La trama cotidiana/Al pan pan y al vino vino

A los reformadores del siglo XVI se les atribuye la expresión que titula este escrito. La sentencia propone decir las cosas sin ambages. La frase gozó hasta hace poco de buena salud, pero ya fue olvidada.

Hoy prevalece un concepto antagónico: el eufemismo. Llegó a nuestro idioma desde el griego antiguo, euphemismos que significaba hablar bien, sin estridencias. Aunque siempre implicó algún trastocamiento de la verdad, su fin era estilístico más que conceptual. Pero las dinámicas, las retóricas del poder, el propósito de ablandar el pensamiento, la necesidad de engañar, fueron otorgándole otro sentido.

La gente que se cree superior, los racistas, los ignorantes con poder, les confirieron a determinados términos un doble uso: el de nominar y el de despreciar e insultar. Vocablos como enano, ciego, negro, cojo son ese tipo de palabras. Esa práctica, que era una expresión del status quo, se convirtió en algo inadmisible sin incidir mucho en la segregación o el sentimiento de desprecio.

Sustituyeron las palabras: se atacó la forma y se dejó intacto el contenido (aunque hubiese sido mejor al revés: reivindicar ese léxico y combatir los prejuicios). Así que se impuso la obligación de hablar bien, sin estridencias, correctamente como lo dicta el euphemismo. La policía gringa sigue asesinando, ¡perdón! acortando la estadía en la tierra de afroamericanos, en vivo y en directo. La segregación y la desigualdad siguen idénticas. Los políticos, la gente de poder, los entes decisorios del acontecer mundial perseveran en aplicar paños calientes y medidas populistas a los problemas de la humanidad. Eso sí, dicho sin estridencias, con corrección política y con mucha simpatía. Al pan pum y al dicho, circo.

Estas aguas tienen décadas pasando por debajo de los puentes. Se trae a colación en este artículo porque de tanta agua el eufemismo se ha convertido en una trama del día a día.

Lo que era exclusivo del teatro, cuyos argumentos navegan en diálogos llenos de subtextos, dobles sentidos, metáforas, imágenes sugerentes, de pronto ha sido igualado en cada esquina, cada conversación, cada discurso. Ninguna frase significa lo que parece querer decir, todas o esconden algo, o lo disimulan, o se refieren a otra cosa que hormiguea debajo de cada oración. Casi todo conforma una enorme nube envolvente, una atmósfera teatral que nos invade hasta en detalles imperceptibles.

Ya el pan y el vino no son metáforas, ni son símiles, ni son sueños, mucho menos pan y mucho menos vino, solamente son eso: eufemismos.

 



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