(Retomar los morrales)

Camino a Los Changurriales del Morocho Evans

…a todos aquellos que si ser “recurso”
se convirtieron en héroes anónimos al
sacar de la zona de exterminio a los
camaradas que sobrevivieron a la
masacre

El verdugo llegó temprano vestido de metal esta vez y preparado para promocionar la muerte – la de otros, claro está-. Era López Sisco que a lo marine bajaba en medio de la masacre, los camaradas en retirada lo vieron llegar, eso cuenta el camarita. Con él venía la muerte en presentación de capsulas de metal de 250 libras, cohetes y punto cincuenta, punto cincuenta y cohetes, el orden de los factores no altera el producto: la muerte. Eran las 5:30 de la mañana de aquel 4 de octubre cuando el trueno bajo del cielo para abortar el café que le tocaba preparar a Chepa y el fuego de una fogata que aún evidente para los ojos de las hienas fue más fiel que la palabra y la confianza de los Rabanales y la de “Antonio” o el gordo Dario y su oficio de judas moderno.

Entregarse o morir fue la consigna oficial de un gobierno que sabía utilizar la máscara más que el rostro, un gobierno nada social ni mucho menos cristiano…porque el Dios de sus oraciones era más del cielo que de la tierra, y sólo servía para te deum que santificaban la riqueza mal habida en la crucifixión diaria de los pobres. Y es que ese día, había llegado y ese lugar, esa topografía hace meses ya estaba de seguro vestida de mapa en el escritorio de Arpad Bango (jefe de la Disip de la época). No eran dioses pero eso día se dijeron entre ellos de la necesidad de controlar el cielo y la tierra. Para el control del cielo 2 bronco y 2 canberras, helicópteros artillados desde su base de campo mata (un campo de operaciones petroleras cerca de allí) y la disip con sus 100 comandos que junto y al ejército se encargaron del control en tierra con su misión de no dejar a nadie vivo. Disparar a todo lo que se moviera (y quizá por esa “sobredosis de valentía” ellos mataron a los suyos como fue el caso del capitán Avila Paolini y un comando de la disip).

En esos días de aquel octubre llamaron pacificación a la muerte y fueron valientes para el exterminio principalmente aquel experto en masacre (López Sisco) de quien se dice que a culatazo abriera el vientre de la guerrillera embarazada y atentará contra la vida “para evitar que sobreviva la semilla comunista” –hoy los persigue la historia y tras de ellos van las sombras que les gritan cobardes, allí…bien adentro de la conciencia que se les letriniza.

Quisieron detener el amanecer. Quizás 1000 hombres de verde, de negras capuchas, - como para no verse ellos mismos por lo que les tocaba realizar- quizás algunos se persignaron antes para darle la utilidad a Dios en ese momento, quisieron abortar la aurora de la princesa it che me en todo el corazón de chamariapa, allá en los changurriales del morocho Evans. Sabían con exactitud que ellos –los que la gran prensa llamó bandoleros, insurrectos- eran 42, perdón 40 porque uno de los Rabanales se enfermó y el otro fue a buscarlo. Tenían la certeza que le brindaba la palabra de Norberto (Almeida o Inti), o la de Alirio (Torres) que comieron con ellos, que se tomaron el café que quizá Eumenides, la hija de San Tomé, les había brindado en uno de esos días. Sabían que el Catire Rincón Cabrera estaba al frente, sabían de Florencio, de Zanahoria, de Chepa, del camarita y su premonición de Barbacoa. Había funcionado a la perfección el comando de delatores encabezado por los Rabanales. El gordo Beracierta y José Rojas cumplieron su papel de delatores con información valiosa que justificará los 30 denarios de la babosa democracia social cristiana… y todas las vidas que fueran necesarias para que la democracia burguesa viviera para el saqueo y el expolio de las transnacionales.

Aquella tierra del cacique Tamanaico, aquel espacio por su topografía fue perfecta para unos, pero fatal para los 40 hijos de la Venezuela de los de abajo. Aquel espacio, el de los changurriales del morocho Evans era bueno sólo para un día, no más de un día, pero se aceptó más la palabra del traidor que la del guerrillero que estaba hecho de sabana. Y lo alertó el camarita Alejandro Velásquez, pero el influjo pérfido de Rabanales convenció al catire Rincón y por allí ya se estaba fraguando la muerte de los guerrilleros, el golpe a sus familias y esa asonada contra los corazones de quienes ansiábamos el cambio, por el amor al camarada, a la camarada. Detrás de ellos hace tiempo ya venía persiguiéndolos la sombra de Barbacoas.

La altivez del árbol de aceite de palo y su resistencia como dando tiempo a la huida pudo soportar las bombas tipo racimo y sobrevinieron los heridos, cinco o seis, quizá, luego las punto cincuenta haciendo su oficio y ya el guerrillero sabia que venían por tierra los comandos destinados a consumar el exterminio. Unos huyen por aquí, otros lo hacen por allá. Se está concretando a sangre y fuego la sospecha del camarita, la presunción de Emperatriz, sin tiempo para pensar en ese momento el porqué no se había ido el guerrillero cuando debió hacerlo, el porqué aquel que meses antes le había aparecido a una columna guerrillera –como lo refiriera Montilla- en medio del rio (Inti) que lo detiene es liberado por Puerta Aponte por considerarlo camarada, sin saber (¿?) que se estaba consumando la muerte de los guerrilleros.

Caen heridos, entre ellos Arzola (el del trabajo en La Silsa, el de Elia, el de la madre abnegada y buena, arrechamente buena, el del muchachito que después con el tiempo supo de su padre) y le sobreviene el tiro de gracia, Chepa reclama un trato de prisionero de guerra para el Catire que está en el suelo con la pierna desgarrada y ese fue su último reclamo, después la muerte, que alcanzaba para todos, se encargó de Rincón Cabrera (aquel que se fugó de la cárcel sabiendo que su carta de excarcelación estaba lista) La risa nerviosa de Sorfanny (sin arrepentimientos por preferir el fusil al labial) y de Enrique Márquez quedó ahogada en su propia sangre ante la saña del asesino, unos pasos más allá de la fogata. Lo mismo pasa ante la vista del camarita con Echegarreta cuando una ráfaga atraviesa su estomago.

Se enterró Luis Pereira, el de Santa Inés y las botas criminales le pasaron por encima, una y otra vez sin saber que estaba bajo de ellos, agarran viva a Beatriz Jiménez y el “valiente” tenientico que comandaba a 10 hombres da la orden, termina así, Moira, que siempre será Beatriz. Cándido se viste de tierra y escucha voces, ordenes de muerte matan a Tejada sin antes burlarse de su condición de colombiano y allí quedó muerto el cuerpo de aquel que prefirió el Tejada por el Plaza, para el combate. Su idea sigue viva.

Cae Carmen Rosa, lugarteniente del mochuelo de la noche anterior, lo mismo pasa con Ildemar y su cercanía al cristofué, Zambrano, María Luisa, Baudilio, Becerra, Heidi o Eumenides, Pacín Collazo, Carrasquel, Martel Daza que es Domingo, Domingo que siempre será Martel Daza, Luis Gómez, Castro Batista, Zerpa Colina… y después vino el silencio, sus morrales quedaron allá en mare mare y hoy creo que deben ser recogidos, junto al de ellos, el pueblo como subcomandante presto a retomar el camino de cantaura, con la ventaja de otro morral el de aquel carajo que se atrevió ante el imperio – un tal Hugo Chávez que aún sigue en combate, pese a tener en sus filas a algunos de los que dispararon, a alguno de los que bombardearon, quizá a alguno de los que delataron.

Que queda de esto, sino retomar los morrales. Que queda de esto, sino la lección, la necesidad de escuchar, la necesidad de entender que cuando deba cambiarse…pues se cambia. Que queda de esto, sino el amor y la ternura de aquellos que vinieron al Hospital Guevara Rojas de El Tigre (en la otra muerte de Guevara Rojas), destrozados, mutilados, torturados pero nunca muertos. Que queda de ellos, sino su ejemplo como para entender al poeta aquel que gritó ante la flor quemada; “que no hallen, ni techo para la lluvia, ni abrigo para el frio, ni paz para su descanso. Que por los siglos, de los siglos, de los siglos sean malditos, los hematófagos que fueron, con o sin orden, a llevar la oscuridad”.




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Nelson España

Miembro del Frente Antiimperialista de la Zona Sur - Anzoátegui

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