José Reyna gran maestro de la música popular en Caracas

Luego del gran apagón nacional del pasado jueves 7 de marzo de 2019 a las 6:55 de la tarde quede sin internet en el sector Longaray de la parroquia El Valle, donde resido y gracias a la comunicación enviada a CONATEL a través de nuestro Consejo Comunal “Unidos por Nuestro Bien” dicho sea de paso, la primera experiencia caraqueña exitosa en cooperativismo de vivienda, a finales de los años 70, luego del desarrollo urbanístico Los Castores en los Altos Mirandinos, desde aquí con la cooperativa “19 de Abril”, con sus dos torres y 204 apartamentos, cuyo primer miembro fue el destacado cantante popular nacido en Macarapana , estado Sucre, Rafael Montaño. Hacía tiempo que no sentía tanta alegría, para romper con el pesimismo casi crónico que embarga a muchos venezolanos, al recuperar esta importante y polémica herramienta de trabajo, sobre todo para quienes la utilizamos con la intención de expresar nuestras ideas y experiencias, en mi caso 5 meses que me impidieron completar en el primer semestre de este año los 100 artículos escritos a través del portal de Aporrea (Asamblea Popular Revolucionaria Americana) www. Aporrea.org, donde gran parte los he dedicado al tema de los afrodescendientes y de la afrovenezolanidad, más recientemente a la intercultural propuesta de la AFROINDIANIDAD, que desde el año 1999 en Barlovento con el coloquio de la “Afroindianidad: Desarrollo Sustentable”, Afroindianidad en los Valles del Tuy (https://www.aporrea.org/regionales/a189438.html), en la ruta afrocaribeña que incluye a nuestra capital, en la propuesta asociada a la batalla de Maracapana (1555-1567) y el importantísimo eje geo-histórico de la región centro norte costera cuyo epicentro es el ahora llamado estado La Guaira, tan apetecido por el imperialismo estadounidense y sus aliados, para controlar todo el continente sudamericano.

El maestro José Reyna nace el 26 de septiembre de 1908 y fallece en Caracas en los primeros días del mes de agosto de 1973, como dice el epitafio de su tumba en el cementerio de Macaracuay, “se fue por el camino pelao en una noche de mar”, título de dos de sus canciones más conocidas, tal vez por haber sido pobre y de piel oscura no ha escapado al racismo, en muchos casos de tipo institucional muy a pesar de haber sido entre otras cosas Director de la banda marcial del Ministerio del Trabajo en los últimos días de la caída del General Marcos Pérez Jiménez, algo similar a lo ocurrido a nuestro gran científico venezolano Humberto Fernández Morán en el Ministerio de Educación, que al llegar la democracia representativa de la cuarta república les excluyó e invisibilizó y por allá a inicios de los años 70 cuando existía el INCIBA (Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes) bajo la presidencia de la también poco recordada compositora, Nelly Mele Lara, quien presidió la AVAC (Asociación Venezolana de Autores y Compositores) se interesó en fundar una Escuela Popular de Música, en unos locales abandonados del anteriormente llamado Banco Obrero hoy conocido como el INAVI (Instituto Nacional de la Vivienda), en la populosa localidad de Pinto Salinas en Simón Rodríguez y que pasaba a ser la única escuela de música en nuestra capital donde para la época de los años 70, se podía ingresar teniendo más de 15 años de edad para iniciar estudios musicales.

Para esa época el maestro José Reyna quien vivía con su familia en los bloques de esta misma entidad gubernamental de vivienda, en Las Vegas de Petare, donde residió en sus últimos años de vida, aún recuerdo que allí convocó a una serie de niños, jóvenes y adultos, a participar abierta y gratuitamente en la formación musical, con un grupo coral, conjuntamente con la participación de sus habitantes, en un local de la iglesia de la parroquia eclesiástica del Sagrado Corazón de Jesús, donde se conformó un coro con piezas de repertorio popular nacional e internacional. Corría el final de los años 60, compartía mi ingreso en la Facultad de Ciencias de la UCV con la enseñanza y acompañamiento de este maestro casi como un padre para mí, compartí mucho con uno de sus hijos de igual nombre y que destacó como atleta, profesor y entrenador deportivo. A quien le contaba entre uno de mis mejores amigos, posteriormente debido a los problemas de sobrepoblación estudiantil y a tan solo un año del mayo francés de 1968 cuando en Venezuela estalla el problema de la renovación universitaria, este insigne y consecuente maestro musical comienza su labor partiendo de la premisa que la enseñanza de la música no tiene edades y a su vez se puede educar el oído musical, allí en esos espacios con un grupo de profesores como Atilio Ferraro, Rafael Carías, Simón Viana, Salvador Bosque, Oswaldo Oropeza y otros que no recuerdo bien, acompañados de manera voluntaria por la comunidad de Simón Rodríguez y sus zonas aledañas, se inicia la conformación de esta particular escuela que hoy lleva su nombre y posteriormente sería mudada a sus instalaciones actuales en la urbanización San Bernardino de Caracas, donde a pesar de todas las vicisitudes de hoy en día y la situación país, continua impartiendo clases.

Aún recuerdo que allí asistían muchos músicos de las diferentes bandas marciales de la Gran Caracas y de todo el país, con la finalidad de perfeccionarse en la formación musical académica, hombres y mujeres con gusto por la música popular, poetas, compositores y arreglistas, donde siempre conseguían el apoyo de este humilde, consecuente y versátil músico , donde se aprendía fundamentalmente la teoría y el solfeo en dos años de preparatoria, para luego aquellos que así lo deseaban, pudiesen iniciarse con algún instrumento y entrar posteriormente al Conservatorio o a cualquier otra institución musical que les permitiese continuar avanzando en el perfeccionamiento, bien sea en el canto o en la ejecución de algunos instrumentos musicales como el piano, la guitarra, el cuatro, el arpa e instrumentos de viento, en estos últimos, dada su experiencia en lo que él llamaba bandas secas, podíamos encontrar generalmente muchos profesionales humildes dedicados a la música popular bailable que formaban parte de importantes combos y orquestas de la época. Cada fin de año académico tenía invitados especiales que motivaban a los estudiantes y al público en general que asistían a los conciertos allí organizados por este maestro, también incluía visitas a algunas personalidades e instituciones, recuerdo muy claramente cuando le obsequió al maestro Billo Frómeta un tema de su inspiración, donde hacía referencia en su letra a ese notorio y explicito amorío entre Caracas y el maestro Billo, en una presentación en el club del Banco Obrero en Coche, donde le acompañamos algunos de sus alumnos.



Tuve el privilegio de estar desde el inicio de esta escuela de música cuyo epónimo hoy es, José Reyna y por el hecho de la relación casi familiar y de la vecindad que me vinculaba a este gran docente, asistí todos los días durante dos años desde antes del horario normal de clases que era de desde las 6 p.m. hasta las 9 p.m. momento en que retornaba a mi casa, acompañándole en su carro, recuerdo era un viejo Cadillac negro, para lograr lo él denominaba la formación preparatoria y así comenzar a seleccionar el instrumento preferido o el canto, e ir posteriormente al conservatorio, en mi caso era con una trompeta que me prestaba un vecino amigo y cuando además de sus recomendaciones técnicas, comencé a hacer ejercicios de escalas y embocadura con la boquilla de ese instrumento prestado, lamentablemente tuve que devolverla y tener que dejar de lado esta gran inquietud para ejecutar este maravilloso instrumento de viento-metal, así como los estudios musicales iniciados en este modesto espacio educativo e iniciar mi vida laboral en la empresa petrolera CVP (Corporación Venezolana del Petróleo), para continuar mis nocturnos estudios universitarios en administración comercial. Para esos momentos de estudiante mi disposición horaria me permitía acompañar al maestro Reyna en muchas de sus diligencias personales y de tipo administrativas, pudiendo así conocer personalmente músicos de la talla de Ángel Sauce, José Antonio Abreu, Vicente Emilio Sojo, Carlos Bonnet, Napoleón Baltodano, Antonio Lauro, Aldemaro Romero y otros artistas y compositores populares como Víctor Morillo, María Luisa Escobar, Gloria de Leones, Vilia Hinds, Rosalinda García, Yolanda Moreno, Manuel Rodríguez Cárdenas, José Quintero, Edith Salcedo, así como el recientemente fallecido pianista de jazz Eddie Frankie conocido como “Tony Monserrat” y muchos otros artistas y músicos.

Estoy consciente que adentrarse en el tema de la educación musical en Venezuela y de la música popular como referencia, no deja de ser un tema de especialistas, sin embargo me atrevo a opinar, partiendo desde el inicio del siglo xx y tomando como referencia nuestro excepcional himno nacional “Gloria al Bravo Pueblo”, que viene desde la época de nuestra primera declaración de independencia en 1810 como canto patriótico y es también un canto de arrullo, como lo señaló la compositora venezolana Conny Méndez, en una de sus canciones reconociendo a nuestro himno nacional como una composición única en su estilo, comparable al himno nacional de la república francesa “La Marsellesa” que como canto patriótico y de guerra al mismo tiempo, Napoleón Bonaparte dijo en su época que: «Esta música nos ahorrará muchos cañones». El 25 de mayo de 1881, el Gloria al Bravo Pueblo quedó consagrado definitivamente como Himno Nacional de Venezuela, por medio de un decreto emitido por el entonces Presidente, Antonio Guzmán Blanco, quien el 27 de junio de 1870 dicta su famoso Decreto de Instrucción Pública Gratuita y Obligatoria para todos los venezolanos, anticipándose así, a los países europeos más avanzados e impulsando enormemente la educación en el país, gracias a esto han podido educarse generaciones tras generaciones carentes de recursos económicos y partir de allí pudiésemos hablar de una educación popular o para el pueblo como cosa distinta a la educación en música popular, como un género muchas veces excluido por los academicistas del tema.

Siguiendo los parámetros de nuestro destacado musicólogo profesor, José Antonio Calcaño, integrante del movimiento venezolano de renovación musical de comienzos del siglo XX en su célebre curso de apreciación musical, donde establece una clasificación de los tipos de música de acuerdo al también destacado músico brasilero, Heitor Villalobos en cuanto a la música “folklórica” y “popular”, nos permite colocar en el tapete esta disyuntiva entre la música llamada académica y la popular que hace el pueblo con sus cultores en su accionar cotidiano.

Desde inicios del siglo XX y hasta nuestra época, existen individualidades con excelente formación musical en nuestra música venezolana, que son referentes necesarios de mencionar, como lo es el caso de Salvador Llamozas (1854-1940), quien es considerado como el primer músico nacionalista en haber empleado en los valses, melodías tradicionales y giros folkloristas, Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954) contrabajista autor del llamado segundo himno nacional “Alma Llanera”, Raúl Borges (1882-1967) guitarrista maestro de Antonio Lauro (1917-1986) y Alirio Díaz (1923-2016), Vicente Emilio Sojo (1887-1974) fundador del Orfeón Lamas y de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, Juan bautista Plaza (1898-1965), Juan Vicente Lecuna (1899-1954), José Antonio Calcaño (1900-1978), Pedro Ríos Reyna (1905- 1971), Luis Alfonzo Larrain (1911-1996), Antonio Estévez (1916-1988), Ángel Sauce (1911-1995), Luis Felipe Ramón y Rivera (1913-1993), Eduardo Serrano (1911-2008), Billo Frometa (1915-1988), Evencio Castellanos (1916-1984), Modesta Bor (1926-1989), Vinicio Adames (1927-1976), Rafael Suarez (1929-1971), Aldemaro Romero (1928-2007), José Antonio Abreu (1939-2918), este último fallecido recientemente y otros también fallecidos que no alcanzaron la notoriedad de los anteriores, dejando una nueva generación de músicos que deberán ser reconocidos para la posteridad, entre ellos me refiero al mundialmente famoso Gustavo Dudamel y otros tales como Alfredo Rugeles, Felipe Izcaray, Eduardo Marturet, Isabel Palacios, Rodolfo Saglimbeni, Mauricio Silva, Raphael Jiménez, Victoria Sánchez, algunos otros y con quienes he tenido el gusto y privilegio de compartir inquietudes personalmente, como; Juan Carlos Núñez, Diego Silva y Luis Morales Bance.

En la actualidad para quienes ya hemos entrado en el camino de la tercera edad y nos consideramos como diletantes y melómanos consecuentes con lo que nos ha tocado escuchar desde niños, muy particularmente considero que existe una suerte de sonoridad que se mantiene en el tiempo y otras que se pierden en el espacio del tiempo de vida que nos corresponde, para dar lugar a comentarios en razón de nuestras experiencias sentidas, razón por la cual me preocupa no solo el caso de este maestro a quien va dedicado este escrito y que pretende de alguna manera ir más allá de los referentes antes mencionados, al percibir una suerte de invizibilización y olvido de personajes que han dejado una importante huella o un señuelo en esto que llaman sentir nacional y como lo dice Yellice Vírguez Márquez al referirse a José Antonio Calcaño como hombre mediático desconocido, señalando que:

“En Venezuela los espacios patrimoniales e instituciones culturales fenecen, al menos, por tres razones: gestión arbitraria, olvido o mengua. Hay algunos que agonizan doblemente mientras la memoria colectiva se extravía sin retorno.”

Este es el caso de una serie de escuelas de música adscritas al Ministerio de la Cultura, donde el actual ministro Ernesto Villegas, logro reunirlas para ofrecerles su apoyo, entre ellas la que es objeto de este escrito ubicada en San Bernardino, donde el extravío se hace presente y la situación país hace más difícil aun la posibilidad de un resurgir al menos en el corto plazo. Es allí donde comienza la posibilidad de recuperar un tanto la memoria de este destacado músico nacido hace 111 años, según uno de sus hijos nacido en la parroquia San Juan y no en Yaracuy donde nació el poeta-escritor, graduado en Ciencias Políticas y promotor cultural, Manuel Rodríguez Cárdenas (1912-1991), quien fue uno de sus grandes amigos y compañero de trabajo en la fundación del famoso y recordado “Retablo de Maravillas” en los años 50 del siglo pasado donde nace la destacada bailarina-coreógrafa, cariñosamente reconocida como “la bailarina del pueblo venezolano”, Yolanda Moreno, con la agrupación “Tierra Firme” y la aun existente “Danzas Venezuela”. El maestro José Reyna como incansable músico de lo popular, logró ganarse el respeto de los grandes académicos de la época, siempre mostró preocupación por los excluidos de los medios culturales convencionales y desde su trinchera de lucha realizó múltiples composiciones para promover lo nuestro, pero con el pasar del tiempo fueron quedando en el olvido.

Todavía hay muchas otras cosas que decir acerca de este gran maestro de la música popular, que desde sus inicios a los 18 años con la formación de grandes maestros de su época como lo fueron entre otros, José Lorenzo Llamozas y Vicente Emilio Sojo, escribió más de 400 canciones y bien puede decirse que José Reyna fue un autodidacta, pues su conocimiento de composición musical y versatilidad, los alcanzo gracias a su propio esfuerzo, insisto en que su origen humilde, el color de su piel y haber sido el fundador de la banda obrera del Ministerio del Trabajo en el año 1957 un año antes de la caída de Pérez Jiménez, aunado a ello su vida personal, le mantuvieron relegado institucionalmente y gracias a la comunidad educativa y el esfuerzo de muchos de sus seguidores populares en esa época, se logra colocar su nombre a esa escuela de música que se inició en el barrio Pinto Salinas de Simón Rodríguez y hoy se encuentra en la urbanización San Bernardino de nuestra capital.


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César Quintero Quijada


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