La Democracia: temas para su discusión (III)

A la memoria del Camarada:

Manuel Isidro Molina.

Incansable luchador contra la dictadura

Perezjimenista, en el Trujillo de nuestros tormentos.


Cuando hablamos de la necesidad de imaginar un nuevo modelo de formación social, un nuevo modelo de democracia, no estamos hablando de una sociedad inalcanzable, hablamos de una sociedad posible de edificar.

Nos viene al recuerdo la lectura del Cisne Negro: el impacto de lo altamente improbable (2008), del escritor libanes Nassim Nicholas Taleb, quien se define a sí mismo como un “empirista sistémico”. Taleb, “analiza en su obra la incapacidad humana para prever lo más improbable” y nos induce a reflexionar de una manera distinta, ante los retos que hoy tiene la humanidad por su complejidad, el enorme grado de incertidumbre que nos generan y, sobre todo, por el nivel aleatorio que dichos retos tienen, en su origen y para su resolución.

Lectura que complementada con la Obra de Edgard Morín, ¿Hacia dónde va el mundo? (2011), en la cual el autor francés comienza haciendo la siguiente afirmación: “La prospectiva de los años sesenta planteaba que el pasado era archiconocido, que el presente era, lógicamente, conocido, que la base de nuestras sociedades era estable, y que, sobre estos fundamentos asegurados, el porvenir se forjaba en y por el desarrollo de las tendencias dominantes de la economía, de la técnica, de la ciencia. Así el pensamiento tecnoburocrático creía que podía prever el porvenir. Creía incluso, en su optimismo idiota, que el siglo XXI iba a recolectar los frutos maduros del progreso de la humanidad”, nos llevan a ser optimistas acerca de la posibilidad de edificar sociedades distintas a las tenidas hasta ahora, porque abre caminos a la imaginación y da concreción a nuestro sueño.

En nuestra entrega anterior afirmamos que el futuro deseado no puede ser edificado con estructuras del pasado; hoy afirmamos con Morín, que el futuro deseado no puede ser imaginado a partir de un presente abstracto, irreal, inexistente. Reflexiones estas que nos permiten señalar que, a la democracia hay que despojarla del carácter abstracto que posee, lo cual la convierte en una democracia no democrática.

Esta no es una discusión menor. Si bien es cierto que no es posible pensar la democracia sin partidos y sin representatividad, hoy podemos afirmar que ellos no son los únicos elementos conformantes de la misma; así como también, podemos afirmar que la elección le da a la democracia una legitimidad de origen, la cual tendrá que reafirmarse en el curso del proceso histórico; ya que, la democracia tiene que ser entendida como una organización de la sociedad, en la cual la ampliación de la ciudadanía constituye uno de sus elementos fundamentales.

 Por lo que, el tránsito de una “democracia de electores” a una “democracia de ciudadanos”, en donde el Ciudadano sea el sujeto fundamental de la sociedad, en donde sus derechos políticos, civiles, económicos y sociales no les sean conculcados, constituye la piedra miliar del nuevo modelo de sociedad democrática que queremos construir.

Durante mucho tiempo, los principales ideólogos del sistema capitalista en la región, han argumentado que los pueblos de Latinoamérica, debido a su subdesarrollo no han podido alcanzar la ciudadanía plena, por lo que, como resultado natural de ello sus derechos civiles, económicos, políticos y sociales debían ser limitados.

Argumento que no resiste la menor valoración crítica ya que, el conculcamiento de los mismos se encuentra en el carácter inequitativo, desigual e injusto que resulta ser el capitalismo.

De manera contraria, en el modelo de formación social democrática que imaginamos para nuestros pueblos el respeto de todos los derechos humanos, como derecho a la vida misma, deben ser respetados y garantizados de manera integral. En razón de ello, consideramos que la construcción de ciudadanía no puede tener ningún techo, si en verdad queremos edificar una democracia de nuevo tipo.

No se trata -como lo creía John S. Mill-, que el buen ciudadano es aquel que hace de sus derechos deberes, por lo que el ejercicio de los derechos se convierte en un deber cívico. La condición de buen ciudadano no puede ser medida por la renuncia de los ciudadanos a sus derechos, para el cumplimiento de los deberes. No, porque en una sociedad verdaderamente democrática, derechos y deberes de los ciudadanos no son distintos ni antagónicos, son complementarios.

Precisamente, la importancia de la Constitución y demás leyes y normas del ordenamiento jurídico de una nación, reside en servir de base y regulación de un orden social que tiene por fundamento la garantía y el fiel cumplimiento del respeto de los derechos humanos, del respeto de la dignidad de la persona humana y el derecho natural. Este es un principio básico de una sociedad democrática.

Prof. ULA

npinedaprada@gmail.com

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Nelson Pineda Prada


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