Ideólogos e ideologías de la nueva guerra "tibia" (II)

Como veníamos conversando en la primera parte de este breve ensayo ("ideólogos e ideologías de la nueva guerra tibia", Aporrea, 25 de marzo), el derrumbe del bloque socialista en la última década del siglo XX, tuvo importantes repercusiones económicas, sociales, políticas y, por supuesto, ideológicas. Las elaboraciones teóricas se orientaron a realizar un balance de todo un período histórico y de confirmar o refutar los principales sistemas de ideas (filosofía, teorías sociales y políticas, ideologías) que hasta los noventa fueron las plataformas de las diferentes y opuestas perspectivas que se disputaban la dirección intelectual del mundo. Esto comprendía, en términos muy generales, dos corrientes principales: la concepción marxista-leninista soviética y el liberalismo de corte norteamericano. Es en ese contexto, y en medio del debate conceptual de entonces, que hay que leer obras como las de Fernando Mires y Alexander Dugin, las cuales hemos escogido como muestra ejemplar del pensamiento post-Guerra Fría, preludio de la actual "guerra tibia".

Ya han pasado suficientes años como para tener una panorámica de las principales tendencias intelectuales que aparecieron en los medios públicos, académicos y políticos. Enumero algunos tópicos en torno a los cuales se dibujaron las principales propuestas. Por supuesto, no puedo ser exhaustivo y seguramente se me quedarán muchas cosas afuera. Tenemos, en primer lugar, los ensayos de interpretación de filosofía histórica de aquel desenlace de la prolongada y profunda lucha entre capitalismo (liberalismo y neoliberalismo) y socialismo-comunismo (marxismo soviético) y una prospectiva de lo que le aguardaría al mundo en las nuevas realidades. Planteado el asunto, nos encontramos con los textos polémicos de Francis Fukuyama ("El fin de la historia") y de Samuel Huntington ("Choque de civilizaciones"). El primero, usando un enfoque hegeliano, concluía que las contradicciones entre las filosofías o las ideas (el Espíritu Objetivo) habían terminado con la victoria del liberalismo, el modelo democrático norteamericano y la "economía de mercado". Con esta síntesis superadora de la historia de las ideas, ya no sería posible la elaboración de una alternativa de conjunto, doctrinal, política e ideológica, que pugnara con la Idea Absoluta (o sea, la síntesis de la objetividad de las instituciones y materializaciones de las ideas, con la subjetividad del pensamiento) devenida universal. La noción de "fin de la historia" no se refería a que ya no habría más guerras ni acontecimientos; sino a que el sentido general ya estaba definido por la victoria de las ideas más elevadas: las liberales. Lo que ocurriría desde entonces, sólo podía verse como procesos parciales para actualizarse en ese período posthistórico alcanzado en el mundo en su conjunto. Por supuesto, detrás de este lenguaje filosófico, se trataba de una apología a los Estados Unidos, el polo ganador de la Guerra Fría. Pero no todo era propaganda. Había una nueva realidad en la cual los sistemas de ideas, habían sido sometidas a la prueba de su realización histórica. Y los resultados estaban a la vista.

Por su parte, Samuel Huntington observaba que, en realidad, las ideologías del siglo XX se sustentaban apenas como un maquillaje de tradiciones culturales más profundas, cosmovisiones que tenían como centro las principales religiones. Así, el planeta en realidad estaría dividido en el área cristiana, protestante o católica (el Occidente), la budista (países de Asia), la islámica (países árabes y demás). Incluso, Huntington asumía que había un área, Rusia y Europa centro-oriental, que correspondía a un cristianismo ortodoxo. En esta descripción, América Latina aparecía como una especie de margen del occidente cristiano. Fernando Mires, por ejemplo, considera que nuestra América pertenece indiscutiblemente a Occidente, a su idea realizada de democracia.

Por supuesto, en Huntington (y en Fukuyama) pesan tradiciones intelectuales específicamente anglosajonas o eurocéntricas; pero ello no les resta su pertinencia interpretativa precisamente cuando las cuestiones religiosas y étnicas saltaron al primer lugar en los conflictos que se suscitaron en ese interregno del fin del siglo XX y comienzos del XXI. Por un lado, la terrible irrupción del fundamentalismo islámico; por el otro, el discurso fundamentalista protestante en los discursos presidenciales norteamericanos. Más que Jesús o Mahoma, fue Mani el profeta que dictó la pauta: las guerras ahora serían entre el Bien Absoluto y el Mal Absoluto, entre Dios y el demonio, independientemente de que, en un caso, Dios estaba con Occidente, y en otro, del lado de los mártires del Islam. Pero esta relevancia de las significaciones religiosas se advierte también en la reformulación de la propia Iglesia Católica, que pasó de la beligerancia anticomunista de Juan Pablo II, a la asunción de la Teología de la Liberación por parte de Francisco I. Mientras tanto, al lado de la religión, añejos odios étnicos-nacionales se evidenciaron en la genocida guerra en las Balcanes y la separación de las naciones de lo que el "bloque socialista" y la irrupción de nacionalismos extremos incluso en la propia Rusia.

Un rasgo del debate intelectual fue el relieve que adquirió la Geopolítica, esa ideología, propia de los imperios europeos del siglo XIX y del III Reich, aspirante a "ciencia" de la mano de los asesores (Kissinger, Brzezhinsky) de varios presidentes norteamericanos. Mientras tanto, el marxismo se fue a jugar banco. Por supuesto que sobrevivieron los PC y las organizaciones trotskistas. En China y Vietnam, con el impulso de líderes de la talla de Deng Xiao Ping, el marxismo se le torció para elaborar la justificación y la perspectiva de un "socialismo de mercado", muy parecido al clásico capitalismo de estado generalizado en otros países asiáticos, que además defendía las tesis del libre mercado, propio del neoliberalismo, en organismos como la OMC. En el medio académico, luego de dialogar y asimilarse con la Teoría Crítica de Frankfurt (de allí el llamado "marxismo crítico"), tuvo que empezar a aceptar mezclas (o "articulaciones") con la ecología, el feminismo radical y hasta el llamado postestructuralismo de Foucault (que le comunicaba con los movimiento LGBT o el "populismo" de Laclau y el análisis del "Imperio" de Negri) y otros pensamientos de vinculación nietzscheana, cuando no entraba como uno de los componentes de la denominada "izquierda lacaniana" (Zizec, Badiou, Castoriadis).

El marxismo también se mezcló, ya bastante diluido, en el llamado "populismo" o "progresismo latinoamericano", una ensalada ideológica que se nutrió del viejo populismo peronista y adeco de los cuarenta, frases y rituales de la izquierda en armas de los sesenta, mitología heroica de la guerra de independencia, reformulaciones reformistas de los setenta (vía electoral al socialismo) y conductas autoritarias y caudillistas de las viejas tradiciones políticas de la región, sin olvidar políticas extractivistas que, en un momento le dieron auge económico. Por supuesto, esto incluye al chavismo.

Es en ese contexto histórico, político e ideológico donde aparece la obra del sociólogo chileno, docente e investigador de una universidad alemana, Fernando Mires. Son casi 30 libros. No tengo espacio ni intención de comentarlos todos. Sólo destacar algunas nociones de algunos de sus títulos más leídos, por lo menos en Venezuela: "La revolución que nadie soñó", "El orden del caos", "El malestar en la barbarie", "Civilidad" y sus artículos accesibles por las redes sociales o en su blog "Polis: política y cultura". En esto destaca su ensayo "el imperialismo norteamericano no existe".

El relato principal de los textos de Mires se puede sintetizar en un esquema actancial como los del semiólogo A. J. Greymas: Occidente se enfrenta a la Barbarie, la Democracia (civilista y civilizada) lucha contra la Barbarie y el autoritarismo. En ese esquema narrativo, por supuesto, no faltan los ayudantes y los oponentes. Mires se extiende en analizar los segundos, una larga lista que incluye al nuevo indigenismo, los "populismos", incluso los movimientos feministas y LGBT, las asambleas constituyentes, etc. Mires ofrece su propia interpretación del derrumbe del bloque socialista. Afirma que se trata más que de un derrumbe, de una demolición llevada a cabo por importantes movimientos de la "sociedad civil" (otra noción de su vocabulario), que conquistaron una "desrevolución" por la cual fueron transformadas, no sólo la institucionalidad totalitaria comunista, sino las propias relaciones económicas y los valores morales y culturales. Al mismo tiempo de esta "desrevolución" en Rusia y sus "satélites", se producen en el mundo unas "revoluciones que nadie soñó" que tienen como rasgo común, el no haber sido alimentadas por una doctrina como la marxista. Entre estos grandes cambios destaca, sobre todo, los avances del movimiento feminista y la introducción de la electrónica y otras tecnologías de avanzada en todos los ámbitos de la vida.

Mires considera que el "imperialismo norteamericano" no existe; que fue un invento de la propaganda soviética durante el siglo XX. Lo que hubo en la Guerra Fría fue el agresivo expansionismo soviético y, frente a él, el intento de contenerlo, en forma defensiva, en la zona de influencia de la democracia europea y norteamericana. Estados Unidos, aclara Mires, no es un Imperio, porque no lucha por anexionarse territorios, como sí lo ha hecho el Imperio soviético con "su" bloque socialista, que invade y domina, igual que los imperios europeos del siglo XIX y como lo señalaron incluso comunistas como Tito y Mao Tse Tung. Por otra parte, el dibujo que hace Lenin del imperialismo, de que en él todo lo determinan las grandes empresas transnacionales, pasa por alto la fuerte institucionalidad democrática estadounidense, donde la opinión pública y el movimiento popular, gracias a las libertades y garantías democráticas, puede expresarse en contra hasta de las mismas guerras que hace su gobierno (ejemplo: Vietnam), cosa que no ocurre en el totalitarismo soviético que aplasta toda disidencia y oposición.

Es obvio que con estas líneas de pensamiento, Mires identifique a Estados Unidos y la OTAN en la actual guerra en Ucrania, con el Bien, la Civilización y la democracia, frente al Mal, la Barbarie y el autoritarismo, no tanto de Rusia, como del propio Putin. La sencillez del pensamiento maniqueo no exige mayor profundización.

Llama la atención que Mires está muy disgustado con la oposición venezolana al autoritarismo populista chavista. Incluso llego a escribir en su twitter, recientemente que "ya no escribo más sobre Venezuela". En esto ha sido coherente. Ha cuestionado las políticas aventureras, inmediatistas, improvisadas de Guaidó, López y, en general, la oposición venezolana, que no ha sido consecuente con el uso de las formas democráticas para luchar contra Maduro. Por otra parte, Mires no aprecia mayor definición ideológica y programática en la oposición venezolana. Pero esto forma parte de las dificultades entre los intelectuales y las facciones políticas que desearían orientar con la claridad de su pensamiento. De hecho, ha hecho gestos para aportar en la formulación de una propuesta de "centro", de fuertes rasgos socialdemócratas.

Por ahora, dejemos quieto a Mires. Más adelante volveremos a sus planteamientos, En una próxima entrega abordaremos el pensamiento de Alexander Dugin, a quien se le atribuye una gran influencia en la política de Vladimir Putin, gracias a una obra que igual debe leerse en el mismo contexto postguerra fría.



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Jesús Puerta


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