Masas, partido, movimiento social y poder popular

A propósito del uso y entendimiento del concepto de "Poder Popular", término que nombra desde ministerios, pasando por organizaciones populares, hasta intervenciones de individualidades, conviene hacer una distinción clave entre dos asuntos completamente diferentes, que se han mezclado de tal manera que ha conducido a graves errores. Aquí los distinguiremos para luego establecer una relación. Esta, creo, que es la única manera de dilucidar este gran enredo.

Uno de los asuntos, reúne un conjunto de preguntas del siguiente estilo: ¿cómo organizar y orientar las masas populares? ¿Puede un movimiento de masas populares ser consciente, en el mismo sentido que un individuo? ¿Puede un movimiento espontáneo adquirir "conciencia política" por sí mismo? ¿Fue espontáneo, y cómo adquirió orientación, el movimiento popular que apareció en coyunturas como la del 13 de abril de 2002 o con motivo del paro de ese año? ¿O siempre hacen falta unos dirigentes que, desde "afuera", les inyecte esa conciencia y orientación? ¿Cómo surgen esos dirigentes? ¿Cómo es la relación entre las organizaciones y movimientos sociales, reivindicativos parciales, locales, gremiales, sindicales o comunitarios, y la organización política, representada en el Partido o la vanguardia? ¿Cómo construir una dirección consciente de un movimiento masivo y qué conexión puede o debe tener con el Partido o vanguardia? Pudiéramos agrupar estas interrogantes bajo la categoría de "problemas de la relación entre la conciencia, la organización y las masas".

El otro asunto tiene relación con el problema del Poder: ¿cuáles son las formas del ejercicio de la Soberanía Popular, más allá del voto? ¿La organización popular puede ser el germen de un nuevo estado? ¿En qué sentido? ¿Son similares las experiencias históricas de los Soviets en la revolución rusa, los Comité de Defensa Revolucionarios en Cuba y Nicaragua, las sedes locales del Ejército Popular en la revolución china y vietnamita y los consejos comunales y las comunas en la Venezuela bolivariana? ¿Es posible un poder para-estatal y cuáles son sus límites y potencialidades deseables o convenientes? ¿Acaso el estado burgués cooptó organizaciones comunitarias para su propia concentración y monopolio de poder, fuerza y legitimidad? Estos problemas los agruparíamos con la etiqueta de "formas de soberanía popular" o, directamente, "problemas del Poder Popular".

Primero consideraremos por separado ambos asuntos. Luego trataremos de establecer unas relaciones entre ellos.

  1. Problemas de la relación entre la conciencia, la organización política y las masas

La irrupción en las calles de las masas urbanas, los trabajadores y demás clases y segmentos que viven juntas en las barriadas populares, fue un fenómeno propio de las revoluciones europeas del siglo XIX desde 1789, 1815, 1830, 1848, 1870 y así. En la Europa industrializada, esto se identifica con la emergencia de la clase obrera como nuevo actor de los cambios políticos democráticos, que sucedieron a la Revolución Francesa. Para ese momento, hacia 1844, el joven Marx se planteaba el problema era cómo realizar, hacer práctica y transformación, la filosofía. El filósofo y el científico se identificaron con el político organizador y propagandista. Su tarea era, no sólo desarrollar la teoría de la revolución por venir, sino tomar las riendas de las organizaciones obreras existentes, agrupadas en la Primera Internacional. Por eso, la labor teórica se combinó y, en momentos, se hizo en función de los debates con otras tendencias del naciente movimiento proletario europeo. No hay que olvidar que, para Marx, la emancipación de la clase obrera era obra de ella misma. Pero considerar esto, no fue impedimento para luchar por conseguir la dirección de la Asociación Internacional de Trabajadores, hacia 1860, y procurar clarificar a los dirigentes obreros en polémica con otros intelectuales y dirigentes.

La tradición marxista es la que más ha trabajado la conexión entre el pensamiento, las ideas, la teoría, la filosofía, y los movimientos y organizaciones sociales, de clase, y políticas, incluidos los partidos. Los otros pensadores, la mayoría de derecha, observaron los acontecimientos desde otras categorías. Tal vez el único concepto que compartieron los intelectuales de lado y lado, fue el de "las masas". En general, el pensamiento positivista, de derecha (por ejemplo, Le Bon, Canetti, etc.), caracterizó a los movimientos masivos como expresión de una nueva barbarie. Las masas eran sólo desorden, violencia desenfrenada y sin dirección, plena y exclusivamente irracional. Freud, desde el psicoanálisis, resaltó este aspecto irracional de las masas. En ellas, las inhibiciones producto de la cultura, la moral, las costumbres, los conocimientos, la educación, se suspendían, se diluían, haciendo posible cualquier salvajada, dando rienda suelta a los más bajos instintos, especialmente, los de agresión. Las masas no tenían forma; eran proclives a la seducción y la manipulación inescrupulosa de los peores elementos de la delincuencia o demagogos. Sólo hay sentimientos e instinto en las grandes concentraciones de gente. Incluso, las masas eran capaces de "enamorarse", proyectando fuerzas inconscientes en ciertos líderes con quienes se identificaban y se figuraban como imágenes paternales o amantes.

Esta visión irracional de las masas culmina con las concepciones fascistas de la agitación y la propaganda: la repetición interminable de mentiras, las acusaciones sistemáticas, la simplificación abusiva de las situaciones, el escándalo, la exaltación de las emociones de miedo y de odio, el uso de canciones, imágenes brillantes, narraciones impactantes o conmovedoras, el "condicionamiento operante": la asociación de todo lo malo con el enemigo, y la concentración de todo lo bueno en la propia posición política.

Por el contrario, la tradición marxista concibió a "las masas" como un germen de "conciencia", entendiendo por eso a) un conjunto de razonamientos que se totaliza en una teoría, b) una capacidad de deliberar entre distintas opciones mediante una discusión argumentada, c) la consideración de ciertos valores morales y políticos básicos, d) la apelación a esa capacidad racional de análisis, discriminación, clasificación y juicio de cada uno de los individuos agrupados, que nunca pierden su lucidez o se abandonan a las emociones fuertes del colectivo, en medio de las situaciones más extremas. Marx, desde su juventud, aspiraba a que la filosofía (o sea, un saber ilustrado, racional) se "materializara" cuando fuera asumida por las masas.

Lenin formuló una "teoría del Partido" o de la organización política, que equivale a una teoría de la "elevación" de las masas al razonamiento,a la asimilación de la "teoría revolucionaria". Pierde todo su sentido separar la teoría de la organización del Partido, de esta problemática (¿cómo formar la conciencia de las masas?). La organización del Partido está estrechamente ligada a la propaganda, entendida como divulgación y comprensión de una teoría gracias a la cual conocer la realidad, y la agitación, que es la aplicación de esa teoría para deliberar y decidir las acciones a seguir ante una situación concreta.

Lenin contaba con la experiencia de Marx y la socialdemocracia alemana (Kautsky, etc.), que fueron resolviendo el problema desde el punto de vista de la relación entre los intelectuales y las organizaciones sindicales y de masas. Así lo retomó Gramsci, considerando la experiencia fresca de los bolcheviques. El destacado líder italiano escribió entonces acerca de los "intelectuales orgánicos", propios de las clases fundamentales, que se hallaban en interacción con los "intelectuales tradicionales" que se pretenden independientes de las clases en lucha, atrincherados en las instituciones académicas o religiosas. Toda la problemática de los intelectuales en Gramsci es política, tiene que ver con la formación de una cultura nacional-popular y la organización de los partidos políticos. En este sentido, complementa y contextualiza las tesis leninistas. El concepto de hegemonía, como "dirección intelectual y moral" señala el objeto de una lucha contra el adversario sociopolítico, al igual que un horizonte político de la labor cultural, filosófica y científica, así como especificar esa conducción intelectual como el proceso de convertir una "concepción del mundo" en "sentido común", indica un objetivo estratégico, no sólo para incidir y transformar la cultura de las masa, sino también para concebir la cuestión del poder, vinculado al del cambio de las ideas, creencias, hábitos y prácticas..

Es importante tomar en cuenta la especificidad rusa del pensamiento leninista, para entender su énfasis en la disciplina férrea, que pasó codificada a los partidos que se crearon bajo la guía de la Tercera Internacional. No sólo se trata de una adaptación de la organización política a las condiciones de extrema represión política zarista en Rusia, mientras que en Alemania el partido obrero, de inspiración marxista, era de masas, porque la socialdemocracia marxista había logrado muchos avances por la vía electoral. En Lenin, hubo también una influencia de la tradición populista rusa, incluso terrorista, tan amiga de grupos conspirativos pequeños y secretos, que también tiene antecedentes franceses (los Blanquistas).

El teórico trotskista Ernest Mandel desarrolló una "teoría leninista de la organización" que, en resumen, trata acerca de cómo las masas pueden ser movilizadas a través de sus "sectores avanzados" que, a su vez, están comunicados con los intelectuales revolucionarios de la dirección del Partido de vanguardia. En este contexto, el término "vanguardia" se refiere, no sólo al heroísmo, la decisión y la dedicación de los dirigentes, sino también, y sobre todo, a su capacidad intelectual. Los dirigentes deben manejar un saber avanzado, una teoría revolucionaria, que les permite dirigir a las masas,a través de situaciones difíciles, que ameritan análisis y conocimientos de gran complejidad.

De modo que, para la tradición marxista, las "masas" están compuestas por grupos con diferentes grados de "conciencia", desde los más atrasados, hasta los más avanzados, culminando en sus vanguardias y dirigentes. Esos diferentes grupos establecen relaciones de diálogo, comunicación, polémica y persuasión entre sí. Las masas, por lo menos las revolucionarias, no pueden y no deben ser puro sentimiento y emoción; sino más bien ir hacia niveles cada vez más intensos de conciencia: conocimientos, razonamientos, diálogo, deliberación, decisión lúcida. Las masas no son informes: van adquiriendo una forma y, finalmente, una estructura.

Lenin distinguía una "conciencia sindicalista" ("tradeunionista", por cómo se llamaban los sindicatos ingleses), puramente reivindicativa, "economicista"; respecto de una "conciencia política", revolucionaria. Cabe destacar que se refería, no tanto al entendimiento de las personas, sino a los fines y los alcances de tipos diferentes de organización. Un sindicato nunca es un Partido, por sus fines constitutivos. Y viceversa. Por eso la conciencia, en este contexto, no se refiere a los pensamientos de los individuos, sino a las significaciones, los proyectos y la racionalidad que orientan su agrupamiento y organización.

La teoría leninista de la organización degeneró en la práctica de, no sólo los Partidos Comunistas que surgieron en el mundo siguiendo las precisas instrucciones de la Internacional Comunista a partir de 1919, sino de todas las organizaciones políticas que tomaron esas orientaciones, distorsionándolas, hasta convertirlas en simples instrucciones universales para montar cualquier estructura organizativa disciplinada, piramidal, un club o un ejército. Nada que ver con el desarrollo de un sujeto revolucionario. Un ejemplo: Acción Democrática. Stalin se quedó con su versión desnaturalizada y despótica del centralismo democrático, que terminó sustituyendo el Partido por el comité central, éste por el buró político, éste a su vez por el secretariado y, finalmente, todo por el secretario general, como gran caudillo único y autoritario. Por supuesto, la teoría murió como argumentación discutida, en confrontación permanente con la práctica, y quedó como un conjunto de dogmas que impedía analizar la realidad. O sea, perdió todo sentido.

Por ello, a partir de mayo de 1968, se desarrolla una discusión sobre el partido, las masas, la teoría, la conciencia, que hay que retomar, tomando en cuenta nuestra experiencia en todos estos años de militancia.

Habría que retomar dos temas fundamentales que alimentaron el debate desde los tiempos de Lenin, Rosa Luxemburgo y otros. Uno, es el tema de la espontaneidad de las masas y sus potencialidades de crecimiento político. El otro, es el de la democracia. Ambos temas, distintos, deben relacionarse. El leninismo organizativo, codificado por Stalin, dejó de considerar la capacidad de crecimiento político de las masas, pues eliminaba la consideración de esos grupos mediadores entre el partido y los sectores más atrasados. Sólo quedaba, en su esquema, el aparato partidista y las masas informes, desestructuradas, incapaces de deliberación propia, racionalidad, conocimientos y, por supuesto, iniciativa y creatividad. La razón de este empobrecimiento de la teoría de la organización, fue que se había eliminado la democracia interna en el Partido, en beneficio de una "férrea disciplina" respecto al centro dirigente, y en particular, al déspota único. Allí no había mediación posible con las distintas corrientes de opinión que vivían, se encontraban y debatían en las masas. Estas, de paso, quedaban reducidas a una sola cosa amorfa, irracional, ignorante, inerte.

Lo que señalaban los jóvenes revolucionarios de los movimientos estudiantiles y juveniles en general de finales de la década de los 60, es que los Partidos Comunistas se habían convertido en grandes maquinarias, anémicas de cualquier pensamiento, conocimiento, iniciativa, creatividad, interés revolucionario, lo cual las llevaba, inevitablemente, a terminar aburguesándose, cuadrándose con el orden establecido. Por eso hubo tantas simpatías con la Revolución Cultural china. La feroz lucha por el Poder entre las posiciones ultraizquierdistas de Mao Ze Dong y las tendencias pragmáticas en el seno del PCCh, se veían en la distancia como la escenificación de una renovación del pensamiento revolucionario, que señalaba el peligro de la degeneración y final usurpación del socialismo por una nueva capa privilegiada y burguesa.

Se planteó entonces, en el seno del movimiento estudiantil de Mayo del 1968, la idea del "movimiento de movimientos" como alternativa al Partido leninista. Habría, por supuesto, una organización política, diferente en sus proyectos y fines de la organización reivindicativa, sectorial o local; pero ella tendría la característica de ser el espacio donde confluyen distintos movimientos, corrientes de pensamiento, individualidades, para llegar a acuerdos y actuar políticamente. Esa acción política puede entenderse aquí como acción "directa" (manifestaciones, concentraciones, mítines, protestas callejeras, huelgas, happenings agitadores, etc.); pero también podía llevar, incluso, a la participación institucional, y hasta electoral, si se consideraba conveniente. El riesgo del "movimiento de movimientos" era, por supuesto, la división y la atomización. Los disensos podrían no superarse. Pero ello resulta preferible a una disciplina mecánica que,a la larga, llevaba al despotismo, al burocratismo, la inercia política y, sobre todo, a la desconexión con la realidad multiforme, rica, polémica, de las masas.

Los movimientos sociales se conforman a partir de luchas parciales, sectoriales, "temáticas", como pudiera ser la defensa de un ecosistema, de la vivienda de una comunidad, el derecho de las mujeres o de los homosexuales,, o de una etnia determinada. Estas demandas sociales de clase, etnias, géneros, minorías diversas, pudieran articularse en un "paquete" discursivo, reunidas por símbolos (significantes) relevantes, como pudiera ser un líder o una propuesta concreta, que no es otra, que profundizar la democracia, la "democracia radical". así se pueden formar alianzas, coordinaciones y cualquier forma de articular esas demandas y luchas.

Pero estas ideas alternativas al stalinismo-leninismo, también tienen un desarrollo en el campo de una nueva ciencia social, vinculada a experiencias de desarrollo de conocimiento social en estrecha relación con la movilización reivindicativa y política, a la vez, de grupos sociales concretos. Me refiero al método de la Investigación Acción Participativa de pensadores-dirigentes políticos como Orlando Fals Borda, en Colombia. En ella, la relación con la teoría tendría que ser de permanente revisión y reelaboración, mediante la confrontación con la práctica, revisión a partir de las experiencias, discutidas entre los participantes de la acción y sistematización, usando una lógica (dialéctica) que atendiera a los devenires contradictorios de la realidad social.

De nuevo, en este método, se hacen pertinentes las concepciones de la masa popular como una realidad compleja, de varios grados de conocimientos, decisiones, compromisos, llena de discusiones, contradicciones, deliberaciones, que llevan a decisiones racionales. La organización, entendida como estructura, incluso disciplina, tenía relación directa con la participación en la toma de decisiones, en la comprensión de las situaciones concretas, incluso la adquisición de teoría sistemática. Las masas comprenden agrupamientos diversos, que pueden llegar o no a acuerdos para la acción común. La labor del dirigente es acompañar y aportar a estos procesos de aprendizaje colectivo, lo que él bien puede comprender, explicar y orientar. Su legitimación como dirigente no está dada por un cargo burocrático, sino por la autoridad intelectual, moral, en fin militante, que vaya ganando en la sucesión de los procesos.

Pero ¿esto lleva a la toma del poder? ¿O sólo se queda en la constitución de organizaciones reivindicativas sectoriales, locales, federativas además, cuyo alcance queda delimitado por el logro de objetivos parciales, de reformas, pero no de una revolución completa? En este punto es conveniente pasar a considerar el otro asunto: el ejercicio de la Soberanía Popular, la formación del Poder Constituyente.

Por cierto, que está muy vinculado a todo esto, el asunto de la comunicación. Hacia los setenta se empezó a plantear la idea de desarrollar la llamada comunicación alternativa o popular, desarrollada desde y a favor de la organización popular autónoma de los partidos políticos. Estas experiencias y planes tuvieron especial impulso de las comunidades cristianas de base, cuya "teoría de la organización" no tenían nada que ver con el leninismo; pero sí con la propuesta de elevar la educación y la conciencia política de las masas populares.

2. Problemas del ejercicio de la soberanía popular o de la construcción del Poder Popular

Hay que tomar siempre en cuenta la cultura política de las masas, configurada por capas y estratos de diversas tradiciones. Estas constituyen un piso a partir de las cuales las masas entienden, comprenden, reflexionan e interpretan sus experiencias y los mensajes que reciben.

En el caso de Venezuela y, en general, los pueblos de América Latina, existe una tradición republicana, procedente del asentamiento de la ideología de la Ilustración en nuestros países en la época de la guerra de Independencia. Es en virtud de esa tradición y su arraigo, que puede entenderse, comprenderse, asumirse y aplicarse, la noción de la soberanía popular. Pero hay que estar conscientes de que hay otras tradiciones que no son ni modernas, ni occidentales, en nuestra cultura política.

Además, hay que considerar que en la propia tradición republicana, asumida y sembrada por los próceres de nuestra independencia, se amalgaman dos ideas diferentes y hasta contradictorias de la soberanía popular. Según una, procedente de Rousseau, la soberanía no es delegable ni transferible a ningún representante. Estos son sólo "magistrados" que administran un poder que les encomendó el Pueblo, del cual dimana exclusivamente toda autoridad y poder. La Voluntad General, por otra parte, es la del conjunto del Pueblo, no la de una parte de él, aun siendo la mayoría. La auténtica democracia es aquella propia de pequeñas comunidades, donde todos puedan participar en las deliberaciones y decisiones. Es decir, el consenso es la única figura que pudiera instrumentar esa Voluntad General.

La otra idea de soberanía popular pudiéramos vincularla con Montesquieu, quien observa que una democracia directa como la diada por Rousseau, es impracticable en comunidades políticas del tamaño de un país, por lo que se hace inevitable la delegación y la representación. Por ello, tomando en cuenta razones estrictamente prácticas, de procedimiento, la soberanía popular ha de ejercerse en el voto con el cual se eligen los representantes del pueblo. Aquí hay dos variantes en la comprensión de la representación. O bien el votante expresa su confianza en el representante, y así éste puede decidir de acuerdo a sus propias capacidades racionales personales, para tomar decisiones, sin mayor consulta. O bien, el representante es militante de un Partido Político cuyo programa es el que respalda el votante, por lo que el representante no es la persona electa, sino un delegado del partido al cual se le dio el apoyo. El Partido Político como colectivo dispone de mecanismos de consulta y deliberación propios.

Queda claro que desde la perspectiva rousseauniana (que es también la de Dussel e incluso la del subcomandante Marcos del EZLN), la representación o delegación es la negación de la soberanía popular. Pero hay que reconocer, por otra parte, que el problema de lograr el consenso general en un país, con la participación de absolutamente todos los ciudadanos en cada decisión, es ciertamente insoluble en términos prácticos.

Por ello, habría que entender el ejercicio de la soberanía popular fundamentalmente como un proceso de profundización de la misma democracia, hacia instituciones y mecanismos que hagan participar progresivamente a todo el pueblo en la deliberación, decisión y hasta en la ejecución de las políticas del estado. Es ese proceso interminable de profundización, de democratización, lo único que iría dando legitimidad a cualquier estado. De modo que la soberanía popular en una comunidad política del tamaño de un país de varios millones de personas, se convierte en un horizonte y una estrategia política.

Nótese que hemos vinculado la legitimidad de cualquier estado a su democratización permanente, sin fin. Igualmente, la deslegitimación de un estado es causada por la detención de ese proceso indefinido de democratización. Esto porque la soberanía popular supone un Poder constituyente, un poder absoluto, omnímodo, insustituible, único, del pueblo, para constituir instituciones que organicen su propio ejercicio de la soberanía. de tal manera que el principio de la soberanía popular está intrínsecamente vinculado con el del Poder Constituyente, la capacidad única y absoluta del pueblo para establecer las instituciones de su propia soberanía.

Aquí cabe una precisión importante. Ese poder constituyente de instituciones del pueblo, no se reduce a la redacción y aprobación de una constitución; sino, en principio, a la producción de prácticamente todo el ordenamiento jurídico, y hasta más allá, la ejecución de políticas. La única dificultad para la realización de ese poder, es precisamente la instrumentación de ese poder.

Aclaremos lo que entendemos a estas alturas por poder. Se trata, en primer lugar, de una capacidad o potencialidad; pero también, y principalmente, de un ejercicio, de una práctica. En este sentido, expresiones como "tomar el poder" pudieran confundir, porque pareciera que el poder es un instrumento o medio, como pudieran ser las armas, o sea, la disposición de la fuerza física. Algunos hasta pudieran entenderlo como el acceso a "posiciones de poder", cargos en los "poderes públicos", la presidencia de la República o el parlamento. Algunos autores han hablado de "reificación" o "cosificación" del poder, patente en expresiones como las mencionadas, y que conducen a una posible usurpación del poder o soberanía popular, por parte de los "magistrados", funcionarios o representantes. El poder entonces sería, según esta idea equivocada, una cosa, la "silla de Miraflores", un arsenal de armas, el acceso a unas oficinas, etc. Todas estas cosas son, en todo caso, instrumentos, medios, para el ejercicio del poder. Por otra parte, ese poder sería ilegítimo si no dimanan de la Voluntad General del Pueblo.

En fin , el poder es la capacidad de hacer que se haga lo que una voluntad decida. Es una capacidad y un hacer que se desprenden de una voluntad. Y esa voluntad quiere más voluntad; quiere querer más. Es voluntad de poder. No se trata únicamente de voluntad de vivir, como dice Dussel, apoyándose en Schopenhauer. No sólo se quiere vivir (y "vivir bien", en el sentido aymara del concepto); se quiere y se hace vivir esa vida.

El ejercicio de la soberanía popular equivale a decir que el pueblo hace cumplir su voluntad. Cómo lo hace en concreto, ya es cuestión de táctica y estrategia, de procesos históricos concretos. Qué es lo que quiere, es asunto de deliberación, de instituciones, creadas por el mismo Poder Constituyente, para decidir. Así como la soberanía popular en comunidades de millones de ciudadanos, se resuelve en el proceso de la lucha por más y mejor democratización, por una mayor, más amplia participación, el poder popular es el desarrollo de esa misma política.

Ahora, después de esta clarificación de términos, podemos al fin apuntar a la cuestión de la organización de ese poder popular. Esto tiene que ver con las formas en que, en el seno de ese pueblo soberano, se encuentran, yuxtaponen, enfrentan, combinan, complementan, las diversas tradiciones culturales políticas, que se han configurado en su historia. Ya precisamos la tradición ilustrada procedente de Rousseau y Montesquieu, vehiculizada en nuestro continente por Bolívar, Rodríguez y demás líderes de nuestra independencia como repúblicas. Pero hay otras, algunas de ellas contrarias. Es decir, que el desarrollo del poder popular es un proceso conflictivo, de tratamiento de contradicciones en el seno del pueblo, como diría Mao.

Cuando han aparecido en la historia concreta de los pueblos, las formas de organización que, en realidad, son políticas para el ejercicio de la soberanía popular, éstas suponen dos procesos paralelos. Por una parte, las instituciones que el Poder Constituyente crea, se enfrentan violentamente a las del orden anterior (pongamos, los soviets contra las instituciones del zarismo ruso); pero, por otra parte, se da un conflicto en el seno mismo del pueblo movilizado, en esa democratización en acto que son las nuevas instituciones. Y aquí, la lucha es contra todas aquellas ideas, prejuicios, seudo-razonamientos, creencias, etc. en fin, la ideología dominante que justificaba y permitía el ejercicio de la institucionalidad contra la cual ha irrumpido el poder constituyente.

¿Cuáles son las tradiciones contrarias a las republicanas? se encuentran ,e n primer lugar, todos aquellos,prejuicios, creencias, hábitos vinculados al despotismo, la concentración de todo el poder en una sola persona, quien manda y los demás obedecen, mediante la amenaza del castigo, es decir, a través del miedo. A esto habría que agregar el caudillismo, una variante del despotismo, que encuentra en supuestas características extraordinarias o proezas de una persona, el motivo para la obediencia y la lealtad. Igualmente, tradiciones ajenas al principio de la soberanía popular es el localismo obtuso o parroquialismo, el regionalismo estrecho, siempre que llegue a negar la Visión o asunción de la defensa del conjunto de la patria. Por otra parte, toda forma de fetichización de las instituciones, de los cargos burocráticos o representativos, llega a ser un obstáculo para el crecimiento de la soberanía popular. Igualmente, la sumisión del súbdito, el amiguismo o el nepotismo de tribu o familia. En circunstancias concretas, es posible que alguna de estas tradiciones, correspondientes a épocas ya superadas, puedan no sólo hacer oposición a la profundización de la democracia, sino que circunstancialmente pudieran significar una complementación circunstancial. Pero la idea es que la soberanía popular es un proceso de crecimiento en la participación, deliberación, ejercicio del poder, mediante la superación de todas estas rémoras, restos de mentalidades anteriores. Avanzar en soberanía popular es un proceso de lucha ideológica, de educación política y de aprendizajes de prácticas cada vez más participativas.

La soberanía popular está en contra de cualquier burocratización y usurpación. Luchar contra éstas, es lo mismo que desarrollar el poder popular. No hay una idea única, una institución definitiva, que de forma final al ejercicio de la soberanía popular, porque ésta equivale al crecimiento y profundización del horizonte de una democracia directa. Decir que la Comuna es la forma definitiva del Poder Popular, es un error, pues implica fetichizar o burocratizar en una forma, una institución determinada, el ejercicio de la soberanía popular. Esta significa hacer cada vez más democrática y participativa todas las instituciones, incluida la comuna o el consejo comunal.

3. Poder Popular, movimientos sociales y organización política.

Por lo que hemos venido diciendo hasta aquí, puede establecerse un articulación entre la cuestión de la conciencia política y la organización, la educación política de las masas, su organización política autónoma, la articulación de sus luchas y demandas sociales y políticas, con el horizonte de la soberanía popular y la realización dialéctica del poder constituyente del pueblo.

En primer lugar, hay contextualizar la propuesta organizativa en el marco de una política de profundización indefinida de la democracia, es decir, de crecimiento de la soberanía popular, como deliberación y participación cada vez más amplia y profunda.

En segundo lugar, hay que comprender la organización política como un grado de crecimiento de la educación política popular. Las masas no son inertes y únicamente espontáneas e irracionales, sino que constituyen una complejidad donde confluyen, chocan, se complementan y convergen, distintos estratos de tradiciones de cultura política. Es desarrollando esas tradiciones, en una deliberación permanente, una reflexión y sistematización consecuente, como pueden materializarse las ideas, y la teoría unirse a la práctica.

En tercer lugar, el avance de la soberanía popular y del poder constituyente, implica cambios culturales profundos. La revolución es también cultural, o no es.

Cuarto, la organización política, como componente avanzado de las masas, es el espacio donde se prefiguran (se conciben, se discuten, se deciden, se planifican) las instituciones que el poder constituyente realizará mediante el ejercicio de la soberanía popular.

Quinto, el avance de la soberanía popular como estrategia de profundización de la democracia y el logro del poder popular constituyente, es un asunto de disputa y lpgro de la hegemonía, como conducción intelectual, filosófica y moral de la nación, ejercicio que acompaña al del poder..



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Jesús Puerta


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