Demasiada metáfora, Soledad

Cuando vi a Soledad Bravo en la rueda de prensa de los “estudiantes contestatarios” de las universidades privadas y la UCV, me pregunté si cantaría La Canción del Elegido, del cantautor cubano Silvio Rodríguez, en la asamblea “multitudinaria” para la que convocaban en el estadio de béisbol de la UCV. No tuve que esperar mucho por la respuesta, que llegó al día siguiente. Y tampoco esperaron los recuerdos.

La primera vez que escuché esa canción, en los años 70, los sonidos salían de un disco de acetato, y la carátula tenía una gran foto de Soledad, en blanco y negro. Pero no todas las canciones de ese disco eran tan metafóricas como La Canción del Elegido. Había otras con unas letras más directas. Como aquella llamada Chamamé a Cuba, la quinta del Lado B (recordemos que aquellos discos tenían dos lados), que termina con un tajante: “que mueran los yanquis, que viva Fidel”. O aquella, “pobre del cantor de nuestros días, que no arriesgue su cuerda por no arriesgar su vida”, la tercera del Lado A. O aquella, “la era está pariendo un corazón, no puede más se muere de dolor y hay que acudir corriendo pues se cae el provenir”, que se podía escuchar en el tercer surco del Lado B. Canciones de la Nueva Trova Cubana, se llamaba el Long Play o LP, para quienes esto lean y sean de High School Music para acá.

Luego, cuando me convertí en estudiante universitaria, y emigré del terruño para Caracas en la década del 80, ya Soledad tenía las coyunturas hechas, como diría un pana. Es decir, cuando tuve la oportunidad de disfrutar de su virtuosismo vocal en un concierto, ya había grabado 14 elepés. La música venezolana siempre ha estado en su repertorio. Difícil no emocionarse con: “Yo no sé que tengo yo, corazón, que tengo el pecho maluco, será porque me comí, corazón, las alas de un pataruco”. O con las notas de los “Cantos de Pilón” y del “Pajarillo Verde”.

Lo cierto es que a Soledad nadie le quita lo bailao. O más bien lo interpretao. Y digamos que La Canción del Elegido forma parte de su repertorio. Y ella le puede dedicar una canción a quien quiera, pero dedicársela a Nixon Moreno, sin que se le agüe el ojo, sin ni siquiera darle beneficio de la duda a una mujer policía que lo acusa de intento de violación, es como demasiado. Demasiada metáfora, Soledad, para un indiciado.

*Periodista

mechacin@cantv.net


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Mercedes Chacin


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