El velorio y la urna prestada

—Paisano ¿de dónde viene con esa cara tan larga? Y ¿de corbata negra? —Del entierro de la abuela del compadre. —No me diga usted, hombre. Sería muy viejita la señora. ¡Dios la tenga en su santa gloria!

—Viejita era, más de cien tenía. Pero no aguantó este chaparrón de ahora. Y eso que esa era de cuero duro. Aquello daba lástima. —¿La familia? —La familia y todo. El velorio fue cortico, porque no había café para repartir y cómo, si ya está como a millón y medio el kilo. Y se acuerda de las tradicionales galletas de soda con diablito; nada de eso. Lo que había a agua de un tubo que estaba en el patio.

—Paisano, y lo caro que está un entierro en estos días. Dicen que no baja de los cien millones. —Ya le cuento, porque el muerto es lo de menos. Como le decía del velorio: en la funeraria no dan ni agua y tirarse una partidita de truco menos; primero porque nadie tiene para comprar unas cartas y, además, eso ya no es decente ni de gente fina.

—El velorio fue recortado, ya le dije. El pésame y para el cementerio. Carro fúnebre no había. Porque y que no tiene cauchos desde hace seis meses y batería desde hace como ocho. Allá estaba arrumado en el patio, lleno de polvo. Nos echamos al hombro el féretro. Y algo que me pareció extraño, fue que el compadre llevaba dos bolsas negras, esas de plástico.

—Llevamos a aquella cristiana hasta el campo santo. No le dieron misa, porque el cura y que estaba cobrando en dólares. Debe ser que iba a dar la misa en latín y griego. No sé, yo en esas cosas de religión no me meto. La urna era buena, pesada la misma; imaginé que el compadre se había gastado una buena plata en eso.

—Esa pepa de sol y ese muerto al hombro, paisano. Llegamos al cementerio y todos muy compungidos, no es para menos. Pusimos la urnita al lado de la fosa. Y para mi sorpresa, veo que abren el ataúd y empiezan a sacar a la muerta. Paisano ¡La urna era prestada!

—Ya varios la habían usado. Para eso eran las dos bolsas negras. Allí la metimos y le dimos santa sepultura ¡Dios bendito! Nunca en esta vida se había vista tal miseria. Entre lágrimas, todo el que estaba ahí se lamentaba y se lamentó.



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Obed Delfín


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