El socialismo como lucha espiritual (I)

"El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo el que nace del Espíritu"

Juan 3,9

"El combate espiritual es tan brutal como las batallas de los hombres"

Rimbaud: Una temporada en el infierno

"Si reservamos en nuestra vida un poco de espacio para la espiritualidad, ésta nos ira transformando, pues tal es el poder propio de la espiritualidad: producir una transformación interior"

Leonardo Boff: Espiritualidad: Un camino de transformación

"Donde hay espíritu hay respiro. Donde hay respiro hay confianza. Donde hay respiro hay esperanza. Y en eso consiste la espiritualidad"

José Arregi: Cristianismo, Historia, Mundo Moderno

«La inteligencia burguesa se ocupa con la crítica racionalista del método, la teoría, la estrategia de los revolucionarios. ¡Qué malentendido! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia, sino en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual... La emoción revolucionaria... es una emoción religiosa. Las motivaciones religiosas se desplazaron del cielo a la tierra. Ellas no son divinas sino humanas y sociales"

José Carlos Mariátegui: El Hombre y el Mito, El alma matinal.

 

Con este artículo doy inicio a la serie El socialismo como lucha espiritual, donde deseo dar respuesta a preguntas fundamentales o básicas que se plantea cualquier persona interesada por la teoría y práctica del socialismo desde un enfoque cristiano y budista.

I. Aclaraciones preliminares

"Espíritu" es un término cambiante y complejo que históricamente ha recibido distintos sentidos. Se ha utilizado para traducir conceptos no homogéneos, como mens, verbum, pneuma, animus, genius, intellectus, ratio, etc., y para indicar diferentes características y dimensiones de la existencia humana, como inspiración, relación con Dios, sujeto personal único, dimensión cultural, sentido del humor y otras. Como una larga tradición vincula este término a las interpretaciones teológicas del hombre es conveniente decir algo sobre él. No vamos a reconstruir la historia compleja y difícil de este término, pero recordaremos brevemente algunos de sus significados. La historia moderna enseña que en el idealismo se pierde la singularidad de los sujetos. En último término, una vez eliminado el sujeto metafísico, la distancia entre el idealismo absoluto y el materialismo no resulta grande, como se percibe claramente en el materialismo de Karl Marx.

Gabriel Madinier (1895-1958) observa en su libro Conciencia y Amor:

"Si el espíritu se define por lo inteligibles, debemos convenir en que la conciencia desempeña solamente un papel provisional y subalterno. A fin de cuentas, ella es sólo el lugar donde se produce lo inteligible. Pero el problema consiste precisamente en saber si lo espiritual debe definirse mediante lo inteligible"

La historia muestra otro camino para captar el espíritu, que no insiste primordialmente en la diversidad y alteridad radical del espíritu respecto a la materia. El punto clave para captar el espíritu es el encuentro con el otro, la radical alteridad del otro sujeto. No hay que buscar, pues, el espíritu en el marco de las cualidades o propiedades de los seres, sino en la alteridad de los sujetos o de las personas. Lo espiritual no indica una cualidad o propiedad, sino ante todo el hecho de ser un sujeto, una persona, un yo frente a un tú. Ser alguien (sujeto, persona) no se encuadra en el orden de las cualidades y características de la realidad. Jamás se le pondrá descubrir incrementando nuestros conocimientos científicos y racionales, que enumeran las distintas cualidades de los seres que nos rodean.

Para evitar posibles malentendidos, se debe tener presente que el pensamiento, la voluntad y la libertad al fin y al cabo no existen. Lo que existe es un sujeto humano concreto e inconfundible que piensa, quiere, ama, etc. Pensar, amar, querer…son modos de ser del sujeto personal. El problema del espíritu no tiene que ver en primer lugar con la inmaterialidad de la facultad intelectiva y volitiva, sino con la alteridad y carácter único de la persona.

En la intersubjetividad de las personas es donde se manifiesta con más claridad la naturaleza del espíritu y donde se revela más concretamente que no es posible reducirlo a una propiedad de la materia evolutiva. La certeza del otro es un dato inmediato y no el resultado de un razonamiento filosófico. El otro se presenta ante todo como otro sujeto único que no se identifica conmigo y que no se puede cambiar por ninguna otra persona.

Por tanto, la existencia del otro sujeto constituye la verdadera trascendencia metafísica donde el cogito está totalmente abierto al otro, y ante él se descubre como un ser singular, limitado, único, inconfundible y ontológicamente irreductible a otros sujetos.

La multiplicidad innegable de los sujetos personales es la auténtica razón por la que todo intento de interpretación monista debe ser abandonado y por la que se afirma que el espíritu no se puede reducir a la materia. La multiplicidad de los sujetos no niega la totalidad de la materia, a la que se remiten las ciencias, sino que contesta sus pretensiones metafísicas. Ni el filósofo ni el científico pueden aceptar un razonamiento que prescinda de la totalidad (causal, científica, evolutiva…) en el mundo, convirtiéndolo en una afirmación metafísica sobre la totalidad ontológica o monismo ontológico, es decir, en una afirmación de que toda realidad es materia (materialismo).La multiplicidad ontológica de los sujetos se impone con absoluta inmediatez. Por eso las explicaciones científicas, incluidas las evolucionistas, aunque pueden revelar dimensiones profundas del hombre, no pueden eludir el misterio de la unicidad de los sujetos personales, o sea, no pueden negar el misterio del espíritu.

La esencia del espíritu se ha de buscar, en el hecho de ser con otros sujetos, en comunión con otros sujetos en el mundo. No mónadas metidas en una capsula, ni espíritu universal, ni una totalidad causal evolutiva, sino una sociedad u orden de sujetos irreductibles, pero orientados esencialmente unos hacia otros. Decía Madinier que "el espíritu es sociedad y amor, es decir, realización perfecta de la sociedad absoluta".

Dentro de este marco fundamental se pueden situar todas las reflexiones tradicionales sobre el carácter espiritual de la inteligencia y de la voluntad. Y como el espíritu no es una característica o cualidad cualquiera, sino el sujeto, se le deberá identificar a través de su presencia activa en el mundo, a través de la llamada hacia el otro, de la respuesta, la comunión, el amor, el conflicto, el pensamiento, la voluntad, la opción libre y tantas otras cosas. En esta perspectiva se recupera la importancia del ego para consigo mismo: conocimiento de sí, autociencia, autoimplicación en la acción, etc. El espíritu significa dinamismo, vida, soplo, vitalidad y libertad.

II. Espiritualidad

Una definición primera, abierta y provisional de espiritualidad podría expresarse así: "espiritualidad es el empeño asumido y consciente por integrar la propia vida en el horizonte de trascendencia de aquello que uno percibe como valor último de la existencia"

En Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad, Jon Sobrino afirma: "La espiritualidad es una dimensión fundamental del ser humano. Le es tan inherente como su corporeidad, su sociabilidad, su praxicidad. Pertenece, por tanto, a su sustrato más profundo". El ser humano no puede renunciar a ella, como tampoco puede hacerlo con las otras dimensiones citadas. De lo contrario caería en la reducción unidimensiones. Una espiritualidad desvinculada de cuerpo desemboca en espiritualismo; desligada de la razón, acaba en sentimentalismo; sin relación con la praxis, termina siendo pasiva; desarraigada de la historia, es evasión de la realidad; sin subjetividad es impersonal; sin sociabilidad, desemboca en solipsismo.

La espiritualidad no es un conjunto de creencias más o menos articuladas, aunque las creencias pueden existir e incluso inspirar. La espiritualidad no es una serie de ritos, aunque los ritos pueden ser bellos y sanadores. La espiritualidad no es un sistema de normas morales, aunque unos principios morales pueden ayudar a mantener abierto un horizonte ético sin el que la espiritualidad es puro engaño. La espiritualidad es vivir en el Espíritu que habita en todos los seres, en el Espíritu que acompaña y consuela, que libera y da anchura, que nos hace prójimos y compasivos, nos hace capaces de paz y de armonía, nos enseña a mirar a todos los seres con atención y respeto. Nos permite ver que todo es sagrado y admitirlo y cuidarlo. La espiritualidad combina el conocimiento, la intención y la práctica. En resumen: la espiritualidad tiene que ver con el proceso de nacer de nuevo (una y otra vez).

Pero la espiritualidad tampoco puede reducirse o deducirse de manera mecánica de las condiciones materiales de existencia. Posee autonomía, ciertamente, pero es relativa, ya que se sustenta en las condiciones en que vive el ser humano: políticas, sociales, económicas, culturales y biológicas, al mismo tiempo que las ilumina y transforma.

Es necesario, para ello, evitar dos peligros: la separación de la espiritualidad de las demás dimensiones del ser humano, que desembocaría en dualismo, y la identificación con dichas dimensiones, formando un todo indiferenciado. La relación entre las diferentes dimensiones es dialéctica: todas ellas son codeterminantes y se codeterminan. Entre lo espiritual y lo material se produce una unidad diferenciada.

La espiritualidad no es una dimensión independiente de la liberación, como el espíritu no está, o no debe estar, separado de la totalidad del ser humano. Espiritualidad y liberación se complementan y enriquecen. Jon Sobrino habla de la necesidad de unir espíritu y práctica: "Sin espíritu la práctica está siempre amenazada de degeneración; y sin práctica, el espíritu permanece vago, indiferenciado, muchas veces alienante." No es posible la vida espiritual sin vida real e histórica, del mismo modo que tampoco se puede vivir espíritu sin que éste se haga carne.

Aprender a mirar es una de las tareas más importante de la espiritualidad. Tres son los presupuestos que establece Jon Sobrino para cualquier espiritualidad, tanto antropológica como teologal:

  • La honradez con la realidad.

  • La fidelidad a lo real.

  • Dejarse llevar por el "más" de la realidad.

La vivencia conjunta de la espiritualidad y de la liberación –espiritualidad de la liberación- lleva a optar por los excluidos y a luchar con ellos contra la exclusión.

III. Coda

Espiritualidad es una forma de vida, una forma de ser. Si colocamos tinta azul en un poco de agua y sumergimos un pañuelo de hilo blanco, todo el pañuelo toma el color azul sin dejar de ser un pañuelo de hilo.Sólo que toda su trama se ha coloreado de azul. Del mismo modo nuestra espiritualidad colorea la trama de nuestra vida. Es una cualificación de la vida de cada día. Espiritualidad hace referencia a espíritu y éste no se opone ni a materia, ni a cuerpo, ni a creación, ni a trabajo, ni a sociedad. Por el contrario la espiritualidad es una forma de vivir que tiene relación con el cuerpo; tiene relación con el trabajo y el espíritu con que trabajamos; tiene que ver con la relación con las otras personas, y con la creación, y la forma en que nos relacionamos; con la sociedad en que vivimos y con la forma en que nos hacemos parte de ella. De esta manera lo cotidiano se vuelve lugar de encuentro con Dios, lugar de experiencia espiritual. Que la noción de socialismo es equívoca lo muestra la sempiterna necesidad de adjetivarla. Según el adjetivo, así los diferentes tipos de socialismo: socialismo utópico, científico, ético, budista, humanista o de rostro humano, socialismo circadiano, cristiano, de mercado, factible, realmente existente, "bolivariano".

La espiritualidad es una dimensión fundamental del socialismo. La espiritualidad es la dimensión central de la teología de la liberación, a la que, sin embargo, se le suele acusar de estar demasiado politizada, de que solo tiene un proyecto terreno y que ha puesto entre paréntesis la trascendencia. ¿Son así las cosas? Está claro que, esa imagen del cristianismo liberador es una caricatura que no responde a la realidad. Gustavo Gutiérrez no se ha cansado de decir: "Nuestro método es nuestra espiritualidad". Y es verdad. En el origen de la teología de la liberación y en el centro de su contenido se encuentra la espiritualidad del éxodo, del desierto, de la resistencia, del camino.

IV. Lecturas complementarias

  • Jon Sobrino, Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad, Sal Terrae, Santander, 1985.

  • Espiritualidad cristiana en tiempos de crisis: VI Semana de estudios de Teología Pastoral, Universidad Pontificia de Salamanca, Instituto Superior de Pastoral.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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