Parte 50. PDVSA. Los venezolanos y el petróleo

 De Arturo Uslar Pietri y transcrito por Edmundo Salazar

En estos días de Pandemia y registrando en mi biblioteca me encontré, entre los muchos libros de petróleo que he acumulado, uno escrito por Arturo Uslar Pietri. No reconocerle, a Uslar Pietri, no solo sus méritos intelectuales, sino también la preocupación que siempre manifestó por Venezuela desde su trinchera de clase social y pensamiento político, la considero una mezquindad. Tengo también, libros de Pérez Alfonso, de Francisco Mieres, de Gastón Parra, de Salvador de la Plaza, de Rodolfo Quintero, los cuales se corresponden, también, al igual que el Uslar Pietri, con venezolanos que tenían mucho en la cabeza y, sobre todo, en la materia petrolera. Tengo otros libros sobre petróleo, pero sus autores no son mas que unos tira piedra y no vale la pena, ni ignorarlos.

Bueno, todo el mérito al Sr Uslar, por el contenido de esta Parte, que se corresponde con la Introducción de su libro "Los Venezolanos y el Petróleo", la cual tiene todas sus palabras, puntos y comas. Lo único que yo hice fue "escanear" y convertir en procesador de palabra el presente texto.

El libro referido, aún cuando tiene más de 30 años de su publicación tiene el mérito de que si lo leemos con agudeza podemos encontrar la identificación y preocupación de Uslar Pietri por Venezuela, en lo general, y en lo particular por la materia petrolera. En esa onda, como podrán ver, hace un recuento histórico de Venezuela, con una capacidad de síntesis admirable, pasando por la actividad petrolera desde sus comienzos hasta el 1990 año de publicación del libro. Escogí el texto, porque lo que escribió, Uslar Pietri, hace 30 años, cada uno de nosotros le puede quitar un pedacito por aquí y otro pedacito por allá, pero tiene que llegar a la conclusión, con cabeza fría, que las recomendaciones y preocupaciones que tenía Uslar Pietri, para el momento, siguen siendo, absolutamente, válidas hoy en día. Se hace válida, también, su famoso escrito Sembrar el Petróleo", cuando la renta petrolera solo producía 180 millones de bolívares al año. Ver anexo.

Edmundo.Salazar@Yandex.com

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INTRODUCCIÓN

LOS VENEZOLANOS Y EL PETRÓLEO

Por Arturo Uslar Pietri


Desde sus más remotos orígenes en el siglo XVI, en toda la historia de lo que ha venido a ser la nación venezolana, no hay un hecho, un acontecimiento, un fenómeno, que haya ocasionado más radicales y profundas transformaciones, que haya alterado todos los aspectos de la vida nacional, que haya logrado cambiar la mentalidad, la conducta y los valores de toda la sociedad que pueda compararse con el impacto que el surgimiento de la riqueza petrolera tuvo para nuestro país. En los años corridos desde la tercera década de este siglo basta hoy, el país entero entró en un inmenso proceso de transformación que nunca estuvo cabalmente comprendido, jamás fue sometido a planes, que surgió, se expandió y actuó de un modo generalmente espontáneo e imprevisto, y que afectó todos los aspectos del ser colectivo.

En los manuales escolares habitualmente se ha dividido la historia del país en tres etapas distintas, que se han denominado como: la Colonia, la Independencia y la Época Nacional, cuyo inicio se fija generalmente en el año de 1830. Son, desde luego, tres etapas muy diferentes en su carácter y en su contenido, tanto como en su duración. La primera dura tres siglos, desde los comienzos de la colonización a principios del siglo XVI, hasta el 19 de abril de 1810, que es la etapa en la que los españoles recorren la geografía del país, establecen los primeros asientos de población, abren las primeras formas de gobierno, local y general, y van creando lentamente las bases de una sociedad peculiar, creada por las estrechas circunstancias económicas que caracterizaron la Provincia, por la presencia variable de influencias de una población que vino a componerse principalmente de mestizos, con predominio político, cultural y económico de la minoría española, y con influencia innegable de los indígenas y de los africanos.

En esos tres siglos pueden señalarse claramente dos tiempos: el primero, que ocupa la mayor parte del siglo XVI, podría llamarse el de la búsqueda de El Dorado. Desde la conquista del Perú apareció rápidamente el nuevo y grande mito de que en alguna parte del norte de la América del Sur debía encontrarse un reino indígena mucho más rico y deslumbrante de lo que habían sido México y el Perú. Era explicable que aquellos hombres que, después de la dura etapa de la colonización en las Antillas, habían visto surgir de una manera fabulosa las inmensas riquezas que hallaron en el Imperio Azteca, y las no menores que más tarde encontraron en el de los Incas, llegaran a creer que podía y debía haber otro no menos rico y deslumbrante. La búsqueda de ese mítico reino inalcanzable determinó en gran parte las expediciones que se hicieron hacia lo que hoy es el norte del Ecuador, Colombia y Venezuela. Como todos los mitos, tuvo su origen en noticias incompletas, en imaginaciones, en malinterpretadas informaciones y, sobre todo, en la infinita voluntad de creer que ha animado siempre a los aventureros.

El Dorado se buscó primero hacia la sabana de Bogotá, más tarde hacia las vertientes orientales de la cordillera de los Andes, en la región de la selva fluvial y de los grandes ríos. Cuando Carlos V entrega la recién creada Provincia de Venezuela a sus banqueros alemanes, los Welser, sus emisarios en el nuevo territorio no traen otro propósito más claro que el de localizar minas de oro y, sobre todo, hallar el fabuloso reino de todas las riquezas. En la búsqueda de ese alucinante fantasma, van a recorrer en cortos años casi todo el territorio de lo que hoy es el país, en su parte occidental y suroccidental, en expediciones heroicas que se hicieron al precio de los más grandes sacrificios, y esto tuvo por todo resultado el fracaso, la miseria y la muerte. Ese inagotable sueño de riqueza asociado al territorio de la Provincia de Venezuela va a durar casi un siglo.

Ya a fines del siglo XVI, una de las grandes figuras de la culta Corte de la reina Elizabeth de Inglaterra, Sir Walter Raleigh, viene en una expedición hasta la isla de Trinidad con el solo propósito de llegar al fabuloso reino que, según sus informaciones, debía encontrarse en algún lugar de la Guayana venezolana, al borde de un gran lago, que se llamaba Parima, y con una capital toda de oro y piedras preciosas, que se llamaba Manoa. Esa primera expedición de Raleigh fracasa, pero no pierde ni su esperanza, ni su empeño. De regreso a Inglaterra, publica un libro que tuvo inmensa repercusión en su época sobre «el rico Imperio de Guayana, que hará al monarca que lo posea más poderoso y rico que el Gran Turco». Con esta alucinante promesa organiza, ya entrado el siglo XVII, una nueva y última expedición en busca de la inalcanzable Manoa, que termina igualmente en fracaso y en la que perece su único hijo. A su regreso a Londres, es enjuiciado, encarcelado y, por último, le cortan la soñadora cabeza en la Torre de Londres.

Cuando el sueño de El Dorado se apaga en el horizonte de la tierra venezolana, lo que empieza es una época de estrecheces y pobreza. No se encontraron ricas minas de oro y plata, como en otras provincias del Imperio, no hubo grandes civilizaciones indígenas a las que sojuzgar y aprovechar, no había otra actividad local que el somero cultivo de conuco de los indígenas, la caza y la pesca.
Se inició entonces un lento y largo proceso de fundación de pueblos mínimos, apenas caseríos en torno de una plaza con su iglesia y su cárcel, y con una agricultura difícil en tierras pobres, en
lucha con las plagas y los indígenas. Todo ese siglo XVII y buena parte del siguiente es de pobreza para la Venezuela colonial. Muy pocas son las riquezas de alguna significación que se hayan dado en ella, fuera de las perlas de Margarita, las salinas de Araya y, más tarde, la exportación del fruto de ciertos cultivos, tales como el tabaco, el cacao y el añil.


A fines del siglo XVIII, bajo el nuevo régimen más liberal y progresista de los reyes de la Casa de Borbón, la Provincia había prosperado modestamente. No tenía ninguna gran ciudad ni remotamente parecida a los esplendores de México, de Quito o de Lima. Su capital no tenía un solo edificio de piedra, y la catedral no pasaba de ser un templo pueblerino de tapia y adobe. Sin embargo, cuando llegan algunos visitantes extranjeros que nos han dejado sus recuerdos, como el Conde de Segur y, sobre todo, Humboldt, manifiestan la más grata sorpresa al toparse con la pequeña ciudad de Caracas que, en medio de sus limitaciones, había logrado desarrollar una sociedad culta, abierta al mundo, inteligente, enterada de todas las novedades políticas de Europa, con cierto grato refinamiento de costumbres. Esa imagen la confirma más tarde el viajero francés, Depons. En el año de 1804 publica una de las más completas descripciones del país en esa época, en la que no oculta su asombro por los adelantos de la agricultura, y su simpatía por el refinamiento de las costumbres y de los usos sociales. Continuamente compara con ventaja la situación de aquel país con la del Santo Domingo francés, de donde venía. .

La segunda etapa en la división tradicional de nuestra historia es la que corresponde a la Independencia, corta en su extensión, apenas veinte años, pero muy profunda en sus efectos y en sus consecuencias. Con el progreso intelectual que experimento Caracas en los últimos decenios del régimen colonial, se fue formando un núcleo educado, abierto al mundo, en contacto con las gacetas y los libros que llegaban a las Antillas extranjeras cercanas a nuestra costa y ávido de informaciones y de noticias sobre las novedades políticas que estaban ocurriendo en el mundo. No se limitaba este despertar de la curiosidad intelectual solamente a las tertulias o a la lectura clandestina de algunos libros, sino que muy temprano penetró en la Universidad, y ya a partir de la última década del siglo XVIII era frecuente la presentación y discusión de tesis en la Universidad de Caracas sobre muchas formas del pensamiento nacionalista europeo, de las ideas liberales inglesas, del antiaristotelismo, y hasta de los primeros vagidos del sensualismo. Esta clase intelectual estaba formada principalmente por los hijos de los grandes propietarios de tierras, y fue la que sirvió de base y punto de
partida al movimiento ideológico que iba a desembocar en la independencia


La Independencia en Venezuela representó, desde el punto de vista ideológico, una ruptura completa y total con todo lo que constituía y había constituido durante siglos el conjunto de ideas predominantes sobre el Estado, la política, el orden social y los valores fundamentales del hombre y de la sociedad. Empezó a tener como modelo e inspiración la República que se babia fundado en las antiguas colonias inglesas del norte, con el nombre de Estados Unidos de América, sin darse cuenta de que aquellas instituciones eran en el norte la consecuencia directa de las libertades públicas y de las formas representativas de gobierno que habían existido en aquellas colonias desde sus más remotos orígenes, en tanto que en un país como la Venezuela de esa época toda la tradición histórica era contraria a esos principios y reposaba sobre nociones totalmente opuestas. No había habido nunca ninguna experiencia ni de libertad ni mucho menos de igualdad, y muy poca de representatividad.


Se había vivido por siglos dentro de las rígidas estructuras y del juego de valores del Imperio español, dentro los mecanismos de la monarquía absoluta, de la jerarquización estrecha de la sociedad, de la desigualdad de castas, y de la ausencia de todo principio de libertad. Lo que ocurre a partir del 19 de abril de 1810 es, precisamente, la tentativa de reemplazar toda la estructura social y política secular por un ensayo improvisado de República inspirada en el modelo de los Estados Unidos y en las lecciones de la Revolución Francesa, que carecía de todo antecedente histórico y de toda base social en el nuevo país. Esta inmensa ruptura institucional, este ensayo de creación abstracta y por encima de un nuevo orden social y político estaba condenado a la más peligrosa inestabilidad, y llevó rápidamente al país a la anarquía y a la guerra. El Manifiesto de Bolívar en Cartagena, en 1812, pinta con extraordinaria clarividencia las razones del inmenso fracaso político de la Primera República de Venezuela, que son las mismas que, después, durante más de un siglo, se han seguido esgrimiendo como explicación de la causa de la inestabilidad política de los países latinoamericanos.


La guerra de Independencia de Venezuela fue la más larga y costosa de todo el Imperio español. Durante quince largos años hubo guerra sin interrupción en el propio territorio, con inmensa destrucción de vidas y de bienes. La riqueza acumulada en el último siglo colonial en tierras y rebaños desapareció casi totalmente, una
tercera parte de la población pereció o emigró, el país quedó reducido a extremos increíbles de escasez y de carencias de todo tipo.


Los venezolanos no solamente hicieron la guerra en su propio territorio sino que, por muchas razones históricas que aquí no es el caso explicar, tuvieron que llevar la lucha a otros países de la América del Sur para iniciar un largo proceso heroico que vino a rematar en la jornada de Ayacucho y en las fronteras mismas de la actual República Argentina.


Cuando, en 1830, ocurre el desmembramiento de la gran creación política de Bolívar, Colombia, Venezuela reemprende de nuevo su destino histórico dentro de sus fronteras tradicionales. La herencia de la guerra ha sido costosa y pesada, han desaparecido las actividades económicas tradicionales, la agricultura está en ruinas, los llanos han regresado a una situación primitiva, las exportaciones son nulas, el comercio insignificante. Las estructuras sociales han quedado profundamente resquebrajadas, las antiguas clases dirigentes han desaparecido, hombres nuevos surgidos de la lucha han subido a ocupar los primeros planos no sólo del gobierno y de la sociedad, sino también de las actividades económicas. Comienza entonces un admirable proceso de reconstrucción de un país que estaba prácticamente en ruinas.


Durante los años que van de 1830 a 1848, un grupo de venezolanos muy distinguidos toma a su cargo la inmensa tarea de reconstruir al país dentro de sus dimensiones históricas. En torno a la figura admirable del General José Antonio Páez se congregan hombres como el General Soublette, el doctor Vargas, Don Santos Michelena, el mismo Antonio Leocadio Guzmán, y muchos otros que sería largo enumerar, para tratar de iniciar una nueva marcha hacia la democracia, en una República organizada constitucionalmente para la libertad y para el respeto de los derechos humanos. En esos años se establece una Constitución respetable, que es, además, respetada efectivamente. Se celebran elecciones libres, se inician pasos de progreso muy importantes, se publica la primera Geografía, la de Codazzi, y la primera Historia, la de Baralt, que tuvo ninguna República hispanoamericana de la época, se renueva la enseñanza, se estimula la actividad económica, y se llega a alcanzar un grado relativo de paz, de libertad y de desarrollo, que se destacaban en el cuadro general de los países de la América Latina.


Este proceso se interrumpe trágicamente cuando el año de 1848, ante la actitud política que ha tomado el entonces Presidente, General José Tadeo Monagas, resuelve el General Páez tomar las armas para imponer lo que él llama «el orden de la Constitución de 1830. Aquí se inicia un largo proceso de desastrosas y destructoras guerras civiles. Durante medio siglo largo, el país va a ser el escenario de alzamientos, asonadas, encuentros armados, que culminarán con la larga, sangrienta y destructiva Guerra Federal, que
dura cinco años. La Venezuela que emerge de esa guerra es de una pobreza aterradora, inmensamente atrasada, incomunicada, sin recursos y sin rumbo.

La primera tentativa de retomar el camino del progreso después de la Guerra Federal, la personifica la gran figura histórica del General Antonio Guzmán Blanco. Sin embargo, no ha cambiado radicalmente el país. La tradición de la guerra civil persiste, el camino ordinario de la lucha política desemboca en el enfrentamiento armado, es la hora de los caudillos de todos los tamaños y de todas las pintas, que se disputan el poder continuamente por todos los medios y en todos los escenarios.


La guerra civil no viene a concluir definitivamente sino el año de 1903, cuando el General Juan Vicente Gómez derrota en Ciudad Bolívar a la última coalición de caudillos en armas, y cierra con esto el nefasto ciclo destructor. La historia de Venezuela en ese largo ciclo es la de la anarquía y el caudillismo, la de la pobreza y
la incomunicación, la del atraso y la ignorancia. Las estructuras sociales han cambiado muy poco desde la época colonial, sólo ba disminuido sensiblemente el nivel. Sigue siendo un país de comerciantes exportadores e importadores, de hacendados, de monocultivos, de café, cacao, cueros, de población escasa, de enfermedades endémicas y de mucho atraso. Naturalmente, en lo político y en lo social ha cambiado poco, aun cuando, desde luego, la guerra trajo un inmenso proceso de movilidad social horizontal y vertical. Venezolanos de todas las regiones, arrastrados por la guerra, recorrieron el país en toda su dimensión, y hombres de los más humildes orígenes llegaron hasta las más altas posiciones políticas y económicas de la nación.


Este es el país en donde va a hacer su irrupción inesperada la riqueza petrolera.


La riqueza petrolera hizo su aparición de una manera lenta, y basta poco visible, en el panorama de la Venezuela tradicional, en los primeros años de este siglo. Las grandes empresas mundiales explotadoras de petróleo debieron tener, en una fecha que no conocemos, noticia cierta de la riqueza potencial en hidrocarburos de aquel país atrasado. Poco después, algunos particulares, principalmente abogados de negocios, solicitaron del gobierno concesiones para explotar hidrocarburos en inmensas extensiones de territorio, que a veces cubrían más de uno y dos Estados.


La Ley que regía entonces era la del viejo Código de Minas, que establecía las condiciones para otorgar concesiones de exploración y de explotación de minerales en el subsuelo. De acuerdo con este marco legal, se otorgaron, poco antes de la Primera Guerra Mundial, grandes extensiones sometidas a las muy tolerantes pautas de la legislación de entonces, y con una participación de regalía para el Estado muy pequeña. Conllevaban, además, el reconocimiento de muchos privilegios para los exploradores y explotadores, tales
como la exención de impuestos nacionales, la importación libre de derechos de todos los materiales que necesitaran y hasta un cierto grado de extraterritorialidad. Estas concesiones pasaron a filiales
de grandes empresas internacionales explotadoras de petróleo, que crearon para este fin algunas compañías en el país. Se comenzó entonces a explorar sistemáticamente los territorios concedidos, se hicieron las primeras perforaciones, y debió confirmarse entonces para aquellas empresas la certidumbre de la inmensa riqueza que estaba en el subsuelo. Muy poca atención prestó la prensa, y casi ninguna la opinión pública de entonces, a esa casi marginal novedad, que parecía no tener por qué afectar de ninguna manera importante los aspectos tradicionales de la vida nacional. Fue más tarde, con ocasión de un accidente de perforación, cuando ocurrió el famoso reventón de La Rosa, y un inmenso chorro de petróleo, que se calculaba en cien mil barriles diarios, estuvo fluyendo como un gran árbol negro sobre el cielo, que el país tuvo una primera impresión de que algo nuevo y hasta entonces no conocido había empezado a ocurrir.


La exportación petrolera fue creciendo muy lentamente. Pronto aparecieron nuevos concesionarios y se pudo constatar la presencia de los dos grandes consorcios rivales que competían por el petróleo del mundo, el grupo de la Standard Oil de los Estados Unidos, y el grupo anglo-holandés de la Shell.


La primera señal notable de la importancia de la nueva actividad consistió en que, por primera vez, llegó la ocasión en que en un presupuesto nacional la mayor renta fiscal del país ya no consistió en los impuestos aduaneros sino en la regalía de la explotación petrolera. De aquí en adelante esa renta fue creciendo basta
convertirse no sólo en la mayor de todas las que constituían los ingresos del Tesoro, sino hasta llegar a representar la parte mayoritaria de los ingresos nacionales.


No afectó mucho a la vida nacional al comienzo este nuevo hecho. Los campamentos petroleros se fundaron en regiones remotas y poco habitadas. La vida ordinaria de las ciudades siguió siendo la misma, las costumbres sufrieron muy poca alteración pero, ciertamente, ya se había establecido en la mente de los venezolanos una cierta asociación, que no se iba a destruir más nunca, entre el petróleo y la idea de riqueza. Esta situación, con pocas variantes, duró hasta el final de la dictadura del General Juan Vicente Gómez. Durante ese lapso la exportación petrolera creció continuamente y el ingreso ocasionado por las modestas regalías aumentó también de modo espectacular. Llegó el momento simbólico en que aquel pequeño país, que había llegado a ser a duras penas el cuarto exportador de café del mundo, se convirtió súbitamente en el primer exportador de petróleo, es decir, de la más preciada e importante materia prima del desarrollo mundial.


Cuando, a la muerte de Gómez, el país vuelve sus ojos hacia sí mismo para palpar y llegar a conocer su verdadera situación y para poder trazar planes de futuro para salir adelante de su atraso, el petróleo comienza a ocupar un lugar preponderante en la preocupación de los gobernantes y de la opinión pública. Se discute abiertamente sobre las deficiencias de la legislación vigente, se hacen proyectos para sacar mayores provechos de ella, interviene no poca dosis de ignorancia y demagogia en los debates pero, con todo ello, el país adquiere por primera vez la noción de que el petróleo es y va a ser en el futuro la actividad más importante y de la que dependerá directamente el progreso nacional.


No voy a hacer aquí, porque no es el caso, la historia de la industria petrolera en Venezuela en estos largos años, pero sí debo marcar algunos hitos importantes.


A partir del gobierno del Presidente López Contreras, se hicieron importantes modificaciones en la legislación correspondiente y en las relaciones del Estado con las compañías explotadoras. Había, evidentemente, una nueva actitud. Para los que, dentro y fuera del Gobierno, pensaban en la necesidad de replantear en otros términos la situación de la industria petrolera y la participación del Estado en ella, no podía pasar inadvertido el hecho de que buena parte de las mayores concesiones vigentes estaban muy cerca de la expiración de sus lapsos y, por lo tanto, esta podía ser una buena ocasión para establecer unas nuevas normas y una nueva relación entre el Estado y las empresas explotadoras.


Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, el gobierno del Presidente Medina llama la atención repetidas veces sobre la injusticia de la participación del país en los beneficios de la industria, y en la necesidad de transformar a fondo esta situación desfavorable. Es lo que finalmente va a realizar el Presidente Medina, aprovechando la circunstancia de la guerra y el interés de los aliados por el petróleo para lograr llevar a feliz término la gran empresa de reformar las bases legales de la industria petrolera en Venezuela en beneficio del Estado venezolano.

Fue un largo y difícil proceso que pudo llevarse feliz término por la firmeza, por la limpieza de intenciones y por la autoridad moral ante los otros países interesados tenía el gobierno venezolano. Como resultado de este proceso se dictó la muy importante Ley de Hidrocarburos de 1943, que es la que ha regido desde entonces toda la actividad petrolera venezolana, que continúa vigente todavía hoy, y dentro de la cual fue posible llevar a cabo la nacionalización petrolera. Podríamos decir aún más que las necesarias modificaciones que hoy aparecen como posibles tienen perfecta cabida dentro del marco vigente de sus previsivas disposiciones.

Lo que se logró entonces abre una nueva época del petróleo en Venezuela. Las empresas renuncian a los beneficios que les habían sido dados en las antiguas concesiones. Quedan sometidas plenamente al imperio de las leyes impositivas y generales del país, sin y ninguna excepcionalidad, lo que permitirá mas adelante. cuando se crea el impuesto sobre la renta, poderlas someter a esta tributación. Dentro de esa misma legislación, si hubiera habido la prudencia y la previsión necesarias, se ha podido realizar la nacionalización del petróleo por la simple y mecánica reversión de todas las concesiones vigentes a la expiración del plazo previsto en ellas Es decir que, a partir de 1983, Venezuela hubiera recibido, sin necesidad de desembolsar un bolívar todas las instalaciones petroleras existentes en su territorio, para continuar en la forma que considerara mas adecuada esa explotación vital para el país.

Era posible concebir entonces un crecimiento normal, seguro y cómodo de la economía venezolana en los años venideros sobre e la base de la riqueza petrolera, que debía proporcionar los recursos financieros necesarios para una empresa de esa magnitud. Esto ha podido ocurrir así de no haberse iniciado en 1973 la serie inesperada de las espectaculares alzas del precio de los crudos en los mercados mundiales En efecto, el precio del petróleo, que muy raras veces había sobrepasado el nivel de dos dólares el barril en el mercado mundial, salta al nivel de siete dólares y medio, para no detenerse allí, y seguir en un incontrolado crecimiento que lo llevó en corto tiempo a 14, y basta 34 dólares por barril de petróleo.

Era prácticamente inevitable que en tamaño crecimiento de recursos, que ninguna relación tenía ni con la estructura económica ni con el esfuerzo de trabajo del país, trajera inmensos desajustes y cambiara radicalmente las bases sobre las cuales el venezolano medio podía contemplar su futuro. Se creó en el Estado una sensación de ilimitada capacidad de gasto, que a su vez se combinó con la noción de que era posible adquirir con dinero y a corto plazo lo que normalmente hubiera sido solo posible por medio de un desarrollo orgánico y seguro de la economía nacional, es decir se iba a comprar desarrollo, progreso, bienestar y modernidad a base de dólares petroleros

Los errores cometidos en esa etapa están hoy a la vista. El país no solo gastó sin medida en proyectos generalmente no muy bien concebidos, sino que tendió a convertirse, por una especie de fatalidad irremediable, en el socio capitalista de todas las empresas imaginables, en el financiador directo o indirecto de todas las actividades, en el subsidiador de todos los precios y de todos los servicios y en el agente más importante e incontrolable de deformación de las bases de la realidad económica del país.

En la década que se inicia entonces ingresan a aquel pequeño país de no más de doce millones de habitantes sumas de una magnitud gigantesca que van a parar al gasto discrecional del gobierno. Los presupuestos crecen año tras año de manera galopante, el ingreso anual de divisas sobrepasa todas las esperanzas razonables y llega muy pronto a cifrarse en 10 mil, 15 mil y basta 19 mil millones de dólares. Toda la actividad económica quedo falseada, ningún precio fue real, para nada se tenía en cuenta la capacidad productiva real del país, el Estado intervino en todas las formas imaginable en actividades que normalmente debieron estar atendidas por la iniciativa privada, y se creó una maquinaria intervencionista financiadora y directiva de la economía que tendió a convertirla fatalmente en una mera dependencia de la actividad pública.

Muchas paradojas se realizaron entonces, con inmensas consecuencias negativas, y, entre ellas, la de que, en lugar de sostenerse el Estado de la actividad del país, la actividad del país era sostenida por el Estado. Este inmenso gasto no bien concebido ni dirigido incite a cometer graves errores de planificación, y a falsificar los parámetros reales sobre los cuales ha podido fundarse un desarrollo económico normal.

Hubiera sido posible que, al pasar esos años de abundancia, Venezuela hubiera quedado con una infraestructura económica y comunicacional importante sobre las bases ciertas de una gran industria hidroeléctrica, siderúrgica y del aluminio, y con la posibilidad de enfrentar los reajustes que debía ocasionar inevitablemente un previsible descenso de los precios del petróleo por medio de las reservas internacionales que ha debido acumular en esos años de abundancia. Cuando las grandes potencias industriales crearon la

Agencia Internacional de Energía fue claro su propósito de contrarrestar la acción de los países de la OPEP y de evadirse de la peligrosa dependencia en que habían sido colocadas Esa Agencia tenía por objeto acumular inmensa reservas de petróleo que pusiera esos países a salvo de cualquier medida restrictiva de los miembros de la OPEP y, al mismo tiempo, hacer un supremo esfuerzo científico y tecnológico en busca de nuevas reservas de petróleo y de fuentes alternas de energía que pudieran reemplazarlo. Frente a esta política, la respuesta obvia de los países petroleros ha debido ser la de acumular grandes reservas monetarias internacionales que dieran una garantía suficiente de financiación para sus proyectos de futuro, y una política sensata de desarrollo de una economía menos dependiente del petróleo

No lo hizo así nuestro país, lamentablemente Se gastó alegremente y sin previsión todo ese inmenso torrente de riquezas y, encima de ello, se cometió el imperdonable error de incurrir en una gigantesca deuda externa e interna, sin control ni medida, hecha al azar de los planes de las innumerables empresas que el Estado había ido creando en el tiempo de abundancia Lo que ocurrió era lo que tenía que ocurrir inevitablemente.

Llegó el día en que los precios del petróleo comenzaron a bajar en que los presupuestos de gastos y de financiamiento del país carecieron de soporte, y en que bubo necesidad de encarar con toda seriedad un reajuste a fondo de Los presupuestos, de los medios y de los objetivos de la actividad económica. Por razones que no voy a analizar aquí, se procedió en otra forma Se prefirió disimular los efectos negativos, ganar tiempo, posponer para un futuro impreciso la adopción de las drásticas medidas que eran necesarias y que, si se hubieran hecho paulatinamente, habrían podido lograrse de manera mas fácil y menos traumática.

La alternativa que esta crisis ha planteado a Venezuela no es otra que la que estaba planteada desde el primer día en que apareció la riqueza petrolera en aquel país pobre y atrasado, la de valerse de esos recursos para desarrollar una economía propia, sana e independiente del petróleo en toda la medida de lo posible, es decir hacer posible la realización de la tarea difícil y tentadora que le estaba ofrecida: crear con los recursos del petróleo, una economía no petrolera que pudiera, en un término razonable, independizarse de la influencia de este elemento fundamental.

Hoy nos encontramos enfrentados a la crisis. El Estado no puede seguir manteniendo la función interventora, rector, financiadora y ductor de la economía nacional que el azar le hizo desempeñar basta ahora mas mal que bien. Ha llegado inexorablemente el momento de sincerar la economía nacional, de ponerla sobre las bases reales de las que ha partido el desarrollo económico de todos los países que han logrado prosperar en los dos últimos siglos, y de reemprender el difícil camino de substituir una actividad económica artificial y subsidiada por otra sana, directamente dependiente del trabajo y de la iniciativa de los venezolanos, que no dependa nunca mas del capricho o de las oscilaciones del gobierno o de un solo producto en el mercado mundial.

Es un gran desafío que consiste en intentar corregir a fondo males inveterados, que se conformaron en largos años de facilidad y complacencia, para ser literalmente un país distinto, con un venezolano distinto. Afortunadamente, no se trata de una creación exnibilo. Desde hace mucho tiempo son muchos los venezolanos que se han venido dando cuenta de la peligrosa artificialidad de la situación económica del país. Cuenta, además, hoy Venezuela con un numeroso equipo de hombres capaces en todos los niveles de la actividad social, debidamente educados y preparados para desempeñar el papel que debe corresponderles en una empresa de transformación económica de tanta magnitud. Debemos reconocer que la reacción general del venezolano ha sido buena. Con algunos estallidos inevitables de violencia, debido mas que todo a manejos torpes y a fallas de información de las autoridades, el conjunto de la población ha recibido con mucha serenidad el anuncio de las nuevas circunstancias Ha habido una rápida adaptación a la nueva realidad, han proliferado las iniciativas, la gente se ha organizado y se prepara para enfrentar Las dificultades, y existe un estado de ánimo generalizado de hacer todo el esfuerzo necesario para salir adelante y para enmendar a fondo los graves errores que hemos venido arrastrando del pasado. Y esto constituye la principal

circunstancia favorable con la que cuenta Venezuela en esta hora.

Si los políticos y los hombres que tienen responsabilidad de gobierno saben apreciar debidamente esta situación, no les debería ser difícil encontrar los medios, las vías y las formas para que, con un gran esfuerzo colectivo, Venezuela enmiende los grandes errores del pasado y pueda enfrentar el futuro con una actitud positiva y creadora.

Tal vez ahora, por primera vez en nuestra historia, los venezolanos se enfrentan sinceramente a la realidad de la economía deformada y de la sociedad deformada que permitieron que el petróleo creara. Es un gran desafío de comprensión de esfuerzo inteligente de disciplina social el que se plantea para todos. Crear conciencia en torno a estas nuevas circunstancias y a estas exigencias Perentorias es el primer deber de todos los que tienen, en cualquier medida, posibilidad de conducir y de dar ejemplo. Esta es, precisamente, la hora en que Venezuela tiene que echar mano de sus reserves morales de su capacidad de enfrentar dificultades para poder seguir adelante De esta manera, la nueva Venezuela que han de surgir será más sana, más vital y más hija del esfuerzo de todos que la que hasta ahora hemos tenido por nuestra.

Sembrar el petróleo

Arturo Úslar Pietri

El martes 14 de julio de 1936 el diario Ahora, que entonces se publicaba en Caracas, insertó

en la primera página el siguiente editorial, bajo el título de «Sembrar el petróleo». Fue esta

la primera vez que en Venezuela se hacía un planteamiento de esta clase y también la

primera aparición de esa consigna de «sembrar el petróleo».

Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de

Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en

la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de

mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras

la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las

cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas

figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas

hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que

pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la

actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del

subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya

productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional.

Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que

los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño

suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar

la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más

simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso

parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a

una catástrofe inminente e inevitable.

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino

que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no

sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad

y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar

el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra

ganadería degenera y empobrece con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce

adecuado. Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados,

se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón

vegetal. De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del

Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio nueve

mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete meses, inclusive los

Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles. Multiplicando esta última suma por el

número de años que se trabajó el balatá, se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles

derribados y se formará una idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal

epitafio del balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores

riquezas venezolanas.

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una

economía reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual

economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura

economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar

la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a

la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una

maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada

coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora

del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.

La parte que en nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y

creación de riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total

de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar el desarrollo

inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta concurrencia de la renta

minera.

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar

la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar

sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones

necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e

industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios

para otros.

Esa sería la verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la

riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la

siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza

producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y

progresiva: sembrar el petróleo.


 



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Edmundo Salazar

Experto en petróleo y gas

 edmundosalazar@gmail.com

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