El milagro de la Chinita en Maracaibo

El día previo al 18 de noviembre, el tercer sol del siglo veintiuno, y el primer aliento de una carrera universitaria.

Querido señor Jorge, para no perder el aroma de su presencia, cometí muchísimos errores en la vida, que se robaron mi genuina inocencia. Usted nunca imaginó el grosor de mis sentimientos, y ahora recuerdo el dolor en voz alta.

Realmente no estoy culpándolo por el pasado, pero mis palabras siempre huelen a tristeza, y quisiera sentir el tango de su inspiración, en el futuro de mis veinte dedos.

Goku, Vegeta y Bulma. Todos mis compañeros en el bachillerato, eran adictos a los hipnóticos y coloridos capítulos de Dragon Ball Z, por lo que gritaban una y otra vez el verbo de las comiquitas japonesas, que canales de televisión como Televen y TV Azteca, transmitían a finales de la década de 1990.

Todos esos muchachos eran pésimos estudiantes del octavo grado, y siempre sacaban 01 en las tareas de Castellano y Literatura, porque no comprendían la simple diferencia entre la oratoria y la narrativa.

Pero irónicamente, siempre sacaban 20 en las tareas del entretenimiento, por sus detallados resúmenes mentales sobre las acciones de Dragon Ball Z, y aunque ellos no comprendían el significado de una simple tertulia académica, eran capaces de pasar horas charlando dentro y fuera del aula de clases, sobre los maravillosos poderes y la genealogía de los personajes de la famosa serie nipona.

Mientras mis queridos compatriotas del bachillerato, se dedicaban a desmenuzar todos los episodios de Dragon Ball Z, yo me obsesionaba por demostrarle a la profesora de Lenguaje y Comprensión Lectora, que si teníamos fe en la papelera de nuestro salón de clases, podíamos convertir esa papelera de basura en nuestro poderoso dios, que nos ayudaría a superar los problemas de la vida diaria.

Todavía no puedo creer mi razonamiento de otrora. Inconscientemente, era un ateo de catorce añitos, aunque siempre recibí una excelente educación cristiana.

Yo le insistía a la profesora, sobre mi ejemplo de depositar la fe en una papelera de basura, y depositar la fe en un todopoderoso dios.

Recuerdo que yo caminaba con seguridad, hasta la esquina del salón de clases donde se hallaba la papelera, mientras le explicaba a la maestra el sentido coherente de mi extraña analogía, sin miedo escénico y sin temor de recibir un insulto, por ofender con alevosía el bendito credo del prójimo.

Yo creo que esa ilógica forma de pensar, fue la consecuencia del constante acoso escolar, que sufría a diario en el vertiginoso colegio. Probablemente, fui transformándome en un muchacho ateo, por culpa del sagrado Bullying que recibía como la santa eucaristía.

Tal vez esa rara y prematura forma de pensar, fue una inconsciente expresión comunicacional y una armadura psicológica, para culpar a terceros por el protagonismo de mi propia pesadilla.

Yo jamás disfruté los episodios de la popular serie llamada Dragon Ball Z. Me parecía una comiquita muy infantil, muy tonta, y muy chocante para la vista, pues terminaba con dolor de cabeza, después de verla por cinco minutos.

Si bien a mis inmaduros compañeros del bachillerato, les encantaba consumir el extravagante arte de las series animadas japonesas, yo prefería ver un documental de Discovery Channel, ver un partido en vivo del Inter de Milán, y ver un desenchufado concierto de Maná.

En un abrir y cerrar de ojos, se esfumó el octavo grado, se esfumó el colegio Juan Bosco, y se esfumó el ciclo diversificado.

En un rápido parpadeo, dejé de estudiar en el mejor liceo privado de la Costa Oriental del Lago, que se ubicaba a menos de cien metros de mi hogar dulce hogar, y terminé estudiando en la mejor universidad pública del estado Zulia, que se ubicaba a más de cien kilómetros de mi extinto hogar dulce hogar.

La palabra cambio se queda corta, con el longevo cambio que atravesó mi vida.

Cambios hormonales, cambios mentales, cambios emocionales, cambios ideológicos, cambios alimenticios, cambios fisiológicos, cambios éticos, cambios musicales, y cambios sin previo aviso.

La palabra locura se queda corta, con la longeva locura que atravesó mi vida.

Desde el segundo piso del colegio Juan Bosco, observaba el segundo piso de mi casa, que me daba seguridad y tranquilidad en medio de la tormenta.

Desde el primer piso de La Universidad del Zulia (LUZ), observaba el primer paso hacia una desgracia, que me daba seguridad y confianza para caer en el abismo.

Caí en la oscuridad del abismo, para demostrarle a las brillantes abejas extranjeras, que la miel de mis estudios se basaba en el mérito académico, y que no se basaba en la palanca de un nombre y de un apellido.

Rectorado viejo, Ziruma, cabello gelatinoso. Es tan fácil leer con las pupilas, pero es tan difícil escribir con el corazón.

Primer semestre, primera mentira, primer fracaso. Estoy desgarrando la memoria del alma universitaria, y usted solo piensa que soy un tonto deprimido.

Autobús, distancia, ilusiones. El aprendizaje se consigue por la equivocación, y la devoción se consigue por la frustración.

Esa mañanita abandoné la Facultad de Humanidades, porque quería encontrar más malditos papeles, que demostraran con mayor fuerza mis méritos académicos.

Esos papeles no cambiarían el pacífico hilo de la historia, que por capricho empezaba a enredar en la Escuela de Comunicación Social.

Ya era estudiante de LUZ, ya estaba cursando las materias, ya gozaba de buena reputación en los pasillos, ya tenía amigos, ya tenía enemigos, ya tenía sueños líquidos, y ya tenía el lápiz bien afilado.

Pero el orgulloso y testarudo Carlitos, quería encontrar la quinta pata del gato, buscando más y más papeles de oficina, para demostrarle al mismísimo Indio Mara, que mis méritos académicos opacaban su revolucionaria valentía.

Fui tan valiente como rebelde, y en menos de cinco minutos, abandoné la armónica biblioteca de la Facultad de Humanidades, y llegué hasta el sucio rectorado viejo de LUZ.

Allí supuestamente encontraría más papeles de infinita arrogancia, que me permitirían regresar a clases con más notas certificadas, que certificarían una grandiosa nube negra de polvo, en la más soleada y polvorienta tarde zuliana.

En el rectorado viejo de LUZ, me sentía tan ciego como un jubilado de LUZ, y la emoción por conseguir más malditos papeles de egoísmo, se había transformado en una absurda visita a ciegas, que auguraba una pérdida total del pensamiento.

El mal augurio fue sellado y notariado por una luz apagada. No encontré la puerta que buscaba, no encontré los papeles que buscaba, no encontré la escalera que buscaba, no encontré a la persona que buscaba, no encontré la carpeta que buscaba, no encontré la ventana que buscaba, y no encontré el sol del camino.

¿Qué estoy haciendo aquí? Mi voz interior repetía una y mil veces esa pregunta, mientras el rectorado viejo me demostraba que la experiencia de la vida, se consigue poco a poco y con un viaje de arrugas, canas y achaques.

Me sentía muy joven para aceptar la filosofía del rectorado viejo, pero también me sentía fatigado de recorrer un viejo rectorado, que no respondía ninguna de mis angustiosas preguntas de mediodía.

Yo me lanzaba al abismo de una trágica muerte existencial, sin pensar en el sacrificio de los más de cien kilómetros de travesía, que doblegaban el peso del camello en mi jorobada espalda, sin pensar en el trasnocho militar de levantarse diariamente a las tres de la madrugada, y sin pensar en una familia que me exigía medallas en épocas de lágrimas.

Para no seguir sufriendo en altamar, decidí cruzar la errática calle del viejo rectorado, y me sostuve con fuerza sobre la acera del viejo hospital universitario, esperando que el poderoso motor de cualquier autobús destartalado, me devolviera a punta de golpes la belleza de la humildad, de la sencillez y de la paz.

En menos de cinco minutos, un autobús se detuvo frente a mis narices. Solo necesité ver el cartelito de "Ziruma", resplandeciendo en el vidrio frontal del autobús, para saber que muy pronto regresaría a la dignidad de la Escuela de Comunicación Social, donde me esperaba un enorme salón de clases con aire acondicionado, una profesora con su magnífica Práctica Profesional I, y unos cariñosos alumnos que me trataban con respeto.

No dudé en abordar el autobús. Me senté, me calmé, y me relajé. Sentía que había aprendido la divina lección. No tenía en mis manos los codiciados papeles que tanto buscaba, pero mis pies deseaban regresar al popular campo universitario, y yo quería olvidar definitivamente mis ínfulas de superioridad.

El autobús estaba repleto de gente, pero salir del rectorado viejo y llegar al sector Ziruma, era un recorrido muy corto de realizar, por lo que en menos de diez minutos, llegaría a mi tremenda casa de estudio.

Pero pasaban los minutos y el autobús no llegaba a Ziruma, que representaba el epicentro de mi bienestar intelectual, pues era la llave del cofre para ingresar a la universidad, a la facultad, y a la escuela.

Aunque yo era un estudiante de primer semestre, tenía las flechas de la brújula muy bien cronometradas, y más allá del tráfico vehicular, de los semáforos y de los contratiempos, yo sabía que el autobús no estaba dirigiéndose a Ziruma, pero pensé que el conductor estaba cubriendo otras rutas internas, para recoger a más estudiantes de LUZ, que también esperaban su pronta llegada.

Pero continuaban pasando los minutos, y el autobús no terminaba de llegar a Ziruma. Por el contrario, cada vez se alejaba más y más de las zonas próximas a la Facultad de Humanidades, y yo empezaba a preocuparme por los motivos de la injustificable demora.

Dentro del sofocante autobús maracaibero, yo seguía escuchando la canción "Hands Down" de la banda Dashboard Confessional, para calmar el nerviosismo y controlar la ansiedad del encarcelado holocausto, que evitaba gracias a los audífonos de mi fenomenal reproductor de música MP3.

Pero mi fenomenal reproductor de música MP3, también se desesperaba por el hacinamiento del autobús y por la confusión universitaria. El equipo de audio agotó furiosamente la capacidad de sus cuatro pilas alcalinas, y me mostró en su pantalla el fatal mensaje de "Low Battery".

El autobús seguía parándose y seguía marchándose. La gente seguía bajándose y seguía montándose. Todos entendían la letra de la melodía del autobús, pero yo no entendía el significado de la tortura china, que estaba sufriendo en el opresivo ambiente urbano.

Finalmente, el moribundo reproductor de música MP3 fue derrotado, y se quedó callado en absoluto silencio, permitiendo que mis dos orejas se mezclaran con el chisme de la muchedumbre, que tanto odiaba escuchar en altísima definición.

Yo seguía clavado y caliente en un incómodo asiento de autobús, que no llegaba hasta el nostálgico tramo de Ziruma, y que me demostraba que estaba totalmente perdido en el Universo, que no tenía la mínima orientación geográfica para defenderme, y que no tenía el coraje para pedir ayuda al resto de los pasajeros, porque tenía miedo de ser el corderito de los peores malandros.

Atrapado dentro de mi fantástico mundo de ignorancia, seguía resistiendo la tentación de llorar a cántaros. No lo voy a negar, quería llorar y patalear como un carajito. Me imaginaba almorzando junto a mi familia, y necesitaba gritar vilezas como un loco.

Pero mi humillante realidad era una indigestión. Estaba encolerizado dentro de un autobús, sin saber cómo detener la terrible dramaturgia vivida, y sin poder reconocer absolutamente nada de lo que veía, ni los edificios, ni las direcciones, ni los establecimientos, no podía reconocer absolutamente nada del vil horizonte.

Sudado, arrecho y cansado. Sin pilas alcalinas, sin pañuelo en el bolsillo, y sin acentos diacríticos. Estaba sufriendo un parto, por querer nacer en solitario.

Mis tímpanos ensangrentados escuchaban la emisora radial del autobús. Una radio que pasaba una y otra vez el frenesí de las gaitas zulianas, y que el chofer del autobús disfrutaba con una endemoniada cantidad de sonido, que no me permitía analizar con claridad, la crisis holística que estaba sufriendo en mi rostro.

Todos los gaiteros le cantaban a la adorada virgen de la Chinita, que en pocas horas sería glorificada en su monumental basílica, mientras un toro estaba siendo corneado y apuñalado dentro de un autobús maracaibero, que se había transformado en una sonrojada funeraria ambulante.

Creo que todas las personas percibieron que yo estaba perdido. El chofer, los pasajeros, las palomas, el sol, los perros, la papelera, el dios, y las moscas.

Pero quizás todos los pasajeros del autobús, sospechaban que era un estudiante de primer semestre, y yo sentía que ellos vociferaban en secreto lo siguiente: "Déjalo que se joda y aprenda solito".

Quise aprender solito, y finalmente me bajé del autobús. No tenía idea de nada. Resulta obvio decirlo, pero quisiera enfatizarlo. No tenía idea de nada, y no tenía idea de nadie.

Mi misión era no ser el corderito de los malandros, por lo que estaba negado a pedir socorro y auxilio a gente desconocida, que muy probablemente, observaría el miedo que recorría todo mi cuerpo y todo mi ser.

Caminar, caminar un poquito más, y seguir caminando con rumbo incierto.

Sinceramente, ya no me importaba nada. Había perdido la clase de Práctica Profesional I, estaba fastidiado por el asfixiante entorno marabino, y no tenía vísceras para seguir soportando el castigo del ruedo.

Fueron tantas las gaitas que escuché dentro del autobús, en honor a la inmaculada virgen de la Chinita, que sin darme cuenta le estaba rezando fervorosamente, para que me ayudara a salir ileso del callejón sin salida, mientras caminaba sin rumbo por un suburbio maracaibero plagado de ranchitos, que se sentía tan peligroso como la decadencia de mi espíritu.

En el suburbio maracaibero donde me encontraba, se respiraba el olor a la venganza, el olor al satanismo, y el olor a la perversión. Allí pude ver una violenta realidad muy distinta, a la realidad que conocía en La Universidad del Zulia.

El estallido de los fuertes disparos, las agresiones sexuales en plena calle, la mujer colgando la ropa con las tetas al descubierto, la oxidada silla de ruedas con manchas de sangre, los chamitos drogándose en el hueco de aserrín, los tipos linchando a otros tipos, los correazos de un borracho a su hija, las limosnas que pedía el falso sordomudo, el bigotudo que escupía cualquier verga, y una iguana tan verde como mi mala suerte.

En ese momento no recordaba la analogía del dios y de la papelera, muy por el contrario, recordaba la gaita que escuché en el autobús sobre la virgen de la Chinita, y no dejaba de rezarle para poder ver la luz al final del túnel.

Me sentía tan miserable. Manipulaba a los santos, maldecía mi existencia, y miraba de reojo el gran infierno, que yo mismo había encendido y avivado.

Ya no quería seguir caminando, solo quería arrodillarme en la carretera, olvidarme de todo lo sucedido, y llorar desconsoladamente mi fracaso.

De pronto, un señor me exclamó lo siguiente: "Móntate, ya le cambié el caucho".

Recuerdo que me detuve, y miré fijamente al señor. Él me sonrió con benevolencia, y volvió a decirme: "Chamo móntate en la buseta, quedó como nueva".

Pude haber hablado largo y tendido con ese señor, pude haber escapado por temor a ese señor, y pude haberme arrodillado frente a ese señor.

Pero estaba tan pero tan cansado de caminar sin rumbo, que la invitación de ese señor fue una obligatoria oportunidad, y sin miedo de cotejar un posible secuestro, sin miedo de sufrir un robo, y sin miedo de ser asesinado, decidí rápidamente entrar a la buseta, y me senté con alegría en el asiento del copiloto.

Yo sé que mi alegría era injustificada, pero en ese melancólico momento de adrenalina, solo deseaba ser la oveja de cualquier rebaño y de cualquier pastor, porque yo estaba cansado de ser mi propio rebaño y de ser mi propio pastor.

Luego de montarme en la buseta, lo primero que observé fue una hermosa imagen de la virgen de la Chinita, que el chofer colocó sobre el espejo frontal.

Después divisé un televisor portátil, que estaba empotrado en el tablero del autobús.

Justo en ese confuso momento, el señor me dijo textualmente: "Tranquilo chamo, te voy a prender el televisor, yo paso por el elevado de Ziruma y llego a LUZ".

Cuando el señor prendió el televisor, se estaba trasmitiendo la serie Dragon Ball Z en Televen, y para mi completo asombro, él se quedó viendo la comiquita dentro del autobús.

La palabra alivio se queda corta, con el longevo alivio que atravesó mi vida.

Hoy puedo recordar en detalle, ese mágico momento cerebral. Fue una situación simplemente indescriptible.

Ver y tocar la imagen de la Chinita, cuando la estaba invocando con desesperación, más que una simple casualidad de la vida, fue una certeza de que me encontraba en el lugar correcto, y yo sabía que recibiría el esperado consuelo.

Visualizar los episodios de Dragon Ball en la pantalla del televisor, me dio una bonita sensación tan infantil como esperanzadora, con todos esos colores que irradiaban y explotaban en una luz de candidez, y que me hicieron olvidar la pesadilla vivida.

Saber que el señor llegaría con su buseta hasta Ziruma, y decírmelo sin esperar a que yo le explicara mi problema, fue una extrañísima carambola que automáticamente cambió mi perturbación, en un santificado sosiego por vivir.

Todo fue un verdadero milagro. Ese día recibí un milagro del cielo. Una segunda oportunidad del destino, para hoy poder escribir y compartir ese milagro.

En menos de quince minutos, la buseta universitaria se atiborró con estudiantes de LUZ, y todos juntos partimos a esa casa de estudio.

Llegué sano y salvo a Ziruma, llegué sano y salvo a la Facultad de Humanidades, y llegué sano y salvo a la Escuela de Comunicación Social.

La profesora de la cátedra Práctica Profesional I, tuvo un accidente y no acudió a la universidad, por lo que no perdí el aprendizaje de esa clase, pero ese día recibí un regalo que no se enseña en los salones con aire acondicionado, y que no necesita papeles con méritos académicos para valorarlo.

Recibí un aprendizaje que no necesita títulos, que no necesita graduaciones, que no necesita anillos de grado, que no necesita aplausos, que no necesita fotografías, que no necesita togas, y que no necesita birretes.

No lo voy a negar, yo solito había cavado el hoyo de mi propia tumba.

Abordé el autobús que transitaba, en dirección opuesta a mi escuela. Tenía que haberme quedado en la acera del rectorado viejo, y esperar que cualquier autobús me devolviera la paz celestial.

Tampoco tenía que bajarme del autobús del hospital universitario, pues tarde o temprano, regresaría al mismo lugar donde lo abordé.

Pero cuando se mezcla la impaciencia con el clásico egoísmo y con la eterna terquedad, se termina pagando el calibre de los desesperados platos rotos.

Pido perdón a Dios por todos mis pecados, por todas mis traiciones, y por toda mi elocuencia.

Esa experiencia me ayudó a discernir mejor el presente, tengo una mayor humildad y me siento más extrovertido, y también pienso que siempre hay un ángel guardián, que puede ayudarte a convertir el lamento en un baile.

Por eso el día previo al 18 de noviembre, recibí el regalo de una palabra.

Una palabra que vive el 18 de noviembre.

Amor.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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