¿También decidió ya el gobierno qué hacer con los desechos nucleares?

Ya sabemos que la planta nuclear alcanzará los 500 megavatios de potencia. El ministro de Energía, Rafael Ramírez, así lo ha confirmado. También sabemos que será la empresa rusa ROSATOM la que se encargará de la construcción de la central; el presidente Chávez lo anunció. Pero lo que ni Chávez, ni Ramírez, ni ningún otro vocero del gobierno han anunciado todavía es dónde se instalará la planta. El proyecto está en fase “preliminar”, según afirmaba el ministro Ramírez, lo cual no ha impedido que se firme públicamente el acuerdo de construcción de la central y que se publicite con bombo y platillo.

Como el proyecto ya firmado y contratado está en esa “fase preliminar”, según los voceros del gobierno, tampoco sabemos qué se piensa hacer con los desechos nucleares, qué se va a hacer con el reactor y los equipos de la central una vez cumplan su relativamente breve periodo de utilidad o cómo se va a cuidar el transporte de químicos y desechos hasta la central y desde ésta hasta donde vayan a reposar hasta la eternidad (y esto se acerca a la literalidad, a menos que uno no considere que miles de años, que es lo que dura la radiación de algunos desechos generados en plantas nucleares, no es una eternidad). Pero esos son, claro, unos pequeños detalles sin importancia cuando el objetivo último es el deslumbrante desarrollo – a cualquier precio y aunque sea para que lo disfrutemos nosotros y nuestros hijos y, quizá, nuestros nietos, hipotecando el futuro de cualquier ser viviente que venga después.

Venezuela está eligiendo la vía de la energía nuclear para diversificar sus fuentes energéticas, en la línea de lo que han hecho otras de las denominadas potencias energéticas o de los países que aspiran a serlo. Esta decisión, según parece, no cuesta mucho tomarla a nivel gubernamental, pues aparentemente la ideología no interviene. A juzgar por la sencillez con la que los gobiernos caminan por esta vía, se trata de una “decisión técnica”. Aparentemente, cuando se trata de llegar a “ser potencia”, no importa si la vía es la socialista o la capitalista: el ansiado fin justifica los medios. Además, está siendo fácil contar con socios en este tipo de empresa; socios bienintencionados y hasta altruistas que trabajan para que las naciones alcancen su independencia. En este caso, Venezuela tiene a Rusia.

Pero el hecho de que Rusia, como aliado de Venezuela en el trabajo de construcción de un mundo multipolar, esté interesada de hacer de este proyecto nuclear uno de los primeros y principales de colaboración con Venezuela, tiene alicientes añadidos que acompañan a los de la cooperación y la estrategia geopolítica. Por ejemplo, y a la cabeza de todo, está el beneficio económico que esta energía facilita. Para Rusia, este beneficio está claro y es cercano. El jefe de ROSATOM, ex-primer ministro ruso, ya desde hace tiempo viene declarando públicamente que esta empresa intenta convertirse en líder mundial a partir de la respuesta a la demanda de energía nuclear en todo el planeta. Aunque reconoce que Rusia tiene algo de mala fama, por el frío presente de la carrera armamentística nuclear y por desastres como el de Chernóbil, eso no es nada que no se pueda superar: el ex-primer ministro destaca las fortalezas tecnológicas que ROSATOM posee. Por otro lado Venezuela tiene derecho, como el propio Chávez afirma y muchos otros pregonan, a emitir este tipo de demanda de energía nuclear, pues se utilizará con fines pacíficos y permitirá al país más ingresos por venta de petróleo. Esta demanda y ese tipo de derecho, justificable desde una visión particularizada de la justicia internacional y de los sustentos de la soberanía, es sin embargo terriblemente consonante con el acelerado avance hacia el abismo al que empujamos al planeta con el pensamiento económico dominante.

Para Venezuela, la energía nuclear permitirá ir reduciendo la dependencia del petróleo al mismo tiempo que incrementar el ingreso por exportación del crudo y aumentar el suministro energético para suplir la creciente demanda de electricidad en el país, que además crecerá conforme se desarrolla más industrialmente. Desde las perspectivas de potencial económico el trato es perfecto, ganan todos: ganan venezolanos y ganan rusos y hasta se puede pensar que ganan las naciones que luchan contra el imperialismo. La que no gana nada, desgraciadamente, es la humanidad, por muy paradójico que en principio parezca.

La energía nuclear es un mal innecesario, a pesar de que los países que la utilizan intenten convencer de lo contrario. Pues bajo ningún planteamiento ético aceptable puede verse como necesario algo que, con el fin de generar beneficio económico y potencial bienestar presente, ponga en riesgo el futuro del planeta donde vivimos y la supervivencia de nuestra especie. No es este el lugar para enumerar los riesgos y los problemas, todavía considerados incluso por los expertos como irresolubles (si es que pudieran ser solubles en algún momento), que genera el cultivo nuclear. Pero sí podemos recordar que, incluso dejando de lado los probables accidentes que pueden ocurrir en el funcionamiento de cualquier central nuclear, no existe ninguna respuesta satisfactoria ante las preguntas de cómo asegurar que los desechos producidos en la generación de este tipo de energía no dañen a personas, animales, plantas y medioambiente en general. La única respuesta que en ocasiones se proporciona es puramente resultado de criterios “administrativos”: se dice que, en circunstancias normales (esto es, sin que se produzca ningún tipo de accidente), la producción de esta energía y el manejo de sus equipos y desechos genera radiación y contaminación biológica en unos niveles que los seres vivos afectados pueden “tolerar” sin sufrir daños significativos. Esta tolerancia es más fácil para los seres vivos que son “otros”, como todo el mundo sabe. Son pocos los que voluntariamente están dispuestos a tolerar esos niveles de radiación supuestamente benigna. Si les caben dudas, pregúntense si querrían tener una central nuclear a 10 (o 100, o 1000) kilómetros de sus casas. O pregúntenselo, por ejemplo, a los españoles a quienes se les propone actualmente tener un cementerio de desechos nucleares en su pueblo, y a pesar de los múltiples beneficios que la administración pública ofrece a la población receptora: inversión pública, ayudas para vivienda, descuentos impositivos, estímulos empresariales, etc.

La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), por nombrar una organización que algo sabe de energía nuclear, dedica sustanciosos esfuerzos a presentarse como una organización filantrópica y preocupada por la humanidad. Así, su departamento de Ciencia Nuclear y Aplicaciones, por ejemplo, tiene programas de publicidad en los que propaga la labor de la agencia en el cuidado y “el control” (sic) del cáncer en países en desarrollo. La radioterapia es una de las medidas que ayuda a todos aquellos que padecen la terrible enfermedad, es cierto, y la investigación en este campo no puede verse, ante la ausencia de alternativas, sino como un bien humanista. El cáncer, según datos de la propia organización, golpea más en países y poblaciones con menores ingresos económicos (otra evidencia, podría uno añadir, de que en la salud también hay clases sociales e incluso clases nacionales [¿otra manifestación de las divisiones internacionales del trabajo?]). Lo que no nos dice la agencia es qué está provocando esos niveles de cáncer en la población, o cómo se deciden políticamente cuáles son los niveles de radiación que son tolerables según las agencias internacionales y las legislaciones nacionales. Mucho menos publicita la Agencia al mismo nivel que sus campañas humanistas las informaciones, bien sustentadas desde los 70 del pasado siglo, acerca de lo incontrolable que es la energía nuclear mientras no se conozcan (si es que algún día se conocen) los mecanismos para controlar la radiación de elementos que por vías naturales alargan su actividad por miles de años. Una actividad que daña a los seres vivos y que se propaga por aire, mar y tierra; por cualquier medio.

Otro dato curioso es que la AIEA pronostica que, si se mantienen “los porcentajes actuales de crecimiento” en la propagación de la enfermedad a nivel mundial, para el 2050 cualquier persona tendrá entre un 50% y un 60% de posibilidades de contraerla. La cifra, presentada aisladamente, es un horror, y ahí es donde entra la AIEA como benefactora de la humanidad, pues publicita lo mucho que destina a inversión en investigación para tratar y “controlar” la enfermedad. Ahora bien, sería de nuevo estupendo si en el portal de Internet de la AIEA también se hiciese un análisis crítico sobre las circunstancias y las condiciones que están generando este tipo de enfermedad, donde quizá el sistema económico mundial del que la Agencia es un órgano no saldría muy bien parado. Podrían también informar sobre la influencia que puede tener para la humanidad el que haya una cantidad creciente de residuos radiactivos en el planeta, residuos que en el mejor de los casos necesitan miles de años para desvanecerse – en muchos casos reciclados y circulados a través de aire, agua y tierra. O podrían invertir mucho más en la búsqueda de alternativas de generación energética por medios renovables y no tan absolutamente contaminantes.

Uno puede especular con lo que pasaría si el gobierno hubiese hecho una consulta popular para decidir si es conveniente la generación y el uso de la energía nuclear en Venezuela. Si ocurriese hoy mismo, dada la virtual inexistencia de debate al respecto, es probable que hubiese apoyo mayoritario a la medida: se presenta, y parece que se percibe, como un avance hacia ese deseado rol de “potencia energética mundial”, un avance hacia la modernización y el desarrollo. Si se realizase esa misma consulta después de un plazo en el que se informase honestamente a la población acerca de los efectos de la radiación en hombres, plantas y animales, en torno a los riesgos de accidentes en centrales nucleares, y se explicase de forma anticipada dónde se va a ubicar la planta, dónde se va a disponer de los desechos que genere, y qué pasará con ella una vez que deje de ser activa, el resultado, creo yo, sería muy diferente. Es muy probable que la propuesta se rechazase, o que si se aceptase no hubiese tanto entusiasmo entre los ciudadanos informados. Pero llevemos la especulación un poco más allá: ¿cuál sería el resultado si la consulta no sólo se realizase después de un amplio debate informativo acerca de la energía nuclear, sino que se realizase sobre las bases de principios de un socialismo que plantea que éste debe estar indisolublemente ligado a formas de desarrollo que no sólo sean sustentables sino que no pongan en riesgo la supervivencia de nuestra y otras especies? En este caso, en un referéndum nunca vencería la opción de apoyo a la energía nuclear.

Es muy preocupante que en las discusiones sobre energía nuclear, que deberían ser trascendentes y éticamente fundamentadas más allá del pragmatismo, muchos terminen argumentando con el “si los otros lo tienen, ¿por qué no yo?”. En lugar de contribuir a mantener la presión para acabar con un modelo económico mundial depredador y seguir buscando vías de presión pública internacional para frenar el desarrollo insostenible, el argumento del “yo también puedo” se convierte en este escenario en un paso atrás para la humanidad.


angostoluis@mixmail.com


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