La historia como arma de combate: historiadores al servicio de la clase trabajadora

La ideología dominante pretende instalar el carácter inmutable del orden social; tal engaño solo puede sustentarse en el ocultamiento del potencial de transformación social de las clases explotadas. Este artículo reflexiona sobre el “aporte” del actual gobierno a este histórico objetivo de las clases dominantes. Propone pensar también el papel que los historiadores pueden asumir como militantes al servicio de la transformación revolucionaria de la sociedad

Ocultar la historia de la clase trabajadora para esconder su potencial revolucionario

En su Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky recuerda al historiador francés que aspiraba a “colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores”, única manera, según él, de conseguir una “justicia conmutativa”; le advierte el revolucionario ruso al intelectual francés que “en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas” aunque reconoce que los intelectuales de la “justicia conmutativa” suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria. [1]

La prédica de “historia completa” que el gobierno de Milei lanzó como slogan para sintetizar su para nada novedosa interpretación de los años 70 asume una pretensión de ubicarse por sobre la muralla para exigir justicia para los bandos en lucha. La visión de la represión estatal como una guerra contra el enemigo “subversivo” y la negación del genocidio cometido por la dictadura cívico-militar ha sido uno de los relatos con los que se explicaron los años 70 en la Argentina que asumió la propia dictadura y sus defensores. La hipócrita demanda de “justicia para ambos bandos” del gobierno es en verdad una reivindicación abierta de la dictadura y la represión estatal y se inscribe en esta interpretación.

Tras la caída de la dictadura, la respuesta del gobierno radical ante las denuncias de los crímenes de lesa humanidad, así como el mismo juicio a las Juntas militares, se envolvieron del relato del enfrentamiento entre “dos demonios” sintetizado en el prólogo del Nunca Más escrito por Ernesto Sábato: “a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido”. El cuestionamiento de la “teoría de los dos demonios” reivindicó la militancia revolucionaria de la generación del ’70, y cobró peso en los años kirchneristas. Este tercer relato ponía en primer plano la acción de las organizaciones militantes, devaluando el papel de los verdaderos protagonistas de los años 70, las acciones de masas protagonizadas por la clase trabajadora, el movimiento estudiantil y amplios sectores populares; punto de partida este de un “cuarto relato” que explica el proceso de ascenso en la conflictividad y la movilización social como un gran “ensayo revolucionario” en nuestro país. [2]

El mileismo con su “relato liberal” de la historia no solo se propone explicar los años 70 sino que aspira a una visión global de la historia argentina que, por contener postulados a todas luces insostenibles y hasta absurdos, no deja de ser el intento de recrear una ideología de la clase dominante que ha sustentado una serie de sentidos comunes y que, en última instancia pretende hacer recaer la “culpa” del atraso argentino sobre quienes enfrentaron y combatieron la opresión, desde el movimiento obrero combativo de los orígenes hasta las masas insurgentes en los años 70.

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Así, por ejemplo, pretende instalar ideas tales como el carácter de la Argentina potencia de fines del siglo XIX y principios del XX previa a las transformaciones que sufrió el restrictivo régimen conservador, y el comienzo de la debacle con los gobiernos “populistas”. Esta operación, refutable desde todo punto de vista, resulta, no obstante, un paradójico reconocimiento del rol central jugado por las clases oprimidas de la sociedad en la historia argentina cuya lucha impuso modificaciones del régimen político para instalar una apertura de la participación de los sectores populares y una ampliación de las conquistas sociales.

En sus primeros pasos la clase obrera argentina debió enfrentar la represión abierta de las patronales y el Estado; los años dorados que ensalza Milei fueron aquellos en que los trabajadores eran sometidos a la explotación más brutal y desnuda del capital; fueron las luchas de aquel combativo movimiento obrero antiestatal e internacionalista las que obligaron al régimen conservador a abrir canales de participación. A partir de entonces los nuevos partidos de la burguesía, primero el radicalismo y luego el peronismo, cumplieron un rol central en el disciplinamiento de aquel movimiento obrero. El peronismo en particular ha cumplido un papel clave en esta tarea ligando las organizaciones obreras al Estado y forjando una ideología de conciliación de clases. Y también fue parte de esta tarea el borrar la combativa historia obrera previa transformando casi en un sentido común que el movimiento obrero había comenzado con el peronismo y que las conquistas logradas eran una concesión del Estado. [3]

Así, la construcción de una historia de las clases dominantes ha sido, en los distintos momentos históricos, parte de la ideología que la burguesía impone para sustentar y justificar su dominación; en todas sus versiones el objetivo es ocultar que es la clase obrera no solo quien produce toda la riqueza social, sino también la protagonista de grandes luchas sociales y de procesos revolucionarios; es, por tanto, como la principal clase productora de la sociedad, la que puede protagonizar la construcción de una organización social superior como alternativa al capitalismo. Es nada más ni nada menos que esta verdad la que se pretende borrar, el rol de la clase trabajadora como sujeto de transformación histórica.

Desvelar la historia de la clase trabajadora para no empezar de cero la lucha

La intelectualidad, y los historiadores en particular, cumplen un rol en este proceso; aunque, como el que mencionaba Trotsky, declaren una pretendida neutralidad, el propio devenir histórico los coloca de un lado u otro de la barricada de la lucha de clases. Interesa reflexionar entonces sobre su rol, en particular en las últimas décadas en nuestro país.

La dictadura abortó no sólo un proceso revolucionario protagonizado por la clase obrera sino también un profundo proceso de cuestionamiento al orden social; en los años 70, un amplio sector de la intelectualidad aportaba a la lucha de la clase obrera por la transformación social sometiendo a debate y prueba sus ideas y estableciendo un diálogo inédito con los trabajadores y los sectores populares. Después de la dictadura, para muchos intelectuales aquella derrota se convirtió en la de la clase trabajadora que dejó de ser el sujeto revolucionario; el escepticismo de las posibilidades revolucionarias ganó a amplios sectores intelectuales en los años 80 y muchos asumieron, por distintas vías, una postura de sostén del régimen burgués democrático como único posible y, por tanto, de las relaciones sociales capitalistas.

La década del 90, los años excepcionales del siglo XX reivindicados por Milei, con la expansión del neoliberalismo en el mundo, fueron también acompañados por una intelectualidad que adhería al discurso del “fin del proletariado”, pretendiendo abolir las diferencias de clase para también borrar el carácter burgués del régimen político y reemplazarlo por la ficción de la “democracia a secas”. Este proceso, de conjunto, alejó a la intelectualidad de la clase trabajadora; los historiadores buscaban un lugar en las instituciones de la universidad y la academia en general, construyendo una historia vacía de sujetos transformadores, grandes procesos y revoluciones, refugiados en la “micro-historia” y la emergencia de “sectores populares” y “grupos dirigentes” que vinieron en reemplazo de la lucha de clases como motor de la transformación social.

Sin embargo, durante estos años no faltaron intelectuales que resistieron apostando a las energías aún no desplegadas de la clase trabajadora; el resurgir de la lucha de clases a mediados de los 90 hizo tambalear certidumbres y el inicio del nuevo siglo traería consigo procesos que volverían a impactar sobre un sector de la intelectualidad. Si las jornadas de diciembre de 2001 pusieron nuevamente en escena, junto con la crisis del neoliberalismo, el desafío de las masas en la calles, será nuevamente el peronismo bajo el nombre de kirchnerismo, quien se constituirá como un movimiento de “desvío” para restaurar el poder de un Estado capitalista en crisis; en ese contexto, las concesiones al movimiento de masas alentaron a sectores de la intelectualidad que, en definitiva, no hicieron más que apuntalar junto con la trayectoria del peronismo, la institucionalidad burguesa.

La clase trabajadora, los jóvenes y el movimiento estudiantil, los sectores populares en general enfrentan en la actualidad un ataque que encuentra puntos de similitud con aquel que abrió las puertas al Cordobazo y el ascenso de los años 70 durante el Onganiato, con el que impuso Martínez de Hoz de la mano de la dictadura cívico-militar o el que llevó adelante el Menemismo en el contexto del avance mundial del neoliberalismo. Hoy, con un capitalismo en crisis y sin nada que ofrecer a las masas, la perspectiva más certera es una profundización de la lucha de clases; son muchas las lecciones que la historia ofrece para que, esta vez, las alternativas políticas burguesas no canalicen, desvíen o derroten al movimiento de masas.

La hora amerita formar parte de una intelectualidad al servicio de las luchas obreras y populares, una historia militante que se proponga aportar a recuperar lo mejor de experiencias pasadas, aprender de las derrotas, generalizar las nuevas experiencias, ser parte de la lucha por evitar que los nuevos procesos revolucionarios sean abortados por la acción de la burguesía, sus partidos y las direcciones sindicales; despreciando el papel de justificadores del orden dominante y apostando a fusionarse con la vanguardia de la clase obrera en la construcción de un partido revolucionario.

No partimos de cero en esta apuesta; la propia historia del movimiento revolucionario internacional también nos enseña el rol de la historia como instrumento de lucha y del materialismo histórico como método de interpretación y guía para la práctica y la acción. Aquí nos convoca, en primer lugar, la figura del dirigente revolucionario e historiador de la revolución. De manera que terminaremos este texto como lo empezamos refiriéndonos a León Trotsky que fue, además de dirigente de la Revolución rusa, su historiador y supo utilizar en su lucha revolucionaria la historia como arma de combate.

La historia como arma de combate

Trotsky tuvo como historiador el doble objetivo de aportar con las lecciones de la revolución a los trabajadores del mundo y, tras la burocratización del Estado obrero, el de restablecer la verdad histórica falsificada por el estalinismo. Así, por ejemplo, desde su rol de protagonista de la revolución de 1905 en la que presidió el soviet de San Petersburgo; plasmó un profundo análisis de la dinámica de la historia rusa y delineó los fundamentos de su teoría de la revolución permanente sosteniendo la posibilidad de una revolución socialista en la atrasada Rusia; allí, la aplicación del materialismo dialéctico le permitió prever con más de una década de antelación el proceso del cual nuevamente sería uno de los protagonistas en 1917. Posteriormente en su libro 1905, desplegará su talento de historiador en el recorrido y análisis de este “ensayo general” en el que se delinearon los actores, los partidos y las instituciones que se desenvolverán 12 años después.

Tras la toma del poder en octubre de 1917, y en plena tarea de construcción del Estado obrero, ocupando el despacho de Asuntos Extranjeros del primer gobierno soviético y presidiendo la delegación rusa en las negociaciones de paz con Alemania en la ciudad de Brest-Litovsk, Trotsky escribió un trabajo que se conocería, entre otros nombres, con el título Cómo hicimos la Revolución rusa, un folleto popular dirigido a las masas trabajadoras alemanas para alentar las simpatías por la revolución, que desarrolla en forma vívida el proceso revolucionario y reflexiona en torno a temas claves como la superioridad del poder soviético sobre la democracia burguesa, el desarrollo de la conciencia de la clase obrera en situaciones de crisis, la necesidad de la insurrección armada y la forma en que un partido revolucionario gana a la mayoría para esta insurrección.

Entre 1931 y 1933 Trotsky escribió su Historia de la Revolución rusa; a través de cientos de páginas construye, sobre su interpretación de la historia rusa, un monumental relato de la irrupción de las masas en el control de su propio destino. Sus palabras otorgan vida a los actores de un dramático episodio de la lucha de clases del siglo XX: los protagonistas del viejo orden zarista decadente, el agotamiento de los soldados en la mayor tragedia de la humanidad hasta entonces, la guerra mundial, la pobreza sin par de los campesinos rusos, la explotación de los obreros de las fábricas de las grandes ciudades, la abnegación y agudeza política de los revolucionarios que advirtieron el momento en que el antiguo régimen ya no tenía más para dar y las masas debían intervenir para comenzar la edificación del nuevo poder basado en la institución que habían creado en sus experiencias recientes, los Soviets de obreros, soldados y campesinos.

La Historia de la Revolución rusa “sigue siendo en muchos aspectos el más eminente ejemplo de literatura histórica marxista hasta hoy, y la única en la cual la competencia y la pasión del historiador se unen a la actividad y el recuerdo de un dirigente y organizador político, en una importante reconstrucción del pasado”, escribía el historiador Perry Anderson [4] sobre la gran obra del revolucionario ruso. Como plantea Isaac Deutscher, el gran biógrafo de Trotsky, frente a acontecimientos de tal magnitud, el historiador debe “entrar en los nervios” y las mentes de millones de seres humanos y sentir y transmitir la poderosa conmoción. Tales dificultades a la hora de historiar las revoluciones puede superarse con el método utilizado por el historiador; la interpretación de Trotsky se sustenta en una concepción materialista de la historia y la consideración de las leyes internas generales que determinan su curso. La ley del “desarrollo desigual y combinado” fue el instrumento que le permitió a Trotsky no solo explicar las características de la estructura social de Rusia, sino también el rol de dirección del proletariado en el proceso revolucionario, el papel de las demandas democráticas en tal proceso y su resolución a través de la revolución socialista en Rusia, considerando a ésta como parte de la revolución a nivel internacional.

El estudio de Trotsky es, por supuesto, inseparable de su condición de protagonista central del proceso histórico que aborda; en este sentido, no declara la menor “imparcialidad”. La perspectiva de alcanzar un conocimiento científico nada tiene que ver con la imparcialidad que se le exige al científico social. Trotsky no se propuso tan solo relatar los hechos de los que fue parte sino construir una obra de carácter científico basado en una teoría de la historia y en un método riguroso, el materialismo dialectico. Ya en la introducción de su Historia… Trotsky insistía en la necesidad de que, del relato de los hechos “se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro”; advertía contra la consideración de los sucesos históricos como cadenas regidas por el azar o engarzadas por “el hilo de una moral preconcebida”; los acontecimientos deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan, el historiador debe sacar a la luz esas leyes. [5] En rigor, la búsqueda de la verdad histórica está estrechamente ligada a la toma de posición del historiador; se trata de la identificación con los intereses de los explotados, las clases que más tienen que ganar del conocimiento de la verdad, del desvelamiento de los hilos de la dominación.

Como hemos dicho, la historia puede ser un arma para aportar al desarrollo de la conciencia revolucionaria de la clase obrera, para restablecer la verdad histórica de los hechos, deformada, manipulada por la historia oficial en su pretensión de presentar al orden social vigente como natural, eterno e inmutable. Trotsky utilizaba a la historia como arma de combate político, más eficaz cuanto más científica, cuanto más expresaba la realidad de los procesos históricos investigados. En su caso, su compromiso militante en su rol de historiador revolucionario tuvo el objetivo de alentar a las masas del mundo a seguir el ejemplo de Rusia y, tras la burocratización de la URSS, de defender la legitimidad histórica de la Revolución del 17 y restablecer la verdad histórica despedazada por el estalinismo, incluyendo su verdadero rol y el de sus compañeros de lucha. En la actualidad, como quedó dicho, nos toca disponernos a afilar las armas de la crítica para aportar las lecciones de las experiencias pasadas para enfrentar los desafíos del presente y contribuir a recrear un imaginario de revolución social al servicio de la clase obrera y los explotados.

NOTAS AL PIE

[1] León Trotsky, Historia de la Revolución rusa, Obras escogidas 11, Ceip León Trotsky-Museo Casa León Trotsky, Bs. As., 2017.

[4] Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Siglo XXI México 1987, p. 120.

[5] Trotsky, Historia… , p. 16.

 



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