Bush y sus consejos antialcoholismo como "borracho seco"

Baltimore, Maryland, EE.UU.: El presidente norteamericano George W. Bush dijo que se apoyó en su fe para darle un vuelco completo a su vida y superar la "adicción al alcohol" y subrayó que se trata de "algo difícil de superar ", informa Pablo Martínez Monsiváis, de la Prensa Asociada, en la edición del martes último del Nuevo Herald, originado en la ciudad de Miami.

No precisa si el mandatario, célebre por sus patinazos verbales y más por su empecinada ejecutoria bélica, que ha costado cientos de miles de muertos inocentes, mostró alguna prueba tangible de haberse curado.

Psiquiatras especializados afirman que un alcohólico no se cura, lo sigue siendo por toda la vida, y el mérito radicaría en tener la voluntad suficiente como para rechazar los envites a libar. ¿Lo hará realmente el señor W. Bush?

Escribe Martínez Monsiváis que el usufructuario oneroso de la Casa Blanca —en trámites de recogida de bártulos—, pronunció un discurso antialcoholismo en un centro de ayuda a ex prisioneros, sin precisar la condición real de esas personas ni las causas de su cautiverio.

"Tal y como podrán recordar, yo bebí mucho en una época de mi vida", dijo Bush. ¿Por qué la audiencia tendría que recordar la adición alcohólica del Presidente de EE.UU.? ¿Acaso él está convencido de cuánto ha trascendido su vicio que, según afirma, desechó hace 21 años?

"Yo entiendo los programas basados en la fe. Entiendo que algunas veces uno puede hallar la inspiración de un poder mayor para resolver un problema de adicción", destacó W.

¿Podría la fe (¿La fe en qué?) curarlo de su afán guerrerista? Sospecho que las invocaciones a la fe por parte de un Presidente que ignora sistemáticamente el llamamiento de millones de madres para terminar la guerra contra Iraq y Afganistán, podrían ser consecuencia de lo que numerosos especialistas llaman la resaca del "borracho seco".

Según personas bien documentadas, "borracho seco" es un alcohólico que se abstiene pero está expuesto siempre a empinar el codo y, como en el caso de Bush, puede sumirse en el delirio imaginativo de que está curado para auto complacerse con supuesta fuerza de voluntad onírica.

¿Cómo puede Bush quedar extasiado ante la contemplación de los ataúdes (unos cuatro mil, donde yacen "heroicos soldados" mandados a la guerra innoble), decorados con la bandera de las barras y las estrellas, sabiéndose artífice de tanta proeza sepultada?

Nos relata el reportero de AP que recientemente el actual ocupante de la Oficina Oval comenzó a hablar con más franqueza de su pasado alcohólico. Y puntualiza:

"El mes anterior el Presidente exhortó a unos adolescentes en proceso de recuperación a que continuaran en su lucha contra las drogas, y dio como ejemplo su propia adicción. Indicó ahí que "la adicción compite por los afectos de una persona... uno se enamora del alcohol".

¿Será que al aproximarse al final de su mandato, — obviamente el ocaso político de su destino—, le ha despertado a Bush alguna rara sensibilidad por el devenir de su alma religiosa? ¿Temerá que le pasen cuentas en el más allá?

¿O simplemente está tratando de caer bien al final del camino para intentar que los odios acumulados se suavicen bajo el manto evangélico del perdón al pecador confeso?

W. Bush, de 61 años, afirma que decidió dejar el alcohol tras una noche de fiesta y tragos cuando celebró su cumpleaños 40. A partir de entonces el ranchero tejano inició un proceso personal que lo llevó a ser gobernador de Texas en dos ocasiones y después a ascender a la presidencia, ayudado -muy ayudado- por sus amigos terroristas de la mafia anticubana de Miami.

En los expedientes de esos socios floridanos figuran numerosas historias de alcoholismo. La mayoría de ellos sigue perteneciendo a la muchedumbre de "borrachos mojados". Otros no han tenido la delicadeza de informar si, como W. Bush, se pasaron públicamente al club de los "borrachos secos", donde el cinismo parece ser uno de los principales atributos.


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Roberto Pérez Betancour / AIN


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