La tortura mortal: Un signo

Alguien escribió rotundamente que la sangre derramada no le agrega razones a ninguna causa. Eso puede ser cierto, pero también lo es que se las quita a la causa que mata. Un gobierno que se convierte en sólo represión, cárcel, torturas y muerte, no puede justificarse y, si intenta vanamente hacerlo, resulta tan mentirosa que se torna demasiado ridícula como para ser defendida. Pierde motivos de ser y persistir. La noción cristiana y grotesca de que los mártires dignifican alguna fe, es una ilusión óptica, un espejismo análogo al del déspota que interpreta el silencio del cementerio que ha ido ampliando a su alrededor, como una creciente aceptación sumisa. Las dos caras de la misma atrocidad.

La muerte del capitán Acosta Arévalo es un signo que habla de otras muertes, las de Albán, las de aquellos estudiantes, aquellos campesinos. Incluso, le hace eco a muertes añejas, de antiguos héroes cuyos cuerpos brotan de repente en una playa, reventados por los golpes, los testículos electrocutados, las brutales quemaduras. Ese eco es lo que la hace ensordecedora. El presidente habla, gesticula, parece agitarse con ademanes terminantes, pero sólo se escucha el ensordecedor ruido. No dice nada el Presidente. No se oye ¿Qué puede decir? Hablar de planes de Magnicidio y de golpes en ciernes es como hablar del tinte que usó Cilia.

La investigación llegará hasta algún ejecutante, pero nunca al que escribió la partitura. Esta fue escrita hace varios años: cuando se decidió caer en el despotismo, cuando se discutió y resolvió que había que acabar con las instituciones, con los resticos de democracia y vergüenza incluso, antes que abandonar el poder, porque hacerlo era impensable. O había que decirlo con lenguaje de melodrama: antes morir que rendirse. Antes hacer picadillo el país que compartirlo con otros compatriotas mediante prácticas democráticas. Eso no se puede ni pensar. Y no es tanto por orgullo, o también. Pero antes hay muchos motivos, desde las asesorías que vienen directo de la Antilla mayor, pasando por el discurso y llegando a las ganancias de los negocios, la parte del botín.

Torturar hasta matar ¡por favor! Eso se parece demasiado a las cosas que pasaban cuando Pérez Jiménez, cuando Betancourt o cuando Leoni y hasta cuando Caldera ¿No fue eso lo que hicieron con Lovera, con Rodríguez? ¿Lo de Acosta Arévalo, es diferente? ¿Conspirar lo hacía merecedor de ello? ¿Entonces Chávez se lo merecía? ¿Tenía razón aquel olvidado senador que llamó a "Muerte a los golpistas"? ¿Se merecerán un nuevo "refrescamiento" quirúrgico los ojos el rostro del Fiscal para poder hablar ante las cámaras, después de haber asegurado de que en este país no hay tortura, no hay tortura hasta la muerte? ¿O fue sólo una cardiopatía? Hay que hacer una investigación imparcial, creíble.

Lo hemos dicho mil veces: lealtad no es complicidad. No sólo vale para taparse ojos y oídos ante la evidencia de la corrupción, de decisiones necias, ineptas, sólo justificables o por estupidez, brutalidad, incapacidad o sinverguenzura, sino también para promover perversiones. Las pasiones pueden convertirse en virtudes. Esa era la recomendación de Nietzsche. Pero también ocurre que las virtudes pueden degenerar en coprofilia, gusto por la cosa sucia, por la caca. Sí, la lealtad a una causa, incluso a un jefe respetado, se puede convertir en complicidad con unos delincuentes, unos déspotas. La doctrina se ha convertido en una inmensa coba. La valentía se ha convertido en impulso de linchamiento, de hostigamiento y delación, de espíritu de turba.

La indignación apasiona, y debemos seguir fríos. Insistir: la guerra no es opción, sino la negociación. El camino es democrático: la soberanía popular, el Referendo.



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Jesús Puerta


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