El arte de gobernar en revolución

El grado de economía, prosperidad y justicia social, son los principales principios que un presidente debe considerar, porque en ellos están basados las constituciones de los dos sistemas en disputa: socialismo y capitalismo.

En revolución, la aceleración del cambio que debería existir derriban los criterios de la “buena gestión” porque estas son posturas tradicionales que, ante la inmensa reserva de progreso que el socialismo dispone, no puede haber “buena gestión” ya que esta nunca ha atacado las raíces del subdesarrollo.

Los arcaicos cimientos de la burocracia, de la educación, del crédito, del sistema fiscal, de la corte de justicia, de la salud, siguen intactos gracias a la “buena gestión”; destacan sobre un fondo de imprecisión que evitan solucionar crisis fáciles de prever.

La estructura financiera de la que se pueda hacer gala, la ciencia y la tecnología, la industrialización, la soberanía alimentaría, son insuficientes sin transformaciones profundas en las estructuras públicas y culturales en decadencia. Así la táctica no será mejor que la estrategia perdiéndose la gestión administrativa del gobierno.

Estancarse en el proceso de cambio trastorna las ideas y sostiene las tradiciones en la que se basa la buena gestión. El cambio es el crecimiento mismo, suma no sustituye, no acumula, transforma. Las actividades nacen, crecen y mueren en la fiebre de destrucción creadora descrita por Shumpeper:

“Para quien abandona un sistema, una residencia, unas amistades, un oficio, unas costumbres, el cambio puede ser desgarrador. Hay demasiadas ideas prescritas, demasiadas situaciones caducas, demasiadas técnicas anticuadas, demasiadas ciudades envejecidas. Y al mismo tiempo, hay demasiadas nuevas ideas, demasiadas situaciones inéditas, demasiadas técnicas, demasiadas ciudades sin raíces”.

La nueva modalidad revolucionaria no se parece en nada a las anteriores. No puede parecerse. En particular a las reformas realizadas por Lenin, necesarias para su época, hoy no se puede seguir esos lineamientos, pues, ya no hay como mantener ese orden, por ser fuente de inseguridad, corrupción, burocracia, sufrimiento y crisis revolucionaria.

Los ejemplos están a la vista: Los dramas en la educación, salud, vivienda, inflación, polarizacion política, ciudades en las que no se puede vivir por el desempleo, son todas imputables a visiones revolucionarias no actualizadas, demasiado cortas y a reflejos demasiado lentos por las buenas gestiones de los gobiernos revolucionarios.

Es fácil comprobar los problemas que se hubieran podido evitar. A pesar del crecimiento tenemos una imagen del gobierno estática; la agitación reformadora hace estragos en numerosos terrenos: nacionalizaciones y propiedad, constituyen un simulacro de adaptación, delata el nerviosismo de las estructuras de gobierno estancadas ante una evolución mundial demasiado rápida.

Una sociedad en fuerte crecimiento goza de libertad para definir su sistema, porque puede garantizar sus prioridades: redistribución incesante del trabajo y de capital, de manera que se le pueda dar, en cada momento de la expansión, la sociedad más productiva con movilización de recursos, no solo para proyectos sino para la administración del poder. Ya no basta consentir cambios aislados separados entre si por grandes espacios. En revolución hay que aceptar el hecho de vivir en el ceno de un cambio acelerado y constante con el fin de garantizar el proceso y estar preparados para la transición.

Para lograr una transición con crecimiento, el debate político con las bases es de gran importancia, de lo contrario, seriamos un país inmóvil de ideas que inmoviliza el proceso, en ella el pueblo dice: “si pero no”. En una revolución estancada los caracteres adquiridos y, sobre todo las presiones exteriores lo resuelven todo, de no pregúntele a Zelaya.

El crecimiento revolucionario requiere el abandono de derechos adquiridos, empezando desde el liderazgo hacia abajo. No hacerlo provoca una colisión entre un proceso estancado y unas técnicas en movimiento, sin embargo el “cambio destructor” no es un trastorno, es todo lo contrario, es un reajuste incesante que garantiza que no sea una revolución de repetición. Es parte del arte de gobernar.

Desde la llegada de Chávez, el nivel de vida de los venezolanos se ha modificado profundamente. Venezuela sigue siendo el faro de una revolución en marcha…pero a pesar de las predicciones que anunciaban un paulatino crecimiento, se sigue contando con los mismos votos. ¿Por qué? La razón más significativa es que el partido no sirva para nada fuera de las elecciones. El pueblo ve en el partido mil cambios de táctica y los mismos rostros, y el pueblo no ve el cambio moral de sus miembros en política, ¿Por que? Porque, ciertamente el presidente cuando constituyo el partido nos dijo que la alianza con el seria pura, lo mas transparente posible, con los demás no lo es, nunca lo ha sido.

Eso se sostiene 10 años después. La culpa es suya presidente Chávez, el abismo existente entre usted y los demás funcionarios así como el hueco entre el pueblo y las estructuras, es de su autoría. Y, eso es sumamente peligroso para el socialismo.



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Raúl Crespo


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