A los compañeros de la izquierda...con respeto

Un debate, solo para irritar, no tiene sentido. En todo caso, lo tiene para aclarar y hasta para iniciar acuerdos. Entiendo la posición del abstencionismo de izquierda, pero no la comparto porque, de cumplirse (más allá de la escasa militancia trotskista y de otras variantes abstencionistas), favorece matemáticamente a un gobierno que ha estado contra la izquierda; pero, sobre todo, ha sido el peor gobierno que ha tenido el país en mucho tiempo. Estoy de acuerdo en que NO HAY EXPRESIÓN ELECTORAL DE IZQUIERDA, popular, de los trabajadores. Ya he explicado por qué: a) porque el gobierno tomó medidas para que así fuera, b) porque este gobierno no puede ser considerado de izquierda desde ningún punto de vista y c) porque la izquierda, a nivel mundial, viene de un largo proceso histórico de fracasos que la obligan a renovarse. 

Estoy de acuerdo en que las opciones con mayor respaldo en las encuestas, son expresiones de los intereses de dos conglomerados clasistas genéricamente “burgueses”. De un lado, una coalición de la vieja y la “nueva” burguesía, nacida de la corrupción del Estado rentista, con su extensión militar corporativista, y un partido autoritario, de corte semi-fascista. Del otro lado, un conglomerado contradictorio de nostálgicos del período de la democracia representativa y una ultraderecha, que ha adoptado, en parte, el bodrio ideológico mileísta y sionista. Ambos polos han acumulado demasiados errores y “pecados” muy graves, en un período histórico de crisis de legitimidad que no fue superada por la nueva Constitución, a pesar de que esta reunía las propuestas más avanzadas de reforma del Estado, concebidas en las décadas de los 1970 y 1980, período cuando, ya en los noventa, los que gobernaban ya no podían hacerlo, y su alternativa, todavía no podía sustituirlos. Se podría decir que están descalificados para dirigir el país. Pero tienen el grave “defecto” de que son las únicas dos opciones existentes y factibles de disponer del poder del Estado en este momento.

Por supuesto, que son importantes las “personalidades históricas” y que toda institucionalidad tiene que tener hombres de carne y hueso que las inician y las sostienen, amigo Marcos Luna. Es más, te diría que las instituciones que no tienen arraigo en las tradiciones de un pueblo, no logran persistir. Eso se sabe desde Montesquieu, muy leído por Bolívar. Hay además cualidades carismáticas y de liderazgo populista que Britto García ha sistematizado muy bien: aparentes cualidades extraordinarias de valor, perseverancia, de expresión de afecto hacia sus seguidores y el pueblo, atractivo y hasta resistencia física. La cuestión es que, para mantener la seriedad y la racionalidad de un análisis social que se aleje de las actitudes religiosas y el fanatismo, es necesario contextualizar esos liderazgos, antes de que esos hombres demasiado humanos se conviertan en leyendas y hasta en dioses, descontextualizándolos de la crisis que les sirvió de circunstancia. 

Ese es el caso de Chávez. Por supuesto que fue un gran líder político en la historia de este país. Una vez lo ubique como uno más de la serie de los “Reyes de la baraja”, como los llamó una vez el historiador Herrera Luque, junto a Páez, Bolívar, Guzmán Blanco, Gómez, Betancourt, etc. (y podríamos agregar hasta a CAP) Con él no nació el antiimperialismo, el socialismo “para Venezuela”, el camino democrático al socialismo (Petkoff), la “democracia participativa” (López Maya y un largo etcétera de estudiosos de la política). Ni siquiera el “socialismo del siglo XXI”, ni “el árbol de las tres raíces”, ni el “Poder Popular”, ni la frase “Quitna Repíublica” (Kleber Ramírez), ni esa difícil vinculación difícil entre Bolívar, el socialismo y el antiimperialismo, que tanto le costó forjar a Núñez Tenorio y Francisco Pividal, tratando de torear los insultos de Marx al Libertador. Chávez nunca fue un ensayista destacado, ni un investigador o académico. Buen orador agitador, sí. Fue el cabecilla de un levantamiento militar y luego un destacado líder político carismático, que aprovechó muy bien la TV, desde los pocos minutos de su “por ahora”, hasta las larguísimas cadenas y “Aló, Presidente”. Y, claro, fundador de un movimiento popular que hoy tiene su nombre.

¿La Constitución fue de Chávez? Sí y no. Más apropiado sería decir que es del pueblo venezolano, que lo aprobó en referéndum (incluso con el alto nivel de abstención que anota Ochoa Antich), recogiendo muchas propuestas de reformas del Estado que se venían haciendo desde hacía varios lustros. Y afianzada en las tradiciones democráticas de este pueblo. De hecho, hoy creo y sostengo (como ya he escrito muchas veces), que la Constitución es el programa político que debe asumirse a través y más allá del 28J. Chávez tuvo la capacidad política de realizar lo que la dirigencia decadente del sistema político adeco y copeyano no tuvo la voluntad ni la entereza de hacer: convocar a una Constituyente que hiciera una Constitución. No como hizo Maduro, dicho sea de paso.

Chávez estuvo en el momento justo, con el discurso justo, como alternativa a una alianza de los factores decadentes en torno a una figura que, en muchos aspectos, constituía su propia negación (pregúntenle a los Celli en Carabobo), porque su movimiento decidió participar en las elecciones de 1998, con el voto en contra de los elementos provenientes de una izquierda que pocos años se había autoliquidado (constátelo en la historia de la LS, del PRV, de BR) o se había disuelto como pata de repuesto de un sistema político que ya no daba más. Por eso nos deslumbró tanto, después de tantas carencias de liderazgo. Es patente que el propio Chávez tuvo su propia evolución ideológica. Como todo ser humano inteligente, fue aprendiendo, tal vez con la tutoría de destacados políticos como Miquilena, Rangel y hasta el mismo Fidel Castro. Chávez pasó de la ideología claramente fascista de aquel argentino, Ceresole, a la autoayuda de “el oráculo del guerrero”, pasando por la “Tercera vía” de Tony Blair, hasta llegar al “Socialismo del siglo XXI”, frase original de Heinz Dieterich, sociólogo mexicano que pronto se separó de Chávez.

¿Qué pasó con los grandes logros de Chávez? Es una constatación empírica que el “Plan de la Patria” no se cumplió. Simplemente. Decayeron planes sociales como “Barrio Adentro”, que degeneró en una crisis terrible del sector de la salud por la acción delictiva de ministros y presidentes del Seguro Social. Chávez, sí, volvió a la política de recuperar los precios a través de la OPEP, avanzó en su línea de alianza con los países latinoamericanos, se burló descaradamente del presidente norteamericano en un desplante de “antiimperialismo” que acaparó titulares en el mundo entero, etc. Pero ¿qué quedó de todo eso? Incluso cuando todavía estaba vivo: una profundización de la “agricultura de puertos” de masivas importaciones, una industria petrolera en crisis como efecto de gestiones ineptas y corruptas y una crisis económica, incrementada, claro, por las sanciones norteamericanas a partir de 2017, que determinó la dolarización de la economía venezolanas y una hiperinflación que se “superó” con el expediente de “quemar” reservas y ahorcar a los trabajadores venezolanos.

¿Que el culpable es Maduro, y no, Chávez? Cierto. Maduro es un gran conductor de fracasos. Pero en una cosa tienen razón los maduristas: fue Chávez quien lo puso ahí. Y él, después se sacudió a los ministros más cercanos de Chávez, y cooptó, y ascendió, a joyitas como el propio Tarek El Aisami y otros más que todavía no son “señalados” ¿Es la reedición de la vieja historia del discípulo traidor? Quizás. Pero no se puede tapar con el dedo el hecho de que, tanto el Comandante como su sucesor, tuvieron a los mismos tutores cubanos ¿Dónde está el Judas?

Y llego a la tercera cuartilla (para los que gusten medir el espacio) preguntándome: si todos estos hechos están a la vista ¿por qué los ciegos no quieren ver? Ya no me refiero a los amigos abstencionistas. A ellos solo les recomiendo que echen cuentas, más allá de querer mantener su honor y su autoestima revolucionaria. Que vean lo que es una táctica como solo eso; y no como una estrategia. Que el 28J pasará pronto y luego es importante tener un programa de lucha el cual, insisto, es la misma Constitución. Ahora me dirijo a los chavistas honrados. 

Se han ensayado muchas clasificaciones del chavismo, entendido, no como partido, mucho menos como gobierno o período histórico, sino como movimiento social, como conjunto de seguidores fervorosos. Se ha hablado incluso de un “chavismo antimadurista”. Un ejemplo, Héctor Navarro, quien se ve que se derrite cada vez que nombra al Comandante, pero hace señalamientos muy certeros acerca del gobierno de Maduro y hasta llama a votar por la oposición. O  un “chavismo popular”, creyente de un “Poder Popular” que ellos mismos han evaluado como abolido por el Partido-Estado, asfixiado por el control político y hasta policial de la camarilla gobernante, traicionando el aire autonomista de la consigna. Yo pienso que hay un “chavismo honrado” y un “chavismo arribista” (para matarlo suavemente con su canción). Los primeros, por ejemplo, plantean una “campaña otra” u “otra campaña”. Pero también están los que saltan tratando de ajustar el blanco de su peor maldición: “agente de la derecha fascista” o “de la CIA”. Y lo hacen desde su honradez. Porque quieren mantener, como valor propio, la consecuencia, la lealtad y hasta la disciplina.

Compañeros: todos esos ideales que valen la pena y que le dan dignidad y distinción a la caracterización de “revolucionario”, son previos a Chávez, y le trascienden también. Para su vigencia, no se necesita admirar o casi adorar una persona, por más líder que haya sido. Y esto es válido, si de creencias y convicciones hablamos, que no estamos hablando de eficacia (aunque también: revolucionario es el que hace o ha hecho una revolución; es una cuestión de eficacia, no de simple declaración de fe). Ustedes saben que los insultos solo sirven para evitar el dolor de una reflexión que puede ser costosa, tanto moral como emocionalmente. 

Pienso que hoy es eficazmente revolucionario retomar la Constitución como programa político; reconstruir la institucionalidad democrática, parar la suspensión de la Constitución de la Ley “anti” que hoy nos rige; conquistar las libertades democráticas, de expresión y asociación, los derechos humanos, el debido proceso, el control mutuo entre los Poderes Públicos, la laicidad del Estado, el control público de las gestiones como mecanismo de combate de la corrupción y no esperar la voluntad ocasional del Presidente de la República para combatir la vagabundería como si fuera un superhéroe DC, lograr retomar el salario, el derecho laboral, las pensiones; los servicios públicos, la salud, la educación. No quiero votar por la continuación del autoritarismo; quiero votar por un cambio político que abra posibilidades a la lucha democrática. A pesar de todas las dudas, como dice Ochoa Antich. Aspiremos a todo ello y dispongámonos a seguir luchando, que el mundo no se acaba el 28 de julio ¡A votar!

 


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Jesús Puerta


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