Las falacias del aspiracionismo, el emprendedurismo y la meritocracia

Para la instauración del fundamentalismo de mercado y para el triunfo incuestionable del individualismo hedonista (https://bit.ly/3bi4vB1) fue necesario crear nuevas ideologías y horizontes culturales que abrieran un cauce (des)civilizatorio ad hoc al patrón de acumulación que comenzó a practicarse desde la década de los ochenta bajo las premisas de la moral utilitarista y anglosajona. Voces como emprendedurismo, empoderamiento, eficiencia, competitividad, meritocracia, entre otras, le dieron forma al credo que velaría por el nuevo espíritu del capitalismo finisecular. Como religión ansiosa de dogmatismos y feligreses ese nuevo lenguaje le dio forma a la narrativa que lo mismo justificó el arribo del "Estado mínimo", que justifica la riqueza o la pobreza, la felicidad o infelicidad, el "éxito" o el "fracaso" de los individuos.

Arrinconado el sentido de comunidad y defenestrados los grandes proyectos nacionales ideados con el pacto social de la Segunda Post-Guerra, ésta sub-cultura se arraigó a la par de la emergencia de la economía digital y el predominio alcanzado por el régimen cibercrático global (https://bit.ly/38tELk9 y https://bit.ly/3BRiPLE). Instaurado el fundamentalismo de mercado fueron dinamitados en el capitalismo los objetivos de integración social y movilidad ascendente, al tiempo que la pauperización tomó por asalto a la clase trabajadora y las nuevas desigualdades inundaron el escenario de las mismas sociedades desarrolladas.

Una renovada ideología filosófica post-moderna de la justicia se irradió bajo el supuesto de la igualdad de oportunidades sin reconocer las asimetrías y desigualdades consustanciales al capitalismo. "Unos triunfan, otros fracasan" en los cauces de la economía de mercado y llegan a ese resultado a partir de sus méritos y de su habilidad y capacidad para emprender y alcanzar la eficiencia, reza el precepto de esta religión cuya deidad es la empresarialidad y la ley de la oferta y la demanda. En cambio, quienes no se sujetan a esa moral son castigados con la pobreza, la marginación y la exclusión social.

Esta sub-cultura hegemónica del aspiracionismo, el emprendedurismo y la meritocracia raptó la noción de futuro e hizo de éste "un aquí y ahora" para eclipsar toda posibilidad de cambio social y de despliegue de la imaginación creadora al margen de las estructuras de poder, dominación y riqueza. Ni siquiera la universidad escapó de esa implacable ideología tras privilegiar el hacer por encima del conocer (https://bit.ly/3EHGQqg). Las asignaturas de filosofía, epistemología, metodología, lógica, ética, historia mundial o nacional, historia de las ideas, geografía, entre otras, fueron suplantadas por aquellas que incentiven la racionalidad tecnocrática de los business administration tanto en la empresa como en el sector público y el llamado tercer sector.

El consumismo fue el otro mantra que acompañó a este nuevo espíritu del capitalismo. Y lo hace bajo los designios de la publicidad, la obsolescencia tecnológica programada y la ficción del crédito bancario. A su vez, ese consumismo –además de conformar un nuevo sentido de la mutación antropológica (https://bit.ly/3v9Zao9)– funciona como anestésico ante la pauperización y la exclusión social, opacando toda posibilidad de gestar una conciencia de clase tras apostar a la atomización de la sociedad.

La desciudadanización y la despolitización de la sociedad es el correlato de esa sub-cultura y del (des)orden social que instauró desde la década de los ochenta del siglo XX. La atomización de la sociedad marchó a la par del social-conformismo, la orfandad ideológica, las ausencias del Estado, y del extravío de la política y la lucha por los derechos colectivos. Si el mercado impuso sus designios en el mundo entero fue porque la política claudicó como praxis transformadora de la realidad social.

De la certidumbre de contar con empleos estables, duraderos y regidos por un contrato colectivo se transitó a empleos flexibles, precarios, con contratos a tiempo parcial y sin dotación de prestaciones laborales universales. Ello afectó las expectativas y el estilo de vida de la clase trabajadora y de los estratos medios.

La irradiación del individualismo hedonista erradicó al "nosotros" (lo colectivo o el sentido de comunidad) y a "el otro" (la alteridad o la diferencia). Al tiempo que la competencia devino en rivalidad y en pasar por encima de quien sea y de lo que sea, y la eficiencia en capacidad para diezmar a ese "otro". A su vez, el complejo militar/industrial/digital/comunicacional convirtió al emprendedurismo en el deformado y deshumanizante arte del autoempleo y de la changarrización del proletariado bajo el lema de "todos empresarios" o "empresarios del mundo unios". En tanto que la meritocracia se usó para legitimar las desigualdades sociales y la concentración de la riqueza. Cabe destacar que para esta ideología de la meritocracia son un contrasentido las políticas fiscales progresivas y las políticas sociales redistributivas, sean ejercidas desde el Estado de bienestar o desde el Estado desarrollista.

Ejemplos de este individuo aspiracionista, emprendedor, empoderado, eficiente y ávido del mérito lo serían Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Steve Jobs, Elon Musk, Larry Page, Larry Fink, George Soros, entre otros. Se trata de personalidades pragmáticas, adictos al éxito, hábiles para los negocios y el riesgo, capaces de "competir limpiamente" bajo las "leyes del mercado", avariciosos y dotados de toda iniciativa y sin límites ni ataduras éticas. Los que están muy por debajo de ellos y que son altos ejecutivos o emprendedores por su cuenta, reproducen esta ideología y la llevan a su más acabada expresión trazando los contornos de un individuo caracterizado por su juventud o su jovialidad, su inventiva y su competitividad, así como por su actitud intrépida, egoísta, farandulera, de gran autoestima y motivación, y su vocación por "ganar dinero a costa y a pesar de lo que sea y de quien sea".

El correlato de esta sub-cultura nihilista es el social-conformismo y la sumisión o docilidad respecto a las estructuras de poder, dominación y riqueza. En tanto que la contraparte, el malestar en la desigualdad y con la desigualdad, no se atribuye a las nuevas formas de explotación, sino a decisiones individuales (empoderamiento) en las cuales no se aprovecharon las oportunidades que brinda el sistema económico y las reglas del juego. Entonces, el triunfo o el fracaso son cuestión de tomar buenas o malas decisiones y de tener o no agallas y escrúpulos para hacerlas valer. De ahí también lo que podríamos denominar como la dictadura autoimpuesta de la felicidad y los dispositivos de control que desde ella se despliegan (https://bit.ly/3k9rd1Z), así como las enfermedades y trastornos neuropsicológicos que supone esta misma industria de la felicidad (https://bit.ly/3mOKtmA y https://bit.ly/34OUiwy) .

Justo los engaños que envuelven a este nuevo lenguaje son encubiertos e invisibilizados con el carácter fetichista de la democracia (https://bit.ly/3L6b8ai y https://bit.ly/3HQfEaQ). Por lo que escapar de este nuevo espíritu del capitalismo solo será factible reivindicando el pensamiento crítico y modificando las relaciones sociales y las prácticas cotidianas que le son consustanciales a éstas y al despliegue de la ciudadanía.



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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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