¿Otro aluvión? Otro sentimiento

No comparto el culto al Pueblo tal y como lo heredamos de la tradición romántica o en la tendencia literaria que en América Latina se llamó el modernismo. No veo por ninguna parte esos seres inocentes, puros, bondadosos, naturales, auténticos, bellos como flores o frutas, que aparecen en los cuentos de un Manuel Díaz Rodríguez o un Urbaneja Achelpol, autores que se leyeron alguna vez en el bachillerato y que hoy, salvo algún que otro poeta, hacen su hueco en el olvido. Sí descubro seres adoloridos, hambrientos, llenos de rabia o de oportunista esperanza en que la bolsa CLAP les resuelva unos pocos días. Veo un par de muchachos de 18 años cargando un cerro de cachivaches en una carrucha y una especie de triciclo oxidado, de un extremo al otro de la ciudad: unos 20 kilómetros a pie por la medida chiquita. La linda Barbarita (quien, violación y maltrato mediante, se convirtió en Doña Bárbara, una especie de pran del llano de principios del siglo XX) o la ingenua Marisela, que se derriten delante de un Santos Luzardo, civilizado y determinado caballero de la modernidad, no se parecen a las niñas de tetas rehechas por un presidente del BCV en Naiguatá, ni a la señora que le dio aquel jab memorable a Capriles. Lo que tal vez sí se parece a aquella narrativa modernista en la actualidad, son las turbas violentas con que el positivismo llenó su interpretación de nuestra historia, o incluso aquel Presentación Campos que una vez, en "Lanzas Coloradas", dividió a los venezolanos en dos categorías: vivos y pendejos; los primeros saqueando y lo segundos, rogando.

Ese pueblo literario aparece de vez en cuando en el discurso político democrático o revolucionario. Digamos que es el sello del populismo, de derecha o de izquierda. La modernidad convirtió al pueblo en masas: emocionales, irracionales, manipulables, caprichosas, mudables y lábiles. Varios teóricos conservadores europeos dictaminaron que a ellas les gustaba que las engañaran, porque no quieren verdades, sino vanas esperanzas, enamoramientos inconsistentes, pajaritos en el aire. Freud reveló que no era tan así, que, en todo caso lo que ocurría era que las inhibiciones de los impulsos, que a nivel individual tenían algo de control por la razón, en las masas son mucho menores. Precisó el maestro del psicoanálisis que por supuesto se podían manipular las masas, con dos mecanismos básicos: la identificación (él, el caudillo, es como yo o como yo quisiera ser) y el enamoramiento (él es tan bello, grande, brillante; me cautiva). Weber llamaría a eso carisma.

La modernidad, que produjo las masas con sus ciudades e industrias, intentó también aprovechar la fuerza de las masas, encauzándolas mediante las maquinarias partidistas. Estas logran procesar sus demandas sociales y políticas en consignas o programas. Pero, sobre todo, sirven para enrumbar las energías de masas en eventos especiales: revoluciones o elecciones. Para eso sirve tomar en cuenta las significaciones sembradas en estructuras como las familiares o las escuelas, las iglesias, etc. Hoy en día, también existen las tribus juveniles (desde los "gamers", hasta los "otaku"), los tejidos y enjambres de las redes sociales, etc.

Esto es el ABC de quienes saben de elecciones. Pero, a veces, ha ocurrido que las masas se desbordan y se producen "fenómenos electorales". Tal vez el primero fue aquella votación de 1946 por Rómulo Gallegos en la novedosa democracia, luego quizás Larrazábal, después los grupos que se identificaron con la figura de Pérez Jiménez en los sesenta; por supuesto, el primer y el segundo CAP, Chávez… Fueron casos en que las masas desbordaron los cauces de las maquinarias e impusieron situaciones inéditas. Claro estoy hablando de elecciones; no de explosiones sociales como la de 1989. Se parecen, pero no son lo mismo.

Con su labilidad, las masas van de un lado a otro, dan bandazos. Pueden ir de izquierda a derecha y viceversa en sucesivos procesos de conversión con pocas mediaciones, porque el impulso es la viva emoción, la pasión encendida. Es más, su principal emoción es la rabia, la "arrechera", derivada de la frustración profunda, y que se expresa en el voto en contra o el enamoramiento repentino de algún jefe o (por qué no) Jefa. Aquí resulta hasta fácil reconocer a los arquetipos del inconsciente colectivo: el Padre poderoso o la Madre tierna y amorosa. El desencanto y la decepción, la rabia, la frustración, la desesperación, son el alimento emocional de esos "fenómenos".

No se puede negar que hoy existe una preocupación, de parte de los políticos tirios y troyanos, con la posición que escala en las encuestas y las demostraciones de calle, de la candidatura de María Corina Machado. La política aprovecha sus rasgos característicos para diferenciarse: mantuana de cuna, una apariencia que evidencia buena papa durante muchas generaciones, abierta admiración y adulancia hacia los mandatarios norteamericanos, su clara defensa al capitalismo, sus propuestas privatizadoras hasta de PDVSA, su lema de ir "hasta el final" en clara alusión a castigar a la pandilla hoy gobernante. Sus asesores (algunos exizquierdistas que hasta citan a Trostky y Lenin) han destacado la importancia de la táctica de la polarización en estos momentos, que son también de decepción con la dirigencia opositora ya vieja y quemada por sucesivos fracasos, de la cual ella ha sabido deslindarse siempre. Aunque con tan solo leer alguno de los análisis de Ochoa Antich para darse cuenta de que ella aupó precisamente aquellas tácticas más desastrosas de inmediatismo e irresponsable línea insurreccional, o incluso de solicitud de intervención directa, militar, como le hubiera gustado a Trump.

¿Es un fenómeno como el de las derechas continentales o europeas? Habría que analizarse con detalle. Pero la señora sí se ubica claramente dentro de los parámetros de la derecha: neoliberalismo, elitismo. Incluso, tiene los rasgos de la derecha específicamente latinoamericana que, a diferencia de la europea o asiática, convierte un nacionalismo propio de las nostalgias imperiales (propias de un Putin, por ejemplo), en una abierta subordinación a EEUU. Aunque hay algunos gestos racistas, estas se disimulan cuando escucha las quejas de ese pueblo sufrido que, seguramente, se le parece a esos seres frutales de la narrativa de Díaz Rodríguez. Al conservadurismo reactivo y hasta un catolicismo ultramontano contra el feminismo y el movimiento LGBTQ de la derecha europea, propio de partidos como el español Vox, los sustituye con una oportunista apertura, recubierta de un catolicismo genérico. Hace un poquito de populismo al tratar de expresar cierta empatía con la masa y hasta tiene gestos de autoritarismo de caudillo, de "Mujer de Hierro" (los asesores lo tomaron de la etiqueta de Margaret Thatcher, nada menos, la destructora del sindicalismo inglés). No es estatista como el fascismo mussoliniano, por supuesto. Lo suyo es la iniciativa privada por todas partes. Y le sale natural y auténtico porque es burguesa de cuna.

Pues sí, la señora es justo el negativo de los malandros que hoy y que gobiernan y que son también una derecha, la peor, la que resulta de una degeneración malandra de cierta izquierda que una vez quiso ser y no llegó a nada. Si alguna cosa hay que cobrarle al chavismo es haber desprestigiado a la izquierda de esa manera, de una forma que costará muchas décadas recuperar el cariño y hasta el respeto de las masas. Esa nueva derecha autoritaria en el poder tiene sus cartas evidentes en su descaro de "ni por las buenas ni por las malas": abusar de su control del TSJ, inhabilitar electoralmente la dirigencia opositora por haber sido tan adulantes de la peor derecha norteamericana, hacer imposibles las primarias, quitarle la tarjeta al PCV para que no pueda haber expresión de la crítica desde la izquierda. Nada las detiene en su imitación de la barbaridad que quiere pasarse por sandinista en Nicaragua.

Las derechas en Venezuela, durante su historia, han creado su propia burguesía. En ese sentido, no son expresión de la burguesía como en la Europa quer analizó Marx. Así, el gomecismo, el perezjimenismo, AD y COPEI, y ahora el chavismo-madurismo, formaron sus propias burguesías a partir de diversas formas de apropiación de la renta. Admito que estas de ahora en el poder, se pasaron del disimulo al descaro. Ya lo dije.

Hagamos un ejercicio de imaginación e imaginemos un retorno (¿?) de la burguesía con la cara de esta señora. Por supuesto, que traería posibilidades de financiamiento de la inmensa deuda externa con el FMI. El precio ya lo saben: mucho más sufrimiento. Aunque ya el chavismo-madurismo nos ha entrenado bien a sobrevivir en crisis humanitaria permanente. Esto de recurrir a capital del FMI y norteamericano no se crea que implica negar las posibilidades del capital chino, ruso o brasileño. Para nada. Capital chino entró en los gobiernos de derecha de América Latina. Se trata de business y nada más. Aunque, claro, se profundizaría el peso de los Estados Unidos en las decisiones de un gobierno de la señora. Vendría la privatización de PDVSA. Continuarían la explotación ecocida del Arco Minero y los proyectos de Zonas Económicas Especiales. Tendría que haber un (difícil) entendimiento con los militares, aunque con el ejemplo de los sandinistas y Violeta Chamorro se puede avanzar. Ahora, para poder cobrar y juzgar a los delincuentes chavistas-maduristas haría falta fuerza adicional: dividir la unidad cívico militar chavista y un poco de amenazas con unas fuerzas "amigas" norteamericanas ayudaría.

¿Un aluvión electoral logrará esto? Falta mucho trecho por recorrer. Pero estábamos hablando de narrativas modernistas y de las otras.



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Jesús Puerta


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