Sentir Bolivariano

Manuela Vive

El 5 de Julio de este año, llegó al Panteón Nacional, simbólicamente, la Generala Manuela Sáenz. Después de 180 años, vuelve a reunirse con el compañero de luchas, de ideales, con el amigo, con el amor eterno. Es, sin duda, un hecho histórico trascendental que permite, a través de Manuela, hacer el merecido y justo reconocimiento a la mujer de Nuestra América: luchadora, solidaria, desprendida, amorosa, amante de las causas de los pueblos; pero es además, continuar dando pasos importantes en el camino de la igualdad de géneros y en el rescate de nuestra memoria histórica. 

Es necesario recordar que, antes de conocer a Simón Bolívar, Manuela fue condecorada junto a otras damas y generales del ejército libertador del General San Martín, en Lima, en Enero de 1822. Se les entregó la “orden del sol”-las damas, “caballeresas del sol”-, por sus valiosos aportes en la conspiración y la lucha por la libertad. Según Rumazo González, el decreto referido a las señoras, dice: “Las patriotas que se hubiesen distinguido por su adhesión a la causa de  la independencia del Perú, usarán el distintivo de una banda bicolor, blanco y encarnado, con una medalla de oro con las armas nacionales al anverso, y en el reverso la inscripción: al patriotismo de las mas sensibles”. En Abril de ese año, después de permanecer tres años en Lima, Manuela regresa a Quito y allí se encuentra cuando se libra la gloriosa Batalla de Pichincha, donde lograron contundente victoria los patriotas comandados por el General Sucre. 

El 25 de Mayo entra Sucre, con sus tropas, a Quito. Allí esperan al General Bolívar, que viene en campaña buscando consolidar su proyecto de la liberación del Sur. El 16 de Junio llega Bolívar a la ciudad, donde es recibido con grandes arcos con ramas de olivo y flores naturales en las calles por donde pasaría. Ahora, para conocer del primer encuentro del gran Simón con Manuela, disfrutemos de la narración de Rumazo González: “…A paso por las calles empedradas, en donde resuenan los cascos de los caballos, lluvias de flores, millones de aplausos y vivas, delirio, frenesí, son arrojados a los rostros de los vencedores, con un fervor que nunca presenciaron esas calles ya casi tricentenarias. El pueblo se apretuja en las aceras, en el cruce de las vías, en los zaguanes, en donde puede, para vitorear también hasta la plenitud, a pesar de que seguramente no tenia cabal conciencia del suceso mismo. Rendía tributo en esos momentos a los héroes; y nada más excelso que éstos para la masa. No sólo la gente visible de los pueblos, sino hasta el más miserable labrador ha salido a su encuentro, o a coronarlo, o a regalarle rosas. El que menos lo llamaba Moisés y no hubo quien no vertiese lágrimas al verlo. Marcha a paso lento; trae el sombrero a la mano como buen caballero y saluda cortésmente, con discretísima sonrisa, a las damas de los balcones.… Así lo ve el pueblo. Así lo contempla Manuela Sáenz que, en compañía de su madre, tíos y amigas, aguarda al vencedor en uno de los balcones de la plaza principal, en la esquina diagonal del palacio del obispo. En el preciso momento en que pasa el héroe, Manuela arroja una corona de ramas de laurel. Alza la vista el general y se encuentra con los ojos chispeantes de la quiteña, con su maravillosa sonrisa y con sus brazos blanquísimos, redondos, que parten de los hombros desnudos como dos llamaradas de amor. Sonríe más acentuadamente Bolívar, clava en ella su mirada de fuego y agradece el homenaje con una reverencia muy acentuada”

Esa misma noche se realiza un baile en honor a los patriotas. Allí los presentan; y quedan, desde entonces, unidos para siempre. El propio Bolívar lo destaca en una de sus cartas a la amada: “A nadie amo, a nadie amaré. El altar que tú habitas no será profanado por otro ídolo ni otra imagen, aunque fuera la de Dios mismo. Tú me has hecho idólatra de la humanidad hermosa: de ti, Manuela”. 

La Quiteña se hace miembra del Ejercito Libertador y participa, de allí en adelante, en la Campaña del Sur. En ayacucho, relata Rumazo González: “…Ella y su caballo, sin embargo, no pueden soportar el estacionamiento. Se precipitan; combate en la caballería de Silva, lucha lanza en mano, con denuedo y bizarría, como veterano capitán, y como trofeo recoge unos soberbios bigotes de un enemigo muerto tal vez por ella misma; con este trofeo se hizo unos bigotes postizos, que los exhibía en los bailes de disfraces o en las tertulias santafereñas…”

Manuela llega a Bogotá a finales de 1827, después de pasar varios meses separada de Bolívar, debido a su regreso a la Nueva Granada, después de la Campaña del Sur. Estaba en su apogeo la conspiración contra el Libertador, dirigida por el propio Vice-presidente, el General Santander. Varios intentos de asesinato habían fracasado, hasta que llegó el 25 de Septiembre de 1828. La propia Manuela relata el atentado: “… A las seis de la tarde me mandó llamar el Libertador; contesté que estaba con dolor a la cara. Repitió otro recado, diciendo que mi enfermedad era menos grave que la suya, y que fuese a verlo. Como las calles estaban mojadas, me puse sobre mis zapatos dobles… Desde que se acostó se durmió profundamente, sin más precaución que su espada y pistolas, sin más guardia que la de costumbre, sin prevenir ni al oficial de guardia ni a nadie, contento con lo que el jefe de Estado Mayor, o no sé lo que era, le había dicho: que no tuviese cuidado, que él respondía… Serían las doce de la noche, cuando latieron mucho dos perros del Libertador, y a más se oyó un ruido extraño que debe haber sido al chocar con los centinelas pero sin armas de fuego para evitar ruido. Desperté al Libertador, y lo primero que hizo fue tomar su espada y una pistola y tratar de abrir la puerta. Le contuve y le hice vestir, lo que verificó con mucha serenidad y prontitud… Dices bien, me dijo, y fue a la ventana. Yo impedí el que se botase, porque pasaban gentes; pero lo verificó cuando no hubo gente, y porque ya estaban forzando la puerta… Yo fui a encontrarme con ellos para darle tiempo a que se fuese; pero no tuve tiempo para verle saltar, ni cerrar la ventana. Desde que me vieron me agarraron: ¿¡Dónde está Bolívar?”. Les dije que en el Consejo, que fue lo primero que se me ocurrió; registraron la primera pieza con tenacidad, pasaron a la segunda y, viendo la ventana abierta, exclamaron: “-¡Huyó; se ha salvado¡” Yo les decía: “-No, señores, no ha huido; está en el Consejo. …Subí a ver los demás, cuando llegaron los generales Urdaneta, Herrán y otros a preguntar por el general, entonces les dije lo que había ocurrido; y lo más gracioso de todo era que me decían: “-¿Y a dónde se fue?”. Cosa que ni el mismo Libertador sabía a dónde iba… Por no ver curar a Ibarra me fui hasta la plaza, y allí encontré al Libertador a caballo, con Santander y Padilla, entre mucha tropa que daba vivas al Libertador. Cuando regresó a la casa me dijo: “-¡Tú eres la Libertadora del Libertador…!”. 

Después de la desaparición física del Libertador, Manuela fue exilada por sus enemigos y murió “desterrada y pobre, aunque muy altiva y digna, en el Puerto Peruano de Paita, a los cincuenta y nueva años, agobiada por la peste de difteria que asoló esa población en 1856”. 

Gloria eterna a la Libertadora del Libertador; y a través de ella a todas las mujeres luchadoras de nuestro continente; ¡de todos los tiempos!!. ¡Bolívar vive, Manuela vive !!. 

¡Patria Socialista o muerte!

¡¡Venceremos!! 

sentirbolivarianobarinas@gmail.com 



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Adán Chávez Frías


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