Horror y muerte en La Española

No era mejor el gobernador como esclavista que como guerrero. En las encomiendas separaba a los varones de las hembras, mandándolos a trabajar a las minas a 40 y 80 leguas de sus mujeres, mientras éstas quedaban en las haciendas trabajando en las labores de la tierra. Por esta razón marido y mujer dejaban de verse hasta por un año. Cuando volvían a encontrarse, dice Las Casas, estaban tan agotados que por esta causa no hubo de ellos más descendencia. Las indias, en lo sucesivo, dejarían de parir niños de su raza para concebir hijos de la violencia. Muchas indias, anota el mismo cronista, "sintiéndose preñadas tomaban hierbas para malparir. Las criaturas nacidas, chiquitas perecían, porque las madres con el trabajo y el hambre no tenían leche en las tetas; con cuya causa murieron en la isla de Cuba estando yo presente 7.000 niños en obra de tres meses".

Los maridos eran muertos en las minas a palos o de hambre. Las mujeres, en las estancias. Los niños, al nacer. Esta fue la causa, dice el clérigo historiador, de la gran despoblación de esta isla. Si algún indio se huía, salían a buscarlo por los montes como se cazan zorros. De agarrarlo, lo amarraban a un poste y lo descuartizaban vivo. Cuenta Las Casas que los españoles mataban a los indios por cualquier cosa. Uno mató un día a doce de sus sirvientes y otro a diez y ocho porque no le hicieron a tiempo lo que les había encomendado. Uno "asaeteó un indio con pregón porque no sr dio prisa en traerle una carta que le enviaban". Dos muchachos de doce años fueron decapitados por ponerle nombres de cristianos a dos papagayos.

Con este régimen, no puede sorprendernos cómo quince años más tarde apenas quedaban doscientos indios. Lo más notorio en la criminalidad de los conquistadores es la perfidia de que hacían gala para asesinar y destruir. "Holgábanse por extrañas manera de hacer crueldades –escribe Las Casas– mezclando a veces lo grotesco con lo sagrado", como el caso que describe en el capítulo XVIII: "Hacían una horca luenga y baja, que las puntas de los pies llegasen al suelo porque no se ahogasen, y ahorcaban a trece juntos en honor y reverencia de Cristo Nuestro Redentor y de sus doce Apóstoles, y así ahorcados y vivos probaban en ellos sus brazos y sus espadas". "Abríanles el vientre vivos, después de así desgarrados poníanle fuego y quemábanlos". Cuenta Las Casas en este espantoso capitulo: "Hombres hubo que a dos criaturas que serían hasta de dos años, les metió por hoya de la garganta una daga y así degollados los arrojó a las peñas. Todas estas obras y otras, extrañas de toda naturaleza humana, vieron mis ojos".

Con la muerte de Cotubano, la isla quedó para siempre en paz. Si puede llamarse paz a aquel silencio de muerte. Esta fue obra de Ovando y de 1.300 españoles.

Ovando no introdujo con su ejemplo ninguna forma de crueldad o conducta que no fuese conocida y practicada por los españoles de Santo Domingo. Las mismas matanzas que realizan los hombres de Esquivel y Velázquez, con su mismo sello de crueldad y de perfidia, las encontramos en las gestas de Ojeda y Marguerit. La caza de esclavos y el tráfico de los mismos llegan con el Almirante a su apogeo. Como no ha encontrado oro, Colón hace de cada indio dos castellanos. Se les acorralan y transporta ni más ni menos que si fuesen cabras. Los trasladan a España en el fondo de las bodegas. En una ocasión meten quinientos donde sólo cabía la mitad. Doscientos mueren en el viaje. "Por donde van las carabelas –escribe Arciniegas– queda flotando la carne morena del Caribe". Roldán y sus compañeros pretenden rebelarse contra esta infamia. Sus andanzas por Xaraguá y, más tarde, como lugarteniente de Bobadilla, demuestran lo contrario. Saquearon, violaron y asesinaron exactamente igual que el otro bando, tanto en la oposición como en el poder. Los hombres de Roldán –dice Las Casas– "acusan al Almirante y a su hermano de terribles quejas, llamándolos tiranos, injustos, crueles, que por cosa fácil atormentaban a los españoles, los degollaban, ahorcaban, azotaban, cortaban las manos, sedientos de castellana como de capitales enemigos".

Los del Almirante conceptúan a los de Roldan de "ser hombres facinerosos, vicioso, robadores, violentos, ladrones, forzadores de mujeres casadas, corrompedores de vírgenes, falsos perjuros fementidos".

El caballero de Calatrava no le enmendó la plana a nadie. Él era simplemente el padrote oficial de una manada de lobos. Los Viajeros de Indias se muestran crueles desde Colón padre hasta Colón hijo, diez años más tarde. No son sus gobernadores los que con su influencia transforman a hombres normales en bestias rapaces. Son ellos mismos los únicos culpables de tanta crueldad: ¿No es cierto que la casi totalidad de los compañeros de Colón en su tercer viaje eran criminales? ¿No lo era la cuarta parte de su primera expedición? ¿No se cambiaban destierros a perpetuidad, por diez años en La Española? Las Casas nos ha dejado el testimonio de cómo deambulan por las calles de Santo Domingo los desnarizados y desorejados de Castilla. "Hartos eran homicianos, delincuentes, condenados a muerte por graves delitos".

No puede extrañar la calidad del fruto si ésta es la semilla.

De La Española, los conquistadores saltan a Jamaica, Puerto Rico y Cuba. Los métodos y procedimientos empleados en la pacificación de estas islas en nada difieren de lo que hicieron en Santo Domingo.

"Los consumieron y acabaron, de la misma manera que los desta isla fueron extirpados. Asolaron la tierra matando infinitos indios, los demás repartiéndolos entre sí".

Refiere Las Casas que entre las curiosidades de los hombres de Ponce de León estaba un perro llamado Becerrillo "que hacía estragos en los indios, conociendo los indios de guerra y los que no lo eran como si fuera una persona.

"Y a este tuvieron los que asolaron a la isla como ángel de Dios". Valía más que diez; por esta causa le daban parte en el reparto fuese de comer o de oro, como si fuera un caballero.

La conquista de Jamaica la realizan Juan de Esquivel y sesenta hombres. A este respecto escribe el Historiador de las Indias: "Se destruyó y despobló la isla de Jamaica por aquellos que fueron con Juan de Esquivel. Habrá hoy, de todos los vecinos que allí había, que estaban como una piña de piñones de gente poblada, obra de cien personas y no sé si llegan a tanto".

Velázquez y la operación rancheo:

En 1511, Diego Velázquez llega a la isla de Cuba con trescientos hombres. Este conquistador, al cual Las Casas describe como "grueso de entendimiento", es el mismo lugarteniente que Ovando utilizó en Santo Domingo en su "operación exterminio". El obeso gobernador no tarda en poner en práctica su sistema de gobierno. Como quiera que a los indios de Cuba había llegado el rumor de la crueldad española, tan pronto como supieron de la llegada de Velázquez y de su gente, tomaron el monte y se escondieron. En vista de la resistencia pasiva de los indígenas, los españoles rompen el hielo con el "rancheo" suerte de vocablo menos fuerte que el de matanza. Pues es esto, sin más y sin menos, lo que los Conquistadores hacen en Cuba. En uno de estos rancheos capturan al cacique Hatuey, líder de una resistencia más bien moral que guerrera. Velázquez lo condenó a ser quemado vivo.

Estando el cacique amarrado a un poste para cumplir su ejecución, se le acercó un franciscano y le aconsejó que antes de morir valía la pena que se hiciese cristiano. A lo que respondió Hatuey: "¿Para qué quiero ser cristiano, si los cristianos son malos? Si ellos están en el cielo, al cielo no quiero ir".

Narváez:

Cuenta el autor de la Historia de las Indias que habiendo llegado al pueblo de Caonao, Pánfilo de Narváez con cien españoles, fueron recibidos por los indígenas con grandes demostraciones de cordialidad y servidumbre. Cierto día, anota Las asas, estaban los conquistadores comiendo rodeados de indios en cuclillas que los miraban silenciosos, cuando de pronto uno de los españoles, "en quien se creyó se le revertió el diablo", súbitamente saca su espada y sin causa ni explicación alguna se la clava a un indio, como poseído de una extraña fuerza: Todos a una, sin pedir explicaciones, ni inquirir qué pasa, comienzan a desbarrigar y acuchillar y matar de aquellas ovejas y corderos, hombres, mujeres y niños que estaban sentados mirando a los españoles y a la yeguas. Pasmados y dentro de dos credos no queda hombre vivo de todos cuantos allí estaban".

Dice Las Casas que allí "estuvo el descuidado Narváez viendo hacer la matanza, sin decir, ni hacer, ni moverse más que si fuera un mármol. Sabida esta matanza por toda la provincia no quedó mamante ni piante que dejando sus pueblos no se fuera huyendo".

En 1552, cuando López de Gomara escribe su Historia de las Indias, observa sobre Cuba: "Era muy poblada de indios. Murieron muchos de trabajo. Así no quedó casta dellos".

Esta es la historia de sangre de la conquista desde 1492 hasta 1511. En obra de veinte años escasos, los españoles han exterminado a cañonazos, malos tratos y hambre a toda la población indígena de Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Cálculos muy moderados suponen para estas islas una población de uno a dos millones de habitantes para 1492. Hacia 1511 no llegan a mil. Las Casas se mofa del término de pobladores con el cual designaba a los Viajeros de Indias: "más verdad es decir que la fueron a despoblar".

Este exterminio de dos millones de almas fue ejecutado por los cinco mil hombres que entre 1492 y 1509 pasan al Nuevo Mundo.

Trescientos Viajeros de Indias, salidos de la misma población anterior, borran del mapa los 600.000 aborígenes de Puerto Rico; otro tanto de conquistadores y de igual procedencia extinguen a tizona y hambre el millón de indios que Albert Hune y otros autores cubanos fijan para esta isla. Sesenta hombres, apenas, reducen a cien los 40.000 aborígenes de Jamaica. ¿No es demasiada saña que 660 hombres le arrebaten la vida a un millón y medio de personas?

Estos fueron los primeros Viajeros de Indias. Los que conquistaron la isla de Santo Domingo y las islas circunvecinas. Eran alrededor de 2.500 hombres hacia el año de 1509. Procedían de las gradas del trono de los muros de Granada y de las cárceles de Sevilla, Cádiz y Huelva.

De allí partirán hacia Panamá y México, para luego extenderse hacia el Sur y hacia el Este, hacia el reino Maya y las tierras australes de los araucanos. Muchos son como Francisco Pizarro, veteranos que se vinieron con Colón y que todavía saltan de isla en isla y de gobernación en gobernación. La sombra fatídica de su crueldad se va extendiendo por América como un clamor: No hay expedición ni gobernador a quien la historia no señale ni inculpe por sus matanzas y crueldades. Si la sangre se desbordó en Santo Domingo, correría a caudales desde California hasta la tierra de los Patagones. Si privó en ella la traición y el crimen, América se la devolvería como un eco. Si trágica fue la historia en Santo Domingo, mil veces peor será más allá de sus dominios.

P.D.

"Si las tasas de enfermedades mentales están quintuplicadas en las poblaciones, es lícito admitir que las huestes de los Viajeros de Indias estaban sobrecargadas. Si pensamos en las condiciones de navegación de aquella época y de los innumerables peligros que tenía que arrostrar el europeo en la América del siglo XVI y del XVII y de la insania desde el momento en que ésta guarda una relación paralela con el temple y la audacia excepcional. Si los Viajeros de Indias fueron emigrantes de un valor y de un coraje inusitado, como lo prueban los hechos, es evidente, por las razones invocadas. Si a esta lícita presunción añadimos su condición de guerrero nato o de voluntario y su perfil de cruel criminal, es evidente que la perturbación psíquica fue muy elevada entre los contingentes de la Conquista. Hecho que encuentra significativa correspondencia en la serie de fenómenos, donde se ve muy a las claras cómo la locura, la perversión y la extravagancia campearon extraordinariamente entre aquellos pobladores de nuestra América".

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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