Juguete infantil: ¿instrumento de paz o de guerra?

La generalización que suele hacerse respecto a “el socialismo” o “el capitalismo” puede desembocar en una percepción difusa de ambos conceptos. En sentido estricto, se trata de dos conceptos antitéticos, irreconciliables, en tanto que el socialismo va de la mano de paz y el capitalismo, por el contrario, es obligado sinónimo de guerra. La riqueza, tal como están las cosas en el actual desarrollo histórico, se construye a partir de la explotación de una clase por otra; esa es una forma de violencia suprema que sirve como matriz para otro tipo de violencias. De ahí se pueden derivar el machismo, el autoritarismo, el adultocentrismo, formas de violencias ya naturalizadas en nuestra cotidiana “normalidad”.

Los juguetes infantiles, como expresión de esas matrices donde los humanos nos desenvolvemos, no hacen sino reproducir los esquemas que nos constituyen. En ese sentido cabe preguntarse si un juguete puede “producir” violencia (en todo sentido: apología de la guerra, del sexismo, del machismo dominante) o, por el contrario, reproduce lo que está ya en el todo social.

Un facsímil de ametralladora no podría calificarse como juguete infantil en una sociedad socialista porque la guerra no es objetivo del socialismo; se trata en tal caso de una manipulación de la palabra “juguete” que, en una sociedad capitalista, connota un objetivo contrario e irreconciliable con lo que en el socialismo es un juguete, elemento para jugar y no apología para matar o, en forma indirecta, naturalización de la violencia y de la muerte del otro.

Queda de nuestra parte esclarecer que el concepto que cada individuo tenga de lo que es socialismo sea confrontable con la realidad, porque a estas alturas la evolución del pensamiento popular debe tener implícito y/o expreso lo que es socialismo y, en función de ese conocimiento, de esa profundización y expansión del nivel de conciencia individual y colectiva, se hace posible que el término adquiera un valor funcional ligado a las necesidades más sentidas.

El amplio campo mediático, factor de poder creciente en nuestra sociedad planetaria actual, induce deliberadamente a desajustes en la conciencia popular. Si las consideraciones individuales y colectivas coexisten con las menores posibilidades de contradicciones, es que nos hemos escapado del maleficio informativo, y tenderíamos así hacia un confortable equilibrio con la Naturaleza y con la sociedad.

Es claro que el capitalismo empuja a todos hacia el desequilibrio social, mientras que el socialismo tiende a restituir el equilibrio entre el ser humano y su ambiente, entre la sociedad y la Naturaleza.

Toda la armazón que presupone el sistema político debe velar porque no existan abismales desequilibrios sociales. El llamado socialismo real conocido hasta la fecha (entiéndase que son las primeras experiencias, que por supuesto podrán -o deberán- rectificarse allí donde hicieron/hacen agua) falló, o al menos no dio todos los resultados esperados, porque no fue capaz de velar exitosamente por ese aludido equilibrio, y siempre han sido los niños los más vulnerables de las confrontaciones sociales.

Pero valga ocuparse integralmente de los niños, de sus intereses, de sus vulnerabilidades y recrearlos en el camino de su desarrollo pleno; eso sólo ha de lograrse en la sociedad socialista, porque en la capitalista, el niño, como todo absolutamente dentro de su esfera, es también objeto de lucro, está inmerso en la sacrosanta “ley del valor”.

El contexto social determina en mucho el comportamiento de los niños. Los medios masivos de comunicación no hacen sino repetir y llevar al límite esas matrices en las que cada sujeto se “hace” un adulto normal, integrado a su medio. La televisión capitalista contribuye a remarcar que el papel de las niñas es competir por la belleza y a los varones, por ejemplo, les corresponde ser violentos, mandar y, ¿por qué no?, matar. De ahí la muñeca Barbie y la ametralladora como símbolos ya coagulados en la construcción de subjetividades y de ciudadanía. Por tanto, al pasar de una etapa a otra en el proceso evolutivo, solo van quedando heridas psicológicas; el desarrollo de sus procesos de pensamiento se ve atrancado por una bestial carga de violencia en todas sus manifestaciones. Cuando un niño no conoce otro paisaje que la pantallita del televisor, termina siendo un muñeco, porque de las apariencias no se saca un conocimiento firme. Lo patético es que cada vez más, con fuerza creciente, son esas imágenes, esas realidades virtuales creadas por medios electrónicos, las que van moldeando lo humano, nuestra forma de pensar, de sentir, de actuar, de relacionarnos. Y alguien concreto de carne y hueso (enormes factores de poder) son los que deciden qué debe pensar y sentir la humanidad en su conjunto.

Es real que en las etapas iniciales de su proceso evolutivo, el niño apele a las apariencias de su entorno, pero en esa etapa no puede hacer razonamientos abstractos ni lógicos; cada niño repite, sin saberlo, los patrones que lo harán uno más de la serie, un sujeto adaptado, normal dentro de los cánones de su cultura. En sus etapas iniciales, el niño sólo hace razonamientos concretos, no abstractos, y eso es determinante para comprenderlos en su desarrollo y no exigirles más de sus posibilidades naturales; todo niño juega libre con la plastilina pero ignora y ni le interesa el concepto libertad, que es una abstracción.

Mediante el juego, el niño aprende a conocer el mundo, adquiere un buen concepto de sí mismo porque siente que depende de sus propias experiencias, se percata que es capaz de hacer las cosas, y todo ello lo va configurando como un ser autónomo, ubicado, integrado a su medio social.

Cada niño es creativo y único, y necesita desarrollar su experiencia de manera continua, pero la televisión capitalista interrumpe deliberadamente ese proceso cuando expone verdades ilustradas que no necesitan preguntas, con lo cual somete al niño a la pasividad de la quietud, lo cual es, en definitiva, un trasfondo malévolo.

Si el niño no juega oportuna y apropiadamente perderá la oportunidad de desarrollar parte del inmenso potencial de su personalidad; jugando, el niño aprende a perder y a ganar, se pone a prueba a sí mismo, pasa de lo conocido a lo desconocido, ejercita sus impulsos, improvisa, examina, explora, inventa, aprende a saber lo que está sucediendo a su alrededor, acelera, retrasa, descarga sus emociones y a la vez adquiere equilibrio en medio de dificultades, entra en ritmo con la vida, calibra la velocidad de su desarrollo, se ubica en su espacio y en su tiempo, valora sus circunstancia particulares, adquiere seguridad en sí mismo, fortalece su sentimiento de felicidad. El juego, para los niños, no constituye sólo un pasatiempo divertido: es su forma de instalarse en el mundo, de apropiárselo y de crecer. De hecho, del tiempo que permanece despierto, un niño puede pasar hasta el 60% del mismo dedicado al juego. El juego es su trabajo.

Si el niño no juega de modo apropiado, o acaso simplemente no juega sino que mira todo el día la televisión o está enfrascado en actividades donde interactúa poco con su mundo rodeante, no puede avanzar, deja de aprender y se torna un ser pasivo. En otros términos: un niño que no juega, no sólo no avanza sino que retrocede psicológicamente.

En una sociedad socialista el juego debe relacionarse con los proyectos de la educación establecida, que siempre habrán de contener valores distintos a los característicos de la sociedad capitalista, basados estos últimos en el individualismo y la idea de propiedad privada.

¿Cuáles son los mejores juguetes para un niño? Sin dudas, no necesariamente los más caros y sofisticados, sino aquellos que proporcionan más tiempo de juego y se adaptan a sus gustos, a su carácter y al momento evolutivo del niño en cuestión. Por supuesto los juguetes son necesarios para el desarrollo del pequeño en crecimiento, pero ninguno de ellos exime a los padres de la responsabilidad de jugar con sus hijos. Ahora bien: ¿somos más violentos hoy día porque los juguetes que se ofrecen inducen a la violencia?

La violencia –“partera de la historia”, como decía Marx- en cierta forma define al ser humano. La historia de la humanidad es, sin más, una larga sucesión de hechos violentos: guerras, invasiones, conquistas, revoluciones. Pero no sólo violencia -como estamos tan acostumbrados a entenderla- en el sentido de explotación económica, opresión social, ataque bélico o ejércitos blandiendo sus armas. También, y con la misma virulencia -aunque sus efectos no sean todavía igualmente deplorados- discriminación de género, segregación étnica, verticalismo, autoritarismo de los adultos sobre los niños. En ese sentido: ¿es “violento” que una niña juegue a ser mujer con una muñeca, sabiendo que “ser mujer” en nuestro esquema social significa pasividad y sumisión?

Violencia ha habido siempre, con distintas formas, con expresiones culturales particulares. Pero ahí está persistentemente, incólume, más allá del tiempo. Quizá hoy día se comienzan a cuestionar ciertas manifestaciones que, hasta hace muy poco, ni siquiera se consideraban como el ejercicio de una violencia. Por ejemplo, en la actualidad va ganando terreno el obligado respeto hacia la comunidad homosexual, incluida apenas unos años atrás en la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud como expresión de una psicopatología.

¿La sociedad, entonces, se va haciendo más “civilizada”? ¿Condenamos hoy más formas de violencia, que antaño no eran tenidas por tales? -piénsese en el respeto hacia los discapacitados, una nueva actitud ante las diferencias étnicas, ante las poblaciones marginales-. Esto plantea la pregunta respecto a si el mundo evoluciona hacia formas de mayor tolerancia, de menos violencia y solidaridad. ¿O los videojuegos, por ejemplo, nos hacen cada vez más violentos, naturalizan la muerte?

Respuesta muy difícil, por cierto. Sí y no. No hay dudas que en la historia humana se han dado algunos pasos importantes en el proceso civilizatorio. Actualmente contamos con una serie de mecanismos y procedimientos que -se supone- deberían hacer la vida de toda la población más digna, más agradable, menos violenta. Hay una legislación, ya universalizada, que protege la vida en todos sus aspectos, así como su dignidad y calidad. El discurso de los derechos humanos, en tanto intrínsecos al mismo hecho de existir como seres humanos, y por tanto inalienables, se ha ido incorporando en el grado de desarrollo global que toca a los más de siete mil millones de almas que poblamos el planeta. Existe -aunque pueda abrirse el interrogante respecto a su real efectividad- un sistema supranacional que regula (o debería regular al menos) la vida planetaria: las Naciones Unidas. Vistas las cosas en este sentido, la sociedad global actualmente es menos violenta que antaño. Hasta las guerras están reguladas por marcos jurídicos: la Convención de Ginebra. Se puede seguir matando al enemigo, pero hay que hacerlo conforme a normas. Las “guerras sucias” -aunque de hecho se hagan- están prohibidas, por lo que son condenables. Hoy día un general puede ir preso como “asesino de guerra”. ¿Podríamos decir, entonces, que eso es progreso humano?

No obstante, la violencia está lejos de desaparecer (¿crece incluso?). No sólo eso; podría decirse que se presenta con otra cara, más sutil tal vez, o simplemente: acorde a los tiempos que corren, tiempos de modernidad, o de post modernidad. Tiempos de inimaginables logros científico-técnicos, que abren posibilidades ni siquiera soñadas décadas atrás, no digamos ya siglos o milenios.

Es, al menos en este momento, quimérico pensar en la erradicación de la violencia de la dinámica humana. Ella es tan fundante, tan constitutiva del hecho humano que conocemos como lo puede ser su calidad de racional, o su capacidad de mentir (lo cual no es sino una forma de la violencia). Se puede, en todo caso, reducirle su espacio, ponerle las cosas más difíciles, lo cual no es poco. Normas, leyes, reglas de convivencia, autocrítica, liberación de prejuicios; la lista para ayudar en tamaña empresa es grande. Y por supuesto, una horizontalización -hasta donde sea posible- del poder, junto a la repartición más justa de la riqueza que la especie ha producido.

Si se tuviera que dar una respuesta sintética - o no- a la pregunta sobre el crecimiento de la violencia, y más aún, de su crecimiento a partir de los juguetes “violentos” que el capitalismo pone a la venta como una mercadería más, habría que decir que actualmente -era cibernética, era post moderna- se ha generado una nueva forma de la violencia: la sociedad globalizada la ha tornado “normal”.

Se podría concluir que somos tan violentos como los imperios de la antigüedad clásica, como cualquier cultura que realizaba sacrificios humanos o como la inquisición medieval, con el agravante que ahora tenemos 1) más capacidad técnica y 2) una nueva forma de desprecio por la vida.

En esta lógica entran los juguetes como mecanismos culturales que -no podría ser de otra manera- reproducen el medio en que se dan. Los juguetes, en definitiva, son parte de la cultura. Lo que sí es evidente es que, hoy por hoy, las nuevas modalidades que van adquiriendo los juguetes que ya invadieron el mercado global (absolutamente capitalista, por cierto) hacen cada vez más una apología acrítica de la violencia. La pregunta, entonces, se podría trocar en: ¿somos más violentos, sexistas y discriminadores por “culpa” de esos juguetes? Si volviéramos a la época de los “inocentes” yoyos, o las canicas, por ejemplo, ¿el mundo sería mejor?

Obviamente no. Digámoslo claramente: un niño puede jugar a “matar a otro” también con el dedo. Pero no caben dudas que con esa proliferación de violencia que los juguetes contribuyen a expandir (videojuegos sangrientos y Barbies que remedan pechos siliconados) no se ayuda en nada a la construcción de un mundo más pacífico y solidario. Al contrario, se naturaliza la violencia y la segregación.

 

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Guillermo Guzmán y Marcelo Colussi


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