¡Que Dios nos agarre confesados!

Los atracos, homicidios y cualquier otro delito en este país forman parte de las conversaciones cotidianas de los venezolanos, mucho más de los zulianos, donde se roban un carro con la naturalidad de quien se presenta en una fiesta, presta el CD que acaba de escuchar, ve la carátula, y sin pronunciar palabra lo pone en un sitio visible, para llevárselo cuando salga de regreso.

O bien, llega a una oficina bancaria y pide prestado un bolígrafo para llenar la planilla y, tras un lapsus, se lo mete al bolsillo. Al salir se percata que lleva algo que no le pertenece, pero no le importa, decide no regresar quizás hasta por pereza, y se queda con él sin ningún cargo de conciencia.

Seguramente, lectores que no viven en el Zulia, concretamente en Maracaibo, piensan que exagero, pero déjenme decirles que no. En mi época de reportero de sucesos, nos enfrentamos a casos en los que muchachos se robaban un carro, para pasear la novia y después lo dejaban abandonado en cualquier paraje solitario.

La sustracción de vehículos en el Zulia, delito en el cual ha jugado un papel fundamental la corrupción de la Policía Regional, así como la de otros cuerpos de seguridad, se ha hecho tan común, que en cualquier esquina no paran de hablar de este flagelo.

Porque aquí los hampones ahora no roban un auto, atraídos por el valor del bien, sino consciente de la necesidad que representa para determinada persona.

De modo, que esta agresión no es exclusiva de la gente adinerada que puede tener máquinas lujosas, sino también de los pobres que como todo ser humano, con el caos del transporte público regional, necesita un medio para desplazarse.

Es más, cuando uno analiza esta situación, cae en cuenta de que es mejor negocio quitar un vehículo a una persona de escaso recursos, que a una con buen poder económico.

Fíjense amigos lectores. Una persona con dinero es despojada de su unidad y no creo que se ocupe de negociar con los delincuentes para que se la devuelvan. Sencillamente, gestiona con la aseguradora su reposición. Y si tarda mucho, compra otra mientras tanto, eso no es problema para ellos.

En cambio, una persona humilde, generalmente no tiene seguro. En muchos casos, la póliza vale más que el bien que pretenden asegurar.

De manera, que a estas personas, desamparadas por estos cuerpos policiales, que no le garantizan seguridad a la ciudadanía, no les queda otra alternativa sino la de negociar con el hampón.

O, aplicar el ojo por ojo y diente por diente. Si los delincuentes me despojan del carro, me robo otro. Operación que me enteré ponían en práctica, cuando se llevaron mi vehículo.

Les vuelvo a contar, por que ya en un artículo narré el robo de mi viejo Monte Carlo que, por cierto, después recuperé desvalijado. En una oportunidad, al quedar de a pie, tomé un taxi para cumplir con el trabajo. Subí al puesto del copiloto.

Aún con el despecho y el dolor de perder una propiedad que aquí en Maracaibo y creo que en Venezuela es vital para subsistir, quise desahogarme con el taxista.

Le relato en detalle la razón de mi tristeza, no sé por qué, sin verlo a la cara, pero consciente de que me escuchaba con atención. Pero me preocupó su silencio y decidí enfrentarlo. Coincidimos en la mirada. Nos vimos fijamente y el hombre de repente, me espetó una carcajada que casi me saca por la puerta.

-¿Qué sucede amigo?, eso le causa gracia, le reproché.
-No chico, sino que como un hombre de tu temple, le va a hacer cerebro a eso-dijo-. A mi me robaron el carro y me robé otro.
Luego remató: “te la pongo más fácil. Por un millón de bolívares, te hablas con unos ladrones y te buscan uno igual al que te quitaron. Sólo tienes que desarmarlo y armar el tuyo”.

Tal proposición me dejó estupefacto. Gran irresponsabilidad. Tamaña impunidad, no sé como calificar esa acción, entonces fui yo quien hizo un silencio fúnebre y me pregunté: ¿las cosas están así en el Zulia? si eso es así, ¡que Dios nos agarre confesados!


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Alberto Morán


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