Sobre el documento Barreto- Biardeau- Sánchez

Puntos para una discusión necesaria: ¿la democracia radical?

Pocas veces en las últimas décadas, nos hemos conseguido con un documento tan rico desde el punto de vista conceptual, y tan estimulante de la discusión, como este presentado por los compañeros Barreto, Biardeau y Sánchez (BBS de aquí en adelante), titulado "¡Radicalizar la democracia ante cualquier agenda neoliberal, intervencionista y autoritaria!". Nos proponemos a continuación una serie de reflexiones que su lectura nos ha suscitado, con el ánimo de alentar la elaboración colectiva. No se trata de una "respuesta", aunque pueda tener algún filo polémico. Compartimos muchas cosas, especialmente la percepción de la necesidad de una reflexión de este calibre, que vaya mucho más allá de la elaboración conjunta de una declaración de prensa (o de redes sociales) acerca de algún suceso político inmediato.

Para comenzar por los acuerdos, cómo no estar conteste con el triple rechazo a cualquier política que vulnere la soberanía nacional, que profundice la precariedad de la existencia en medio de la pandemia y que desmantele las conquistas democráticas del pueblo venezolano.

Pero el documento de los amigos va mucho más allá de este sencillo plan mínimo de acción política, el cual compartimos enteramente.

TRES NIVELES DE LA DISCUSIÓN

Consideramos que ha habido, hasta ahora, tres niveles de discusión entre los factores que coincidimos en ese plan mínimo:

a) en relación a cada circunstancia política o coyuntura,

b) al programa inmediato frente a cada situación, y,

c) en tercer lugar, el "programa máximo" y la teoría correspondiente.

El segundo y el último punto no se han debatido propiamente, en absoluto. Sólo se han hecho referencias muy generales o planteado algunas premisas conceptuales, muchas veces implícitas en el lenguaje utilizado en las declaraciones circunstanciales a la prensa, o implicadas en las posiciones "de principio" de los enunciadores (reinstitucionalización de la democracia, recuperación de la Constitución de 1999, rescate de la democracia y los derechos humanos, etc.). Por otra parte, algunos problemas han quedado pendientes desde hace tiempo (caracterización de conjunto del "chavismo" como movimiento político, época y administración pública). Uno de los problemas importantes es la caracterización del gobierno. Nuestras declaraciones oscilan entre diversos términos, desde dictadura, cúpula burocrático-militar, régimen autoritario, hasta gobierno surgido de la democracia pero con tendencias autoritarias, capitalismo de estado rentista, etc.

El documento de BBS dedica una gran parte a reconstruir la deriva de las izquierdas, a partir del marxismo: lo que indica la historia y la experiencia de varias generaciones, a escala europea, latinoamericana y venezolana. Sitúa varios momentos claves de "crisis del marxismo", desde el correspondiente a la "primera generación" de marxistas (Bernstein, Kautsky: el debate sobre el primer revisionismo), la segunda (Lenin, Luxemburgo, todavía Kautsky: en relación a la actualidad de la revolución en medio de la guerra mundial); luego salta a la década de los 1980 para situar el texto posmarxista, con algo de lacanismo, Gramsci y deconstrucción, de Laclau y Mouffe en medio de la coyuntura de la discusión sobre los fundamentos del marxismo, debate al cual corresponden las intervenciones de muchos autores (desde Lukacs y Korsch, hasta Rigoberto Lanz; no estoy muy seguro que a ese tópico correspondan los escritos de Carlos Lanz), pasando por el "eurocomunismo", la experiencia chilena, la historia de la izquierda venezolana desde la derrota de la lucha armada hasta los aportes de Petkoff y Maneiro. Se pasea también por algunos episodios de la izquierda latinoamericana (sobre todo la "marxista leninista" por razones que tienen que ver con la recepción un poco tardía de la "teoría revolucionaria").

Esta reconstrucción está muy marcada por lo testimonial y hasta lo autobiográfico. Para otros militantes de la izquierda venezolana, debiera tener más espacio el trotskismo o el maoísmo, por ejemplo, que han sido tanto "teorías" como orientaciones políticas relevantes. O las circunstancias de la pugna entre la ultra y los reformistas en los sesenta y setenta. Por otra parte, aparecen muy difuminadas la teoría de la dependencia y los aportes últimos de los decoloniales, la ecología política, el enfoque de los sistemas mundo, etc.

LAS IZQUIERDAS

Habría más bien que decidir a qué viene esa reconstrucción histórica, más allá de lo testimonial, autobiográfico o erudito. Por lo menos en parte, debiera motivar una interpretación de los sentidos de ese devenir o presunta "evolución" de la izquierda. De hecho, ya hay una interpretación implícita de esa historia. Ello explica ciertos énfasis, incorporaciones y/o silencios. Considero que esta reconstrucción histórica atiende a

  1. mostrar que el marxismo desde sus inicios ha sido un campo de debate más que una doctrina hecha de dogmas indiscutibles,

  2. resaltar la existencia, significación y desarrollo de teorías u orientaciones políticas disidentes del "marxismo oficial", el marxismo leninismo, el marxismo soviético, etc.

Pero hay otras implicaciones que nos parece interesante considerar.

La principal: no hay, no ha habido nunca, UNA sola izquierda. Siempre ha habido y habrá izquierdas. Hay que asumir su diversidad. El filósofo español Gustavo Bueno ya lo ha constatado, y a partir de allí distingue varias izquierdas de acuerdo a cada momento histórico: desde la izquierda liberal republicana contra la monarquía y la aristocracia, la izquierda democrática frente a la restauración monárquica despótica, la izquierda proletaria popular frente a la aristocracia y la burguesía, la izquierda revolucionaria frente al reformismo, etc. Pudiéramos agregar la izquierda antiimperialista frente a una derecha dependiente o colonialista (latinoamericana, africana o asiática). Esta constatación histórica puede dar pie, a su vez, a tres interpretaciones. En primer lugar, señalar que lo que conocemos "la izquierda" es una tradición, así como la "derecha", a partir de aquella ubicación circunstancial en el salón donde sesionaba la Asamblea Nacional de la revolución francesa. En segundo término, la izquierda se ha ido formando históricamente por un agregado de sus banderas (es decir, que va agregando propuestas republicanas, democráticas, proletarias, antiimperialistas; hoy, ecológicas, feministas, tal vez LGTB). Tercero, la izquierda se ha ido reformulando en la medida que se reformula su enemigo, en función a las tareas de cada situación histórica.

Una analogía puede ilustrar lo que queremos decir. Así como (afirmaban Marx y Engels) las luchas de clases (atención al plural) dependen del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, pues ha habido luchas entre esclavos y esclavistas, siervos contra señores feudales, obreros contra burgueses, distintas cada una por sus perspectivas materiales de cambio social y política; las luchas políticas (y las izquierdas y las derechas específicas de cada situación) son relativas del estadio del desarrollo de la política, es decir, de la configuración de los estados (y, más en general, las estructuras sociales) y del espacio donde se desarrollan los antagonismos. No hay "esencias" o contenidos fijos; las significaciones son relacionales, como las de las palabras en el contexto del sistema de una Lengua (De Saussure).

Esto comprende el hecho de que las izquierdas se definen en función de las derechas, y viceversa. Hay propuestas topológicas al respecto. Por eso, dada una posición cualquiera, puede haber otra, a su izquierda y otra, a su derecha, relativas a ella. Se trata de ubicaciones aproximadas basadas en una metáfora espacial. Nada más.

Más acuciosos son los análisis, entre funcionalistas y empiristas, que mencionan los componentes ideológicos (como los valores políticos de la igualdad, la soberanía nacional, la libertad, la solidaridad, etc.), sus proporciones relativas y sus muy diversas combinaciones posibles. Un ejemplo es la propuesta topológica de Brunner. En un plano se traza un eje de coordenadas con una línea vertical y otra horizontal, que se intersecan en un punto. El eje vertical indica el valor de la propiedad privada; el eje horizontal, el valor que se le da la libertad. Así, se delimitan cuatro áreas, según estén a la derecha o a la izquierda del eje vertical, o arriba o debajo de la horizontal. La primera área (izquierda superior) limitan la propiedad privada, pero afirman la libertad frente al Estado. La segunda, derecha superior, afirman la propiedad, al mismo tiempo que la libertad. La tercera, izquierda inferior, niega tanto la propiedad como la libertad frente al Estado. La cuarta, afirmaría la propiedad, pero negando la libertad. Habría así, posiciones socialistas autoritarias, socialistas demócratas, capitalistas autoritarias y capitalistas democráticas.

Otro asunto es las derechas. Hay varias también. Hoy en día hay una cierta confluencia entre el neoliberalismo (que como han señalado varios autores, va más allá de una teoría económica, hasta configurar toda una corriente epistemológica) y el neoconservadurismo (las religiones fundamentalistas, los racismos, las xenofobias, el autoritarismo, las prácticas fascistas del uso político de la mentira y las emociones básicas, etc.). Algunos han señalado que con la necesidad de la intervención del estado en la reactivación de la economía, y la novedad del "comunismo capitalista" chino, defensor del libre mercado global, el neoliberalismo ha quedado atrás. Esto ameritaría una larga discusión.

Esos intentos de ilustración gráfica sólo buscan aclarar qué queremos decir cuando hablamos de izquierdas y derechas. El esquema topológico es estático. No refleja la evolución de las izquierdas, ni la de las derecha; sólo su ubicación en relación a la intensidad con que defienden ciertos valores políticos. Aún así, mi percepción es que quienes compartimos el programa mínimo esbozado por BBS, nos situamos en el área socialista democrática, a la izquierda y arriba de la línea horizontal del gráfico.

LAS INDICACIONES DE LA HISTORIA

Las propuestas topológicas pueden ayudar en lo semántico. Incluso son una herramienta para medir la intensidad de las posiciones en los discursos (incluidas las prácticas o, si se prefiere, los desempeños), al determinar la frecuencia de las alusiones o menciones de ciertas palabras que indican valores políticos en los discursos. Nada más. Más interesantes nos parecen ciertas interpretaciones de la historia. Hay muchas, pero la de Alain Badiou, que habla de la "hipótesis comunista", nos parece útil para esbozar una respuesta que todavía estamos buscando: ¿por qué han fracasado, por una u otra razón, los intentos de conquistar una sociedad postcapitalista, socialista, revolucionaria?

El filósofo francés habla de "La hipótesis comunista". Nosotros preferiríamos llamarla la "hipótesis proletaria". Badiou habla de dos grandes etapas del marxismo: la del siglo XIX y la del siglo XX. La primera, es la del primer esbozo teórico y práctico: el surgimiento del marxismo, la obra escrita de Marx y Engels, la fundación de esa tradición de pensamiento, acompañada de la práctica política de la Internacional y la experiencia de la Comuna de París. El segundo gran momento comprende los ensayos ruso, chino y demás, durante el siglo XX. Si la primera etapa fue la de la formulación de la hipótesis, el segundo momento es el de su prueba. Pues bien, esa prueba siempre evidenció una terrible paradoja: el proyecto de disolución del Estado, posible por la victoria del proletariado, la última lucha de clases de la historia, llevaron, por el contrario, al fortalecimiento del Estado, de mano de una asfixiante burocracia o nueva clase, que convirtió en un nuevo despotismo lo que había sido una promesa de la más profunda democracia, identificada con la disipación del Estado.

¿Por qué preferiríamos llamarla "la hipótesis proletaria"? Pues porque la decepción de la promesa principal (la sociedad sin clases, la disolución del Estado) puede ser explicada por la refutación de la hipótesis de que el proletariado podía ganarle la lucha a la burguesía y de que sería, entonces, la última lucha de clases de la historia. Sabemos que Marx y Engels se pasearon por esa posibilidad, y pensaron que, si no se superaba el capitalismo, la humanidad estaba condenada a la barbarie. Tal vez la observación de Benjamin, e que cada documento de la civilización era también un documento de barbarie, es una respuesta a ese dilema "socialismo o barbarie".

En todo caso, cuatro procesos y/o acontecimientos indican esa refutación práctica de la "hipótesis proletaria" (o comunista): la derrota del proletariado alemán y europeo en general en 1918, la formación de una "aristocracia obrera" en los países industrializados, la fatal burocratización de la Unión Soviética (y las siguientes experiencias) y la superación de la crisis capitalista a través de una "destrucción creativa" que reafirmó la vocación planetaria de ese modo de producción. El derrumbe de los noventa, sólo reafirmaría el carácter único del sistema mundo planetario capitalista, que conocemos hoy, sin alternativa de conjunto.

LAS TENDENCIAS DEL MARXISMO

Las diversas tendencias del marxismo que han surgido, son interpretaciones alternativas para interpretar y responder a los procesos y los hechos, cuya riqueza no pudo ser prevista por ninguna teoría, mucho menos si ella se considera a sí misma como "ciencia".

La consideración de esa historia del marxismo, sin referirla a los diversos contextos a los que tuvo que responder, podría indicar una recaída en el escolasticismo o la erudición "anticuaria". En este sentido, es refrescante tomar en cuenta la recepción positivista y materialista dieciochesca que tuvo el marxismo ruso por parte del maestro de Lenin, Plejanov; así como las revisiones que hizo Lenin a raíz de su lectura (tardía) de Hegel para comprender la dialéctica. Otras consideraciones contextuales podrían ayudar a esta comprensión: la entrada del marxismo a la universidad alemana a finales del siglo XX, de la mano de Weber y otros académicos. Igual, el análisis que hace Trotsky para explicar cómo Stalin, no sólo acaparó el poder, sino que construyó una máquina estatal terrorista que exterminó al Partido que había dirigido la revolución de Octubre, a partir de la extenuación de la guerra y el atraso cultural y económico de Rusia, una modernización forzada a sangre y fuego, y un proyecto de vida signada por el terror y la disciplina asfixiante del conflicto bélico.

En todo caso, el stalinismo es sólo una etiqueta que nos sirve para agrupar una cantidad de procesos que acabaron con el filo emancipador del marxismo: la burocratización del "primer Estado obrero", la dictadura terrorista de un déspota respaldado por una maquinaria política-policial, con una ideología de corte religiosa-fundamentalista. La reconsideración del marxismo y sus tendencias, que esbozan BBS, sólo tiene el sentido de deslindarnos claramente, de algunas tendencias, o bien derrotadas, o bien refutadas por el desenvolvimiento histórico: el revisionismo bernsteiniano, el estalinismo; pero también del trotskismo, del maoísmo, etc. En fin, no somos marxistas-leninistas.

Ese es el sentido fundamental de exaltar la lectura del primer Lukacs, Korsch, Luxemburgo, y luego un largo etcétera (donde, por cierto, faltan Sartre, Lefebvre y otros), hasta llegar a la impugnación de todos los manuales por Ludovico Silva y la deriva del pensamiento crítico hacia el posmodernismo de Rigoberto Lanz: la afirmación de la existencia de una tendencia que, aunque reconoce el gran aporte de Marx y Engels, no se reconoce en las pruebas hechas de su "hipótesis proletaria" en los siglos anteriores. Sobre todo, y en primer lugar, el estalinismo, con todo y su encadenamiento de "conceptos": dictadura revolucionaria del proletariado, partido revolucionario de vanguardia, una ciencia y una filosofía revolucionarias, "invencibles porque verdaderas" (materialista y dialéctica), estructura/infraestructura, la sucesión necesaria y universal de los modos de producción (desde el "comunismo primitivo" hasta el capitalismo, pasando por el feudalismo, para al fin llegar al fin de los tiempos y de todas las luchas de clase: el comunismo).

¿A QUÉ RESPONDE EL PENSAMIENTO CRÍTICO?

Desde su primera formulación como "teoría crítica" por Horkheimer, la crítica es una respuesta a una crisis total: tanto de la sociedad dada (hoy algunos dirían "la civilización dada": la capitalista), como del pensamiento que se suponía ofrecería una alternativa. Este es el sentido profundo al cual, sospechamos, llegó Rigoberto Lanz, cuando saltó del "marxismo crítico" (en el cual hasta se permitió advertirle a los revolucionarios, que la "revolución es imposible") al "posmodernismo crítico", del cual sólo nos dejó ese talante de "francotirador" que usa como arsenal, desde Adorno, hasta Foucault (y hasta, en un curioso giro, Maffesoli). El pensamiento crítico es puramente negativo; derivar de allí unas propuestas en positivo, es traicionarlo.

Por supuesto, podemos criticar a Marx, Engels, Lenin, etc., dejarlos atrás si se quiere, sin necesidad de declararlos "perros muertos" y pasarnos a un anticomunismo elaborado. De hecho, los autores llamados "decoloniales" se han deslindado del marxismo (el "realmente existente", como escribe Edgardo Lander) apuntando su filo crítico a su eurocentrismo, a su culto al progreso industrial y al "avance de las fuerzas productivas" sin ninguna consideración con el planeta, a su admiración hacia la ciencia positiva, hacia la extensión de la civilización capitalista industrial en las zonas coloniales. Lo han hecho, sí, y siguen proponiendo la posibilidad de un proyecto anticapitalista, transmoderno (Dussel), incluso más allá de esta civilización (ecología política).

Nos consideramos animadores de un "pensamiento crítico". En esto también concordamos. Pero también pensamos que la crítica no puede ser únicamente teórica; ni siquiera desde la "promesa de felicidad" del arte. Queremos hacer política, y ello implica, dentro de nuestro contexto, aquí y ahora, hacer una declinación en nuestra trayectoria, como los átomos de Epicuro. Debemos pisar tierra y hacer propuestas, positivar, ofrecer respuestas. Al menos tácticamente, de programas inmediatos y de mediano plazo.

Y es aquí, amigos BBS, donde nos conseguimos con el peso de las generaciones muertas, la lucha de las tradiciones. Ellas están en la vida de los pueblos, del nuestro, en los sentidos que colectivamente interpretamos en todos los textos, en todas las imágenes, performances y prácticas. Algunas se hallan profundamente arraigadas: el caudillismo, el personalismo, el amiguismo, el despotismo, etc. Son como el lenguaje materno desde el cual sólo pueden traducirse los nuevos signos. Son los atuendos gastados de antiguos héroes y personajes, necesarios para darles prestigio y significación a los nuevos. En todas partes hay héroes, "hijos de Bolívar", "hijos de Dios" o "de los dioses" (incluso, de los "santos").

Marx se impacientaba con ese peso muerto de las generaciones muertas, pero no miraba la viga en su ojo: él también interpretaba (en el sentido en que interpreta un cantante o un actor) otra tradición: la de los rebeldes: la tradición emancipadora y "crítica". Percibo en la exposición de los amigos BBS, la necesidad de echar anclas en cierta tradición, incluso una pulsión de construir esa tradición, de buscar antecedentes, "padres fundadores". Esto es muy válido. Esto forma parte del proceso de la construcción de la propia identidad: buscar el origen, así sea reconstruyendo una genealogía, una filiación.

EL CONFLICTO DE LAS TRADICIONES

Las tradiciones son contradictorias. Hay siempre una lucha de tradiciones, así como hay un conflicto permanente de las interpretaciones. Por eso, hay diversos nacionalismos, que pueden significarse con un antiimperialismo de vocabulario guevarista, pero también uno, que nos resulta muy extraño, que aplaude una intervención extranjera en tanto "salve a la Patria", desde Moscú, Beijin o Washington, es igual.

Igual ocurre con la democracia. Picón Salas, en alguna página inolvidable, advertía que los venezolanos habíamos interpretado la Libertad de la revolución francesa, fundamentalmente como independencia nacional. La autonomía, la libertad individual y todas sus implicaciones morales (entre ellas, la responsabilidad), no se había captado muy bien que se diga. Por eso, se insiste una y otra vez en la democracia, la profundización de la democracia, la "democracia radical", etc. A juzgar por el éxito de esta promesa política en los discursos, ha habido un "gancho" importante en la sensibilidad popular.

Llegamos a un punto decisivo en la discusión: la democracia. Por supuesto, hay varias definiciones en pugna. Por un lado, se contrasta la democracia representativa con la directa. Esta última se dificulta por el tamaño de la comunidad política: la democracia directa en términos de auténtica participación, sólo pudiera funcionar en ámbitos pequeños, en grupos de no más de 10 o 15 personas. Cuando se trata de miles o de millones, tiene que haber delegación.

Ante la insistencia por las limitaciones de la representación desde posiciones más o menos rousseaunianas (toda delegación es usurpación), se propone una democracia plebiscitaria, donde los ciudadanos votemos por las decisiones públicas, a la manera de los cantones suizos. O se propone la democracia participativa, más allá de los referenda, las iniciativas ciudadanas (que desbordan a los partidos políticos) o el traslado de ciertas competencias a organizaciones comunales (algo de eso está en la noción de "comunas", aunque en este punto hay una deriva utópica, en el peor sentido irónico que usa Marx: la comuna como una especie de kibutz de propiedad comunal o falansterios donde todo sea común; en fin, una "comuna hippie", una federación de conucos).

El problema de la aplicación de la llamada "democracia participativa", aparte de las propias de toda forma de "democracia directa" (el problema del tamaño de la población a participar, lo cual obliga la delegación), son, a saber,

a) la falta de garantías acerca de la intensidad de la participación, es decir, si todos los individuos se sienten igual de comprometidos o aportan igual, en las decisiones colectivas,

b) si todos manejan, no sólo la información, sino el conocimiento adecuado, la experticia y la competencia que exigen hoy en día las cuestiones públicas, desde los servicios públicos, hasta asuntos relativos a la vida en familia y la salud.

c) los instrumentos adecuados a la participación. En esta época de tecnologías, muy bien puede vehicularse con la disposición de cada ciudadano de un dispositivo (celular, computadora) para votar cada vez;

d) el aislamiento que implica una participación individualizada; los canales para conducir y hacer productivos los debates colectivos.

Pero también, están los asuntos del respeto de las minorías y de las individualidades. El lado republicanos, rousseauniano, del asunto nos obnubila el aspecto liberal del problema democrático: los derechos (es decir, el poder) de cada individuo y de las minorías.

La división de poderes en el estado republicano-liberal tenía el sentido del contrapeso de cada aspecto del Estado, su limitación mutua, pero también a la limitación del poder del Estado en relación a los individuos y las minorías. Este es un asunto que nunca abordó el marxismo; a menos que consideremos el período en que Marx ejerció el periodismo en una revista más o menos liberal, cuando tenía 24 años. Entonces, empleó, como herramienta intelectual, un hegelianismo que encontraba todavía la Razón cristalizada en el Estado, aunque para ello tuviese que cambiar al propio Estado.

Y más allá de estos asuntos, directamente políticos, hay cuestiones digamos más administrativos, que también tienen significación política. Me refiero a la transparencia, el balance o evaluación experta de las realizaciones respecto de los objetivos trazados en las políticas públicas (la "accountability") y la coordinación de la acción del Estado con los otros actores de la sociedad. Un conjunto de cuestiones que las llamadas "ciencias políticas" han llamado la "gobernanza".

Hago una lista de cuestiones, porque no puedo extenderme aquí en cada una de ellas. Es más, sólo estoy dibujando el horizonte y las expectativas que tengo con esta discusión. La razón de mencionar esa lista de problemas, es, además, que los amigos BBS han propuesto la consigna de la DEMOCRACIA RADICAL como eje de su planteamiento. Me parece que ahí está un eje fundamental de la discusión: ¿cuál es el proyecto? ¿Esa mentada DEMOCRACIA RADICAL hace al fin positiva la negatividad del pensamiento crítico?

Lo que quiero decir es que debemos abordar el asunto del ESTADO, pero sabiendo que hay una Constitución que nos hemos propuesto restaurar, por parecernos el máximo de acuerdo posible (al menos retórico) de las fuerzas sociales en pugna en nuestro país, y porque hay la tarea urgente de que Venezuela persista en su ser, que no desaparezca entre ambiciones imperiales en medio de una conflagración universal, o, peor, como consecuencia de una decadencia sin fondo, más allá de la barbarie, la extrema miseria y la prescindencia.

De modo que vamos a actuar y debatir, innovar y aplicar, intentar y corregir…



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Jesús Puerta


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