Socialismo e inteligencia artificial

Este artículo responde a un sueño, en el sentido de John Lennon. Por favor, léanlo con paciencia.

Una idea central del pensamiento de Marx es que el capitalismo llevaría al máximo el desarrollo de las fuerzas de productivas, con lo cual se darían los requisitos mínimos materiales necesarios para llegar a realizar, en la distribución, la consigna de dar a cada quien según sus necesidades, tomando de cada quien según sus potencialidades. Lo que se interponía entre esa producción al máximo, gracias al avance científico tecnológico, la industrialización y la mecanización, y esa distribución, más que justa, equitativa y necesaria en el comunismo, eran las relaciones sociales capitalistas, es decir, la división de la sociedad en una clase explotadora y otra, explotada. De modo que, desde los clásicos del marxismo, la posibilidad real de una nueva sociedad, descansaba en el desarrollo económico basado en la ciencia y la técnica, impulsada por el capitalismo. Parece paradójico, pero es dialéctico: los contrarios terminan identificándose.

Desde esta formulación muy general, hecha a mediados del siglo XIX, hasta nuestros días, se interpone casi todo un siglo (“el siglo soviético” lo llamó Hobsbawn) durante el cual la teoría marxista se ramificó, cambió, se revisó de acuerdo a las conveniencias políticas de las coyunturas y los períodos, y terminó fragmentándose en cientos de pequeñas sectas. Frente a una estabilización y un crecimiento a largo plazo del sistema, con el consecuente mejoramiento relativo de la situación del proletariado, la presunta clase revolucionaria en los países industrializados, surgió un “revisionismo” que concluyó que el socialismo consistía en el logro de reformas sucesivas y cada vez más profundas, impulsadas por un partido de bases obreras, que conservó la denominación original de “socialdemócrata”. El “marxismo soviético”, analizado brillantemente por Herbert Marcuse, trató de adaptarse a las nuevas circunstancias, que refutaban rotundamente las previsiones de que la revolución socialista debía darse en los países más avanzados, e hizo otra “revisión” de la teoría, por la cual se explicaba que el socialismo, más que sucesor y heredero (de las fuerzas productivas) del capitalismo, se había convertido en un sistema que coexistía y competía con él, en uno o varios países, en la periferia de países “atrasados” donde, más que los obreros, serían los campesinos y la pequeña burguesía nacionalista, la que se rebelarían contra el imperialismo y el colonialismo del capitalismo mundial, conducidos por un Partido, altamente disciplinado, que sustituiría a la clase en conciencia y claridad estratégica.

Por supuesto, que el marxismo-leninismo (el núcleo del “marxismo soviético”) se ramificó también en una gran variedad de “revisiones” a la izquierda y a la derecha, desde las locuras genocidas de Pol Pot, los arranques ultrarradicales de Mao contra la cultura y hasta del sentido común que no consentía en los criminales delirios del culto a la personalidad, hasta la autogestión de Tito, el sistema del Gulag semiesclavista del Stalin de los años más sangrientos (entre los treinta y los cincuenta) y la Doctrina de la “soberanía limitada” que aplicó Brezhnev para invadir a Checoslovaquia. No pocas ruedas de carreta tuvieron que tragarse los comunistas sinceros de todo el mundo, como hostias húmedas, para aceptar, por ejemplo, el paso de la línea ultraizquierdista del 1928, durante la cual la socialdemocracia se consideró peor que el fascismo, para llegar al acuerdo Molotov-Ribbentrop, entre la URSS y la Alemania nazi, y luego, “sorpresivamente”, pasar a la Gran Alianza con los Estados Unidos e Inglaterra, para detener al demente asesino del Tercer Reich. Luego de lo peor de la “guerra Fría” (la crisis de los misiles en Cuba en 1960), vino la coexistencia pacífica, que despertó la ira del Gran Timonel, Mao Tse Tung, quien caracterizó a sus anteriores camaradas soviéticos de “revisionistas” y “socialimperialistas”, solo para, poco después, entrevistarse con Nixon y hasta apoyar a Pinochet en Chile, para detener el “expansionismo soviético”. Todo por el llamado ”marxismo-leninismo” que, ya a esas alturas, no servía para distinguir casi nada, porque cada tirano rojo tenía el suyo, para sus usos e intereses particulares.

Y todo terminó derrumbándose en la URSS, precisamente cuando se trataba de ser “transparentes” y reestructurarlo todo en un sentido democrático, como soñó Gorbachov y Ludovido Silva. Mientras que en Rusia se pasaba del comunismo de la burocracia enquistada al capitalismo de maffias, en China, Vietnam y otros países “socialistas”, también se retomó el camino capitalista, cuyas armas no estaban tan oxidadas como suponía el Che, para lograr el crecimiento económico y la industrialización de acuerdo a las nuevas exigencias tecnológicas. Se había perdido todo un siglo. Ahora, había que poner a los gatos a cazar ratones, como diría Deng, es decir: poner a los empresarios a invertir e impulsar un crecimiento bestial, en medio de un mercado globalizado construido con los postulados del neoliberalismo triunfante. Resultó que el alemán no estaba tan descaminado. El capitalismo y su impulso extraordinario de las fuerzas productivas, volvieron a considerarse el requisito material necesario para aspirar a una nueva sociedad. Un siglo demostró que no había atajos. Mucho menos aniquilando a los profesionales, científicos y técnicos formados en las universidades “burguesas” (Revolución Cultural china, Pol Pot en Camboya); mucho menos persiguiendo el pensamiento crítico e innovador (Stalin). Aunque esta última enseñanza todavía cuesta entenderla.

Pero, al parecer, la ironía es la constante de la historia. Una tecnología, fruto legítimo de la competencia capitalista, está dando una nueva posibilidad de que sea posible, no solo altos niveles de productividad, sino una forma altamente equitativa de distribución, mediante una gestión racional y planificada. Recordemos que, desde la década de los cuarenta del siglo XX, viene una crítica demoledora a la propuesta marx-engelsiana de una sociedad con una economía planificada que pudiera mantener el ritmo de innovación y crecimiento de la productividad que había logrado el mercado capitalista, con todo y sus crisis cíclicas, simples “gajes del oficio” del sistema. Decía Karl Popper: es imposible manejar o coordinar esa masa imponente de información de la miríada de operaciones de intercambio e iniciativas que se producen en el espacio del mercado. Hoy, la Inteligencia Artificial y el Big Data puede hacer posible el manejo inteligente, racional, planificado, de toda esa información.

Hoy en día esa posibilidad de procesar millones de datos con fines económicos, perfilando a los consumidores en particular, influyendo además en casi todas las actividades sociales, desde la educación, hasta la agricultura y la industria robotizada, pasando por la gerencia y la medicina y los cuidados humanos, es real e inmediata con la Inteligencia Artificial. Claro, dos siglos de ciencia ficción nos han creado las aprensiones hacia esa capacidad de las máquinas de aprender, razonar, calcular y hasta tomar decisiones cruciales, con la ventaja de la rapidez y la disposición de un cúmulo de información que ningún equipo de seres humanos es capaz de procesar. Como señala Fred Jameson, para la imaginación anticipatoria (se refiere a la ciencia-ficción) es más fácil imaginar distopías que utopías, por la amarga enseñanza de todos estos siglos de humana existencia y el talante crítico del género literario. Pero ¿por qué no imaginar la posibilidad de llegar a una economía planificada, capaz de procesar billones de datos, de manera inteligente, con el fin de aumentar, no solo la productividad, sino la racionalidad y la equidad de la distribución?

No soy el primero que ha pensado esto. A finales del siglo XX, un grupo de ensayistas lo propusieron y hasta lanzaron la idea de un “socialismo del siglo XXI” basado en las posibilidades de las computadoras y el INTERNET. El pensamiento dialéctico parte de que la posibilidad de la superación de cada etapa de la historia, se encuentra en el interior de cada una de ellas. Es en el mismo capitalismo donde está la posibilidad de su propia negación y superación. Marx y Engels lo identificaron con el proletariado, como principal fuerza productiva. El siglo XX mostró que por ahí no era la cosa. Tampoco por el lado de los pueblos colonizados que lograron, eso sí, en parte su autodeterminación respecto a los imperialismos; pero reprodujeron despotismos nacionalistas a la postre.

“Hay que soñar” decía Lenin. Hoy la principal fuerza productiva es el conocimiento y el procesamiento de información. Algunos teóricos hablan de un “capitalismo de vigilancia” que aprovecha la Big Data con fines comerciales, d acumulación de capital y de dominación. Los chinos del PCCh usan hoy la IA para controlar cada movimiento de su población en función de un “crédito social” ganado por su buen “comportamiento ciudadano”. Soñemos algo más. Tal vez, al final, el sabio de Tréveris tenía razón.



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Jesús Puerta


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