Colón: "El Mito"

Expresándose con propiedad no puede hablarse del “descubrimiento” de América, en singular, sino que hay que hablar de los “descubrimientos” de América, aunque el de Colón fuese el definitivo. Si no se acepta la tesis poligenista, hoy completamente desacreditada, que pretendía la pluralidad de orígenes de la especie humana, y si se niega del mismo modo el origen americano de la humanidad, tesis sostenida por algunos americanistas, pero que no ha resistido la más pequeña crítica, hay que deducir forzosamente que el primer descubrimiento de América tuvo lugar con la llegada de las primeras poblaciones al Nuevo Continente. Estos “descubridores” del Nuevo Mundo debieron arribar durante el cuarto Período Glaciar, es decir, hace unos quince o veinte mil años, y todos los historiadores, etnógrafos y antropólogos están de acuerdo en que su llegada debió de realizarse a través del entonces istmo de Bering o del actual arco de las Aleutianas, en aquel tiempo también puente continental. Pero hoy se admite la posibilidad de que otros descubridores llegaran por el Pacifico a las costas occidentales de América del Sur, contribuyendo así al poblamiento del Nuevo Mundo.

El segundo “descubrimiento” de América tuvo lugar a finales del siglo X, unos quinientos años antes de que Cristóbal Colón encaminara sus carabelas hacia las islas de las Antillas. Fue un vikingo, Erik Torvaldsson, llamado el Rojo, el primer europeo que avistaba una tierra americana, la costa sudoeste de Groenlandia, en el año 981. Erik estableció su residencia en la “Isla verde”, como la llamó quizá irónicamente o acaso para atraer colonos, con sus cuatro hijos y con sus compañeros de expedición.

La patria de Colón es uno de los puntos más discutidos, cuestión sin importancia, pero que ha dado lugar a polémicas apasionantes, y es que nada en la vida de Colón es incuestionable. La interrogativa acompaña siempre a los momentos más dramáticos del héroe y la novela de su existencia supera, con lo emocionante de la realidad, todo lo imaginado por el mejor novelista, y se encuentra a cada instante interrumpido por las encontradas opiniones de sus modernos narradores. No puede negarse que Colón no proclamó a los cuatro vientos su patria genovesa, y que su hijo Hernando, en la biografía de su padre, produce el embrollo aparentando ignorar el sitio preciso del nacimiento de su progenitor, aunque no se aparta de la tesis italiana citando varias ciudades. ¿Cuál era la causa? Ballesteros lo explica diciendo “que era natural y humano que disimulara con supuestos abolengos lo humilde de su cuna”. ¿Había de manifestar que aquellos hijos Diego y Hernando, pajes del príncipe don Juan, eran nietos de un pobre cardador de lana? Comprendemos la debilidad del encumbrado. De no ser ésta la causa, hay que sospechar que Colón trató de ocultar su raza, o la vida de su mocedad, o quizá sus andanzas con la piratería; algo que a él le pareció inconfesable.

Mal parado sale Colón de las interpretaciones de sus acciones y carácter reflejados en lo libros de Pereyra, Mariux André, Waserman y Madariaga. Le consideran egoísta, injusto, imprevisor, carente de ecuanimidad en la firmeza, razón de que sus justicias fueron por venganzas, sus ordenes gritos de cólera, es mezquino, tramposo, farsante, manipulador, desgobernó y echó la culpa a los demás, cobarde, ignorante y un alma turbia sólo movida por la pingüe ganancia.

Cristóbal Colón, a pesar de haber “descubierto” el Nuevo Mundo, fue un hombre sin suerte y sin simpatía; lo que no deja de tener justicia y fundamento. Aunque el Almirante fue el navegante europeo a quien oficialmente la historia señala como el primero en poner pie en esta parte del mundo, ello no es cierto, como tampoco lo es que haya sido su fe de visionario, la tozudez del genio y el poder persuasivo de su inteligencia los que lo llevaron a coronar sus planes con todo éxito.

Colón era excesivamente farsante, codicioso y manipulador -así lo demuestra hasta la saciedad la historia ignorada por la mayoría- como para que sus compañeros y coetáneos, al igual que muchos historiadores, rindan tributo a su memoria. En la historia, sin embargo, al igual que en los vacíos de poder que llenan los dictadores, hay que rellenar con mitos y falsedades ciertas circunstancias para darle color y coherencia al pasado. Pero ni América fue descubierta el 12 de octubre de 1492..., ni Cristóbal Colón fue el autor de esa epopeya.

El notable historiador Salvador de Madariaga en su biografía del Descubridor, como puede inferirse a continuación de este diálogo sucedido hace más de quinientos años entre un navegante español, llamado Alonso Sánchez de Huelva, y el mismísimo don Cristóbal Colón, futuro Almirante del Mar Océano: Os he mandado recado de que vengáis a charlar conmigo en este momento en que la vida me abandona para revelaros un secreto. He descubierto nuevas y vasta tierras, tal como lo sospechábamos, al poniente de las islas de Cabo Verde...

Es interesante aclarar, para mayor comprensión, que las Islas de Cabo Verde, (llamadas también las islas de los esclavos) de la que serán exportados la mayor parte de los esclavos que vendrán a Venezuela, están al sur de las Islas Canarias y a la misma altura de Puerto Rico y Santo Domingo. En ese sitio, las corrientes marítimas que desde las Islas Madeira bajan hacia el sur, lo hacen con mayor impetuosidad al llegar a la isla de los esclavos, lo que facilita la navegación de Europa hacia América. Esta ruta, desde el primer viaje de Colón hasta nuestros días, ha sido el gran camino oceánico, y particularmente en los tiempos de la navegación a vela, ya que a la fuerza de la corriente se añadían los vientos alisios soplando fuerte y continuamente hacia el Nuevo Mundo.

La intención de Alonso Sánchez no era en modo alguno navegar hacia América, sino hacia la India, la tierra de las Especies. Ya desde comienzos del siglo XV, tanto los portugueses como los españoles comenzaron a aventurarse más allá del Finis Terrae, como se designaba entonces a Portugal.

Desde que Saladino, en tiempos de las cruzadas, obstaculizó el camino hacia Oriente por la vía de las caravanas que iban por tierra hasta el Lejano Oriente, Europa intentó llegar hasta las tierras del gran Khan, donde había estado Marco Polo, por la vía marítima. Los navegantes seguían la costa de África hasta el Cabo Bojador o de la Buena Esperanza, donde otra fuerte corriente los llevaba, siempre bordeando la costa este del continente negro hasta Bombay y Ceilán, donde se proveían de sedas, clavo, canela, nuez moscada y todas las especies aromáticas que en la Europa de entonces valían tanto como el oro.

No estaba, pues, en el ánimo del navegante español ponerse por su cuenta a estar descubriendo mundos. Yo quería como otras veces navegar hasta la India; pero al intentar plegarme a la costa de Senegal, luego que salí de Cabo Verde, una furiosa tempestad, me alejó de la costa lanzándome hacia el Poniente... Por dos días fui abatido por el vendaval... Cuando retornó la calma y brillaba el sol, pude percatarme de que me hallaba a muchas leguas de Cabo Verde... Las aguas corrían impetuosas, como si fuesen un río desbocado... el viento soplaba fuerte y constante hacia el Oeste... Decidí encomendarme a nuestra Señora de la Soledad y dejarme llevar por los vientos y las corrientes marítimas... Cuando ya escaseaban los alimentos y el agua, se produjo el milagro. Me encontré de pronto frente a una tierra maravillosa, con altas montañas, alimentos en abundancia y gente de lindas facciones, al igual que los canarios, que me proveyeron de sustento y agua para el viaje de retorno...

La tierra con la que se topó Alonso Sánchez de Huelva se llamaba Quisquella o actual Republica Dominicana. El viaje de retorno ha debido hacerlo llevado por la corriente del Golfo, que como se sabe parte igualmente rauda desde la costa oriental de América hasta la misma Península Ibérica.

Partí de Huelva el 14 de mayo de 1481 y acabo de retornar con estas fiebres que pronto habrán de conducirme al sepulcro. Como hemos sido amigos desde los tiempos de Puerto Santo... en las Islas Madeira, descubiertas y pobladas por los portugueses desde el año de 1432, y antesala del desconocido mar Proceloso, fue lugar de residencia de Cristóbal Colón, quien luego de haber sido navegante y también corsario, casó con una fea mujer llamada Felipa Moniz, que compensaba su falta de encantos con el hecho de ser su hermano Gobernador de Madeira. So pretexto de estar navegando, le hacía pocos servicios a la Felipa, de quien tuvo su primer hijo: don Diego, el mismo que vemos en los cuadros, prendido de la mano de su padre, llegando al Convento de La Rábida.

Colón, en uno de esos tantos viajes, llegó hasta Islandia o el mitológico País de Thule, y navegó tanto hacia el Oeste, como el mismo refiere, que tuvo que tropezar con Groenlandia, tierra muy frecuentada por los marinos vikingos contemporáneos de Colón. De modo que el Almirante sabía a ciencia cierta y por obra de múltiples casualidades -que nunca expuso a la luz pública, como lo han hecho siempre los grandes hombres-, lo que el azar o su inteligencia le reveló sobre los secretos del mundo.

Refiere luego Colón que en uno de esos viajes rescataron a unos náufragos chinos, que no podían ser tales, sino lapones o fineses, que como es sabido tienen rasgos similares a los orientales. Y seguramente el descubridor se habrá dicho: Si éstos son chinos, Catay, Cipango o China debe estar a la vuelta de la esquina.

Colón, aunque era buen navegante, era un hombre de muy escasa instrucción y de una fantasía desbocada, donde entremezclaba la cosmografía científica de la época con los más descabellados mitos y profecías de la antigüedad. De ahí la poca atención que le prestaban los sabios de la época, que estaban perfectamente enterados de la esfericidad de la Tierra y de poder llegar a China navegando hacia el Oeste. Lo que objetaban a aquella travesía –y aquí está el pecado de Colón al silenciar sus hallazgos y en particular la revelación de Sánchez de Huelva- es que se pudiera llegar hasta China por esa vía sin agotar los víveres y el agua. De haber sabido, aquellos, la existencia de islas y tierras intermedias -como lo sabía a ciencia cierta Colón-, no se habrían opuesto a su proyecto sino que le hubiesen prestado toda la ayuda técnica necesaria.

Pero Colón, codicioso como siempre lo fue, temeroso de que le quitasen las glorias y recompensas materiales de su descubrimiento a las que atiende en sus capitulaciones como un auténtico mercader, prefirió la vía tortuosa como fue valerse del carácter místico de Isabel La Católica, tan ayuna en conocimientos científicos como él, para que se metiera en una empresa que ya la anunciaban exitosamente las Escrituras.

Nos cuenta el Inca Garcilaso de la Vega que recoge la leyenda. Los detalles los conoce por su padre, quien los oyó a los compañeros de Colón. Alonso Sánchez de Huelva, el verdadero descubridor de América, entregó planos y observaciones a Colón, lo que explica cómo el “Descubridor” desde el primer momento coje el camino exacto y se viene derechito al Nuevo Mundo. Seguramente el desconocido navegante, al regalarle al “Descubridor” tan importante secreto, le haya exigido alguna mención en la historia, o una dádiva para sus descendientes, si es que los tuvo, por tan generoso obsequio. Colón nada dice ni menciona de Alonso Sánchez de Huelva, como también calla la historia oficial.

Pero la voz del pueblo no se puede silenciar. ¿Qué dirían, qué comentarían los compañeros de aquel desconocido navegante que en 1481 llegaron a Santo Domingo, regresaron a España y vieron coronarse de gloria once años más tarde al hombre que alguna vez se dijo amigo de su patrono? En ese mismo año de 1481, Colón huye prácticamente de Portugal con su hijo Diego y con sus secretos.

Colón, como es viejo y sabido, arrebata a un pobre marino, también andaluz, llamado Rodrigo de Triana, los 10.000 maravedises que la reina acordó como premio para el primero que avistase tierra. Rodrigo de Triana, perseguido por Colón, se vio obligado a refugiarse en Tánger e hizo guerra a los españoles, y nunca más se supo de su suerte.

Como se traduce de esta anécdota, el primer acto de abuso de poder y de birlar al fisco en América aconteció aquella madrugada del 12 de octubre de 1492. Es decir, en el mismísimo momento del “descubrimiento”. Por lo tanto Colón, es el padre de todos estos ladrones adecos y copeyanos, que nos saquearon y pululan en nuestra Venezuela.

Colón es mezquino, tramposo y pantallero. Quizá por eso la historia le juega la mala pasada de bautizar con el nombre de Américo Vespucio las tierras que muchos se quejan de que no llevan su nombre. Quizá por eso y a pesar de la proeza de su descubrimiento, que lo coloca en la galería de los grandes hombres, la figura de Colón no emociona, no entusiasma, no arrebata.

Todos conocemos el célebre cuadro “Venus saliendo de las aguas” del pintor Sandro Botticelli ¿Saben quien es esa púdica doncella? Pues nada menos que Simonetta Vespucio. A causa de ella, o por su intermedio, el Nuevo Mundo se llama América y no Colombia, como le correspondería debido a Colón. Simonetta era hermana de Américo Vespucio, que sin proponérselo le robó el nombre del Almirante para bautizar al mundo recién descubierto. Como hizo para despojar a Colón en beneficio de su hermano. Muy fácil: La bella Simonetta era la amiga preferida del poderoso Príncipe florentino Lorenzo el Magnifico, protector de las artes y de las ciencias. Es a él a quien Vespucio le escribe hacia 1501 hablándole del Nuevo Mundo, y no de la China, como lo creía Colón. Por mucho tiempo duró el lío este de si esta parte del mundo era realmente lo que era, o las tierras del Gran Khan como lo creía el Almirante. Mientras se aclaraba la cosa, los cosmógrafos de Lorenzo el Magnifico comenzaron a llamar tierras de Américo o América a las que Colón había descubierto y Vespucio navegado. De esta Manera a nosotros nos llaman americanos en vez de colombianos. Américo Vespucio como cartógrafo hizo algunos mapas de las nuevas tierras descubiertas y de manos de sus amigos de Florencia pasaron a las restantes naciones de Europa. Este fue el origen y la causa de que Martín Wadseemüller diera el nombre de América en 1507 a las tierras que figuraban en los mapas hechos por Vespucio.

Cristóbal Colón a los 58 años murió en Valladolid, pobre y abandonado, de sus restos nunca se supo.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!


manueltaibo@cantv.net


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Manuel Taibo


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