Marx, 200 años (II de 3)

6. EL MARXISMO COMO CIENCIA

Si leemos el Manifiesto Comunista, por ejemplo, veremos que lo característico de la posición de Marx y Engels, en oposición a otras tendencias teóricas y políticas de su época, es su doble condición de científico y proletario.

Su condición proletaria podía establecerse, a su vez, por dos cosas: por su radicalidad respecto al anarquismo y una amplia variedad de socialismos de su época, tachados de pequeño burgueses, burgueses, hasta feudal, y, por otro lado, por la conceptualización misma del lugar del proletariado en las estructuras sociales y en el papel revolucionario que se le asigna en la historia, gracias a un análisis histórico que utiliza los conceptos y las explicaciones de una teoría científica: la concepción materialista de la historia. Esta contrastaba con el idealismo histórico de Hegel y las concepciones literarias meramente "utopistas", no sólo porque partía de un análisis crítico de la "anatomía" de la sociedad moderna, su "economía política"; no sólo porque dejaba atrás las categorías del despliegue de la Idea de la "Libertad" en las distintas fases de la Historia Humana; sino porque tenía como "criterio de verdad", no el razonamiento "puro", sino la práctica política.

Marx y Engels se autocaracterizaron como científicos. Y lo hacían de acuerdo a las concepciones de su época, cuando el prestigio de las ciencias naturales era tanto, que se proponía desplazar cualquier creencia religiosa o simplemente especulativa-filosófica ¿Por qué no también las doctrinas políticas que se basaban, o bien en tradiciones nacionales o culturales, o bien en una filosofía política iluminista, cuyo centro era una antropología filosófica que especulaba sobre el Hombre Natural, su Igualdad y su Libertad?

Para Marx y Engels, esa vinculación necesaria entre teoría y práctica no era solamente una toma de posición ontológica, hasta metafísica, contra el idealismo y el materialismo de sus maestros de su siglo y del anterior. Las Ciencias Naturales habían emergido contra todas las creencias religiosas y la teología de inspiración tomista, orientadas hacia el dominio práctico de la Naturaleza. Esto es lo común de todo pensamiento moderno: si la Naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca. Sustituyamos Naturaleza con Historia en la frase, y tendremos el programa de este marxismo originario.

Los clásicos pretendían fundar una Ciencia de la Historia y no eran los únicos que se lo proponían en aquellos tiempos. Por esos mismos años, el positivismo de Saint Simon y luego de Comte se propusieron algo similar, dando nacimiento, efectivamente, a una nueva disciplina científica: la sociología. Es notable que los cuatro (Marx, Engels, Saint Simon y Comte) compartían su esperanza en el Progreso indetenible de la Humanidad, cada cual a su manera.

No está equivocado Foucault cuando aprecia en el marxismo una síntesis de escatología y positivismo, observación que se parece mucho a la de Gramsci cuando advierte "incrustaciones de positivismo" en Marx y reconoce que algunos militantes creen en la fatalidad de la Historia como en la Providencia Divina. Tampoco yerra Foucault cuando identifica en las obras de Marx los mismos códigos con que los economistas de una generación anterior, por ejemplo, David Ricardo, analizaron el Trabajo, la Riqueza, la Producción y las relaciones sociales y económicas en general. Engels reconocía que nociones como la lucha de clases para explicar el desarrollo de los procesos históricos, ya habían sido desarrollados antes que ellos, por los historiadores de la revolución francesa y por Saint Simon en particular.

Las nociones de Marx y Engels, acerca de lo que es una ciencia y cómo practicarla, es la misma de muchos otros científicos de su época. Esto se nota hasta en su concepción del método.

En varias partes de su obra constatamos que confiaban, primero, en una etapa de exploración centrada en la inducción, en un recorrido lógico de lo particular a lo general, de lo concreto a lo abstracto, es decir, un primer recorrido generalizador de aquellos rasgos descubiertos por la vía de la clasificación y la comparación entre un número importante de observaciones. En un segundo paso, el científico de la historia emprendía la fase de la exposición de sus resultados, que era, por supuesto, deductivo, es decir, iba de lo general a lo articular, de lo más abstracto a lo más concreto, entendiendo este nuevo "concreto", construido por el pensamiento, como la "síntesis de múltiples determinaciones". Hasta aquí, el método de Marx es bastante parecido al método de, pongamos por caso, Darwin, pero, sobre todo, de David Ricardo.

Ahora bien, como se trataba de reproducir teóricamente un proceso histórico, es decir, de describir y explicar un fenómeno que se da en el tiempo, como lo es el capitalismo, el científico debía fijarse en la manera como se resolvían y decidían los conflictos en el tiempo. He allí toda la dialéctica marxista: un "núcleo racional", como Marx dice, que ya estaba en la filosofía histórica de Hegel, que nos indicaba cómo exponer las circunstancias dramáticas con que se establecía un orden social o político: a través de episodios de tensiones, equilibrios frágiles, enfrentamientos, conversiones en sus contrarios, de reconciliaciones problemáticas y transformaciones irónicas.

La dialéctica hegeliana se la colocaba así "sobre sus pies", porque "el ser social determina la conciencia social", es decir, los hombres no eran lo que pensaban ni decían de sí mismos, no andaban sobre sus cabezas, sino que pensaban a partir de lo que eran, es decir, sobre sus pies. Y este "ser social" se determinaba especialmente por sus intereses derivados de la posición de su grupo en la producción material: trabajadores asalariados o dueños del capital.

Hay que decir que la imagen de la ciencia que se tenía hacia la mitad del siglo XIX, es muy diferente a la que se tiene en el siglo XXI. En primer lugar, hoy día se ha diluido esa confianza, esa fe optimista, en el progreso de la Humanidad. Se ha constatado a través del desarrollo del armamento nuclear y, sobre todo, con motivo de la amenaza ecológica, el cambio climático, la desaparición de millones de especies, etc., que ya no es deseable el avance lineal e ilimitado de las potencialidades de los hombres gracias a la ciencia y la tecnología, el avance de las fuerzas productivas, como las llamaba Marx.

El Progreso científico-técnico no conduce automáticamente al bienestar o a la consecución de una sociedad más justa, segura o de mayor bienestar. No sólo no es deseable el creciente control, aprovechamiento y explotación de la Naturaleza, sino que tampoco lo es el incremento del control y manipulación sobre los propios seres humanos, a través de las biotecnologías desarrolladas por los conocimientos científicos acerca del propio Homo Sapiens.

Igualmente, a partir del debate epistemológico y filosófico de la década de los cincuenta, y aún antes, se ha dejado de sostener como único método científico ese balanceo lógico entre inducción y deducción, inspirado, por cierto, en Aristóteles.

Otro cambio es que, gracias a contundentes argumentos epistemológicos, se han legitimado teorías sociales o humanas que ya no buscan establecer supuestas "leyes" sociales o históricas de las regularidades que se repiten necesariamente; sino que algunas investigaciones científicas se proponen más bien descifrar e interpretar sentidos y significados en las relaciones sociales humanas que se presentan como únicos, irrepetibles, contextualizados en sus especificidades. Lo que Rickert, a principios del siglo XX, llamó ciencias idiográficas.

Por otro lado, gracias a la argumentación lógica de Popper, se ha demostrado que la inducción no conduce a verificar teorías de validez general. De hecho, el procedimiento mismo de la verificación, con todos sus supuestos acerca de la lógica y el lenguaje de la ciencia, ha quedado atrás. Si es que hay un método (lo cual es discutible desde posiciones de pluralismo metodológico: hay varios métodos científicos posibles) ese es el hipotético deductivo, que lo único que hace es orientar y diseñar las experiencias con las cuales se busca, no verificar teorías, sino más bien refutar las hipótesis que se deduzcan de ellas. Con esto queda superada la idea de que las teorías científicas son plenamente verdaderas (o "todopoderosas" como llegó a sostener Lenin), pero además la condición de cientificidad misma ha cambiado: científico es aquel conocimiento que puede ser refutado; lo cual lo distancia de cualquier dogma basado en la pura fe.

Más tarde Thomas Kuhn halló en la historia de las ciencias que están no evolucionaban como afluentes a un gran río; sino que, tras momentos de crecimiento gradual, tenían saltos, cambios revolucionarios, que resolvían la incapacidad de las ciencias hasta ese momento vigentes, de incluso plantearse ciertas anomalías, desplazando los paradigmas. Lakatos propuso criterios racionales para decidir entre diferentes paradigmas, por su fecundidad heurística, por ejemplo. Pero Feyerabend, por su parte, propuso anda menos que una epistemología anarquista cuya consigna es que "todo vale2 en materia de métodos científicos.

La ciencia hoy ya no tiene necesidad de competir con el dogma religioso. En parte, porque ya lo había derrotado definitivamente en la explicación de muchas cosas cosmológicas, biológicas, físicas, hasta humanas. Claro que todavía sobreviven posturas reaccionarias que se enfrentan a la teoría de la evolución, por ejemplo. Pero desde que la Iglesia Católica reconoció a Darwin en 1996, algo se ha avanzado.

Pero también porque las ciencias se asumen como una concreción del pensamiento crítico. Desde los 60, la epistemología (que es, tanto una filosofía de la ciencia, como la sistematización de las enseñanzas de la historia de la ciencia) ha apuntado a los sucesivos cambios de las teorías científicas y de los modos mismos de producir ciencia. Kuhn y su planteamiento acerca de los paradigmas y Lakatos con el suyo acerca de los Programas de Investigación, apuntan a la misma idea: lo contrario de la ciencia es el dogma; lo que tomamos hoy como verdadero, mañana será seguramente un error, y es en esa transformación de las certezas en falsedades donde encontramos la historia real de la ciencia, su enseñanza general más segura, dentro de su esencial incertidumbre.

Se me dirá que ya desde el siglo XIX, el siglo de Marx, se asume que la ciencia, y por tanto la de la historia, debe someterse a crítica permanente, confrontándose con los resultados de sus predicciones. Es cierto. Pero ocurre que la apropiación y la aplicación de una aspirante a "ciencia de la historia" como el marxismo, pasa por la defensa militante de sus postulados. Y este es un factor que lleva al marxismo, desde temprano, a convertirse en una doctrina, con toda la connotación de rigidez y cosa sustentada en la fe que le da a esa palabra un Edgar Morin. Es por eso que ya, con la generación de los discípulos de Marx, comenzó a hablarse de "ortodoxia" y "heterodoxia", y hasta de "herejía", asimilando el marxismo a una teología.

Marx mismo siempre fue muy celoso de que los principios de su teoría no fueran distorsionados por acuerdos, seguramente muy convenientes desde el punto de la conveniencia política del momento. Por eso la emprendió contra sus propios discípulos del naciente Partido Socialista Alemán, fundado en una reunión en la ciudad de Gotha, porque habían conciliado cuestiones de principios, conceptos teóricos, para complacer a unos aliados con los cuales seguramente se lograría el objetivo de formar una organización política eficaz. Y Marx era temible en sus polémicas teóricas. Quiero decir: no escatimaba ironías, burlas, insultos, ridiculizaciones, contra sus adversarios, incluso siendo éstos dirigentes proletarios de importancia. Este estilo agresivo y arrogante se lo heredó a algunos de sus alumnos.

De allí, en parte, la violencia de las polémicas internas de los marxistas, sobre todo porque las hipótesis y las predicciones de la teoría, comenzaron a ser refutadas y, a partir de allí, surgieron los "revisionismos".

  1. PREDICCIONES, REFUTACIONES Y POLÍTICAS MARXISTAS

La primera gran predicción hipotética marxista fue que el capitalismo marchaba irremediablemente hacia una crisis general mortal, la cual abriría las puertas de la revolución proletaria.

Ocurrió que, ya desde los últimos años de vida de Marx, y hasta entrado el siglo XX, el capitalismo, contrariando las predicciones de la "ortodoxia", se expandió y creció durante un tiempo inesperado, justo el período en que el principal partido oficialmente marxista, el Socialdemócrata alemán, tenía sus mayores éxitos electorales, parlamentarios y de mejoramiento de las condiciones de la clase obrera. La constatación de estas tendencias reales de la historia, llevó a algunos dirigentes especialmente, ligados a la lucha sindical, por cierto, a cuestionar la hipótesis de la crisis general del capitalismo y la tesis derivada de la necesidad de la revolución proletaria. La clase obrera podía lograr sus objetivos, incluida una sociedad justa, gradualmente, mediante reformas sucesivas, combinando la vía electoral y la de la presión de masas.

La segunda gran predicción hipotética del marxismo era que la revolución proletaria debía darse justo allí donde el proletariado, en virtud de una gran desarrollo industrial, de esas "fuerzas productivas" que le alababa Marx al capitalismo, se había convertido, no sólo en la inmensa mayoría de la población, sino en la única que podía sacar a la sociedad de la barbarie, conservando todo el progreso alcanzado, y avanzando hacia nuevas relaciones sociales. Evidentemente, Marx y Engels se estaban refiriendo a Inglaterra, Francia, Alemania, quizás Estados Unidos. La revolución rusa, justamente el país más atrasado de Europa, con una inmensa mayoría de población campesina, refutó esta gran hipótesis. Esto lo reconoció hasta Antonio Gramsci, gran marxista y, a la vez, partidario del proceso ruso el cual, por cierto, lo llamó "la revolución contra el Capital", es decir, el proceso que había contrariado las previsiones teóricas de la obra cumbre de Marx.

Pero la generación de Lenin justificó este giro imprevisto de la historia, por una realidad nueva que se requería conocer científicamente: el imperialismo. Esta era una nueva fase de un capitalismo, ya no de mercado libre, sino de monopolios, grandes carteles, plenamente industrializado, de integración del capital bancario y el industrial en el capital financiero, pero, sobre todo, internacional, sometiendo a países aún no capitalistas a una explotación que pisoteaba la independencia de esos pueblos. Así como la Idea de la Libertad, de acuerdo a la filosofía de la historia hegeliana, había ido del oriente, al occidente, yendo de su manifestación en el uno del déspota, al algunos de la aristocracia griega, hasta llegar a los ciudadanos de los regímenes constitucionales (aunque fuesen monarquías); ahora la revolución se había desplazado de su origen en los países capitalistas industrializados, a los atrasados de su periferia, hasta llegar a las colonias de Oriente.

¿No era esto una simple racionalización, la defensa a base de excusas, pretextos y evasivas, de unas creencias pseudo-científicas, más bien religiosas, contra las evidencias de la experiencia real? La historia, como lo mostraban todas las evidencias, había cogido para otro lado, hacia un derrotero muy distinto al que habían previsto Marx y Engels en su teoría, con su ciencia.

  1. ANTE LA ANOMALIA, ¿CÓMO MANTENER EL MISMO NÚCLEO DE PREMISAS?

Esta nueva situación implicaba una anomalía que exigía, efectivamente, una reconceptualización, una revisión de todo el paradigma. Para decirlo en término de Lakatos, el núcleo de premisas teóricas del marxismo se trató de mantener incólume mediante un nuevo anillo de hipótesis protectoras, que pretendían dar cuenta de los nuevos fenómenos y desarrollos, además de inferir nuevas predicciones.

Así, las potencias imperialistas tenderían a la guerra entre ellas, en su disputa por mercados y territorios. Esto abriría nuevas oportunidades de revolución, pero ya no en la Europa y Norteamérica industrializadas. El proletariado de las potencias centrales se "aburguesarían", gracias a la renta extraída de las colonias, dándole base social al reformismo socialdemócrata, nuevo obstáculo a la revolución; mientras que una nueva alineación de clases y fuerzas sociales en la periferia capitalista se enfrentarían al imperialismo, colocando como objetivos tanto la autodeterminación y la liberación nacional, como pasos hacia el socialismo. El marxismo entraba en una nueva etapa. La dirigencia soviética, que mandaba en la nueva Internacional, la Tercera, que se constituyó en 1919 como Partido Revolución Mundial, le dio por llamar la nueva configuración teórica "marxismo-leninismo". Supuestamente se trataba del marxismo de la época del imperialismo y de la actualidad de la revolución.

El nuevo desarrollo teórico reformuló los polos de los conflictos mundiales (de su "dialéctica"), como resultado de una discusión teórica que ya se había dado en el seno de los propios soviéticos, desde antes de la revolución de 1917. El debate problematizaba el rol de las distintas clases sociales y cuestionaba sobre cuáles serían los objetivos generales de la revolución contra el zarismo en Rusia.

Había cuatro respuestas a esto. Primero, los populistas le daban el protagonismo a las masas campesinas, dado que eran la mayoría de la población, y su condición de explotadas por la aristocracia zarista, en un país cuasi feudal como lo era la Rusia, donde el desarrollo industrial era todavía incipiente. Segundo, los marxistas de la segunda generación, o sea Plejanov, el maestro de Lenin, y los mencheviques, apreciaban que la revolución debía plantearse un programa de objetivos que llevara a Rusia a romper con las estructuras feudales en el campo y a fortalecer la industria en las ciudades. Por ello, la burguesía debía encabezarla y el proletariado acompañarla e impulsarla, junto a las grandes masas campesinas, que también se beneficiarían con la redistribución de las tierras de los aristócratas. Tercera respuesta, la de los bolcheviques: la revolución debía barrer con la estructura feudal, sí, pero, al mismo tiempo, implicaba una alianza obrero-campesina que, si bien podían apoyar una democracia y un desarrollo industrial encabezado por la burguesía, debía ir un poco más allá. Cuarta respuesta, el proletariado, aunque minoritario demográficamente, dirigiría la revolución por su compactación, decisión y organización, por ello, si bien la revolución atravesaría un momento democrático y burgués, debía seguir adelante hacia la dirección proletaria, o sea, el socialismo. Esa era la propuesta de Trotsky, elaborada después de la primera revolución rusa de 1905. Esta opinión la tituló Trotsky como "revolución permanente". Luego veremos que esta fue la base de su conflicto con Stalin.

Lo cierto es que la estrategia que al final definió Lenin coincidió con la de Trotsky: los bolcheviques y, mucho más importante, las masas obreras y campesinas rusas concluyen en 1917 que el gobierno democrático de Kerensky, abrumado por las derrotas en la guerra, sus efectos económicos y sociales y los compromisos con sus aliados internacionales, no podía conquistar la paz, ni repartir la tierra en el campo, ni siquiera garantizar la alimentación en las ciudades. Por eso, con la consigna "paz, pan, tierra", los consejos de obreros, campesinos y soldados, se suman al Partido de Lenin, y apoyan el derrocamiento de los mencheviques y demás partidos democráticos antizaristas, impidiendo la realización de una Asamblea Constituyente. Las tareas "democrática-burguesas" las asumió una "dictadura revolucionaria del proletariado", ejercida por el Partido Bolchevique que, igual, tomó para sí las metas de urbanización, electrificación, industrialización, modernización, en fin, de la atrasada Rusia. Se inició un nuevo ensayo de poder proletario, después de la fallida Comuna de París.

Por cierto, de ese experimento, en 1872, Marx había inducido la hipótesis de que, al tomar el proletariado el poder, el estado iniciaría un proceso de disolución, por cuanto las medidas de revolución social, de transformación de las relaciones sociales, que tomaría el gobierno de nuevo tipo, conducirían a la eliminación de la diferencia de clase y el cese de utilidad de un aparato represivo cuya única función era mantener la explotación. La Comuna de París duró poco (tal y como había pronosticado Marx, por cierto, por la debilidad que todavía tenía el proletariado francés) y fue aplastada, tanto por las tropas alemanas y austriacas, como por las del gobierno burgués y republicano francés. La enseñanza fue, sobre todo, que había que implantar un régimen de fuerza que reprimiera efectivamente la resistencia de la clase derrotada, para poder avanzar, pronto, a una transición donde la amplia democracia del poder proletario se extendiera a todos los ámbitos sociales. Se suponía, claro, que ya la burguesía derrocada había desarrollado lo que había podido de las fuerzas productivas: el país ya habría estado modernizado, por lo que al fin, los trabajadores podían aspirar a la abundancia sin explotación de clase.

Lenin tomó nota de esto, y él y Trotsky aniquilaron físicamente gran parte de la aristocracia zaarista y parte de la burguesía contrarrevolucionaria, aparte de dar, exitosamente, la guerra a los aliados del régimen pasado. También se plantearon la modernización, empezando por la electrificación de todo el país. Al efecto se iniciaron las grandes obras de infraestructuras necesarias. Pero, al avanzar el experimento soviético, lejos de confirmarse la hipótesis marxista de la gradual disolución del estado, éste avanzó hacia su propio fortalecimiento que era la del despotismo estatal, con el agravante de un sustitutismo, señalado por Trotsky, pero también advertido por Lenin, que sustituía la clase por "su" Partido, el Partido por el Comité Central, éste a su vez por el buró político que, finalmente, se sometía a la voluntad del Secretario General.

El proceso, señalado por Trotsky como "degeneración burocrática del estado obrero", contra el cual previno Lenin en su lecho de enfermo grave, fue explicado respectando el núcleo de las premisas teóricas del marxismo: el retraso económico, social y cultural de Rusia, empeorado por los efectos de la guerra Mundial y la guerra civil, las cuales golpearon sensiblemente a lo más consciente de la clase obrera y la campesina, llevaron a una situación excepcional de emergencia donde todo cayó bajo el control de una nueva burocracia que, además de crecer, fue asumiendo sus propios intereses como nuevo estrato dominante sobre el resto de la sociedad.

Se había producido una nueva anomalía que la teoría debía explicar.

Trotsky mantuvo su diagnóstico, de que aún "degenerado y burocrático" aquello seguía siendo un Estado Proletario, incluso hasta cuando Stalin firmó un acuerdo con Hitler para repartirse Polonia y los países nórdicos. Pero la evidencia del cruel despotismo stalinista, además de lo que para él eran crasos errores de conducción de la Tercera Internacional, que era el Partido Comunista internacional que decidía la política de todos los comunistas del mundo, lo llevó a plantearse la formación de una nueva Internacional.

El razonamiento trotskista iba así: la Guerra Mundial había evidenciado que estaban dadas todas las condiciones objetivas para la gran crisis del capitalismo mundial, pero las condiciones subjetivas de la revolución mundial habían sido frenadas debido a los intereses particulares de un estamento burocrático que había usurpado el poder proletario en la URSS y en la conducción de la Internacional Comunista. Era preciso construir otra Internacional que retomara la línea revolucionaria y, de paso, mediante una revolución política, desplazara del poder a la burocracia despótica.

Sabemos la historia: Trotsky fue asesinado en 1940 por un agente estalinista; Hitler, después de aprovechar el pacto con Stalin, decide una ofensiva, sorpresiva para el propio jefe soviético, contra la URSS, al mismo tiempo que completa el control sobre toda Europa continental con la invasión a Francia, e inicia el asedio a Inglaterra. Después de millones de muertos, de mucho heroísmo y sacrificios, los invasores nazis son rechazados. La URSS se alía a Inglaterra, Estados Unidos, Francia, para derrotar definitivamente la amenaza fascista, y, en 1945, repartirse Europa. En el camino desaparece la tercera Internacional, para complacer Stalin a Churchil, aunque permanece el control férreo de la dirigencia soviética sobre todos los comunistas del mundo, que subordinaron sus políticas a la defensa de la "Gran Patria Socialista".

La anomalía crecía. Las hipótesis refutadas iban acumulándose: la transición socialista no conducía hacia la disolución del estado; la clase obrera había sido sustituida por una casta burocrática cada vez más poderosa; el proletariado europeo occidental no hizo la revolución, sino que se había plegado a la socialdemocracia reformista y llegaba hasta a defender el imperialismo de su propia burguesía; la revolución se había dado en los países económica y socialmente atrasados, con el apoyo del campesinado dado el poco tamaño de la clase obrera, obligando a los nuevos gobiernos a asumir tareas modernizadoras que, en Occidente, habían realizado las burguesías; un estado, el soviético, no una clase, se había convertido en la vanguardia de la revolución mundial, y a su defensa debían consagrarse los comunistas del mundo, defendiendo incluso, no sólo su despotismo, sino sus acuerdos con las potencias imperialistas para repartirse el mundo.

Y, lo que es peor, el capitalismo se renovaba y fortalecía tras cada gran crisis. Después de la Segunda Guerra, de hecho, vivió un largo período de crecimiento en el cual, además, se generalizó un "estado de bienestar" del cual se beneficiaba la clase obrera, mellando, quizás para siempre, su carácter revolucionario. Era todo tan anormal que, lejos de agudizarse las pugnas interimperialistas como pronosticaba la teoría del imperialismo leninista, el capitalismo hacía todo un solo bloque económico, político y militar, para enfrentar al otro bloque, llamado socialista.

Pero, con el paso de los años, otras hipótesis iban a ser refutadas, poniendo en peligro el núcleo de premisas de la teoría.

  1. DIVERGENCIAS, RUPTURAS, CONFLICTO ENTRE MARXISMOS

Ya desde el gran triunfo sobre el nazismo, en pleno auge del prestigio de la URSS y su gran líder Stalin, las divergencias se habían hecho sentir, y no dejaron de aumentar y agudizarse, hasta que en la década de los 1960 y 1970, hicieron explosión

Las disidencias graves con el poder soviético ya habían comenzado con Tito, todavía en plena Guerra Mundial, el gran dirigente yugoslavo que logró el éxito de una guerra de guerrillas de liberación contra la ocupación nazi, sin el apoyo directo de los soviéticos, como había ocurrido en la mayor parte de Europa. También en Italia, en Francia y en Grecia, los comunistas habían encabezado la resistencia antifascista, pero sus dirigentes se plegaron a los acuerdos de la URSS con sus aliados, y entraron en acuerdos de coalición con los partidos "burgueses", no sin problemas, como en Grecia. En Yugoslavia, Tito, no sólo consiguió unificar pueblos tradicionalmente hostiles entre sí (serbios, croatas, montenegrinos, bosnios, macedonios, albanos, etc.), sino que evidenció sus diferencias con Stalin, recurriendo a una hábil diplomacia que no dudaba en apoyarse en ocasiones en Inglaterra, y hasta impulsando iniciativas hacia los países recién liberados del dominio colonial de los imperios europeos, y propuestas originales de la trascendencia del movimiento de los no alineados, en plena Guerra Fría.

Pero quiso la ironía de la historia que, justo cuando Stalin y el estalinismo fueron denunciados por la propia dirigencia soviética, después de la muerte del susodicho, la hegemonía de la URSS fuera desafiada por el otro gigante comunista: China.

Mao ze Dong había venido apartándose de las directrices de Moscú desde su propia guerra revolucionaria campesina (que, de paso, nunca fue prevista por ninguna de las hipótesis deducidas de la teoría general). Luego, al tomar el poder, se permitió poner en cuestión las recómendaciones de los manuales de economía aprobados por el propio Stalin, donde se dictaban las líneas gruesas del modelo soviético de construcción del socialismo. Esto le permitió inventar un marxismo chino, un camino propio (o sea, nacional) de construcción del socialismo, que puso en cuestión no pocas proposiciones marxistas soviéticas. La escalada de distinciones, alejamientos, expulsión de asesores soviéticos y, finalmente, rivalidad, enfrentamientos, insultos y amenazas, abrió el cisma chino-soviético que reformuló toda la geopolítica mundial desde los 1960, especialmente cuando en 1972 se reunieron Mao y Nixon, el máximo representante de la ultraizquierda mundial y la cabeza de la derecha del planeta.

La ruptura se presentó como una profunda divergencia ideológica que tocaba muchos temas claves doctrinarios, desde la construcción del socialismo (énfasis en el avance de las fuerzas productivas contra transformación de las relaciones sociales), hasta la estrategia política internacional (contradicción principal entre el bloque socialista y el bloque imperialista, contra contradicción principal entre el Imperialismo y el "Socialimperialismo" soviético, y las luchas armadas antiimperialistas de los pueblos del Tercer Mundo). Para el PC chino maoísta, el estado de la URSS había sido usurpado por una nueva burguesía, la cual había restaurado la explotación capitalista del proletariado en su país, e imponía su dominio imperialista sobre las naciones del llamado "Bloque Socialista". Para evitar procesos de usurpación de clase similares, China, y las direcciones revolucionarias inspiradas en su experiencia y orientación, debía promover regularmente "revoluciones culturales", en las que la lucha de clases llegaría a su máxima tensión bajo la dictadura del proletariado. Para Mao, la estrategia soviética de "Coexistencia pacífica para la competencia económica con el bloque imperialista", constituía una traición al Internacionalismo proletario, el cual debía tener su continuación en las luchas guerrilleras antiimperialistas.

En China se desató la "Revolución Cultural Proletaria" bajo las órdenes directas de Mao y sus secuaces. Muchos miles de estudiantes organizados en lo que se conoció como los "Guardias Rojos" atacaron a académicos y autoridades en sus universidades y centros educativos, a los dirigentes locales y regionales del PC que no estuvieran con la línea de Mao, a los artistas tradicionales, intelectuales y científicos. En el PC y en la estructura del estado fueron marginados, perseguidos y hasta eliminados los dirigentes que seguían líneas pragmáticas, hasta de sentido común económico o administrativo. Con la idea de avanzar en la superación de la división social del trabajo, se enviaron a la fuerza a los intelectuales y profesionales universitarios a sembrar la tierra, mientras que a los campesinos se les instigó a nutrir formas colectivas de producción, muchas veces reñidas con cuestiones elementales de productividad. El "modelo chino" alcanzó su apogeo en el experimento camboyano, donde los combatientes del Khmer Rouge sacaron a la fuerza de las ciudades, a millones de personas (y mataron un par de millones por lo menos), obligándoseles a sembrar la tierra con los métodos más primitivos. Después de más de 20 años, y tras la muerte de Mao, retornó al poder la línea pragmática de Deng Xiao Ping, y el viraje fue espectacular.

La crisis del stalinismo estalló con el cisma chino-soviético, y antes, con el antecedente yugoslavo. Pero tal vez habría que retrotraerlo a la derrota de Trotsky en el PCUS en la década de los treinta y su asesinato en 1940. El stalinismo, en sí mismo, era la crisis del marxismo, del movimiento comunista internacional. El presidente del Soviet de Petrogrado y gran organizador del Ejército Rojo, ya había caracterizado la elaboración teórica de Stalin, "el socialismo en un solo país", no sólo como la muerte del internacionalismo proletario, sino como una variante de nacionalismo de gran potencia, que subordinaría todo el movimiento comunista a los intereses geopolíticos del naciente imperio. La base social e histórica de lo que consideraba una desviación terrible del marxismo, era la usurpación de un estrato burocrático que usufructuaba los avances económicos del estado soviético y sometía al proletariado al más duro de los despotismos. La propuesta trotskista, aparentemente más atenta a la literalidad del discurso marxista, sostenía que ya estaban dadas las condiciones objetivas para la revolución socialista en el mundo y, por ello, y análogamente a lo que había ocurrido en Rusia, era el proletariado, independientemente de su tamaño en cada país, debía dirigir revoluciones sociales, que resolverían, de paso, las tareas de liberación de los imperialismos y el logro de la modernización social y económica. Esa "revolución permanente" debía ser impulsada con la consigna del internacionalismo proletario, porque la revolución sería mundial, o no sería.

Pero ya se había dado el giro nacionalista. En teoría, ya se había distinguido entre la construcción del socialismo en un solo país (o, en el mejor de los casos, en cada país por separado, aunque subordinados siempre a la "Gran Patria del Socialismo"), por un lado y por el otro, la revolución mundial. Se había tocado una premisa del núcleo teórico del pensamiento de Marx. Ahora era posible el "socialismo en un solo país", el contenido nacional de cada proyecto. Y esto se reprodujo en las siguientes versiones del marxismo político en el mundo. En cierto modo, las acusaciones maoístas de revisionismo eran ciertas. La URSS había aprobado, todavía en tiempos de Stalin, una constitución según la cual ya se había superado la dictadura del proletariado por un "estado democrático de todo el pueblo". Los países subordinados a la URSS participaban de una comunidad, donde se evidenciaba el dominio soviético y la dependencia.

Contribuyeron a esto los dictados de Moscú, sobre todo la línea del "etapismo", la alianza con las "burguesías nacionales" para el logro de una etapa de "liberación nacional" de las colonias de los imperialismo europeos. Se aplicaba así un esquema de jerarquización de las contradicciones estratégicas, posteriores a la Guerra Mundial, que correspondían con los grandes lineamientos: primero, estaba la contradicción del bloque socialista, por un lado, encabezado por la URSS, y el bloque capitalista, por el otro, encabezado por los EEUU. Este gran conflicto planetario debía sofocar los "puntos calientes" que todavía en los cincuenta y sesenta, podían ocasionar un enfrentamiento directo (por ejemplo, en Corea, pero, en general, en todos los conflictos regionales de la época, como en Vietnam), porque la creación de la bomba nuclear replanteaba las leyes de la guerra. Ahora estaba en juego la supervivencia de la especie humana. Por ello, la supervivencia de la "Patria del Socialismo" devino en "coexistencia pacífica de los dos sistemas y su competencia económica". La segunda y tercera contradicción, en el orden de importancia estratégica, colocaba la lucha por el socialismo sólo en tercer lugar, si mucho, después de la "liberación nacional", la alianza de los PC con los nacionalismos.

Aun así, en el marco de la estrategia de la coexistencia pacífica, ocurrieron cosas como la revolución cubana, cuya deriva posterior, "crisis de Octubre" incluida, contribuyó a reforzar el planteamiento. La URSS y los EEUU, como grandes potencias mundiales, administraban y negociaban sus tensiones a través de conflictos locales y repartos territoriales, mientras llamaban al botón a sus peones cuando era necesario. Las dos potencias negociaron la colocación de sus misiles en Cuba y en Turquía, respectivamente; Cuba dejó de promover tan abiertamente la subversión en América Latina, área de dominio norteamericano. Subsistió el bloqueo económico sobre la isla, aunque poco a poco el capital internacional (europeo) comenzó a explotar, en conjunto con el estado cubano, el turismo, después del fracaso del proyecto de convertir a Cuba en exportador masivo de azúcar, cuya venta estaba garantizada (junto a la dependencia) en la URSS.

Luego de ciertos ajustes en la política para tratar las "contradicciones" internas de cada país, con el aflojamiento del despotismo policial omnipresente en los países de órbita soviética, los sucesores de Stalin volvieron a tirar de las bridas e intentaron retomar el control absoluto, reprimiendo ciertos movimientos democratizadores (como el de Checoslovaquia) y otros francamente anticomunistas (Hungría).

En ese contexto, el ejemplo chino fue otro incentivo para romper con el control soviético, y esto no se vio solamente en los estados del bloque, sino en los PC, especialmente los más grandes fuera del poder: los PC de Europa Occidental, a saber: el francés, el italiano, el español. Surgió el eurocomunismo rompiendo con la URSS, con la tesis de la dictadura del proletariado y de la hegemonía proletaria (que se habían asumido como premisas del núcleo de la teoría), y planteando un acceso pacífico y democrático electoral al poder.

Cabe la duda de si la crisis a la que aludimos fue sólo la del stalinismo o la del propio marxismo. En los hechos, el primero era casi una "encarnación" del segundo. Pero no era la única. Como se puede ver en lo expuesto, ya había varios marxismos, tanto políticos (y por tanto ideológicos) como puramente teóricos, no sólo diversos, sino también contradictorios. Algunos ya habían previsto elementos que apuntaban al derrumbe soviético que se daría en los noventas.



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Jesús Puerta


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