Del Urogallo al Centauro

Así como un político que tenga dominio sobre la sicología goza de mayor facilidad, que los que no lo tienen, para penetrar en los sentimientos de las masas, el historiador que posea un nivel respetable de conocimiento siquiátrico le resulta mucho más fácil entender las psicopatologías de las personalidades, las características espirituales, los niveles de ambición, las aptitudes y actitudes e incluso los síntomas alterados de las conductas más resaltantes de los personajes que son biografiados por sus estudios. Pues, así lo creo, que don Herrera Luque gozó, como historiador, de amplios conocimientos siquiátricos (era su profesión universitaria) para los estudios que realizó sobre diversas personalidades de la historia venezolana.

 El Urogallo fue Boves y el Centauro fue Páez. Urogallo es un ave gallinácea de plumaje oscuro que vive en los bosques de Europa y emite sonidos parecidos a un mugido. Los cazadores lo persiguen mucho. Centauro es un ser fabuloso de la mitología griega: mitad hombre y mitad caballo. Boves y Páez, sin duda, son personajes históricos dignos del estudio no sólo de historiadores sino, igualmente, de la sicología y, además, de la política, porque ambos, cada uno a su manera, fueron importantes dirigentes políticos y militares (caudillos) en la Venezuela sublevada para conseguir su independencia de la Metrópolis española.

 Si la historia, tal vez injustamente, denomina a Boves como capitán de bandidos aunque gente de pueblo raso lo llamaba Taita, Páez puede ser catalogado como general de patriotas.  Nuestro Libertador denominó a Boves como “la cólera de Dios” en vez de “la cólera del Diablo” mientras que Juan Vicente Gónzalez lo consideró como el primer caudillo de la democracia venezolana. Tanto el uno como el otro no nacieron para hacer toda su vida de pulperos o pequeños comerciantes andantes en bestias por los largos caminos de la Venezuela esclava y hacendista. Las contradicciones entre colonia y metrópolis no exigía neutralismo sino el radicalismo de su tiempo: o eras chicha o eras limonada, o eras realista o eras patriota.

Cuentan, sin que nadie lo haya comprobado todavía, que Boves fue rechazado para ingresar a las filas de los patriotas y que desde entonces, frustrado, se incorporó al realismo más por venganza que por convicción. Otros sostienen que su pase al lado de los realistas fue determinado por los azotes que le propinaron en la plaza mayor de Calabozo. Lo cierto es, sin detenernos en la razón que llevó a Boves a ser un jefe realista en guerra, que Venezuela pagó un alto precio (alrededor de cien mil muertos) como consecuencia de las tropelías del asturiano.

Don Herrera Luque lo describe como “… héroe y antihéroe, villano y adalid, según cabalgue en el Urogallo de las academias o en las consejas de aldeas”. Para el distinguido siquiatra, Boves sufria de paranoide sanguinaria. Cometía crueldades con saña, alevosía y premeditación. Lo considera susceptible, de un orgullo desmedido, vengativo y rencoroso, incapaz de olvidar una afrenta, disimulado y burlón. Pero, al mismo tiempo, lo concibe como justiciero, generoso y magnánimo con sus incondicionales y, además, padecía de una embriaguez aguda patológica.

La criminalidad de Boves traspasó los límites de muchos otros expositores de la venganza como la mejor de todas las ofensivas políticas. Hacía que sus víctimas bailaran el cure burlesco de Piquirique antes de degollarlas. La festividad la transformaba en tragedia para sus víctimas. ¡Que enfermedad mental tan horrible la de un caudillo que hace la guerra por la muerte y no por la vida, por la tristeza y no por la alegría, por la venganza y no por la necesidad de darle esperanza al presente por un futuro de justicia para todos!

 Los sectores sociales despreciados y humillados por la oligarquía los atraía el Urogallo con sus promesas y ofertas populares. El Taita sabía ser generoso con sus tropas. Era catire pero los trofeos se los `prometía a los pardos y a los negros para que concentraran todo su odio contra la raza que los habian ultrajado durante siglos enteros:  la blanca. Para don Herrera Luque, Boves resultó ser el caudillo de las masas desvalidas de Venezuela, pero esas masas le otorgaron sus favores. El Urogallo hizo estremecer todos los rincones de la patria y también los sentimientos de sus componentes humanos. Mucha sangre, muchas muertes, muchísimas lágrimas causó a la sociedad venezolana el caudillismo realista del Urogallo. A Boves había que cazarlo como hace el cazador con el ave urogallo.

 El Urogallo murió en Urica. Su cuerpo no resistió a la lanza que lo penetró. Dicen que fue Cagijal que lo abatió. La causa patriota, sin festejo por la muerte, se alegró de las vidas que se conservaban para la lucha por la independencia una vez muerto el Urogallo, el genocida. Al poco tiempo de su muerte no pocos, especialmente en el alto llano venezolano, realizaron misas recordando al Urogallo como un alma milagrosa como si las ciencias no tuvieran mayor importancia para la salud de los vivientes.

 Muerto el Urogallo (Boves) comienza a hacerse célebre el Centauro (Páez). Don Herrera Luque le encuentra semejanzas con la excepción de la crueldad del primero que no la tenía el segundo. Dice don Herrera Luque: “De haber sido tan distinto el uno del otro, Páez no hubiese sido capaz de conducir aquellas montoneras que tornaron posible la Independencia, después que las conformó el resentido pulpéro de Calabozo”.

 Si el Urogallo fue un verdugo para la causa patriota, el Centauro fue un verdugo para la causa realista. Páez, sin duda alguna, está entre los tres grandes personajes más destacados de la Historia que hizo la gesta que nos legó la Independencia de España. Por encima de él se encuentran el Libertador Simón Bolívar y el más genial de todos nuestros generales: Carlos Manuel Piar. No nombremos al gran mariscal Sucre, porque su brillante carrera militar la hizo fuera de Venezuela y fue el cerebro más excelso que dirigió la batalla que permitió sellar el triunfo de la causa independentista de América Latina: Ayacucho en Perú.

El Centauro fue un hombre (especialmente en el arte militar) de audacia genial, de valor incalculable, temerario y aguerrido capaz de vencer todos los peligros juntos, un artista de la táctica y la estrategia, un maestro de la movilidad, un psicólogo natural para detectar las debilidades y las malicias de los enemigos, mago de las lanzas y las maniobras, un titán de bronce y un general de ejército invencible si su ideal era una causa justa.

Páez, estuvo al frente de combates y batallas que fueron imprescindibles para la conquista de la Independencia. Su campaña de Apure (1817) sentó un precedente de miedo en las huestes realistas. Hizo leyenda épica con sus llaneros, lanza en mano, batiendo a paso de vencedor toda fuerza enemiga que se interponía en sus campañas. Compañeros y adversarios así lo reconocieron. Su participación en la heroica batalla de Carabobo (1821) y Puerto Cabello (1823) fueron determinantes para el triunfo de nuestra causa sobre el realismo español. 

Páez se hizo prócer en nuestra Historia. Ganó gloria y la Historia no se la niega. No es necesario, por ahora, nombrar ni narrar las hazañas y las epopeyas de Páez (el Centauro)  para haberse ganado, con suficientes méritos, el grado de general en jefe, prócer de la Independencia y el respeto y la admiración del gentilicio venezolano de todos los tiempos venideros a su vida. Eso está de sobra. Sin embargo, el Centauro, como muchos otros generales, contraviniendo lo dispuesto por el Libertador Bolívar, se hicieron de las tierras y la riqueza que correspondía a los soldados y al pueblo venezolano. Basado en su prestigio y su influencia (fundamentalmente en los llaneros rasos) el Centauro, tan pronto se retiraron para siempre los colonialistas españoles, se cuadró con la oligarquía criolla. El destino quiso que Páez viviera muchos años (83), y así como fue un prócer al cual la Independencia venezolana le debe un montón de favores también se transformó en martirio para los explotados y oprimidos de Venezuela.

El primer acto no compatible con la condición de prócer del Centauro fues haber conspirado contra el Libertador Simón Bolívar y premeditadamente oponerse a cualquier obra del padre de la patria que implicara ir mucho más allá de la mera independencia venezolana de España.

El segundo acto no respetable de nuestro prócer Páez fue haber dado orden de no dejar seguir avanzando al Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, desde La Grita hacia el centro para tratar de salvar la unidad de la Gran Colombia en 1830. Aunque no la hubiese salvado por las realidades objetivas de ese tiempo, eso le costó al hacedor de victoria en Junín, Pichincha, Tarqui y Ayacucho la muerte en su regreso hacia Ecuador.

El tercer acto no aceptable del prócer el Centauro fue haberse dejado apoderar de una desmedida ambición personalista y cambiar sus sentimientos de revolucionario por una conciencia de oligarca, apoderándose de las tierras y de los bienes que pertenecían al pueblo y los soldados que con su sangre y su vida fueron factor determinante para conquistar Independencia de Venezuela y merecía un destino mejor que lo peor que vivía antes.

El cuarto acto indebido de nuestro prócer Páez, es que desde 1830 en adelante se olvidó para siempre de su pasado, de su lucha por una patria digna y ejerció el poder político en función de un poder económico exclusivo para las elites de la oligarquía conservadora en contra, por decir algo concreto, de los miles de llaneros que le siguieron fielmente en la gesta independentista contra España.

El quinto acto repudiable de nuestro prócer el Centauro fue haber combatido contra los federales en la Guerra de 1859-1863 y haber sido autor intelectual del asesinato de los generales presos políticos revolucionarios: Paredes, Herrera y Momayán.

Esos cinco actos, entre otros no menos importantes, de nuestro prócer Páez encierran la mitad de su obra y su pensamiento. Esta no le niega su pasado de lucha por nuestra Primera Independencia, pero eso fue suficiente para hacerse el juicio correcto de que el general en jefe y prócer de la Historia de Venezuela se hizo oligarca, reaccionario, enemigo de la justicia y la libertad, violador de los derechos humanos, incondicional servidor de la oligarquía criolla y de los intereses leoninos del capital extranjero en contra de los sagrados intereses de su nación y su pueblo.

Los historiadores, para escribir una Historia verdadera, no se deben limitar a la primera etapa del Centauro (José Antonio Páez) porque sin duda alguna toda conclusión de la misma debe ilustrarse con el honorable título de prócer, pero eso sería insuficiente y parcializada. Hay que seguir analizando y revisar y comparar la otra etapa en la que cambió radicalmente su pensamiento y su obra para terminar siendo un déspota y cometer actos incompatibles, con su pensamiento y obra inicial, y que se tradujeron en contra del propio pueblo que lo alzó de gloria y heroísmo.

Al Libertador de Oriente, general en jefe Manuel Piar, los historiadores le han caído en cayapa para condenarlo y avalar al Libertador Simón Bolívar por haberlo juzgado y fusilado. Nada de investigación profunda y objetiva han hecho para devolverle lo que los mezquinos y falsos testigos dijeron, deformando la verdad, para conducirlo al cadalso injustamente y catalogarlo erróneamente como traidor a la patria Venezuela. Si el Presidente Chávez hubiese dicho algo para reivindicar a Manuel Piar (que fue sin duda un prócer hasta más importante que otros según el propio Libertador Bolívar) que fue víctima de la injuria y la difamación antihistóricas, seguramente hubiesen salido a la luz pública algunos historiadores y pólíticos criticando y condenando al Presidente por falsear la Historia de Venezuela. Así está la ideología de la mentira en función de la desmemoria.

Cuando los pueblos comienzan a cambiar de mentalidad y se les empieza a decir la Historia tal como fue en realidad, afloran con más ímpetu de competencia y destrucción las viejas ideas encasilladas y floridas de tiempo pasado que viven de la desmemoria. El general en jefe y prócer de Venezuela, el Centauro como se le llamaba a José Antonio Páez, ha sido el personaje relevante que más cambio de pensamiento y obra, en perjuicio de la nación y el pueblo, ha tenido en toda la Historia de la República. Esta es la verdad verdadera. Se le glorifica, con justicia, su condición de prócer pero no se puede desconocer su segunda etapa en que gobernó a favor de la oligarquía, sería como quitarle un ala a un pájaro y creer que seguirá volando por los cielos como antes. Eso no es memoria ni es Historia, es desmemoriar a un pueblo y, especialmente, a su juventud. Triste y célebre fue la promesa pronunciada por el prócer Páez cuando dijo: “No guardaré este acero hasta no ver exterminados a mis enemigos”. ¿Quiénes eran sus enemigos?  Precisamente esa legión de hombres y mujeres que ansiaban hacer realidad la esperanza sembrada por el general de hombres libres Ezequiel Zamora. “No guardaré este acero hasta no ver exterminados a mis enemigos”.



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Freddy Yépez


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