conciencia histórica del mantuano, que deviene en los ideales de Independencia y en la subsecuente guerra: los españoles intentan invadirnos de nuevo, y Simón Bolívar –precedido por Miranda- idea y practica una guerra para vencerlos. Aquí podría hablarse de un proyecto de nación en efervescencia, pues Bolívar no es sólo un militar sino también un estadista, un filósofo. En La carta de Jamaica (1814) se revela como un pensador dotado del mejor estilo literario, y se convierte en nuestro primer periodista al fundar El correo del Orinoco. Contemporáneos suyos, Andrés Bello (1781-1865) y Simón Rodríguez (1771-1854), son figuras del idioma y de la educación, respectivamente. Bello funda la revista El repertorio americano (1826-1828) en Londres, donde publica el célebre poema Silva a la agricultura de la zona tórrida, y en 1847, ya en Chile, su no menos famosa Gramática de la lengua castellana, que lo consagra como el fundador de este tipo de estudios en nuestra lengua. Bello abarca además casi todas las ramas del saber humanístico; su pensamiento se constituye invalorable para entender el movimiento de Independencia, a través de sus polémicas con Domingo Faustino Sarmiento y sus experiencias en el exilio en Londres y Chile, país este último donde funda la Universidad.

Por su parte, Simón Rodríguez despunta como uno de los más osados educadores de América, con una obra de visos experimentales no bien asimilada por la época. Su atrevimiento formal y sus métodos heterodoxos lo convierten en un adelantado de la pedagogía, quien además influye en los ideales y formación de Bolívar. Es autor de una vastísima obra, en la que destacan los ensayos Sociedades americanas (1828) e Inventamos o erramos ( ).

La pintura sacra

Con la instauración de la doctrina cristiana, las artes plásticas, -como en toda la época medieval europea- comienzan a girar en torno a las imágenes bíblicas o de la pasión de Cristo. Surge así toda la iconología nacional de la época colonial, representada principalmente por Diego de los Ríos, Juan Agustín Riera, Juan de Maldonado y Juan Acosta. En la iconología caraqueña destacan Juan Pedro López, con El Arcángel San Gabriel y Francisco José de Lerma, con San Antonio y el niño, Antonio José Landaeta, autor de la famosa Inmaculada Concepción (1798). Landaeta en cierto modo continúa la tradición barroca y la hace brillar en su arte santoral. Ésta tradición sigue su línea hasta la segunda década del siglo XIX, y probablemente culmina con Francisco Contreras, autor de la barroca Santísima Trinidad (1818). Otro artista importante de fines del siglo XVII es Francisco Mijares de Solórzano, autor de un excelente retrato de del Obispo Fray Antonio González de Acuña.

Quien por primera vez plantea el tema de la Independencia nacional en el arte es Juan Lovera –alumno de Landaeta- lo cual lo convierte en nuestro primer pintor realista. Sus cuadros 19 de abril de 1810 y 5 de julio de 1811 nos aportan las primeras imágenes físicas de los héroes de Independencia. Lovera no pinta escenas imaginarias sino acontecimientos que el mismo presenció, y sus retratos son obras admirables, acaso insuperables en su género.

La música colonial

En materia musical, la época colonial arrojó una producción magnífica, representada por la figura del presbítero Pedro Palacios y Sojo (1739-1799). Con la fundación del Oratorio de San Felipe Neri, el padre Sojo ingenia una nueva forma musical. Las reuniones de los músicos e instrumentistas en el Oratorio de Chacao –también denominado Escuela de Chacao o Primera Generación por ser ésta la primera promoción floreciente de nuestra música- lograron expresar un matiz americano en sus composiciones, sin limitación alguna. Entre quienes integraron dicha Escuela están Juan Manuel Olivares, organista del oratorio y maestro del estilo contrapuntístico. De sus composiciones se cuentan Salve Regina y Lamentación primera del Viernes Santo. Cuñado de Olivares, José Francisco Velásquez es autor de temas navideños y de un Pange Lingua. Los hermanos José Antonio Caro de Boesi también destacan en la Escuela de Chacao. El primero es autor de la Dextera Domini y el segundo de una singular Misa de difuntos. Francisco Javier Ustáriz es otro nombre obligado; el músico murió a manos de los realistas en el asalto a Maturín en 1814; también José Antonio Caro de Boesi murió en Cumaná durante la famosa "Cena sangrienta" perpetrada por las tropas realistas de Boves.

Debido al apogeo continental de la Escuela de Chacao, el Emperador de Austria envió en 1789 a dos emisarios suyos a Venezuela; éstos fueron tan bien recibidos en el Oratorio del padre Sojo, que en retribución el Rey mandó una colección de instrumentos, así como también partituras de Mozart, Pleyel y Haydn, que permitieron a nuestros músicos el contacto asombrado con la música profana. Todos ellos se destacaron en el repertorio europeo con misas, motetes, salves, tonos de Navidad, pésames, himnos y ofertorios.

Luego adviene un período dentro de la Escuela de Chacao denominado Segunda Generación, más influido por Mozart y Haydn. Del grupo de ésta generación el más relevante es José Ángel Lamas, caraqueño prodigio desde su niñez, cantor e intérprete del fagot. El equilibrio y la sencillez de Lamas son ya proverbiales, provistos de un brillante dramatismo. Sus obras Misa en Re, la Salve, el Ave Marís Stella y sobre todo el Popule Meus, que aún se oye por todo el país en las fiestas de Semana Santa, le han consagrado ya un espacio en nuestra música. Por cierto, también el padre de Andrés Bello, Bartolomé Bello, fue, además de legislador, un músico notable, cantor y compositor. Desempeñándose como fiscal en Cumaná compuso su famosa Misa del fiscal. Cayetano Carreño, autor de los motetes Tristis est anima mea, tan célebres como el Popule Meus de Lamas, es probablemente el más erudito y mejor profesor de los músicos coloniales. Fue nombrado maestro de la capilla de la Catedral de Caracas. Por su parte, Lino Gallardo se disputa con Juan José Landaeta la autoría del Gloria al bravo pueblo. Gallardo fue director de orquesta, violinista y contrabajista. Una composición suya de corte patriótico, la Canción Americana (1912), tuvo mucha popularidad.

Gallardo fue hecho preso por estimular los ideales revolucionarios, y recluido en las bóvedas de La Guaira. Libre ya, fundó una Sociedad Filarmónica y luego se fue de nuevo a La Guaira, donde murió, mientras se desempeñaba como empleado de aduanas. Juan José Landaeta padeció en las mismas prisiones de su contemporáneo Gallardo, y descolló en el género de las canciones patrióticas. También fundó escuelas para enseñar primeras letras y proyectó una sociedad de conciertos que llamó Certamen de música vocal e instrumental. Además de su Gloria al bravo pueblo –decretado por Guzmán Blanco como Himno Nacional- compuso obras religiosas como Salve Regina, Pésame a la Virgen y el Benedictus. José Francisco Velásquez es autor representativo de los llamados tonos festivos, temperamentales, plasmados en su pieza navideña Es María norte y guía; el espíritu de comunión con Dios experimenta en él un tamiz lírico que lo hace original y célebre. Asimismo, son conocidas sus obras religiosas Misa en mi bemol y el Te Deum.

Atanasio Bello Montero, soldado de la Independencia y fundador de escuelas musicales, se destaca con su Canción a la memoria del Libertador. Juan Francisco Meserón fue flautista de la Sociedad Filarmónica de Gallardo, y el mejor de su época. Justamente, escribe una Misa para oboes, trompas y cuerdas que goza de prestigio; a éste punto inserta los instrumentos de viento como el clarín, el trombón y la flauta, en la orquesta: su Miserere acusa genialmente esta innovación personal. Estos nombres bastarían para señalar al principal movimiento musical de su tiempo, equiparado en su época a los más avanzados del continente.

El arte histórico y nacionalista

En lo referente a artes plásticas, el Renacimiento italiano marca las pautas subsiguientes a través de Rafael (1483-1520), cuyo influjo ejercido en la pintura española nos llega en los motivos del arte sacro, localizado en nuestras iglesias. Después de Lovera no se percibe un movimiento muy claro en nuestras artes plásticas. Sólo la presencia de Carmelo Fernández (1810-1887) parece llenar todo un período. Sobre todo dibujante, Fernández que tiende a plasmar escenarios y paisajes. Realiza una crónica dibujística del traslado de los restos del Libertador desde Santa Marta a Caracas, un trabajo admirable complementado con sus dibujos de escenarios abiertos. Fernández era sobrino del General José Antonio Páez, quien lo envió a los Estados Unidos a estudiar dibujo. Su vida estuvo llena de sobresaltos; cuando hubo de marchar a la Nueva Granada conoció allí al geógrafo Agustín Codazzi (1793-1859) y éste le ayudó a preparar y dibujar la edición del Atlas físico y político de la República de Venezuela. Asimismo, es autor de las ilustraciones retratísticas del Resumen de la Historia de Venezuela, de Baralt y Díaz. También tiene el mérito de haber colaborado con el primer periódico ilustrado publicado en Venezuela, El Promotor (1843-44) y de ser autor del perfil de Bolívar reproducido en nuestra moneda. Además, Fernández escribió unas Memorias que constituyen un gran fresco de época (en ellas apenas hace alusión a si mismo) y son de inestimable valor para entender todo el proceso artístico de entonces.

Un discípulo de Carmelo Fernández, es Martín Tovar y Tovar (1838-1902), pintor formado en París y Madrid, pleno de ímpetu romántico y de una voluntad de precisión cercana al realismo -lo cual logra a merced de un asombroso dominio técnico- es un artista puesto al servicio de una considerable serie de retratos de próceres de la Independencia y de su gesta: aquí sobresalen sus dos trabajos La batalla de Carabobo y La firma del acta de la Independencia. Su sentido del equilibrio clásico nos lleva a considerarlo como el iniciador de la "Escuela Académica" venezolana. Continuadores de ésta Escuela son Antonio Herrera y Toro, Emilio Maury, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena, quienes seguramente se erigieron como los más importantes pintores de su época. Cristóbal Rojas se destaca por su investigación en el fenómeno lumínico, mientras que Arturo Michelena fue más dúctil y virtuoso. Ambos fueron, además de contemporáneos, amigos fieles. La Caridad, Miranda en la Carraca y La última cena son obras maestras de Michelena. De Rojas siempre tenemos presentes La miseria, La taberna y La primera y última comunión.

Modernismo y realismo literarios

En literatura, nuestro movimiento romántico fue de escaso relieve. No obstante, son muy personales las voces poéticas de José Antonio Maitín, Abigáil Lozano y José Ramón Yepes, y por encima de ellos quien está considerado como nuestro mayor poeta romántico, Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892), cuya Vuelta a la Patria se tiene como obra maestra. Por su lado, la novela romántica tuvo algunos de sus exponentes en Dyonisios (1904), de Pedro César Dominici; Clemencia (1900), de José Manuel Cova; Blanca de Torrestella (1901), de Julio Calcaño; o Marina (1906), de Samuel Darío Maldonado y algunas otras creaciones de Tulio Febres Cordero que tenían como mejores antecedentes a las novelas de costumbres como Zárate (1882), de Eduardo Blanco (1839-1912), o Peonía (1890) de Manuel Vicente Romerogarcía. Posteriormente, con el ascenso al poder de Antonio Guzmán Blanco, empiezan a verse las primeras reformas de estado importantes, así como las tendencias a remozar los modos arquitectónicos y urbanísticos: la Universidad, el Capitolio, el Palacio de las Academias, el Congreso y las amplias plazas decoradas forman parte de esta renovación. También es la época de fundación de las dos revistas culturales más importantes del siglo pasado: Cosmópolis y El Cojo Ilustrado. En estas dos publicaciones se observa cómo empiezan a mixturarse las tendencias en sus más complejos registros: el tradicionalismo (Arístides Rojas) se mezcla al costumbrismo (Nicanor Bolet Peraza, Miguel Mármol), y éstos luego al modernismo, el movimiento literario que abrió las puertas de la expresión americana a las grandes fuentes míticas de la humanidad civilizada. Los nombres de Rufino Blanco Fombona (1874-1944) y Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) fundamentan el ciclo novelístico modernista en nuestro país. De Blanco Fombona sus importantes sus obras El hombre de hierro (1907) y El hombre de oro (1915). De Díaz Rodríguez, Ídolos rotos (1901) y Peregrina o el pozo encantado (1921) son los mejores ejemplos de nuestro fulgor modernista.

Se ha dicho que el modernismo nace como una expresión estética del positivismo, que sigue de cerca las tesis del evolucionismo y el lamarkismo, cuyos influjos se dejan sentir en las reflexiones de José Gil Fortoul y Laureano Vallenilla Lanz. El positivismo despliega sus alcances en las aulas universitarias, mientras que el modernismo se sitúa en los umbrales de la contemporaneidad, para abolir fronteras cronológicas y exigir actitudes que miren el devenir y al mismo tiempo se afinquen en una mirada hacia atrás, hacia las raíces míticas y los sentimientos ancestrales. Es reacción y afirmación, y sus misma fisonomía desdibujada va creando una estética más de la forma que de los géneros; por ello la prosa de este período puede expresarse en un autor a través del cuento, la novela o el ensayo de modo igualmente eficaz. En cambio, el artífice del verso modernista, Rubén Darío, no admitía réplicas, como no fuesen los hallazgos singulares del argentino Leopoldo Lugones. No obstante, de nuestro modernismo poético es justo citar a Jacinto Gutiérrez-Coll (1845-1901), Carlos Borges (1867-1932), Gabriel Muñoz (1846-1908), Udón Pérez (1871-1926) y Andrés Mata (1871-1926). Tocados por el hechizo modernista se hallan también Alfredo Arvelo Larriva (1883-1934), J. T. Arreaza Calatrava (1885-1970), Juan Santaella (1883-1933).

Inmediatamente se dejan sentir las naturales reacciones estéticas: el realismo novelístico rechazará los escenarios modernistas y se afianzará en un modo nuevo: expresión de ello son los novelistas Rómulo Gallegos, José Rafael Pocaterra y Teresa de la Parra. Es entonces cuando lo americano surge como motivo esencial de la novela, casi como tema. Los personajes, a pesar de ser más tangibles y veraces, van tornándose en suerte de emblemas o en depositarios de tesis. Sin embargo, también se producen simbiosis entre modernismo y criollismo, como en el caso de Luis Manuel Urbaneja Achelpohl (1875-1937), autor de la novela En este país! (1910).

Pero si a la sobriedad del clasicismo advino la tempestuosa subjetividad romántica, así la lírica, a partir de la segunda década de nuestro siglo, intentó desembarazarse de los lazos modernistas, para iniciar un proceso de depuración. En la narrativa se opera esta reacción, como hemos dicho, especialmente en Rómulo Gallegos. Éste, con su sólido trazo narrativo, da forma a un ciclo novelístico completo, donde organiza un mundo venezolano, con el cual otorga fuerza humana real a los personajes, en novelas como Doña Bárbara (1929), Canaima (1935) o Pobre negro (1937). Es capaz Gallegos de transfigurar, con maestría poética, a personajes un tanto ingenuos en seres terribles, como ocurre con Cantaclaro (1934). En cambio, José Rafael Pocaterra emprende en su novela-crónica Memorias de un venezolano de la decadencia la expansión del proceso político de la época de Gómez, al tiempo que en sus Cuentos grotescos (1922) revitaliza por completo el género del cuento. Por su parte, Teresa de la Parra (1898-1936), con sus novelas Ifigenia (1924) y Las memorias de Mama Blanca (1929) transita los primeros caminos de la sensibilidad femenina y de su relación con los códigos éticos de su época, en una obra que hoy se valora tanto como la de Gallegos.

Renacimiento de la lírica

En lo que a la lírica respecta, José Tadeo Arreaza Calatrava encabeza el movimiento naturalista en la poesía; movimiento conocido también con el nombre de post-modernismo. Pero es la llamada Generación del 18 la que va a liberarse de formalismos y normas, de los "ismos", aunque no de la realidad histórica tendiente a cierta universalidad, al espíritu ecléctico de insertar en los temas poéticos todo el quehacer humano, y no sólo al lenguaje como único protagonista del hecho literario. Este eclecticismo estético se imbuirá también de música y de pintura, y es precisamente por estos años cuando esta generación se acerca al Círculo de Bellas Artes de Caracas (1912-1920). Estos escritores fueron Fernando Paz-Castillo (1893-1982), Andrés Eloy Blanco (1896-1955), Luis Enrique Mármol (1897-1926), Enrique Planchart (1894-1953), Jacinto Fombona Pachano (1901-1951).

Paz Castillo ha denominado la actitud esencial de ésta generación la de "nacionalizar al paisaje", una postura de raigambre idealista (tomada de Henri Bergson), cuyos principios corren parejos a los movimientos europeos e hispanoamericanos de post-guerra, que rompen drásticamente con la estética anterior; su posición se margina de la actividad política, rehuyen pasivamente el régimen gomecista.

La crítica ha sido unánime en considerar que Enrique Planchart, con su libro Primeros poemas (1919), marca el punto de partida del grupo. Lírica llena de matices, alejada de la escritura anecdótica, es contenida, serena, breve. Póstumamente se publicó otro libro suyo, Bajo su mirada (1954). En otra vertiente de la misma estética andaba Andrés Eloy Blanco, quien es probablemente el poeta más aclamado y popular de Venezuela. Blanco ensayó una suerte de modernismo a la venezolana, caudaloso y brillante, propenso a buscar el alma nacional, merced a su fluidez y sentido del humor que no descarta el dramatismo. De sus obras son conocidas Tierras que me oyeron (1921), Barco de piedra (1937), Poda (1942), Giraluna (1956) y el singular ejercicio de anticipación vanguardista de Baedeker 2000 (1938). Blanco se destacó también en el terreno político y como gran orador, fundador del partido Acción Democrática.

Pero quien lleva el intimismo adelantado por Planchart a grados de expresión magistral es Fernando Paz Castillo (1893-1982), en libros como La voz de los cuatro vientos (1930), Entre sombras y luces (1954) y Enigma del cuerpo y del espíritu, donde, a través de un decantado lirismo, da pie a grandes interrogantes filosóficas, a los problemas de la interioridad y el desamparo esencial humano. Otra voz importante de esta generación es Jacinto Fombona Pachano (1901-1951), quien aborda también el mundo desolado y casi agónico de su tiempo en su mejor libro, Las torres desprevenidas (1940). El acento de Fombona Pachano está imbuido en las aguas del mejor castellano, enlazado a ciertos giros de la modernidad francesa. Otros libros suyos son Sonetos (1945) y Estelas.

El prematuramente fallecido Luis Enrique Mármol definió el destino trágico de esta generación del 18 y finalizó en una entrega apocalíptica, inconforme. Forjador de un nativismo estilizado es Luis Barrios Cruz (1898-1968), plasmado en su volumen Respuesta a las piedras (1931), también de un lirismo acendrado y fundamental. Pedro Sotillo enlaza a esta línea nativista, con sonetos y romances de esencia clásica. Rodolfo Moleiro (1898-1970) estuvo en el camino de una lírica asordinada de naturaleza simbólica. Títulos importantes suyos son Reiteraciones del bosque (1951) y Tenso en la sombra (1968).

Coetáneo a esta generación existía por supuesto el panorama del post modernismo y el simbolismo venezolanos, entre cuyos representantes están el zuliano Jorge Schimdke (Micropoemas nativos) en el alba parnasiana, y el larense Roberto Montesinos, de estirpe simbolista y post modernista, labrada en su libro La lámpara enigmática. Del mismo modo, Jesús Enrique Lossada, Héctor Cuenca, Luis Yepes, Humberto Tejera y Pedro Rivero intentaron incursiones en el vanguardismo, y los escritores sucrenses Cruz Salmerón Acosta (su libro fundamental se titula Azul), amigo de José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), considerado el primer prosista maduro de nuestra vanguardia literaria. La palabra de Ramos Sucre estás cargada de erudición universal y trasunta el drama del hombre civilizado: lo chino, lo grecolatino y lo americano buscan en él una armonía con lo moderno, una alianza con lo francés o lo alemán desde las leyendas medievales hasta el sustrato romántico, un crisol que va a encontrar cabal expresión en una prosa lírica donde siempre se cuenta algo. Sus libros La torre de Timón (1925), Las formas del fuego y El cielo de esmalte (1929) dan cabida a un peculiar mundo de fantasía mítica que aúna el universo del hechizo a la alegoría interior creando una estética nueva.

En esta etapa prevanguardista se encuentran también Ismael Urdaneta y Antonio Arráiz, Éste último, con su libro Áspero (1939) marca un hito ulterior en tanto configura los valores de lo americano en sus intuiciones y presentimientos, gracias a una forma sobria y llena de matices vernáculos, plasmados con en verso con fuerza crispante.

Apunte sobre urbanismo

Si damos un vistazo a las ciudades de la Venezuela colonial, advertimos que éstas se hallaban casi todas organizadas sobre una base de damero español, cuadriculadas, de calles rectas. Esquema que arropaba a ciudades como Caracas, Barquisimeto, Valencia o Maracay. En cuanto a las casas de principios de siglo, observamos que éstas eran de mampostería, es decir, de piedra, ladrillo y cal, por lo cual también se les llamaba de calicanto. Lo más vistoso de estas casas eran sus ventanas; en torno a éstas se organizaba casi todo el resto de la construcción; las ventanas eran grandes y con poyos para sentarse, abarcando casi la totalidad del alto de la pared. El techo se hacía con caña brava sostenida con cal y se cubría con tejas, en una distribución de corredores alrededor de un patio central. A los lados del corredor de entrada se encontraba el anteportón. Las habitaciones se construían en hileras contiguas al corredor, y constituía el cuerpo de la casa. Si ésta era de dos ventanas se construía de tapia, esto es, tierra apisonada dentro de unas hormas de madera denominadas el tapial; y si era de una sola ventana, el frente y los arrimos eran de tapia y lo demás se hacía de adobe. Se pintaban con asbestina, cal coloreada o azulillo, y el número de ventanas era por lo general el indicador de la posición social de los individuos. En el interior, la mayoría de puertas y ventanas debían tener cortinas; en los corredores había muebles de mimbre y en las salas pequeños sofás y mecedoras complementaban la mueblería y espejos grandes, consolas y buenos cuadros realistas de paisajes. Hay un artefacto muy nuestro, el tinajero, dispensador del agua, una especie de piedra mohosa para filtrar el agua.

La pintura impresionista

Es conveniente recordar la pintura de principios de siglo que dio primacía al paisaje. Con los retratos y naturalezas muertas, los paisajes eran los motivos principales de las obras de arte. Por supuesto, dicho realismo era sólo aparente, una especie de subterfugio que posibilitaba el vuelo de la subjetividad individual. Ahí estaba, por ejemplo, la montaña del Ávila en Caracas como permanente acicate para la observación plástica; mirada que por lo demás produjo un modo especial de asimilar el impresionismo francés. La luz del trópico, nuestro fenómeno físico más peculiar, se convirtió en elemento de primer orden para los artistas. Por ejemplo, Emilio Boggio (1857-1920) recoge en su obra esta resonancia del impresionismo. Etapa conocida en nuestra pintura como post-impresionismo o neo-impresionismo, practicada a su vez por los artistas del llamado Círculo de Bellas Artes, fundado en 1912. El primer salón de este grupo se realizó con la participación de Manuel Cabré, Rafael Monasterios, Bernardo Monsanto, Francisco Sánchez, Carlos Otero, Pedro Zerpa, Juan de Jesús Izquierdo, Próspero Martínez, Marcelo Vidal, Antonio Edmundo Monsanto, Federico Brandt, Tito Salas y Armando Reverón.

Tito Salas (1888-1974) presenta un nuevo tratamiento de los temas históricos y a la vez representa por primera vez los temas de la vida cotidiana, las festividades y los momentos de alegría íntima a través de una sensibilidad nerviosa, cargada de cierta aspereza, que es a la vez la portadora de una suerte de sensualismo. Por su parte, Armando Reverón (1889-1954) es el innegable maestro de la luz. Además su vida genial y arbitraria, tocada por la esquizofrenia, lo conduce a un alejamiento de toda convención; practicó, en un hábitat construido por él mismo, El Castillete de Macuto, una obra y un estilo especialísimo, tramado en una suerte de arrebato poético-místico, una desgarradura que le hizo volverse hacia una raíz primigenia o elemental, que contuvo en si misma varias facetas que constituyen seguramente la personalidad artística dominante de la primera mitad del siglo XX. De sus cuadros son importantes Fiesta en Caraballeda, Paisaje de Macuto y la serie de las marinas donde la luz se difumina creando un nuevo lenguaje impresionista, los cuadros donde domina el color azul.

El paisaje como motivo pictórico amplía sus códigos y perspectivas y así tenemos nombres de importancia como los de Miguel Cabré (1890-1984), el llamado pintor del Ávila, y Rafael Monasterios (1884-1961), dos hitos del arte paisajístico que luego tuvo insignes seguidores como Tomas Golding (1909-1985), Luis Alfredo López Méndez (1901), R. M. Durban (1904-1967), César Prieto (1882-1976) y Trino Orozco (1915-1994). La osadía formal de Golding y Orozco los reivindica siempre como pintores de avanzada.

En materia escultórica, Francisco Narváez (1905-1984) descuella por encima de casi todos los artistas de su tiempo. Con elementos vernáculos logra crear un mundo sugerente, novedoso tanto en sus planteamientos externos como en sus dobleces hacia lo abstracto. Antes de entregarse la confección de su obra propiamente moderna, Narváez había realizado obras en plazas de Caracas (como las célebres Toninas) y otras capitales Su dedicación y reconcentrada personalidad hacen que sus aportes se expresen tanto en la vida de plazas y parques como de edificaciones públicas, y a la vez participen de expresiones más vanguardistas y abstractas. Hoy, Narváez nos representa en museos de todo el mundo.

Luego del Círculo de Bellas Artes surge la llamada Escuela de Caracas, donde participaron artistas del primer grupo y otros como Alberto Wegea López, Elisa Elvira Zuloaga, Antonio Alcántara y Marcos Castillo. Salvando las distancias, pudiera decirse que, así como el Renacimiento revela las posibilidades de la experiencia individual oponiéndose a la preeminencia medieval del tema sacro, así también éstas generaciones de paisajistas lograron apartarse de los motivos nacionalistas o históricos, para ligarse a realidades más íntimas, o a trabajar temas influidos por el muralismo mexicano. Así tenemos a las obras de César Rengifo, Gabriel Bracho, Héctor Poleo, Pedro León Castro, Braulio Salazar, siendo Rengifo y Bracho los herederos más directos del muralismo mexicano. En cambio Poleo no se conforma con las turbulencias externas del realismo social, sino que indaga en la materia onírica propugnada por la corriente surrealista, que tanta libertad concedió al arte posterior.

Clasicismo y Romanticismo literarios

Al poderoso impulso del romanticismo surgió como contrapeso el del clasicismo, el cual produjo un número importante de humanistas en toda América, del que Andrés Bello (1781-1865) es exponente notable. De hecho su obra de historiador, jurista, poeta, cosmógrafo, estudioso de la cultura y erudito, ilustra un momento clave en el concepto de las nuevas repúblicas y de las literaturas nacionales, creando nuevos aportes para la comprensión de la lengua en su Gramática para uso de los americanos (1847). Bello valoriza el naciente legado de la literatura de su tiempo, sus leyes, su historia. Además tiene el mérito de ser el autor de los primeros poemas venezolanos en sentido estricto: Oda al Anauco (1800), A la vacuna (1804), A la nave (1808), los cuales servirían de preparación a su célebre Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826). El primero es una visión del río de su infancia caraqueña; el último, un ejercicio más consciente de ponderar los frutos de la naturaleza americana merced a un lenguaje propio, que busca consustanciarse a la forma. Bello funda además dos importantes publicaciones: la Biblioteca americana y El repertorio americano (1826), donde publica muchos de sus trabajos y da cabida a las mejores firmas de su tiempo. La estadía de Bello en Londres (1810-1829) y Chile (1829-1865) define, en cierto modo, la convulsa época política en la cual vivía el gran humanista. Su labor en Chile, donde fue fundador de su Universidad, hace que el pueblo chileno le haya convertido en mentor y figura principal de ese país.

Contemporáneo de Bello, Simón Bolívar (1783-1830) fue ante todo un hombre de acción. Romántico, revolucionario, Bolívar tuvo el coraje de capitanear todo un movimiento popular contra la Corona española, y no sólo logró vencer a las fuerzas realistas de Venezuela, sino que liberó de ese yugo a Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En sus cartas, proclamas y discursos, fraguó una obra de estadista y pensador donde puede reconocerse una voluntad literaria, de una escritura que acusa una sobria elegancia, influida en sus conceptos por los Enciclopedistas, pero donde vive una gama de verdades políticas de visionario. Un solo texto poético-filosófico de Bolívar Mi delirio sobre el Chimborazo (1823), bastaría para considerarle poeta. Para tenerle como crítico serían suficientes las cartas que le dirige a José Joaquín Olmedo, con motivo de haberle enviado éste último un poema, La Victoria de Junín. La capacidad verbal de Bolívar se constata en su juicio y objetividad que, aún expresándose dentro del canon romántico, logra extraer de ellos lucidez, con un estilo que se mueve entre la utopía y la razón.

Otro maestro de Bolívar, Simón Rodríguez (1771-1854) fraguó ante todo una obra de educador, pero su cultura y formación poseen un indudable basamento estético-literario. A él le debemos la primera traducción de la Atala de Chateaubriand. A lo largo de su obra se aprecia una constante alusión a los autores de la antigüedad clásica, a filósofos y poetas; sabe extraer de ellos algún juicio oportuno, aplicable a la educación humanística requerida en la fundación de las nuevas repúblicas. De temperamento errante, Rodríguez participó de los proyectos educativos de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Entre sus obras están Sociedades americanas (1828).

Romanticismo y clasicismo dominaron la escena del siglo diecinueve, y no pudo ser de otro modo. Los ecos del romanticismo europeo llegaron tardíamente a América, produciendo obras miméticas o desiguales. La literatura servía más entonces como vehículo edificante que creativo; la interpretación, entonces, adquirió mayor sentido que la ficción o la lírica.

En el terreno lírico habrá que tomar en cuenta a José Antonio Maitín (1804-1874) figura esencial de nuestro romanticismo. A la caída de la Primera República, Maitín marcha a Curazao y luego a Cuba. Regresa a Venezuela en 1824 y participa de la vida literaria caraqueña durante la presidencia de José María Vargas; el golpe de estado de 1835 lo sorprende en la capital y decide irse a casa de sus padres en Choroní, donde escribiría uno de sus poemas capitales, el Canto fúnebre consagrado a la muerte de su esposa, y otros poemas de enorme densidad dramática, como Las orillas del mar. En Choroní permanecerá hasta su muerte. Maitín fundó revistas literarias con un amigo suyo, también poeta, Abigaíl Lozano (1823-1863) y comparte con él fama como autor. Lozano, abigarrado y desigual, encontró en estas características su mejor atributo, observable en los libros Horas de martirio (1847) y Tristezas del alma (1845), que definen su inspiración popular. Lozano y Maitín definen un primer momento romántico en poesía que luego, en autores como Jacinto Gutiérrez Coll (1835-1901) y Manuel Pimentel Coronel (1863-1905) va a tener otras ramificaciones. Sin embargo, la obra de Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) abre un compás nuevo en la poesía romántica que valoriza el legado alemán o inglés, más que el hispánico. Heine y Poe son dos de sus nortes, y de ambos realiza admirables versiones al castellano. Pérez Bonalde marca el ingreso de nuestra lírica en una verdadera innovación literaria, merced a la sobria entonación. En sus textos Vuelta a la patria, Flor y el Poema del Niágara (1880) reafirma su voz de adelantado en la etapa más depurada de nuestro romanticismo.

En contrapeso, Rafael María Baralt (1810-1860) hace del clasicismo un modo de obtener presencia en el mundo académico, pasando a ser el primer hispanoamericano en ocupar un sillón de Individuo de Número en la Real Academia Española. Aunque autor de algunos poemas históricos de interés como las Oda a la Reina Isabel y Oda a Cristóbal Colón y otros madrigales y sonetos, su producción principal la constituye su obra de prosista y estudioso del idioma. Ejemplos de ello son el excelente Resumen de la historia de Venezuela (1841), y dentro de preocupaciones filológicas el Diccionario matriz de la lengua castellana (1850). Su discurso de Incorporación a la Academia Española es significativo en el momento de apreciar el influjo de América en el castellano de Europa. No es ocioso citar los Idilios de Baralt publicados en 1839, de tono bucólico, emparentados con lo romántico.

A esta generación de escritores dominados por la necesidad de crear nuestra nacionalidad pertenece la figura de Fermín Toro (1807-1865) cuya obra más ingente se desarrolla en el terreno de la jurisprudencia, la diplomacia y la política exterior, que prodigó a Venezuela rango en el medio internacional. Debe a darse a Toro el mérito de haber escrito los primeros cuentos y la primera novela en Venezuela. La novela es Los mártires (1842); los cuentos son La viuda de Corinto (1837) y El solitario de las catacumbas. Estos relatos tienden a una noción de socialismo utópico que caracterizó la conciencia social de la época, mientras que su temática se avenía a los modelos europeos, de corte estetizante y romántico, con poca o ninguna relación con el espacio y geografía venezolanos. En El solitario de las catacumbas vemos a un anciano mostrando a un hombre filas de esqueletos en unas catacumbas, y explicándole la razón por la cual ocupan estos sitios de acuerdo a los papeles que jugaron en la vida. Las disquisiciones morales del escritor están ambientadas, como en casi todos sus relatos, en atmósferas lúgubres o sombrías.

El romanticismo musical

En música, luego de la dispersión de la Escuela de Chacao, ya se fraguaba una etapa de transición, gracias a músicos que se trasladaban a otras ciudades de la provincia. En Mérida, por ejemplo, encontramos el intenso movimiento del caraqueño José María Osorio (1803). En esta ciudad andina funda la Primera sociedad y orquesta filarmónica; además tiene el mérito de haber instituido el primer periódico de Mérida, El Benévolo (1840) y de ser autor de la primera ópera bufa venezolana: El maestro Rufo. Al tiempo que compone oberturas como "El Califa" o "Madrugada Aurora", trabaja en el proyecto de editar sus propias obras didácticas sobre teoría musical, como Práctica de los divinos cánticos (1845). Osorio se convierte así en receptor y en divulgador de la tradición musical de Los Andes.

Hacia el oriente del país, José María Gómez Gardiel (1797-1872), con sus Misas, y José María Montero con sus Himnos sacros y sus tonos navideños son compositores notables de esta época de transición, que se producirá para introducirnos luego en la etapa romántica de nuestra música. Esta comienza con la canción y las danzas para piano, las cuales tenían lugar en ambientes íntimos; por ello fueron llamadas de salón. Estos bailes de salón dieron origen a un tipo de vals vernáculo, vivaz, rítmico: el valse venezolano poseedor ya de clara fisonomía. Pese a su aparente sencillez, la producción valsística y las canciones reflejan un conocimiento profundo de las sutilezas del vals europeo. Se produce así la debida asimilación, el proceso de simbiosis acertado. A este punto, el compositor más destacado de este movimiento es Felipe Larrazábal (1816-1873). Su técnica e imaginación se mezclan debidamente para ofrecernos obras tan brillantes como el Trío Nº 2 para piano, violín y violonchelo. Larrazábal es además autor de una amplia obra de investigación sobre literatura, historia y derecho, al tiempo que ejerció como profesor, periodista y político.

Federico Villena (1835-1899) es autor de zarzuelas (Las dos deshonras), de dúos para violín y piano (El Cazador), de fantasías para piano y también de obras sacras como la misa Ave María. Trabajó en Caracas, Ciudad Bolívar y La Guaira como organista, profesor y director de Banda. José Ángel Montero (1839-1881) es hijo de José María Montero, el ya citado compositor de la Escuela de Chacao. Es autor de una profusa obra religiosa, de música de salón, danzas y contradanzas. Escribió una de las óperas principales del siglo pasado, Virginia, así como zarzuelas que registran bien el influjo español. Ramón Delgado Palacios (1867-1902) es un compositor muy destacado en el género pianístico, debido a sus complejidades rítmicas y a su virtuosismo: Graziella, Mi aplauso y Rosas Rojas son muestras definitivas de sus "Valses de concierto, muy bien diferenciados de los llamados "Valses brillantes", donde a menudo se acude a un recargamiento de la forma. En opinión del maestro José Antonio Calcaño es nuestro mejor pianista después de Teresa Carreño. "Jamás hemos tenido", dice Calcaño- "un organista semejante".

Pero en cuanto a virtuosismo interpretativo ningún músico ha tenido más fama y reconocimiento mundial que la pianista Teresa Carreño (1853-1917), dotada de un talento tan prodigioso que asombró al mismo Franz Liszt. En París comenzó su ascendente carrera como pianista que continuó por toda Europa, Estados Unidos, África y Australia. Entregada casi por completo a la ejecución, no pudo dejarnos un conjunto homogéneo de composiciones, siendo las más numerosas las piezas para piano. La primavera y Mi Teresita son las más célebres. Asimismo, escribió himnos para Bolívar y Guzmán Blanco, un Cuarteto de Cuerdas y un Saludo a Caracas. La vida de Carreño no fue sentimentalmente afortunada, más sí su carrera ampliamente elogiada por músicos célebres como Brahms, Grieg, Rossini y Saint-Saens.

El interés por el piano es rasgo predominante en las últimas décadas del siglo XIX. En tal sentido, habrían de mencionarse a Sebastián Díaz Peña, entregado por igual a la composición pianística y a la docencia. Es de hacer resaltar que es en este período cuando se da inicio a las publicaciones musicales, los pequeños tratados y ensayos sobre teoría y solfeo, armonía y otras obras divulgativas de la tradición europea. También Francisco de Paula Aguirre (1875-1939) -autor del famoso vals Dama antañona-, Augusto Brandt, Manuel Leoncio Rodríguez son autores representativos de este período romántico.

Pero quien quizá contribuyó más a la divulgación y a la formación de una crítica musical fue el pianista Salvador Llamozas (1854-1940), quien con sus periódicos "Álbum lírico" (Cumaná, 1874) y "Lira Venezolana" (1882) jugó papel decisivo. Llamozas nos legó una vasta producción para piano consistente en fantasías, nocturnos y valses. En su celebrado vals Noches de Cumaná logra una admirable mixtura de lo culto y lo popular que lo convierten en antecedente importante del género nacionalista. También Pedro Elías Gutiérrez en la música (1870-1954) y Rafael Bolívar Coronado en la letra alcanzan inmensa popularidad en el género nacionalista con su joropo Alma Llanera, perteneciente a una zarzuela del mismo nombre, considerado hoy como una suerte de himno popular de Venezuela. En lo concerniente a las publicaciones, además de las dos fundadas por Llamozas, se halla un tratado del general Ramón de la Plaza. Es el libro Ensayos sobre el arte en Venezuela (1883) dedicado a historia, música y artes plásticas en nuestro país, que le ha granjeado un lugar meritorio en la musicología venezolana.

Inicios del teatro

Las raíces de nuestro teatro están signadas, como en cualquier otra sociedad tribal, por el asombro ante la noche o la poderosa presencia de las fuerzas naturales. Estas fuerzas se traducían en representaciones con máscaras para interpretar los misterios del sexo, la muerte, la fertilidad de la mujer y de la tierra. Estas fuerzas se traducían en ceremonias, fiestas cíclicas traducidas en secuencias temporales que luego vendrían a constituir los rituales. A su vez estos ritos se convertirán en resguardadores de la comunidad. Y sus cantos, plegarias y llamamientos celestes para conseguir los alimentos o aliviar las dolencias. Estas serían las primeras invocaciones teatrales. En las zonas de pesca, caza y recolección se registran formas de breves pantomimas para encontrar alguna raíz o baya comestible, algún fruto o molusco, así como danzas para beneficiar cosechas con lluvia o para alejar los huracanes e inundaciones. Por ello, en las áreas donde los medios de cultivo están más perfeccionados, las manifestaciones teatrales primeras poseen mejor cuerpo dramático. Tal es la zona de los Andes o Timoto-Cuica, donde en estrados o planchadas se realizaban presentaciones cómicas, trágicas o épicas.

De estos tiempos prehispánicos se ha referido como significativa la Bajada del Ches, la cual consistía en la reunión de los Miguríes en la casa del Piache (Sacerdote), quien después en la noche se iba a un lugar solitario para hablar con el Ches (Sol), quien por boca del Piache decía si el año era bueno para la agricultura. Probablemente era una representación simbólica de una suerte de "pasión" del Ches, es decir, su muerte y resurrección. Asimismo, se ha reconocido en las Turas de los Arawacos de Occidente una Danza del Huracán, donde las brisas que dificultan el diario sustento y las persecuciones de animales eran representadas a través de una coreografía dirigida. De igual modo, las danzas denominadas "El carite" y "El Chiriguare" -aún llevadas a cabo en fiestas folklóricas y actos culturales de escuelas, provienen de los indios Caribes y probablemente se mezclaron en la época colonial con otras danzas de procedencia africana. Tampoco es difícil intuir que las manifestaciones folklóricas hoy realizadas como las de los Vasallos de San Benito (Mérida) o los Negros de San Juan (litoral central) son de claro influjo africano. En éstas y otras danzas animales como El Sebucán y el Guarandol se pone de manifiesto no sólo una voluntad de danzar, sino también de imbricar éste elemento a la configuración dramática.

Teatro decimonónico y teatro moderno

Nuestro teatro siempre ha tenido un desenvolvimiento lento y ligado casi siempre al género musical. En el siglo XIX nacen tres caraqueños que definitivamente van a introducir cierto perfil criollo en la comedia venezolana. Éstos son Jesús Izquierdo (1881-1937), Antonio Saavedra (1884-1944) y Rafael Guinand (1881-1957). Sobresalieron todos en los géneros del sainete, mímica y opereta vienesa. Guinand era empresario, actor y autor de numerosos libretos y zarzuelas. Fundo la Compañía Guinand and Puértolas y es considerado el fundador del sainete criollo. Izquierdo o "Izquierdito", como le llamaban familiarmente, fue un veterano y polifacético actor con gran fama en España, donde mereció los elogios del novelista Vicente Blanco Ibáñez.

Asimismo, fue muy elogiada la capacidad de Antonio Saavedra para fluir con sus monólogos y cuentos, interpretando personajes populares de Caracas. En fin, realizó un teatro que no por ligero exigía menos concentración y dedicación. Además estos tres artistas actuaban juntos y alternaban en representaciones donde fueron centro de escena por muchos años. Con ellos, la esposa de Saavedra, Luisa Bonoris, actriz española de extraordinarias condiciones, compusieron un ciclo muy completo de nuestro teatro popular.

El inicio de nuestra modernidad teatral aún está por fijarse. De cualquier modo es justo citar Almas descarnadas (1922), de Leopoldo Ayala Michelena (1897-1962), como referencia fundadora de un teatro que ya había abandonado el cuadro de costumbres. Ayala Michelena viajó por toda América difundiendo su teatro y las primeras obras de nuestra incipiente dramaturgia. Quien definitivamente se libera del costumbrismo va a ser Víctor Manuel Rivas (1909-1965) con su obra El Puntal (1933), de claros visos nacionalistas. Centrando su acción en el llano, Rivas nos ofrece una visión bastante acertada del arraigo telúrico, por cuanto sobrepasa los límites regionales y opta por una significación más vasta. Rivas escribió también tragedias de menor vuelo como La zamurada y La antesala (1940). Con ésta última ganó el primer premio del concurso "La comedia Venezolana" auspiciado por el Ateneo de Caracas.

En los predios del teatro de raíz folklórica es menester citar la obra de Juan Pablo Sojo El árbol que anda (1945). Por su lado Elizabeth Schön introduce el elemento absurdo y existencial en nuestro teatro a través de varias obras, entre las que citamos Melissa y el yo y Diálogo. Schön (1921) es una de nuestras poetas más notables y activas, una conciencia plena de meditación y calidez. En el teatro humorístico sobresalen Job Pim (seudónimo de Francisco Pimentel), Aquiles Nazoa y Miguel Otero Silva. Con estos nombres puede indicarse el nacimiento de un teatro nacional, que va a ahondar y desplegar sus conceptuaciones dramáticas en un grupo de actores y directores representado principalmente por José Ignacio Cabrujas (1938-1995), Román Chalbaud (1931) e Isaac Chocrón (1933), precedidos los tres por el dramaturgo César Rengifo (1915-1980), autor de un teatro de índole socialmente comprometida.

En 1958 se funda la primera sala estable de teatro en el país, con el nombre de una de nuestras mejores actrices: Juana Sujo, que había nacido en Argentina, de ascendencia rusa. Sujo hizo buena parte de su carrera en Europa y llega a nuestro país a protagonizar dos películas de Carlos Hugo Christensen: La trampa y La balandra Isabel llegó esta tarde, por lo cual fue contratada en Venezuela. La primera actuación teatral de Sujo en Venezuela ocurre en el teatro Rialto, en una versión de El bello indiferente, de Jean Cocteau, y desde entonces realiza una brillante carrera, hasta su muerte en 1961, a los 48 años.

La sala del Ateneo de Caracas es fundada en 1963; ésta y la Sala Juana Sujo se convierten en escuelas de avanzada, paralelamente a los viejos teatros Nacional y Municipal. Por cierto, el primer gran éxito de Cabrujas es un montaje paródico de El sainete en Venezuela; luego vendrán sus celebradas direcciones del Hamlet de Shakespeare, de los obras de Brecht y de sus coetáneos Chalbaud y Chocrón. Entre las obras de Cabrujas que han sido aclamadas, se cuentan El extraño viaje de Simón el malo, Acto Cultural (1977), y El día que me quieras (1979). Chocrón, en cambio, escribe un teatro más intelectual, poblado de connotaciones existencialistas; así lo muestran sus piezas Asia y el lejano oriente, Tric-trac, La revolución (1971) y El quinto infierno. Chalbaud es el otro dramaturgo que alcanzó sus mejores expresiones con Los ángeles terribles, Sagrado y obsceno, La quema de Judas y Réquiem para un eclipse.

Desde la sala del Ateneo de Caracas, el dramaturgo argentino Carlos Giménez cumplió una labor de montajes sostenidos con el grupo Rajatabla, que representaron por varias décadas a Venezuela en festivales internacionales. Otro dramaturgo notable es Elisa Lerner, de madurez alcanzada con su pieza Vida con mamá (1975). Como directores sobresalientes de la escena actual en Venezuela citamos a Horacio Peterson, Alberto de Paz y Mateos, Eduardo Mancera, Levi Rossell, Humberto Orsini, Álvaro de Rosson, Nicolás Curiel, Alberto Sánchez, Hugo Ulive, Rodolfo Santana (La máxima felicidad, El animador, La empresa perdona un momento de locura), Edilio Peña (Resistencia, El círculo), Luis Britto García (El tirano Aguirre), Ibsen Martínez (La hora Texaco), José Gabriel Núñez (El llamado de la sangre), Gilberto Pinto, Ramón Lameda, Julio Jáuregui, Fran López Falcón, Freddy Torres, Rafael Zárraga, César Chirinos, Enrique León y otros.

Inicios del cine

En 1997 se cumplieron los primeros cien años del cine venezolano. En el año 1897, en el Teatro Baralt de Maracaibo se filman las primeras vistas, los registros o cuadros de las Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo y de Un célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa. Los reportajes cinematográficos comienzan en 1907, pero no es hasta veinte años después que se realizan los primeros largometrajes de ficción como La dama de las cayenas (1916) de Enrique Zimmermann y Don Leandro el inefable (1918), de Lucas Manzano.

Durante los años cincuenta el cine venezolano alcanzó una cifra importante con Araya (1958), de Margot Benacerraf, un documental sobre un pueblo de salinas del oriente venezolano que sorprendió por su limpidez, sobriedad y profundidad, que fue reconocido internacionalmente y mereció a Benacerraf estar incluida en el famoso diccionario de cineastas de Georges Sadoul, donde reseña igualmente una película suya sobre el pintor Armando Reverón, titulada escuetamente Reverón, también de enorme fuerza expresiva.

La industria del cine comenzó a florecer en los años 60 gracias a la gente del teatro, con producciones apoyadas por el sector oficial a través del Fondo de Fomento Cinematográfico, o a través de producciones independientes como las de César Bolívar o Román Chalbaud, éste último el más prolijo director del cine venezolano, entre cuyas películas debemos citar a El pez que fuma (1978), Sagrado y obsceno, La quema de Judas y sobre todo La oveja negra, siendo la primera y última obra mencionadas las consideradas emblemáticas de Chalbaud, a la par de las más eficaces. Otros cineastas destacados de este período son César Bolívar (Homicidio culposo, 1985), Clemente de la Cerda (Soy un delincuente, 1985), Iván Feo (País portátil, 1975), Alfredo Lugo (Los muertos sí salen) Mauricio Wallerstein (Cuando quiero llorar no lloro,), Juan Santana (Fiebre), Freddy Siso (Díles que no me maten).

De esta misma época existen dos películas premiadas en Cannes, como Orinoko Nuevo Mundo, de Diego Rísquez, quien es realizador también de otra película sobre un tema que le obsesiona, el de los mitos americanos, visibles en América, Terra Incógnita. En un sentido distinto, Oriana (1984), de Fina Torres, una historia de amor ambientada en una hacienda a orillas del mar, pero menguada por el feudalismo gomecista, presentó con altura un tema intimista. Torres produjo otra obra, Mecánicas celestes (1992), de claro ambiente cosmopolita donde se cuestionan los atavismos venezolanos. Thaelman Urguelles en La Boda nos presenta una faceta de la dictadura perezjimenista y persiste en el motivo de la delincuencia en su película El atentado. Jacobo Penzo nos asoma los dolores del poeta Cruz Salmerón Acosta en La casa de agua. Joaquín Cortés nos presenta en Asesino nocturno las nuevas vetas del cine policial, mientras que en Caballo salvaje asoma una visión más fresca del país, ambientada en el llano. El tema delictivo, esta vez dentro del seno de la policía, es abordado por Solveig Hoogstein, en la taquillera Macu, la mujer del policía, y en Homicidio culposo, de César Bolívar, el ambiente es el propio teatro. El asunto de la sexualidad y sus complejidades se sondean en filmes como Macho y hembra de Mauricio Wallerstein, o en Reflejos, de César Bolívar. Mientras tanto, Marilda Vera en Los caminos verdes se acerca de manera notable a la exploración de la geografía propia, de los ríos fronterizos con Colombia. El tema sociopolítico es explorado en películas como Adiós Miami, de Antonio Llerandi, El escándalo, de Carlos Oteyza, y El Compromiso, de Roberto Siso. En cambio, el cine humorístico muestra sus vetas en Coctel de camarones, y De cómo Anita Camacho quiso levantarse a Marino Méndez, de Alfredo Anzola.

El cine protagonizado por niños tuvo buen inicio en la década de los años 80, en obras como Operación chocolate, de José Alcalde; Carpión Milagrero, de Michael Katz; Pequeña revancha, de Olegario Barrera; o En Sabana Grande siempre es de día, de Manuel De Pedro. Por cierto, De Pedro es autor de un excelente documental histórico, Gómez y su época.

Luis Alberto Lamata es otro cineasta cuidadoso, destacado principalmente por su excelente trabajo en Jericó y Desnudo con naranjas, filmes donde aborda temas históricos del país tratados con gran altura estética y dominio de la dirección de actores.

En todas ellas nuestro cine se perfiló en esos años con un lenguaje que buscaba destacar las variadas vertientes de lo humano o lo social, sin atenerse únicamente al tema de la violencia o del compromiso político.

Narrativa realista

Luego del costumbrismo y el modernismo, comenzaron a producirse los naturales cansancios; así surgió la reacción frente a estos dos movimientos. Tales son los casos de Rómulo Gallegos (1884-1969) y José Rafael Pocaterra (1888-1955). Por una parte deseaban desasirse del mero fresco descriptivo de ambientación rural; por el otro, dejan de lado la ampulosidad verbal del modernismo. Se mostraba interés por el mundo psicológico de los personajes y un mayor verismo de los entornos. Gallegos comenzó escribiendo cuentos (Los aventureros, 1913) que prepararon su obra de novelista con títulos capitales como Doña Bárbara (1929), Cantaclaro (1934), Canaima (1935) y La brizna de paja en el viento (1952). Gallegos intuyó caracteres esenciales de lo venezolano –recorrió el país tomando notas y haciendo previo trabajo de campo, lo cual lo convierte en nuestro primer novelista "profesional"-- y de las fuerzas que lo mueven: ciertas tendencias psíquicas ocultas en la visión positivista civilización-barbarie- con vacilaciones, dudas, la riqueza de la expresión popular y sus maneras singulares de expresar lo poético. Sus personajes, bien dibujados, son usados a veces como arquetipos para presentar problemas ideológicos o éticos. Puede crear emblemas superficiales de la tierra, compensados por su capacidad para revisar condiciones profundas de lo venezolano: mundos divididos, rechazos sociales, dilemas morales.

Por su parte, Pocaterra se mantiene fiel a un realismo cáustico, que satiriza los ambientes sociales. Novelas suyas son Política feminista (1913), Vidas oscuras (1915), Tierra del sol amada (1918). Usa Pocaterra un lenguaje directo, que pone al descubierto desmanes de la alta sociedad, visible también en los Cuentos grotescos (1922), la primera tentativa de innovación real del cuento venezolano, donde crea una tipología humana identificada con el entorno y explora paralelamente su psique: narraciones crudas algo de humor amargo, o de una sutil ironía amable.

Otra narradora que se opone a los cánones costumbristas es Teresa de la Parra (1889-1936). Con dos novelas, Ifigenia (1922) y Las memorias de Mama Blanca (1929), realiza una crítica social y de los medios familiares de principios de siglo y logra transmitir el conflicto del alma femenina en medio de convenciones, a tiempo que describe la transición de la sociedad agraria a la etapa pre-industrial, y cómo se proyecta ese conflicto en la conciencia de una joven que, como la María Eugenia Alonso de Ifigenia, encarna la tribulación de una época agobiada por la hipocresía. En sus cuentos (El genio del pesacartas, La señorita grano de polvo bailarina del sol) y sobre todo sus cartas son testimonios invalorables para observar la compleja sexualidad de esta escritora.

Otros escritores del grupo Alborada, a donde perteneció Gallegos, también dieron muestras de diferenciarse del criollismo, como Julio Rosales (1885-1970) en sus libros Por los caminos muertos (1910), y Bajo el cielo dorado (1914). Asimismo, Jesús Enrique Lossada (1822-1948) escapa a los lineamientos de tendencias establecidas, acercándose al legado fantástico, tal lo hace en La máquina de la felicidad (1938), textos que se mueven el terreno ambiguo de la vigilia y el sueño. Por cierto el escritor que mejor sedimenta en la zona de lo fantástico es Julio Garmendia (1898-1977) exponente notable de dedicación en el logro de cuentos perfectos. Con sólo dos libros de relatos publicados en vida, La tienda de muñecos (1927) y La tuna de oro (1951) Garmendia logra una admirable personalidad literaria que se libera de la fantasía romántica o modernista, para ingresar a una suerte de metafísica personal. Elementos centrales de su propuesta son el humor, las atmósferas líricas, fluctuaciones y presentimientos secretos de la mente, los cuales crean un compacto sistema de signos. Otros narradores de este período son Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), con una obra que comparte preocupaciones históricas y políticas, como se observa en las novelas Cubagua (1931) y La galera de Tiberio (1938). En la primera se manejan tiempos interpolados, efectos de simultaneidad, en un ingenioso contrapunto de fantasía e historia. En la década 1930-40 surgen en Venezuela los movimientos vanguardista y surrealista, que habían estado prefigurados por la aparición de la revista Válvula en 1928, de la cual circuló un solo número. Alrededor de ella se reunió un grupo de escritores entre los que se cuentan Carlos Eduardo Frías, Nelson Himiob, Juan Oropesa, Pío Tamayo, Miguel Otero Silva, Antonia Palacios, Arturo Uslar Pietri. Nuestra vanguardia relaciona el hecho estético al político. Así, la generación de 1928 no reacciona contra la del 18; mas bien la siente cercana. Himiob y Frías publican un libro en conjunto; Uslar Pietri publica en esos años su novela más significativa, Las lanzas coloradas (1931), donde narra episodios de la guerra de Independencia con gran imaginación y brillantez. También en los cuentos de Barrabás (1928), se vislumbraban aportes de la vanguardia a la modernidad a través del socorrido concepto de "realismo mágico", que luego vino a ampliarse n la novela de los 60. Otras obras destacadas de Uslar en el cuento son Red (1936) y Treinta hombres y sus sombras (1949); en la novela, El camino del Dorado (1947) y La isla de Róbinson (1981). Dentro del ensayo y el periodismo Uslar ha cumplido asimismo una dilatada labor.

La música moderna

En música vamos saliendo lentamente del poderoso influjo romántico, y arribamos al grupo de compositores que estimularon la creación de orquestas y el rescate de las piezas folklóricas y populares. Vicente Emilio Sojo (1887-1974) es quien se encarga de recoger y armonizar una considerable cantidad de canciones del folklore y de fundar la Orquesta Sinfónica de Venezuela y el Orfeón Lamas. Sojo es autor de una gran variedad de piezas sacras, patrióticas y corales, a la par de forjador de generaciones que se le deben a él en mayor o menor grado. También Juan Vicente Lecuna (1891-1954) es un autor notable de los inicios de nuestra modernidad musical. Sus Cuatro piezas para piano, de inspiración juvenil, fueron publicadas en París en 1940, se irían convirtiendo con el tiempo en la magnífica Rapsodia Venezolana, cuyo tratamiento melódico asombró a Manuel de Falla.

Lecuna siempre estuvo cerca de las grandes urbes musicales. Su Valse caraqueño es tenido como paradigma de nuestro valse culto, y su Joropo es un verdadero alarde de equilibrio y sensibilidad. También son conocidas sus Sonatas para el arpa y Sonatas de Altagracia, ejemplos de precisión, pues éste músico no es dilecto del colorismo. En sus Tres canciones las trombas se acogen a un despojamiento, y en su Concierto para piano y orquesta, el instrumento principal no se pierde en roles estelares, eludiendo así todo patetismo.

José Antonio Calcaño (1900-1978) es otro compositor importante de este período; entre sus obras destacan un Scherzo, cuartetos de cuerda, piezas para guitarra, canto o piano. Es autor de la famosa Suite Miranda y de la canción coral Evohé, sobre un poema de Enrique Planchart. Calcaño fue director de orquesta y realizó una encomiable labor divulgativa en amenas conferencias televisivas y de investigación musicológica sobre nuestra música, publicadas algunas de ellas bajo el título La ciudad y su música. A ésta generación pertenece también Moisés Moleiro (1905), quien ha escrito fundamentalmente para piano: la Sonatina, la Suite infantil, y la canción Otoño pueden considerarse como sus piezas más representativas. Moleiro busca la raigambre nacional de nuestra música, alejado de todo intelectualismo.

Por el año 1936 el maestro Vicente Emilio Sojo es nombrado Director de la Escuela Superior de Música. Desde aquí comienza la enseñanza continua de todos los instrumentos, y la Cátedra de armonía se convierte en una de composición. Surgen así las nuevas promociones que luego asombrarán al país, y que ahora pasaremos a registrar brevemente.

Evencio Castellanos (1915) es notable compositor y pianista. De sus obras citaremos El río de las siete estrellas, --sobre un poema de Andrés Eloy Blanco-- , el Concierto para piano y orquesta y la Suite Avileña. También es de recordar su oratorio profano El tirano Aguirre. Antonio Estévez (1916) siempre se involucró en búsquedas vanguardistas, aún desde sus inicios en el género nacionalista. De él tenemos las admirables Cantata criolla, la Suite Llanera, la Cromovibrafonía múltiple, y sus conciertos para orquesta. Inocente Carreño (1919) es notable en esta promoción de músicos; así los testimonian sus obras Suite sinfónica, Suite para Orquesta de cuerdas, la Obertura popular y sobre todo la Sinfonía Margariteña, de fama internacional.

Antonio Lauro, por su parte, es el autor venezolana de guitarra por antonomasia. Sus valses y sus motivos inspirados en los motivos nacionales y folklóricos son verdaderas joyas de imaginación y sensibilidad, que han recorrido el mundo entero en la guitarra virtuosa y magnífica del concertista larense que ha dado más renombre a nuestro país en escenarios de Europa y América: Alirio Díaz (1926), quien también se ha entregado a una loable labor de recuperación de piezas nacionales, a través de una investigación de nuestro acervo popular. Díaz estudió primero con el maestro Laudelino Mejías en la ciudad de Trujillo en su país y luego fue a España a perfeccionar sus estudios con los maestros Regino Sainz de la Maza y Andrés Segovia. Ha sido reconocido como maestro internacional y tiene una Cátedra permanente en la ciudad italiana de Siena, donde estimula a nuevos músicos de todas las edades, así como un Concurso Internacional de Guitarra que lleva su nombre y cuenta con numerosas ediciones. Antonio Lauro es autor de una vasta obra de música de cámara, piano y canto. Citaremos aquí sus valses más célebres: Natalia, Angostura, El Marabino, y sus Giros negroides, el Concierto para guitarra y orquesta y Cantaclaro, sobre la novela homónima de Rómulo Gallegos.

Gonzalo Castellanos Yumar (1915) conoció un temprano reconocimiento con su obra Antelación e imitación fugaz, una fuga a cuatro voces cuyo motivo central está tomado melódica y rítmicamente de la Quirpa llanera, modalidad del joropo. También son conocidas su Fantasía cromática para órgano y su Fantasía sinfónica para piano y orquesta. Castellanos fue uno de nuestros más notables directores de orquesta, junto a Antonio Estévez, Primo Casale y José Antonio Abreu. Abreu por cierto ha escrito varias piezas de cámara, piano, orquesta y coros. De su obra puede citarse el poema sinfónico Sancta et Inmaculada Virginitas y la cantata sinfónica Verit mulier de Samaria, así como las suites y los movimientos para piano y su Quinteto para instrumentos de viento. Hay que reconocer asimismo la eminente labor de Abreu en la creación del Sistema Nacional de Orquestas Sinfónicas, cuyas presentaciones internacionales han sido elogiadas por grandes músicos actuales como Plácido Domingo, Daniel Barenboim y Simon Rattle.

Ángel Sauce (1911) es de obligada mención aquí debido a sus Conciertos para violín y orquesta, el ballet sinfónico Cecilia Mujica y el ballet nacionalista Romance del Negro Miguel. En esta Escuela Moderna se formó también una brillante promoción de damas entre las que es preciso mencionar a Blanca Estrella de Méscoli (1913), compositora de obras para piano, de cámara, orquesta o voces. Son notables en su producción María Lionza, el ballet Miniatura y la Fantasía de Navidad. Blanca Estrella fue fundadora de la Escuela Nacional de Música para niños. En San Felipe, capital del Estado Yaracuy, de donde es oriunda, hay una escuela musical que lleva su nombre. Modesta Bor es otra compositora sobresaliente. Sus obras Sonatas para violín y piano y sus Tres canciones para Mezzosoprano son indispensables en su producción. La tercera mujer aquí es Nelly Mele Lara (1924), autora de páginas vocales, pianísticas y para instrumentos de cuerda. Es justo citar sus tríos y sonatas para violín y violonchelo, sus Sonatas para piano y sus obras de cámara Momento lírico y la Fantasía para piano y orquesta estrenada con gran éxito en 1961 bajo la dirección de Antonio Estévez. Su obra más conocida es la Misa criolla, basada en ritmos de aguinaldos y villancicos. Por último, Alba Quintanilla (1944) cierra este grupo femenino con sus notables obras Tres canciones para Mezzosoprano, la cantata La aldea, y su ciclo de Canciones. Otros músicos de esta escuela son Leopoldo Billings, Eduardo Plaza, Raimundo Pereira, María Luisa Escobar y Carlos Teppa.

Entre los músicos de la generación posterior Rhazes Hernández López (1918) y Alejandro Planchart (1935) fueron los primeros en introducir el sistema dodecafónico en nuestra música. La vasta obra musical del Hernández López abarca el piano, la flauta, el violín y las canciones corales. Citaremos aquí los Casualismos para piano, el Trío para violín, violonchelo y piano, las Tres dimensiones para cuerdas, y el poema sinfónico Las torres desprevenidas, sobre el texto homónimo de Jacinto Fombona Pachano. En otra línea del dodecafonismo, las obras de Alejandro Planchart acusan la influencia de la mejor música norteamericana. Por su parte, Alfredo del Mónaco ha incursionado con brillo en la música electroacústica pura, pero combinando sus búsquedas con instrumentos tradicionales de cuerda. Así, sus Cromofonías y sus Estudios electrónicos fueron las primeras obras de acustismo puro estrenadas en Venezuela. A éstas han seguido La noche de las alegorías (fonograma), los Encuentros del eco para pianos y percusión, y Tupac Amaru, que han colocado a Del Mónaco en sitio especial de nuestra música vanguardista. Otro compositor de avanzada, sobre todo en el uso de temas rítmicos y melódicos venezolanos, es Luis Morales Bance (1945). De su producción descuellan las Danzas y vigilias. Himnos, tropos y secuencias, Trío para cuerdas y Tríptico para violín. Finalmente los nombres de Juan Carlos Núñez ("Tocata sinfónica"), María Guinand ("Miniaturas"), Alfredo Rugeles ("Mutaciones"), Servio Tulio Marín ("Impresiones fugitivas"), Federico Ruiz ("Dispersión"), Raúl Delgado Estévez ("Primelectropus"), Emilio Mendoza ("Estudio tímbrico"), Delfín Pérez ("Nota") y Jorge Benzaguén ("Relieves") deberían componer un mosaico aproximado de nuestra música hasta los años 80.

El panorama de la música popular es demasiado amplio como para pretender abarcarlo aquí. Muchas de sus expresiones se encuentran en un estado dependiente del "estilo internacional" de baladas estandarizadas por el gusto comercial que se mueve al compás de la industria poderosa de las grabaciones.

Más esencias encontramos en la música folklórica y en los compositores venezolanos de la provincia, que han sabido brindar modestamente al país, mejores y más auténticas composiciones musicales, como son los casos de Luis Mariano Rivera, Ángel Custodio Loyola, Hugo Blanco, Raúl Borges, Juan Vicente Torrealba, el Indio Figueredo, Cristóbal Jiménez, Simón Díaz, Eduardo Serrano, Luis Laguna, Chelique Sarabia, Aldemaro Romero, Ilan Chester, Edgar Alexander, Vitas Brenner, Frank Quintero, Jordano Di Marzo, Billo Frómeta, Luis Enrique Larraín, Reinaldo Armas, Benito Quirós, Alí Primera, Rodrigo Riera, Henry Martínez, Guillermo Jiménez Leal, Franklin Sánchez, Eduardo Izcaray, María Luisa Escobar, Otilio Galíndez, Iván Pérez Rossi, Pedro Pablo Caldera, Luis Felipe Ramón y Rivera, Manuel Graterol Santander, Pedro Palmar, Antonio Carrillo, Carlos Rincón Morales, Ricardo Aguirre, Víctor Durán, Rafael Salazar, de diversas regiones del país, pertenecen a una tradición raigal de la música venezolana más auténtica, cuyos temas se mueven entre las ciudades grandes y los paisajes andinos, llaneros, desérticos o marinos, pero siempre marcando una pauta que se ejercita y rememora a diario en fiestas, reuniones familiares y experiencias gozosas y sentimentales.

Funciones de la arquitectura

Si en el mundo antiguo la arquitectura y la escultura jugaban el rol principal en el concierto de las artes visuales, en nuestros días ocurre todo lo contrario. El hábitat moderno se ha venido degradando de modo vertiginoso; la sociedad industrial introdujo, bajo el concepto de urbe o cosmópolis los respectivos cambios: serialización de la vivienda, crecimiento vertical, y todo el cúmulo de soluciones instantáneas que se proponen resolver no una necesidad de convivencia sino una circunstancia habitacional de un programa político. Y así tenemos que ni aún el lujo brinda hoy una solución de profundidad a la urgencia de comunicación humana. La arquitectura como tal ha sido practicada en Venezuela de modo históricamente descontextualizado; cierto desfase con la pintura es evidente. No obstante la tendencia ecléctica de Alejandro Chataing propende a la historicidad en el siglo pasado. De las obras de Chataing pueden citarse el Archivo General de la Nación, el Nuevo Circo de Caracas, la Nueva Fachada Neo Gótica del Panteón Nacional, el Teatro Nacional, el Palacio del Consejo Municipal, el Arco del Monumento del Campo de Carabobo.

Con el cubismo plástico surgen las primeras tendencias que aplican cierto "espacialismo" a la arquitectura. Por ello los años 30 son una suerte de referencia de incorporación de volúmenes y signos geométricos como valores autónomos. De estos años 30 sobresalen Cipriano Domínguez, quien concibió el Centro Simón Bolívar de Caracas y sus conocidas Torres de El Silencio, y otros arquitectos como Gustavo Guinand. Por su parte, Manuel Mujica Millán fue el primero en incorporar los volúmenes y desniveles, los contrastes de altura y la iluminación natural en un equilibrado juego. Dos obras suyas importantes son la Casa de Campo Alegre (1933) y la Casa Blanca de La Florida (1937). Pero es en los años 50 cuando comienzan a circular interrogantes serias en torno a la función arquitectónica en nuestro país. De este modo arribamos a la tendencia representada por Carlos Raúl Villanueva (1900-1975). Su empresa polifacética lo señala como el más notable de nuestros arquitectos, como el pilar de la avanzada posterior; en su funcionalidad de gran despliegue, lo lógico se aúna a la flexibilidad y al movimiento. Su obra habla por si sola: la Ciudad Universitaria de la Universidad Central de Venezuela, la Urbanización El Silencio, los Bloques del 23 de Enero, el Museo de Bellas Artes, la Plaza de Toros de Maracay, la Urbanización General Urdaneta, el Pabellón de Venezuela en Montreal, entre otras.

Por su parte, José Tomás Sanabria (1922) fue alumno de Walter Gropius y partícipe en el empeño de recuperar la urbe como ente productivo y funcional, higiénico y liberador. Entre sus obras se cuentan el Hotel Humdoldt (1950), el edificio se de la Electricidad de Caracas, la sede principal del Banco Central de Venezuela, la Biblioteca Nacional y la Sede del Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE).

Por su lado, José Miguel Galia (1919) acude a los volúmenes como funcionalidad, para identificarse con el llamado estilo internacional, y definir así su trabajo en términos plásticos en relación íntima con el transeúnte. Entre sus obras citaremos la Torre Polar en Caracas, el Teatro del Este, el Hotel Bella Vista de Margarita y el proyecto de remodelación del Parque Los Caobos. Existe una tendencia vernácula en arquitectura, llamada también populismo, basada en las formas constructivas populares, como punto de recreación en torno a una herencia nacional que pueda trabajar con elementos casi artesanales y a escala pequeña. En tal sentido es notable el aporte de Fruto Vivas (1928), quien además intenta incorporar vegetación al interior de la vivienda. Son dignos de mención sus trabajos del Club Táchira (1960), el Hotel Moruno en el estado Táchira o la Casa de Inocente Palacios. Luego desarrolla sus Tipologías, tendientes a una arquitectura de tinte ideológico; de aquí sus proyectos de Árboles para vivir y su Vivienda de Judibana, estado Falcón.

Entre las corrientes arquitectónicas que empiezan a desarrollarse paralelamente a las tendencias internacionales, pueden apreciarse arquitectos como Jorge Castillo, Jesús Tenreiro y Gorka Dorronsoro. Jorge Castillo tiende a configurar su múltiple actividad de investigador y artista para imbricar elementos populares con vuelos imaginativos del espacio, sin prescindir de lo tecnológico como factor de cohesión: su irregularidad y su aparente contrariedad estilísticas son parte de una personalidad que conecta a la escultura y demás experiencias estéticas a un espíritu heterodoxo y libre. Son dignas de mención sus obras en el Parque Recreacional de El Conde en Caracas, la Casa Mara, la Casa Gomero son ejemplos de integración de las artes, así como las Ciudades Móviles de Vivienda y el Museo de Arte de Valencia.

Jesús Tenreiro (1936) participa de una reacción contra los principios productivistas y más bien intenta llenar de "arte" sus significantes arquitectónicos, mientras Gorka Dorronsoro (1939) retoma las enseñanzas del maestro Villanueva y vindica una posición de plasticidad, de transparencias que se vuelven conceptos puros y hasta alegóricos de las figuras o las formas. Otros arquitectos notables de esta generación son Marco Miliani, Rafael Loreto, Gustavo Wallis, Max Pedemonte, arlos Eduardo Gómez, Jimmy Alcock, Diego Carbonell, Graciano Gasparini, Gustavo Legorborou y Enrique Siso.

Voces poéticas de la vanguardia

El último gran modernista de Venezuela, Alfredo Arvelo Larriva (1883-1934) abre camino a otras variantes poéticas, incluyendo a las de su hermana Enriqueta Arvelo Larriva (1901-1963), poeta que da jerarquía al paisaje del llano, interiorizándolo en libros como El cristal nervioso (1941), Mandato del canto (1942), en los cuales aflora lo femenino sin complejos sociales o morales. Poetas notables de esta generación son Luis Barrios Cruz, Roberto Montesinos, Fernando Paz Castillo, Andrés Eloy Blanco y Jacinto Fombona Pachano, ya citados antes, que en cierta forma abrieron el camino a los poetas del grupo Viernes (1937), en cuya revista se dio cabida a diversas tendencias de la lírica mundial. Por ejemplo, Ángel Miguel Queremel (1899-1939) venía de recoger ciertos ecos hispánicos en Barro florido (1924). Los otros poetas notables de Viernes son Luis Fernando Álvarez (1900-1952), José Ramón Heredia (1900-1987), Pablo Rojas Guardia (1909-1978), Otto De Sola (1912-1975), Vicente Gerbasi (1913-1993) y Pascual Venegas Filardo (1911-2002).

Luis Fernando Álvarez destaca por su especial visión de la muerte y del amor, de tintes macabros o dantescos, presentes en sus libros Soledad contigo (1938), Vaivén (1936) y Portafolio del navío desmantelado (1937). De José Ramón Heredia es visible su imaginería surreal (Gong en el tiempo, 1941; Maravillado cosmos, 1950). En Rojas Guardia advertimos una alucinada impronta del trópico y un profundo psiquismo, tal en obras como Algo del mar y del pan caliente (1968) y Trópico lacerado (1945). En Vicente Gerbasi el paisaje infantil se transforma, gracias a una suerte de sinestesia, en un viaje que nos revela la plenitud del ser, y al mismo tiempo cómo ese paisaje se aúna a la reflexión interior en los libros Mi padre, el inmigrante (1945), Los espacios cálidos (1952) o Retumba como un sótano del cielo (1977). Gerbasi supo hasta el final de sus días ir enriqueciendo su universo con otras obras entre las que se cuentan Edades perdidas (1981) y Los colores ocultos (1985).

En Otto de Sola lo poético se mueve entre el impulso visionario y el arraigo terrestre, con notable presencia de lo rítmico; ello se nota en De la soledad y las visiones (1940) y El desterrado del océano (1952). Por supuesto en esta época hay que destacar al lado de los viernistas a Alberto Arvelo Torrealba (Cantas), Manuel Felipe Rugeles (Aldea en la niebla), Héctor Guillermo Villalobos (Jaguey), José Parra (Velámenes), Pedro Antonio Vázquez (Moradas del olvido), Manuel Rodríguez Cárdenas (Tambor). Poeta de estirpe hispana es Juan Beroes (1914-1974), con claro dominio de los metros clásicos como vemos en sus libros Clamor de la sangre (1943) y Prisión terrena (1946), Luis Beltrán Guerrero (1914-1996) domina igualmente los motivos clásicos y modernistas en Posada del ángel (1954) y Perpetua heredad (1965). Pedro Francisco Lizardo (1920-2001) se mueve entre lo elegíaco y lo descriptivo (La viva elegía, 1943; Los círculos del hombre, 1959). Juan Liscano (1914) interroga al mundo desde el erotismo y el papel trascendente del hombre en la historia (Nuevo mundo Orinoco, 1959; Cármenes, 1966; Myesis, 1982). Elisio Jiménez Sierra (1919-1995), cuya obra poética describe un mundo que va desde los temas de lo pagano en la antigüedad clásica hasta lo bíblico, pasando por una evocación de la infancia en la aldea natal, sin olvidar su carácter festivo-dionisíaco (Archipiélago doliente, 1942; Sonata de los sueños, 1950; Los puertos de la última bohemia, 1975) con mucho de nostalgia marina. Pálmenes Yarza en sus obras Espirales (1942) y Ara (1950) posee una gran densidad ontológica.

Muchos escritores reaccionaron contra los "viernistas", como Liscano y Miguel Otero Silva (1908-1985), quien cultivó una poesía de corte humorístico, de mucho arraigo con el léxico venezolano (Agua y cauce, 1937). Otero Silva es autor de una obra novelística de relieve, que incluye los títulos Casas muertas (1955), Cuando quiero llorar no lloro (1970), y La piedra que era Cristo (1984). Su narrativa se mueve entre lo social y lo testimonial, prefiere el mundo objetivo que el psicológico.

 

Abstraccionismo, informalismo y Nueva Figuración en nuestra pintura

Si retomamos ahora a los artistas realistas de nuestra pintura, vemos que también intentan consagrar un espacio a la turbulencia interior. Gabriel Bracho y César Rengifo --menos oníricos que Héctor Poleo— describen en sus formatos gigantes ese vuelo fantasioso, aunque siempre vernáculo, de ver la realidad. Observamos cómo desde los años 40 el tema pictórico es el de la Guerra Mundial: el mismo que los mexicanos Diego Rivera y José Clemente Orozco y David Alfaro Sequeiros plasmaron en sus murales. Y es justamente otro artista mexicano quien da el primer paso significativo del mural a la figuración: Rufino Tamayo. Él va a estimular a otra generación de artistas venezolanos: Virgilio Trompiz, Armando Barrios, Julio César Lovaina, Manuel Osorio Velasco, y Rafael Rosales. Trompiz en sus inicios plasmó cierto esteticismo, después reiterativo. También Albano Méndez Osuna, José Fernández Díaz y Pedro León Castro abandonaban las propuestas del realismo social para iniciar una primera etapa de valoración de la figura, al involucrar ciertas desproporciones que habrán de ser valoradas como signos de contrariedad interior, antecedente importante para la llamada Nueva Figuración. Esta será la tendencia, --junto a la Abstracción— dominante en la escena plástica propiamente moderna. El abstraccionismo geométrico, al incorporarse a la arquitectura, propició un florecimiento de las formas sin precedentes, y entonces el arte monumental se hizo eco de una hipotética necesidad masiva (ideológica), mientras que los figurativos sólo parecían abogar por la individualidad, por una soledad íntima indemostrable al gran público. Se pronosticó entonces la muerte de la pintura plana en aras de la dimensionalidad de los volúmenes geométricos.

Pero había la otra propuesta, la del Informalismo, como tercera vía de interpretar la realidad a través del arte, por ejemplo, Alejandro Otero cultivó siempre la heterodoxia de los géneros tanto en pintura como en collage, y obtuvo luego su mayor reconocimiento con sus enormes esculturas, localizadas en Caracas y otras ciudades del país y del exterior –entre éstas pueden contarse la serie de los Solaris, estructuras metálicas de grandes dimensiones. No obstante, sus pinturas siguen proponiendo mensajes más cálidos.

Carlos Cruz Diez (1923) empezó como diseñador gráfico y estudió luego las teorías científicas del color y la integración de las artes. Diseña vitrales de algunos templos (Santa Teresa, en Caracas) y finalmente arriba al Cinetismo a través de sus Fisicromías, estructuras cambiantes que proyectan el color en el espacio, creando una atmósfera lumínica que cambia con la cercanía del espectador. Sus relieves, módulos y murales revelan ésta penetración; así, sus Cromointerferencias y Cromosaturaciones continúan esa voluntad de investigación colorística que puede integrarse a la arquitectura.

En otra arista del cuadro cinético está Jesús Soto, que con la coherencia de su trabajó llevó al arte de geometrías a un nivel de resolución inmejorable: su movimiento, su parquedad expresiva, --con el color o sin él— en pequeños o grandes formatos nos hablan con un lenguaje nuevo que le han colocado en la cima del arte de vanguardia. Sus Lluvias y sus Penetrables son obras famosas.

Mercedes Pardo logró niveles formales impecables con su investigación sobre el color y la composición geométrica. Otros artistas geométricos de importancia son Víctor Valera, Rafael Martínez, Michelle Bernard, Juvenal Ravelo y Manuel Pérez.

En lo concerniente a la figuración, Jacobo Borges (1931) se destaca por su alto nivel de fuerza humana. Su obra temprana, sobre todo en las décadas de los años 70 y 80, resume algunos de los mejores contenidos del hombre en la urbe, enfrentado a la paradoja del existir cotidiano. Sus personajes pueden ser agresivos o tiernos, derrotados o confiados en otros órdenes vitales como los que se exponen en las obras Los novios, Los traidores, La farsa, Humilde ciudadano. Sus atmósferas ofuscantes y su sobriedad colorística le señalan como un adelantado de la figura. También en la producción de estos años existe una tremenda ironía política que insiste en presentar lo grotesco del poder, del espectáculo burgués en un mundo de injusticia social. En un sentido aún más dislocado de la figura se encuentra la obra de Alirio Rodríguez, plasmada al encuentro del movimiento y la transfiguración corporal, miembros aislados que surgen del vértigo móvil, de un angustioso afianzarse al presente. Asimismo Francisco Vellorí, Vladimir Zabaleta, Omar Granados, Alirio Palacios y Vladimir Puche asoman a un nivel distinto de la expresión figurativa, sobre todo Alirio Palacios, quien le imprime a su mundo telúrico una buena dosis de magia, también con el dibujo y el grabado. Régulo Pérez y Pedro León Zapata ponen toda su carga de humor negro para ridiculizar a los oligarcas y burócratas, en dibujos y pinturas de visos políticos. No olvidemos que estos artistas se movieron en un afán de lucha política de ideales revolucionarios, y se cotejaron con los distintos movimientos económicos y sociales de entonces. Otros adelantados en el género de la figuración son Emiro Lobo, Jorge Pisan, Edgar Giménez Perazza, Vladimir Puche, Felisberto Cuevas, Pablo Moncada, Javier Ferrini, Edwin Villasmil, Freddy Pereira, Felipe Herrera, Francisco Massiani, Octavio Russo, Antonio Lazo, Maricarmen Pérez y Rafael Campos.

En otro sentido, Oswaldo Vigas y Manuel Espinoza consiguen expresar cabalmente el mundo americano. Vigas con sus Brujas y Espinoza con admirables metamorfosis de formas vegetales. Pero es Mario Abreu quien logra gracias a sus dibujos de selvas y esculturas llamadas por él Objetos mágicos, quien expresa el mundo americano de una forma más original y osada el mundo americano, los mitos y alegorías de Venezuela. De sus pinturas citaremos el célebre Toro constelado. En este arte de los objetos también debemos citar a Miguel Von Dangel, Margot Romer, Gabriel Morera, Max Pedemonte, Elsa Gramcko, Víctor Hugo Irazábal y Henri Franceschi. Este último, con sus ensamblajes poéticos indaga en lo moderno retomando elementos del arte arcaico y religioso.

De los pintores informalistas algunas de las expresiones más acabadas son seguramente las de Francisco Hung (1937) y ls de Carlos Hernández Guerra (1939). Hung disfrutó del reconocimiento general de su época con sus Materias flotantes constituidas por gestos y formas genésicas en el espacio; incorporó además el machismo y las caligrafías en una sola estética en pequeños y grandes formatos, merced a una buena mixtura de lo orientalista y lo americano, siempre volcánica. Hernández Guerra, por su parte, acude al paisaje para trasfigurarlo con su movimiento gestual, que irrumpe de súbito en medio de la uniformidad del cielo o la flora, como si fuese una realidad trastocada. En otra búsqueda anduvo Mateo Manaure, que en su serie titulada Suelos de mi tierra logra una serie de texturas asombrosas, perfectamente ambientadas en la temperatura del trópico, lograda a través de un trabajo hondo sobre los colores primarios y la luz. Una década más tarde, en la serie de sus Cubisiones, intenta más bien integrar al cubo como elemento geométrico dotándolo de sugerencias eróticas, que se mueven entre lo gráfico y lo puramente plástico.

En 1960 Juan Calzadilla, dedicado intensamente a la crítica profesional de arte, da paso al artista que reflexiona sobre la corriente en la cual quiere tomar partido: el informalismo. Redacta entonces el manifiesto de Los Espacios Vivientes, propugnando una anti-didáctica que, en su afán de teorizar sobre el arte nuevo o pobre, no hizo sino cerrarse en un intelectualismo que devino luego en los juegos del automatismo psíquico surrealista, movimientos que se hallaban próximos al hecho literario. Y es precisamente El techo de la ballena el grupo que, con sus manifiestos y panfletos, determinó estas alianzas. Los propios dibujos de Calzadilla son una incursión entre el informalismo y la escritura, entre las figuras retorcidas y las grafías. Justamente. El crítico uruguayo Ángel Rama, que vivió largos años en Venezuela advirtió rasgos informalistas en la narrativa de Salvador Garmendia e realizó reflexiones sobre este movimiento de artistas de El Techo de la Ballena. Artistas fundadores como De Kooning, Pollock, Dubuffet, se habían hecho sentir en este terreno en Europa y los Estados Unidos, así como el escritor André Malraux en Francia, que también trató de acoplar ambas experiencias estéticas.

De los más jóvenes de entonces, Ennio Jiménez Emán (1952) con la serie de sus Grafías y signaturas inicia un ciclo de investigación sobre el cuerpo del lenguaje, para perfilarse como uno de los más serios en este género, aunque ya antes se había hecho acreedor de reconocimientos en las formas del collage y el arte conceptual. Muchos artistas anteriores habían recorrido los caminos del informalismo mucho antes, tal es el caso de Luisa Richter (1930), que se apegó a las texturas donde se captaban zonas geológicas, rocas, farallones, desiertos, que eran pretextos para extraer de ellos estos signos y gestos. En este dominio de las artes gráficas tanto Richter como Teresa Casanova y Luis Palacios han pisado con pie firme en el grabado, junto al artista Omar Granados. Asimismo Eliana Sevillano venía cultivando un singular abstraccionismo sobre la base de transparencias, que había hecho sentir en sus exposiciones de los años 60 en la Galería caraqueña de El Círculo del Pez Dorado, tendencia que desarrolló posteriormente hasta sus últimas consecuencias, para entregarnos obras con un gran domino del color y las transparencias, dentro del ámbito del abstraccionismo.

Otro artista que dentro de esta tendencia imprime relieve a las materias gracias a su dominio del color es Humberto Jaimes Sánchez (1930), quien en su exposición titulada Los muros blancos de la lluvia causó conmoción en el ambiente plástico.

Otros artistas notables en nuestro medio para éste época fueron Elsa Gramcko, Manuel Mérida, Carmelo Niño, Mauro Mejías, Emerjo Darío Lunar, María Zabala y Marisol Escobar. Ésta última una genuina representante del arte pop venezolano. Ella logró crear hermosas esculturas de gran rigor conceptual donde se mezclan los principios dadaístas, surrealistas y objetualistas. De su producción se recuerdan La Gioconda, y su exposición Los americanos de 1963, cargada de gran sentido del humor y de sátira social.

Todas estas son tendencias que se proponen, desde o en contra de la voluntad social o la vivencia apremiante, imprimir un modo diverso de recrear el mundo o de fundar una mirada nueva, ingenua o mordaz, contaminada o prístina, sobre esa circunstancia misteriosa que hemos dado el insuficiente nombre de realidad.



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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

 gjimenezeman@gmail.com

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