Alquimia Política

La Esencia del Hombre

La conciencia, en el sentido de una sensación del hombre mismo, de su fuerza racional, desde la percepción y hasta de un juicio de los objetos sensibles, está determinada por el sentido estricto de la reflexión y la autoreflexión.

El animal, a todas estas, puede tener como objeto de su observación la propia individualidad y por eso, tiene la sensación de sí mismo, pero no puede considerar esa individualidad como esencia, como especie. Pero le falta la conciencia acerca de dónde deriva su nombre, su saber. Donde hay conciencia, allí existe la facultad del saber, y con ello la ciencia; la ciencia es la conciencia de las especies.

En este aspecto, la vida del ser humano posee una doble dirección: para el animal la vida interior se identifica con la exterior, para el hombre, la vida interior y la exterior, están en una constante interacción y modela la esencia de la especie humana desde un carácter heterogéneo multidireccional.

A todas estas, el hombre piensa, quiere decir, conversa consigo mismo; el animal no puede ejecutar ninguna función propia de su especie sin otro ser fuera de él; pero el hombre puede ejecutar la función propia de su especie, es decir, la de pensar y la de hablar, dado que ambas son funciones que se orientan con la racionalidad y el pensamiento reduccionista propio del método científico cartesiano. El hombre es a la vez para sí mismo el yo y el tú: él puede colocarse en el lugar del otro, precisamente porque no solamente su individualidad, sino también su especie y su esencia, son los objetos de su reflexión.
A todas estas, la esencia del hombre no es solamente la causa, sino también el objeto; en la sociedad moderna, la conciencia se hace infinito; por lo tanto, la conciencia que tiene el hombre, de su esencia no finita, no limitada, sino infinita, es la que lo hace elevarse por encima de las otras especies de seres vivos. La esencia verdaderamente finita no tiene ni la más remota idea, por no decir conciencia, de un ser infinito; porque el límite del ser es también el límite de la conciencia.

En este sentido, la conciencia de una oruga, cuya vida y esencia está limitada a determinadas especies de plantas, no se extiende tampoco hasta más allá de ese terreno limitado: ella distingue estas plantas de las demás; pero más no sabe. A semejante conciencia limitada, que justamente por su limitación es infalible, la llamamos por eso instinto y no conciencia. La conciencia, en el sentido riguroso o propio de la palabra, es inseparable de la conciencia del infinito; la conciencia limitada no es ninguna conciencia: la conciencia es esencialmente de un carácter universal e infinito. La conciencia del infinito no es otra cosa que la conciencia de la propia infinitud. En otras palabras, en la conciencia del infinito el hombre consciente tiene por objeto de su conciencia la infinitud de su propia esencia.

En concreto: ¿cómo es entonces la esencia del hombre de la cual éste es consciente, o en qué consiste la especie, la humanidad propiamente dicha en el hombre? Consiste en la razón, en la voluntad y en el corazón; el hombre es perfecto, debe tener la fuerza del raciocinio, la fuerza de la voluntad y la fuerza del corazón. La fuerza del raciocinio es la luz de la inteligencia; la fuerza de la voluntad es la energía del carácter y la fuerza del corazón es el amor.

La razón y la fuerza de la voluntad, son perfecciones, son las fuerzas más altas, son la esencia absoluta del hombre como hombre y el objeto de su existencia. El hombre existe para conocer, para interrelacionarse y crecer. La esencia verdadera es un ser que piensa, ama y quiere. Sin tener un objeto, el hombre es una nada. Grandes hombres ejemplares, hombres que nos revelaron la esencia del hombre, confirman esta verdad con su vida. Ellos tenían una sola pasión predominante y fundamental: la realización del objeto cuyo principal fin era lo más esencial de su actividad. Pero el objeto al cual se refiere esencial y necesariamente un sujeto, no es otra cosa que la propia esencia objetivada de ese sujeto, si este objeto es común a varios individuos que según la especie son iguales, pero según la clase diferentes, entonces él es su propia esencia pero objetivada, por lo menos en cuanto es el objeto de aquellos individuos según la diferencia que tienen.

De igual manera es el Sol el objeto común de los planetas; pero no es de la misma manera el objeto para la Tierra como lo es para Mercurio, Venus y Urano. Cada planeta tiene su propio sol, el sol que ilumina y calienta a Urano y tal como lo ilumina y calienta, no tiene ninguna existencia física (sólo una astronómica, científica) para la Tierra; y el Sol no sólo aparece de diferente manera, sino es también realmente para los habitantes de Urano otro sol que para los habitantes de la Tierra. La conducta de la Tierra frente al Sol es, por eso y al mismo tiempo, una conducta de la Tierra frente a sí misma o sea para con su propia esencia, pues la medida del tamaño y de la intensidad de la luz en que el sol es el objeto de la Tierra, es también la medida de la distancia que caracteriza la naturaleza propia de la Tierra. Cada planeta tiene, por lo tanto, en el Sol el espejo de su propia esencia.

De ahí que el hombre sea consciente de sí mismo debido al objeto: la conciencia del objeto es, para el hombre, la conciencia de sí mismo. Por el objeto se conoce al hombre; en aquél se manifiesta su esencia: el objeto es su esencia manifestada, su verdadero yo objetivo. Y esto, no sólo vale por los objetos espirituales, sino también por los perceptibles. También los objetos más remotos con respecto al hombre, porque y en cuanto le son objetos, son revelaciones de la esencia humana.

Esa esencia humana es, en simples palabras, la conciencia, y significa activarse a sí mismo, afirmarse a sí mismo, amarse a sí mismo; significa alegría de la propia perfección. Es decir, la conciencia es el signo característico de un ser consciente; la conciencia sólo existe en un ser satisfecho y perfecto. Hasta la propia vanidad humana confirma esta verdad. El hombre se mira en el espejo; él tiene complacencia en su figura. Esta complacencia es una consecuencia necesaria y gratuita de la perfección, de la belleza de su figura. Todo lo que existe tiene valor, es un ser dotado de distinción; por eso se afirma, por eso se sostiene. Pero la forma más alta de la afirmación de sí mismo, aquella forma que hasta es por sí sola una distinción, una perfección, un privilegio y un bien es la conciencia.




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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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