El agonizante derecho internacional

Según los versados en estas cuestiones, el derecho internacional público es la rama del derecho público exterior que estudia y regula el comportamiento de los Estados y otros sujetos internacionales en sus competencias propias y relaciones mutuas, sobre la base de ciertos valores comunes para garantizar la paz y cooperación internacional mediante normas nacidas de fuentes internacionales específicas. O más brevemente, es el ordenamiento jurídico de la comunidad internacional. El desarrollo derecho internacional y el respeto por el mismo han sido elementos claves del trabajo de la Organización de la Naciones Unidas y para esto cuenta con cortes, tribunales, tratados multilaterales, así como también el Consejo de Seguridad que les corresponde aprobar misiones para el mantenimiento de la paz, imponer sanciones, si fuese necesario, autorizar el uso de la fuerza cuando exista una amenaza contra la paz y la seguridad internacional.

Evidentemente, se podría cuestionar o no parte de lo expuesto, dado que todo este mamotreto jurídico fue creado por los grandes imperios para su propio beneficio, a pesar de todo, es lo que hay para dirimir conflictos de índole internacional. En detrimento a lo expuesto, es público y notorio que los gobiernos de los países más poderosos, desde el punto de vista económico y bélico, a la hora de irrumpir contra otro país, se limpian la boca con toda esta perorata jurídica, simplemente para apoderarse de los recursos naturales de otras naciones. Para esto basta crear unos falsos positivos y con la ayuda de una prensa comprometida, con los fake news arman un caso artificial para justificar la aplicación de sanciones, boicots económicos hasta invasiones militares contra otras naciones con las consecuencias que tales injusticias conllevan.

Durante los siglos XIX y XX numerosos países, tanto americanos, asiáticos como africanos, lucharon denodadamente contra las cruentas monarquías que explotaban inhumanamente sus habitantes en las llamadas colonias o protectorados. Era el afán de independencia, el clamor de aquellos pueblos que no se resignaban al oprobio de una esclavitud impuesta por la fuerza, consecuencia de la ambición de otros Estados ávidos de la posesión de sus dominios ricos. De aquellas vetustas monarquías subsisten todavía doce, por ejemplo Bélgica, Dinamarca, Luxemburgo, España, Suecia, entre algunas. Podría ser que, como consecuencia de los desastres causados por los nobles de aquellos reinos, los países afectados pudieran solicitar ante la ONU la eliminación de estas formas de gobierno. Evidentemente, tal solicitud no prosperaría dado que esta es la forma de gobierno que sus habitantes aceptan y no admiten la injerencia de otros países para cambiar sus monarquías por repúblicas. En el caso de que los solicitantes procedieran de forma violencia para transformar las monarquías en repúblicas, de seguro que aquellas apelarían al derecho internacional público y a la ONU, en la búsqueda de la paz entre los pueblos.

Durante el siglo XX y XXI varios países africanos, centro y suramericanos decidieron darse la forma de gobierno que a estos les convenía, entre los que debo nombrar a Irak, Libia, Siria, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bolivia y otros. Naciones con su propia forma de gobierno, democracias participativas y protagónicas diferentes a las concebidas por los gobiernos capitalistas, cuyo único interés es administrar las riquezas generadas en las entrañas de sus suelos, sus bosques, ríos y mares para mejorar la calidad de vida de sus nacionales. Pero pareciera que las grandes potencias económicas globalizadas y las vetustas monarquías tienen su singular derecho internacional y no permiten que otros países elijan el gobierno que sus habitantes forjen. Cuando esto sucede, una maraña de falsedades surge de la mente de políticos, empresarios y militares para evitar la elección o derrocar un presidente mediante un golpe de estado, todo esto propiciado por los países ricos. En este caso, aquellos injerencistas se limpian la boca con el derecho internacional.

Quienes han seguido el caso venezolano, o quienes han vivido y quienes vivimos en este país, es público y notorio el asedio que por durante más de veinte años hemos sido víctimas, afectando de una manera u otra la calidad de vida de quienes vivimos, trabajan, estudian, disfrutan y tienen presencia en esta tierra. Este asedio afectan los más elementales derechos humanos, que van desde el derecho a darse el gobierno que nosotros deseamos, hasta el derecho a la vida.

Indudablemente, durante el gobierno del presidente MM este asedio se ha visto magnificado, a tal grado que agentes externos, de manera descarda, intervienen en los asuntos públicos, económicos, sociales y políticos de nuestro país. El gobierno de EEUU en alianza con sus lacayos europeos aplican sanciones todo de tipo económicas, bloquean nuestras cuentas bancarias, violan nuestras embajadas contraviniendo el Convenio de Viena (1963), se roban los activos colocados en sus países, sin intervención de ninguna corte, ni tribunales, ni tratados multilaterales, ni tampoco la mediación del Consejo de Seguridad, únicos organismos a los que les corresponde imponer sanciones y en el peor de los casos, autorizar el uso de la fuerza cuando exista una "amenaza contra la paz y la seguridad internacional", así mismo, aprobar misiones para el mantenimiento de la paz.

El descaro de EEUU y algo menos de cincuenta países, de un total de 194 representados en la ONU, decidieron reconocer un gobierno de un ciudadano que se autoproclamó en una plaza pública, alejado de cualquier procedimiento democrático, como es las elecciones presidenciales por la vía del voto. Inventaron un líder marioneta que sirve a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales que, en caso de que les funcione su tramoya, se apoderarán de las riquezas de nuestro país. Único objetivo de estos piratas internacionales. Pero lamentablemente, el elegido, el títere sin cerebro, Juan Guaidó, les salió con defectos de fábrica y le resultó el presidente autoproclamado con muchas gafuras acumuladas, que dan muestra de su poca capacidad para representar el papel que le fue asignado por las potencias.

Ciertamente, a JG no le bastó con mostrar el trasero, su participación en las guarimbas como terrorista, su presidencia en una AN en desacato, su solicitud para que apliquen sanciones económicas, su robo a los activos de Venezuela en complicidad con los gobernantes de EEUU y la UE, su pregón para pedir la intervención militar, su alianza con los paramilitares criminales (Uribe, ente algunos) la súplica a tropas extranjeras para invadir a Venezuela, su intento de ingresar armas a Venezuela por la frontera en una manipulada ayuda humanitaria, entre tantas de sus gafuras que fracasaron notablemente.

Aunado a los anterior el mequetrefe de JG, a pesar de ser presidente autoproclamado intentó un golpe de estado en su "operación libertad", transgrediendo cínicamente la constitución, donde su único logro fue sacar de su casa al criminal Leopoldo López, donde disfrutaba de la casa por cárcel, para cambiarla por una embajada por cárcel. Otra gafura más de un ser galardonado como uno de los "cien hombres con más estupideces acumuladas en el planeta". No me joda, veinte años y no aprenden. Este golpe de estado, además de lo anterior, sirvió para que salieran del closet nuevos traidores escondidos tras el uniforme de la FANB. A pesar de tantas estupideces atesoradas, la comunidad internacional (EEUU y cincuentas países lacayos) apoyan el intento del golpe de estado de su protegido, violando de manera descarada el derecho internacional público que se muere paulatinamente ante la mirada inconmovible de los organismos internacionales.

No cabe duda la traición existe porque existe la familia y los amigos. La historia nos colma de felonías y felones que escondidos detrás de la cortina familiar y de la amistada actúan contra grandes hombres, algunos por beneficios económicos, otros por logros políticos y otros, simplemente por envidia. De perfidias conoció mucho Simón de la Trinidad y quizás por esto escribió en una carta a José M. Arboleda (1828): "El título de amigo vale por un himno y por todos los dictados que puede dar la tierra". Lee que algo queda.



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Enoc Sánchez


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