Dialécticas chimbas (perdón, chinas) y los colores del gato


Mao nunca entendió bien la dialéctica. O, mejor dicho, la entendió como un chino de su época. En todo caso, no como la entendió Marx, que era alemán y estudió en universidades donde Hegel, el filósofo dialéctico más notorio, era lectura obligatoria. Lenin leyó tarde a Hegel, ya cuando llevaba rato entrándole al marxismo, y el impacto que recibió, según su propio comentario, fue “brutal” (como dirían Chino y Nacho). De hecho, reconoció que sólo con Hegel podía entenderse bien El Capital de Marx. Coge nota, chamo.

Decía que Mao entendió a su manera a la dialéctica. Rosana Rossanda, maoísta italiana de los 70, lo advirtió, y escribió varios textos acerca del ensayito “Sobre la contradicción” y otros más que el líder chino le dedicó a su muy peculiar dialéctica, y que se mencionaron mucho en la Liga Socialista, Bandera Roja y otros grupitos de la izquierda de los 70. La italiana advirtió que la dialéctica maoísta era muy singular, pues admitía las contradicciones antagónicas, o sea, aquellas que se “superaban” mediante la simple aniquilación o destrucción de uno de los polos opuestos. Si uno lee con atención esos ensayos, verá que Mao redujo todo un rico sistema filosófico, a unas cuantas instrucciones muy prácticas y sencillas para jerarquizar los conflictos con los que uno se puede topar. No hay nada más en esa simple distinción entre contradicciones principales y secundarias, vinculadas al señalamiento del enemigo principal y secundario que también formaba parte de las indicaciones del buen maoísta. Equivale a decir: distingue que es lo principal y concéntrate ahí; lo demás, vendrá después. Simple sentido común. Pero chino. O sea.

Esa “dialéctica” y el dicho terrible de que “el poder surge del cañón del fusil”, son la guinda de todo maoísmo que se respete. Este se puede resumir así: la realidad está llena de peleas; algunas se resuelven sin disparar un tiro; pero hay otras que se resuelven (se tienen que resolver) a punta de plomo. Y esas son las principales. Las demás están “en el seno del pueblo” y las resuelves con “persuasión”. Teniendo tú los fusiles, claro. Si tu enemigo principal es el imperialismo, lo demás (corrupción, burocracia, incompetencia, estupideces, errores garrafales, etc.) se resuelve después ¿Cuándo se acabe el imperialismo? Será.

Esa dialéctica la aplicó Mao en el “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural”, políticas que, lógicamente, arrojaron como “legado” miles (algunos dicen que millones) de muertos y una economía en ruinas. Tanto fue el desastre que, apenas murió el viejo déspota, a mediados de los 70, la alta dirigencia tuvo que llamar a su gran oponente, Deng Siao Ping, para que compusiera una inmensa nación destrozada por esa combinación de simpleza y militarismo. El nuevo gran líder no se apresuró. Fue emprendiendo cambios y reformas, guiado también por un aforismo muy de sentido común: “no importa el color del gato, con tal de que cace ratones”. En este contexto, “cazar ratones” significaba, en jerga marxista, “impulsar las fuerzas productivas”. Dicho más claro: industrializar, modernizar. Para eso el mejor gato no era el rojo precisamente. Dialéctica pura.

Poco a poco al principio, pero a millón a partir de 1989, cuando la represión en Tien An Men retomó las proporciones de cuando el viejo Mao, los seguidores de Deng buscaron a los famosos gatos, y ya en los noventa sus sucesores disponían de toda una manada de felinos: entrada masiva de capitales transnacionales, asociación con ellos más allá de las “Zonas Especiales” del comienzo del viraje; incorporación a la Organización Mundial del Comercio con primacía de ese acuerdo, monumento al neoliberalismo, sobre la legislación china; una economía industrial orientada hacia la exportación, con una fuerza de trabajo con pocas defensas (¿maquila? Pues, sí); participación exitosa en la financierización del capitalismo mundial, compra de deuda norteamericana; inversiones en todo el mundo. El Partido Comunista inscribió como militantes entusiastas a muchos multimillonarios repentinos. En verdad, China demostró que las “armas del capitalismo” no estaban muy melladas que se diga. Al contrario, China se convirtió en gran potencia mundial, tal vez la primera en crecimiento, del mundo, gracias a esas “armas” muy afiladitas.

Algún día habrá que analizar esto: cada vez que una economía “socialista” está en problemas, sobre todo porque no avanzan mucho “las fuerzas productivas”, las dirigencias socialistas recurren a acuerdos con el capital: véase la NEP, los recursos a los mecanismos del mercado en la industria soviética en los 60, las aperturas vietnamita y china, las políticas que vienen tomando últimamente los dirigentes cubanos. Todos lo han hecho. El Partido-Estado-Gobierno-FFAA, al parecer, le da como asquitos hacerlo últimamente, y usa “El Plan de la Patria” como nuevo texto sagrado, como el librito rojo de Mao ¿Falta de dialéctica? ¿O mucha, propia de lucha de grupos? Volvamos al punto.

La línea de Deng se conoció por estos lados del globo como “pragmática”. Esto significa que buscaba resultados concretos, contables, efectivos, sin pararle a las “purezas ideológicas” (el color de los gatos). Quería darle comida a los chinos, modernizar sus fuerzas armadas, urbanizar e industrializar al país. Los escrúpulos ideológicos de Mao le habían costado demasiado a China. Al fin y al cabo, Marx mismo siempre planteó dos cosas: el capitalismo significó históricamente una “revolución” en el avance de las fuerzas productivas y, segundo, sólo sobre esas bases materiales podía plantearse la transición hacia otra sociedad. Eso de ir directamente a otras relaciones sociales sin considerar una producción abundante, el avance tecnológico, industrial, etc. es cosa de utópicos, de distribuir miseria, y nada más lejos del comunismo que eso.

En otras palabras, el “pragmático” Deng no fue tan heterodoxo después de todo. Eso de tener nuevos multimillonarios en el Partido, era una buena señal de que la cosa funciona. Los gatos están cazando. Eso sí que es dialéctico.


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Jesús Puerta


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