Rodolfo Walsh, el escritor argentino que revolucionó el periodismo y fue asesinado por la dictadura

Por Jorge Decarlini

El mismo día que lo mataron, el 25 de marzo de 1977, por la mañana, Rodolfo Walsh llegó a la plaza Constitución de Buenos Aires y echó varios sobres al buzón. En su interior viajaban copias del texto que le había ocupado los tres últimos meses, un escrito que envió a revistas y periódicos latinoamericanos y que Gabriel García Márquez definiría como «obra maestra del periodismo».

El segundo párrafo decía así:

«El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades».

Walsh había concluido su redacción el día anterior, cuando, en efecto, se cumplía un año exacto del golpe de Estado de 1976 que propició una dictadura cívico-militar. Esa que, con el eufemístico nombre de Proceso de Reorganización Nacional, impuso su mano de hierro sobre el pueblo argentino.

En otro extracto de la carta abierta de un escritor a la Junta Militar puede leerse:

«Han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina».

Con todo, Walsh señaló que esos hechos —»que sacuden la conciencia del mundo civilizado»— ni siquiera representaban la más honda causa de sufrimiento para sus compatriotas, y apuntaba en cambio a la política económica: «Una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada».

Para terminar sus días así, enfrentado a la dictadura antiperonista que lo asesinó, Rodolfo Walsh tuvo que completar un viraje ideológico notable. Descendiente de irlandeses, había nacido cincuenta años antes en la provincia de Río Negro y nada en la educación recibida ni en su cuna permitían prever esa evolución posterior, más bien al contrario: su hermano Carlos participó como aviador naval en el derrocamiento de Juan Domingo Perón, y el veinteañero Rodolfo, que desde niño albergó el sueño frustrado de ser piloto, escribió una crónica laudatoria en honor de tres aviadores golpistas caídos.

Hasta entonces, Walsh solo había publicado reseñas literarias y algunos cuentos policiales. Su actividad política rozaba lo inexistente, aunque en el plano personal celebró la caída de Perón y recibió con simpatía a la autodenominada Revolución Libertadora, la dictadura que en 1955 arrebató el poder al presidente electo. Pero esa simpatía suya apenas tardaría un año en evaporarse.

Son innumerables las frases que pueden cambiarte la vida para siempre, pero esta en concreto modificó, además, la historia del periodismo escrito en español. El 18 de diciembre de 1956, mientras tomaba una cerveza en el bar donde solía jugar al ajedrez, Rodolfo Walsh escuchó de boca de un amigo: «Hay un fusilado que vive».

Aquella chispa lo prendió todo sin ser ni siquiera precisa, porque Walsh descubrió pronto que no era un fusilado solo, sino dos, y luego fueron tres, hasta que terminaron siendo siete. Siete hombres que se libraron por los pelos, mal que bien en algunos casos, de compartir destino con las cinco víctimas mortales del episodio que se conoce como los fusilamientos de José León Suárez —nombre de un municipio bonaerense—, a cuyo vertedero unos agentes policiales trasladaron a doce secuestrados con la intención de matarlos.

Sobre ellos había recaído una malaventurada sospecha: los relacionaron con la intentona de recuperar el poder organizada por varios militares partidarios de Perón —entonces aún en su exilio panameño, ajeno al levantamiento—. A los doce se les acusaba de estar al corriente, a pesar de que todos ellos eran civiles y poco o nada sabían al respecto. En algunos casos, su concurrencia en la vivienda donde se produjo el secuestro se debía a algo tan poco subversivo como reunirse para escuchar por la radio un esperado combate de boxeo.

Tras oír la célebre frase en el bar, Walsh inició una investigación que desembocó en la publicación de varios artículos en medios de comunicación alternativos. Para ello tuvo que abandonar su trabajo de traductor en una editorial, vivir con una identidad falsa y mudarse varias veces. El resultado de ese proceso fue Operación Masacre, un libro publicado en 1957 y que, leído hoy, más de medio siglo después, conserva todavía la frescura en la redacción, el pulso en la denuncia y la adictiva capacidad de atracción que lo convirtieron en una obra maestra. Con varios años de antelación respecto a Truman Capote, Tom Wolfe y demás autores estadounidenses que quedaron en la historia como pioneros del New journalism, Rodolfo Walsh ya aplicó desde Argentina las mejores artes de la ficción para contar una historia real en forma de periodismo narrativo.

En ese hito también participó una mujer madrileña, la periodista y escritora Enriqueta Muñiz, quien con 32 años fue pieza indispensable en la investigación, hasta el punto de conseguir algunos testimonios fundamentales. Walsh no solo le dedicó la obra, también un sincero reconocimiento en el prólogo, sintetizado en estas palabras: «En algún lugar de este libro escribo hicefuidescubrí, debe entenderse hicimosfuimosdescubrimos».

Operación Masacre es un relato apasionante que dejó al descubierto un incuestionable caso de terrorismo de Estado, silenciado hasta entonces, con el agravante de que la dictadura lo excusó con una ley marcial que, como demostró Walsh, aún no había entrado formalmente en vigor.

Desde su publicación, el mundo personal y profesional del autor dio un vuelco. Pasó dos años en Cuba, donde se incorporó a las filas de Prensa Latina, la agencia de noticias fundada por el Che Guevara que reunió a algunas de las mejores firmas del continente. Además de obras de teatro y más relatos policiales, Walsh escribió otras investigaciones periodísticas remarcables, donde la literatura se fusionaba cada vez más con la reivindicación y el compromiso político, como en su libro ¿Quién mató a Rosendo?.

A mediados de los años setenta, Walsh dio el paso definitivo en su conversión y se alistó en Montoneros, la organización armada argentina surgida como oposición a los militares. Allí dejó de ser Rodolfo, y empezó a utilizar nombres de guerra como Esteban o Neurus. Desde su entrada en la guerrilla ya no volvió a escribir ficción, y cada palabra que salió de su pluma confirmaba que se sentía más combatiente que escritor.

La vida de Walsh se recrudeció de pronto: no solo se vio obligado a pasar a la clandestinidad, también la lucha armada que defendía le arrebató a su propia hija, Victoria, oficial de Montoneros. El 29 de septiembre de 1976, acorralada por el Ejército tras un enfrentamiento, la joven gritó «ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir» y se pegó un tiro en la cabeza.

Con ese dolor en el pecho, que se unía al de otras víctimas cercanas, Walsh escribió la carta abierta a la Junta Militar. «Sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles», dijo.

El último de sus días, el 25 de marzo de 1977, Walsh echó al correo los sobres en plaza Constitución y se dirigió a una cita con un compañero, o eso creía, porque resultó una emboscada de lo que se conocía como grupo de tareas —cuyas tareas principales consistían en secuestrar, torturar y matar—.

Argentina está lejos de ser un país perfecto, pero sí ha puesto delante de un juez a sus dictadores. Así, puede extraerse de la sentencia condenatoria lo sucedido aquel día:

«La víctima caminaba por la acera de avenida San Juan, entre Combate de los Pozos y Entre Ríos, vistiendo una guayabera de color beige con tres bolsillos, pantalón marrón, un sombrero de paja, zapatos marrones y anteojos, y portando consigo un portafolio y una pistola marca Walther, modelo PPK, calibre 22, fue abordado por un grupo operativo perteneciente a la UT 3.3.2, que estaba compuesto por, aproximadamente, entre 25 y 30 hombres, que se desplazaban en más de seis vehículos».

Acto seguido, Walsh sacó su arma, más como gesto que como posibilidad de resistirse ante un enemigo tan superior. Fue acribillado a balazos y transportado a la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los mayores centros de represión y exterminio del país. Algunos supervivientes declararían que vieron allí el cuerpo de Walsh, pero luego desapareció.

Mucho tiempo después, en 2011, numerosos militares fueron condenados a cadena perpetua o a varios años de prisión como responsables del crimen, pero todavía nadie ha confesado ni aportado pistas para dar con el paradero de los restos mortales del autor de Operación Masacre.

Aunque quedó la idea de que mataron a Walsh por su carta, en realidad la dictadura no tuvo conocimiento de su contenido hasta que salió publicada en medios extranjeros, ya consumado el asesinato. Por supuesto, quedó prohibida en Argentina, donde circuló de manera clandestina y sirvió de cruel testamento para un magnífico periodista y escritor quizás no tan conocido en España, pero seminal en la literatura latinoamericana.

En su escrito final, aportó estas cifras como balance del primer aniversario de la Junta Militar: «Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror». No sabía entonces Walsh —aunque lo sospechaba, quizás— que apenas unas horas después él mismo engrosaría esa lista, que fue descontrolada y macabramente ampliada en los años venideros.

Tomado de publico.es



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