Cuando el hambre toca tu puerta

Una de las epidemias a la cual nunca le han puesto coto es al hambre. A través de la historia muchos pueblos padecieron hambrunas que pusieron en peligro la existencia de sus pobladores o la esencia de un país.  Son célebres las hambrunas de carácter epidémico tanto en Europa, como en Asia, África y América, por ejemplo las acontecidas en Europa entre los años 400 y 800 de nuestra era. Estas  fueron de tal magnitud que solo en Roma la población descendió en un 90 %. La decadencia de la civilización Maya, entre el 800 y 1000 se produjo, según estudiosos, por la hambruna consecuencia de la crisis agrícola desencadenada por continuas sequias. De igual modo, fueron muchas las hambrunas padecidas en diferentes épocas y en diversas partes de mundo, como Inglaterra, India, Egipto, México, España y Europa del Norte. Por ejemplo en Bohemia, producto de una enfermedad que acabó, en una año de fuertes lluvias, con el monocultivo de un cereal (1770-1771). En el siglo XX fueron muy nombrados los padecimientos sobrellevados por los habitantes de Bengala (India), Unión Soviética, Ucrania, China, Vietnam, Grecia entre otros, por la carencia de alimentos motivada por diversas causas.

En verdad son variadas los razones de las hambrunas, entre estas las pestes, las guerras, la pérdida de las cosechas de alimentos resultado de varios  fenómenos naturales como lluvias, sequías, plagas, vientos devastadores, terremotos, heladas severas, inundaciones y actualmente, por el calentamiento global y el deterioro de los terrenos fértiles por la siembra de grandes extensiones de cultivos transgénicos.

La estadística de los muertos por las hambrunas es espeluznante, compiten con la de los difuntos que se cuentan durante las guerras mundiales. Por ejemplo en Roma (79-88 d.C) morían de hambre casi a diario 100.000 personas; en Fustat, Egipto entre 967-972 d.C fallecieron 500.000  personas; en Kian, China entre 1333 -1337 fallecieron por falta de comida 4.000.000 de personas; entre 1906-1910 sucumbieron en China 10.000.000 de personas.

Ciertamente las imágenes que nos muestra el caleidoscopio de las diversas desgracias por las cuales sucumbieron millones y millones de seres humanos, no son nada atractivas. Quizás muchas de estas hambrunas pudieron haber sido evitadas si hubiesen aplicado políticas ajustadas para solventar tales desgracias. Pero tal como siempre lo reitero, lo muertos en masa  no son más que estadísticas sin nombres, ni dolientes, solo son parte de un número como los que señalé en los párrafos anteriores.

Por lo general se explica que las hambrunas se producen por dificultades de tipo económico, pero cuando se estudia los gastos de las grandes potencias en materia de fabricación y compra de armas se revela que no es verdad aquella afirmación; el hambre en el planeta es un problema político que no lo enfrentan los gobernantes con voluntad y sinceridad. En el mundo, con las modernas tecnológicas agrícolas,  se producen suficientes alimentos para calmar el apetito de los siete mil millones de personas que respiran en el planeta y por lo tanto, es  viable solventar parte de la hambruna mundial. No es posible que uno de cada ocho personas en el planeta se vaya a la cama sin comer, a sabiendas que un tercio de todos los alimentos producidos (1,3 mil millones de toneladas) no se consumen y en muchos casos, van a parar hacia los enormes montones de basuras de las grandes metrópolis.

Parece imposible que algún infame funcionario pretenda resolver el problema del hambre con sanciones de tipo económico. Es el caso de España, cuyo gobierno le aplica multas (sanciones de tipo económico) a los dueños de restaurantes que no resguarden sus contenedores de basuras con un buen candado. Esto impediría que los menesterosos hurguen entre los desperdicios orgánicos para apaciguar la falta de comida. No cabe duda que los burócratas responsables de tal medida nunca han escuchado los estertores provenientes de su estómago, cuando este pide a grito calmar el derecho más elemental del hombre, como es comer. Sin alimentos no hay vida y mucho menos salud.  

A todas las causas del hambre nombrada anteriormente, en la actualidad debo agregar otra, la de tipo político, es el hambre motivada por una sanción político-económica. Es noticia en todos los diarios del planeta las sanciones  económicas que los gobiernos de EEUU y UE les aplican a ciertos países con la intención de doblegar la voluntad soberana  de un estado para obtener ciertas ventajas. Ciertamente, estas puniciones se manifestarán en formas diversas en la población, víctima de estas prohibiciones, como son la dificultad en la adquisición de medicinas, de alimentos, de repuestos de todo tipo, de material importado, entre otros, generando de esta manera la proliferación de enfermedades por falta de medicamentos y problemas de desnutrición.

Para nadie es desconocido que el 95 % de las exportaciones de Venezuela provienen del petróleo, sin embargo el presidente Donald Trump a petición de Julio Borges y la cáfila que lo rodea, pretenden evitar que Venezuela obtenga divisas derivadas de las ventas de este mineral a otros países. Ciertamente, si el gobierno no puede vender crudo no obtendrá divisas y esto le impedirá  hacer sus importaciones para comprar medicinas, alimentos y otros renglones que no se producen en el país.

Pero una de las perversiones derivadas de las sanciones económicas que estamos sufriendo es la criminal inflación inducida, la cual está acabando con los sueldos y salarios de los trabajadores. Estos aumentos desaforados e inhumanos de los diversos productos se traducen en la imposibilidad de adquirir los alimentos y las mercancías de primera necesidad. Los sueldos y salarios, así como también las pensiones y jubilaciones, no alcanzan para cubrir las necesidades alimenticias. Un sueldo promedio de algunos funcionarios o profesionales podrá ser de Bs. 2.000.000, pero un mercado modesto para dos personas de vegetales y frutas cuesta más de dos millones de bolívares ¿Cómo podrá alimentarse esa familia?

A manera de ejemplo y de reflexión. Cuando me gradué de profesor, un café pequeño costaba Bs. 0.25 y una hora de clase la pagaban a Bs. 17. Es decir que con el salario de una hora de clase yo podía tomarme 48 tazas de café. Por el último café con leche que me tomé en el Gran Café de Sábana Grande pagué Bs. 45.000. Si con el costo de una hora de clase pretendiera tomarme 48 tazas de café, tal como le hiciera en mi época de mozo, debería cobrar por una hora de clase Bs. 2.160.000 y el sueldo de un profesor de secundaria debería ser  Bs. 77.776.000 mensual. Como se ve la distorsión que está sufriendo, en términos de precio y salario, la economía de la población venezolana causada por la cruel inflación, inducida por las sanciones económicas aplicadas por Trump a solicitud de Julio Borges. Por culpa de aquella el hambre está tocando la puerta de la mayoría de nuestros hogares, que no tiene más medio para vivir que su salario.

Sirvan estas reflexiones para que, quienes tengan que resolver el problema del aumento desmesurado de los precios de los alimentos y de los bajos salarios tomen carta en el asunto. No dejemos que el mal tome cuerpo y que el problema de la  imposibilidad de adquirir los alimentos se convierta en una molestia mayor que acarree enfermedades para las cuales no estamos preparados para remediarlas. No hay duda, el hambre es una penuria que solo se calma con  alimentos y para adquirirlos se necesita dinero. 

El gobierno tiene la ley para aplicarla y así evitar la escalada de precios con la que los comerciantes tienen sojuzgados a la mayoría de los venezolanos. Por eso siempre tengo presentes las palabras del Gran Caraqueño Universal, quien perenemente acudía a una frase alentadora, como la expresada en la carta a J. A. Páez en 1828: “Para que un pueblo sea libre debe tener un gobierno fuerte, que posea medios suficientes para liberarlo de la anarquía popular y del abusos de los grandes”. Lee que algo queda. 



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Enoc Sánchez


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