Hay muertes bonita

Antes de la llegada del coronavirus y su consecuencia el Covid 19, enfermedad y muerte muy trágica, dolorosa, la gente se moría de una manera bonita, a veces hasta romántica. Todo comenzaba con un malestar que el enfermo o la enferma echaba en culpa a alguna comida o jugo de frutas naturales pues no había ese mortal veneno que llaman cola negra, en vulgares botellones hasta de 2 ¡dos! litros de agua negra mortífera.

La persona candidata a morir estaba rodeada de un gentío dedicado a atenderla a bien morir. Siempre había un médico dispuesto a ayudar en esa noble tarea. Todavía no estaba mercantilizado el ejercicio de la llamada medicina privada. Alguna modesta vecina que "inyectaba" llegaba casi siempre como a las 4 o 5 de la tarde con un envase de noble metal y una inyectadora de vidrio con su respectiva aguja y los ponía a hervir para la esterilización del equipo mientras trataba de consolar a los familiares del enfermo o enferma. Estaban presentes dentro del cuarto los hijos e hijas, si los había, o la madre si ese fuere el caso. El papá o el marido casi nunca estaban "porque le atacan los nervios". El enfermo o la enferma aprovechaban para regañar a los muchachos para que se porten bien y no echen tanta vaina después de su cambio de paisaje o de barrio como se dice ahora. Se cuenta que algunos y algunas hasta pedían un látigo para lanzar unos cuantos guamazos a alguno de los muchachos o muchachas, a veces arrodillados en la orilla de la cama pidiendo perdón y la bendición. Moría la persona y de inmediato alguien pegaba el primer grito, se desmayaba, perdía el conocimiento o le daba un ataque de convulsiones. Venían por el aire las vecinas con los frasquitos de valeriana o gotas del Carmen mientras otras iban a sus casas a buscar ropa negra o de medio luto para vestir a los deudos: faldas y blusas para las mujeres y paltó azul con corbata negra para los hombres, había quienes optaban por ponerse un brazalete negro si en el escaparate de los vecinos no había paltó ni corbata. Hacía su aparición en ese momento la rezandera del vecindario y con el rosario de pepas negras abordaba con las letanías a creyentes y no creyentes, a evangélicos y a los no tanto. Esta sublime carga de amor se producía ante el inminente fallecimiento por la llamada muerte natural, es decir producida por una enfermedad cualquiera, no por accidente, asesinato o producida en una pelea o conmoción social.

Pero llegó el fatídico coronavirus con su carga mortal, el Covid-19, que nadie sabe su significado pero todos y todas sabemos quién es y el daño que puede causarnos, llegó y se metió en nuestras vidas como un vendaval, destrozando a todos nosotros. El malestar comienza con un fiebrón aturdidor, con una tranca respiratoria que se falsea con una neumonía para confundir al enfermo o enferma y a su médico y darle tiempo al descarado virus para que se instale cómodamente en nuestros órganos, un muy fuerte dolor de cabeza, flojera física y síquica. Ingresan al o la paciente en una fría sala, toda en blanco, separado, abandonado, retirado de sus seres queridos y hasta de sus más nobles compinches, donde nadie habla con nadie, nadie ve a otros y otros no ven a nadie, algunos superan la crisis, algunos mueren. No hay presencia de hijos, madre, padre, hermanos, hermanas. Sin nadie que lo despida con un beso, un abrazo o una simple agarrada de mano. Con cuanta crueldad se apodera de nuestros cuerpos ese maldito ¿maldito? Si, ¡maldito! virus. Fea esa muerte.

En Caracas, hacia una nueva oleada del coronavirus, mes primero del 2021

 



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