¡Pobre Ecuador! Tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos

Re-fraseamos la locución del célebre presidente mexicano Porfirio Díaz ya que todo parece indicar que el pueblo llano de Ecuador se aproxima peligrosamente hacia un nuevo precipicio: el de optar por un neoliberalismo, ahora super salvaje, presidido por el banquero pro estadounidense Guillermo Lasso.

¿Cómo es posible esto tras una década de revolución ciudadana?

¿Cómo es posible que las mayorías, víctimas sistemáticas del colonialismo, el racismo, el capitalismo salvaje, el imperialismo y el aún fresco feriado bancario elijan de nuevo y tan seguido a sus victimarios históricos?

¿Estaremos en presencia de un Síndrome de Estocolmo colectivo ecuatoriano?

De ser cierto ¿tal sintomatología masoquista colectiva tiene posibilidad de contagiar y tomar por asalto a toda la región o buena parte de ella, tal como repite la letanía del discurso de derecha?

Si bien he tanteado una formidable consciencia política en muchos ecuatorianos, también es verdad que el pensamiento de derechas y un cierto imaginario modernizador burgués ha colonizado a una parte muy importante de las mentes y corazones de las mayorías en nuestro hermano país.

¿Cómo ha logrado la derecha global y sus pajes internos tal objetivo? A diferencia de Venezuela, Ecuador todavía vive una situación de relativa estabilidad y prosperidad. Pero…

En ajedrez existe un muy útil axioma: sólo se puede atacar efectivamente a un adversario en su punto débil. La estrategia se orienta así a crear puntos débiles en el adversario o a esperar a que él mismo se los cree antes de lanzar un ataque demoledor.

Mi tesis es que el discurso de Lasso —y en general del pensamiento dominante— ha cabalgado en el adelgazamiento de la praxis y la atenuación del discurso progresista, nacionalista y revolucionario encarnado brillantemente por Correa, Alianza País y los movimientos sociales que lo respaldan.

En los tres últimos lustros las mayorías expropiadas por el Capital en buena parte de América Latina han respondido con una madurez política y una boniteza ética dignas de aplauso. Al menos en Venezuela, Bolivia, Cuba, Argentina, Brasil, Honduras, Ecuador, Nicaragua, Colombia, Uruguay, Republica Dominicana y Haití diversos movimientos han construido un multi-verso de alternativas de resistencia al pensamiento dominante reproductor de la política dominante. Todo esto de cara a una burocracia que pertinazmente se ha convertido en principal refractario de la agenda popular revolucionaria, superando con creces el papel de la oposición.

En algunos de estos contextos la acumulación de fuerzas históricas de distintos movimientos y partidos ha alcanzado el poder del Estado, vía elecciones. Pero ello no es acaso lo más importante. Lo realmente cardinal es el acumulado de experiencias y consciencias rebeldes dispuestas a librar efectivamente las nuevas, desafiantes y duras batallas que nos esperan.

Una importante victoria del pensamiento dominante ha sido convidar y convencer a importantes sectores de la vanguardia política de distintos países que la vía hacia la soberanía y el desarrollo pasa por desmarcarse de los ensayos de emancipación más atrevidos. Naturalmente, siempre están los sigilosamente cooptados mediante becas y premios, propinas y aguinaldos, pero ello no es lo vertebral.

Desde el 2002 los medios y voceros estadounidenses llamaban a reconocer explícitamente la oleada de movimientos de resistencia a la supremacía de EE.UU. y Occidente sobre la región; y emplazaban a distinguir entre dos bloques: el bloque rojo (socialista/ comunista) y el bloque rosado (progresista/ nacionalista). La política inteligente a seguir, recomendaban estos voceros, debía ser aislar a los descocados radicales mientras se toleraba y reencauzaba a los nacionalistas y modernizadores moderados.

El fracaso diplomático y militar de EE.UU. en el Medio Oriente y Asia ha resultado, de hecho, en una nueva y muy activa agenda del Pentágono hacia (es decir contra) América Latina. Derrotar esta agenda no será una victoria de América Latina sino del mundo Sur en su conjunto. Pero está claro que cada patriota, cada cuadro, cada movimiento social, cada partido revolucionario, cada país y cada región tiene su papel especifico a jugar en esta enmarañada y necesariamente creativa lucha.

De poco sirve cantar triunfo, tras alcanzar una victoria pírrica en la primera vuelta en Ecuador, cuando el resto de los candidatos de derecha sumados alcanzaron más del doble de los votos logrados por Alianza País. La democracia burguesa demuestra su eficacia en la definición de los campos a partir de los cuales la supremacía ideológica (medios de incomunicación, propaganda y alienación masivos) tienen, al final, la última palabra.

¿Por qué la mayoría de los ecuatorianos vota hoy candidatos de la derecha y ultra derecha? Un amigo ecuatoriano me decía a este respecto que sus paisanos son esencialmente ladinos y conservadores. Otro me decía que los ecuatorianos son mayoritariamente emprendedores y que tal pulsión fabril estaba más directamente asociada con el discurso empresarialista burgués que con cierta praxis revolucionaria, esencialmente sindicada al estatismo, el burocratismo, el clientelismo partidista y la ilegal socialización de lo ajeno. Ambos concluían que lo que necesitaba Ecuador en esta coyuntura de relativa estabilización social y económica era un presidente negociador y con capacidad para dialogar sosegadamente con todos los sectores y todos los países, incluyendo los Estados Unidos y la UE.

Naturalmente, tal premisa (discurso) concluye en una política y en un modo de hacer la política. No estoy diciendo que frente al recrudecimiento de la ofensiva estadounidense por recobrar la hegemonía en la región no haya que manejar el libreto diplomático. A lo que quiero llegar es más bien, a que un discurso construido sobre la hipótesis de un clima dialogante es antitético a la praxis confrontacional que ha logrado los avances revolucionarios de las clases trabajadoras y excluidas en América Latina y el mundo.

Si bien el pueblo llano no ha leído a Marx, Engels o Trotski, sabe por intuición histórica que la lucha es entre clases y que esta lucha es literalmente a muerte. En América del Sur la independencia de España comenzó a avanzar sólo tras el decreto de guerra a muerte emanado por Simón Bolívar contra los españoles y canarios que no se pusieran en favor de las mayorías esclavizadas.

Décadas más tarde, Marx, Rosa Luxemburgo o el Che Guevara lo dijeron todavía más claro. La lucha entre clases no tiene opción distinta que la de vencer o morir. La opción de dialogar con el enemigo a muerte solo puede darse pues tras la definitiva capitulación del enemigo de clase.

El modo de enunciación confrontacional (cristiano, decolonial, antimperialista, anti capitalista, antineoliberal) no es así indisociable del modo de hacer una política efectivamente progresista y más aún, revolucionaria/ socialista. Pensar que a estas alturas de la experiencia y la construcción de conciencia colectiva nacional y regional, la clase trabajadora y excluida va a tenerle miedo al discurso de clase en sí y para sí, claramente pro socialista parece una seria equivocación.

Frente a la praxis (teoría y práctica) revolucionaria, la derecha global e intestina que hace vida en cada país —y también cierta supuesta ultraizquierda— está blandiendo un descafeinado discurso humanista de dejo multicultural. Frente a este fraude ideológico el discurso revolucionario no debe ser disimular la raigambre socialista cuanto que remozarla, redelinearla y rearmarla con base en la cultura particular de cada pueblo.

El discurso costeño de corte radical/ confrontacional estilado por Correa creemos explica en parte la conexión con unas bases que lo llevaron a la primera magistratura dos veces en la primera vuelta.

Sin duda el discurso revolucionario es indisociable de la naturaleza, profundidad y eficacia de las políticas efectivamente adelantadas por cada ensayo de gobierno popular. Pero el discurso revolucionario apareja asimismo un avance —o un retroceso— de la lucha de clase en contra de la dominación política, la explotación económica y la negación cultural.

No pocos pueblos de la región han demostrado su alta intuición/ consciencia de clase de cara a los cada vez más complejos e imaginativos cercos ideológicos invocados por la derecha contrarrevolucionaria. Pero la eficacia de la nueva guerra no convencional, de la guerra de VI generación, del Smart Power, el uso de la Big Data y la hegemonía de los grandes medios de (in) comunicación y distraccion, instituciones de suyo reaccionarias como el Estado y las religiones conforman una espesa red difícil de salvar, especialmente para la población más despolitizada y joven.

Pese a lo dicho por varios analistas, Ecuador no es Stalingrado. No tiene el poder para decidir a largo plazo el rumbo estratégico de las fuerzas revolucionarias en la región. Pero es claro que la victoria de un banquero ligado a políticas antipopulares, pro-imperialistas y corruptas, como es Lasso representará un retroceso trágico para Ecuador y una nueva y grave debilidad estratégica para el bloque progresista y revolucionario de la región en su conjunto y para el mundo Sur.

Como se sabe, Lasso está asociado con 49 empresas que manejaron fondos en paraísos fiscales entre 1999 y 2002. Su fortuna ascendió "mágicamente" de 1 millón de dólares declarados a 31 millones. Todo tras la especulación fraudulenta con bonos emitidos tras el feriado bancario, ardid financiero equivalente al corralito argentino.

No ser capaces de exponer claramente la tragedia que entrañaría para millones de ecuatorianos asalariados y excluidos una posible victoria de Lasso sería grave.

Voceros de la derecha y cierta ultraizquierda pro financiera y pro imperialista parecen decirnos, con Charles Baudelaire: "Cielo (de izquierda) o infierno (de derecha), ¿qué importa?".

La experiencia en curso (Irak, Libia, Yemen, Palestina, Haití, Honduras, Brasil, Argentina, etc.) nos deja en claro que la política de recolonización imperial hacia América Latina se plantea nuestra degradación, hiper-explotación y hasta la eliminación masiva de cuadros.

Preferimos decir pues, con Alejandro Dolina: "Ignorar las consecuencias de nuestros propios actos, eso es el infierno".



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Luis Delgado Arria


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