Desafección política contra cultura cívica (y algo de bonapartismo)

En un artículo anterior ("Desafección política, bonapartismo y la presencia euroasiática"), intenté introducir unos conceptos al debate político actual. Propuse, en primer lugar, hablar de "desafección política" en lugar de "despolitización" (varios comentaristas han usado este último término, Miguel Ángel Pérez Pirela, por ejemplo). Esta escogencia tiene sus razones, que expondré a continuación. También abundaré un poco en este artículo, en la noción de "bonapartismo", la cual también viene a reunir y sustituir otras caracterizaciones del madurismo entendido como régimen político, en lugar de "degeneración burocrática", "autoritarismo", "dictadura militar", "militarismo corrupto" e incluso el de "cúpula burocrático militar" que yo mismo estuve manejando por un tiempo.

Propongo usar "desafección política" como el opuesto inverso del concepto de "cultura cívica", desarrollado por los sociólogos políticos (Almond y Verba, en primer lugar), como condición psicosocial para la democracia. Justo en este punto puede prenderse una discusión intensa. Estoy consciente de que esos autores cuando hablaban de "democracia", se referían al modelo anglosajón de democracia: Estados Unidos y, en segundo lugar, Inglaterra. Pero esta visión extremadamente ideologizada y parcial del problema, no niega las cualidades descriptivas del concepto. Una cultura cívica, como toda "cultura política", tiene tres componentes: uno cognitivo, otro, valorativo, y un tercero, emotivo. Este esquema se parece mucho al análisis de las actitudes en general, propio de las psicologías empiristas. Sólo por eso lo uso. El contexto ideológico (presentación del modelo anglosajón como único de la democracia moderna), por supuesto, lo discuto de principio. Pero será en otra oportunidad.

Lo que observo es que, desde el punto de vista cognitivo, el venezolano común ha estado, y sigue estando, muy politizado; no están hoy "despolitizado". Les llega mucha, quizás demasiada, información. La polarización, además, ha cargado mucho los aspectos valorativos y emocionales, hasta llevarlos a extremos patológicos. Se han construidos dos campos de referencia estancos, completamente diferentes para los dos grupos de seguidores. Lo que se dice, no se refiere a una misma "realidad". En algún artículo anterior, caractericé esta enfermedad de la comunicación entre los venezolanos: se han roto acuerdos básicos para cualquier comunicación: la semántica y uso de las palabras, el respeto al derecho del otro a opinar o decir algo, el supuesto de que hay alguna relación entre intención y comunicación, pues siempre se asume que el otro (el adversario político) siempre tiene objetivos ocultos o ulteriores en todas sus expresiones. En consecuencia, no hay acuerdo acerca de los métodos para comprobar las afirmaciones o informaciones. Todo ello resulta en la imposibilidad absoluta de acuerdos, incluso acerca de la percepción de los hechos. Y estoy hablando de la vida cotidiana.

En términos de información no ha habido cambios importantes. Lo que sí se evidenció, en la abstención, especialmente en la reducción del voto del PSUV, es que ha habido un cambio en el aspecto emocional y valorativo de las actitudes políticas. Hay otras evidencias, además de los cómputos electorales oficiales, constatadas directamente: las camionetas y autobuses que servirían (en un ventajismo abusivo a través del uso ilegal de los recursos del estado con fines partidistas; pero eso es otro tema) para "movilizar" el "voto duro", quedaron en muchos casos, sin usar. Los llamados dramáticos de los jefes, la prórroga sin haber colas, etc., también lo demuestran ¿Qué se evidencia allí? Ya no hay confianza, compromiso, mucho menos entusiasmo de parte de los votantes "históricos". Ni siquiera hubo disposición de los "duros" y hasta se presentaron situaciones de conflicto entre organismos del mismo aparato. Colapsó, en muchas circunstancias, el sistema autoritario del "mando-obediencia" semi-militar que ha privado en el PSUV. Funcionaron, en cambio, amenazas, coacciones directas o indirectas. Esto último puede que haya conseguido votos, pero esas conductas dejan secuelas negativas en los aspectos emocionales y valorativos.

Así, mientras la "cultura cívica democrática" indica información y conocimientos (aspecto cognitivo), valoración y sentimiento de deber (aspecto valorativo) y entusiasmo y confianza en las instituciones del régimen político(aspecto emocional), la desafección política es, justamente lo contrario: se mantiene la información, pero esta, más bien, contribuye al desapego de las instituciones; ya no se siente la obligación desde el deber, sino desde la conveniencia y la huida del peligro del daño, y, en cuanto a lo emocional, lo que hay es desgano, resentimiento, desengaño; cuando no tristeza, dolor, depresión o hasta rabia. Ojo: esos conocimientos, valoraciones y emociones se relacionan con los elementos del régimen político. Si este fuera democrático, se referirían a las libertades democráticas, los poderes públicos, etc. Como hablamos de la situación actual venezolana, se refieren al Partido, a su jefe, a sus delegados en el poder. O sea, al "bonapartismo".

Aquí llegamos al "bonapartismo". Marx en su libro "18 Brumario de Luís Bonaparte", analiza un período de dos años en la historia política de Francia, que va de 1848 a 1851. No es del caso comentar en detalle el libro; sólo deseamos, por ahora, puntualizar algunas características interesantes para nosotros. El bonapartismo se caracteriza por 1) un debilitamiento político de todas las clases en lucha (no olvidar nunca el concepto de "lucha de clases") a través de una serie de derrotas políticas; 2) la desintegración de las instituciones democrático-parlamentarias por errores sucesivos de cada partido (cada clase o fracción de clase), debidos a miopía política, que se convertían en "auto-goles" repetidos para su dominación; 3) emergencia en el poder bruto del Estado de una cúpula militar con un componente clientelar organizado en un "lumpen" y sectores empobrecidos, no obreros; que terminan por instaurar una dictadura, aprobada en referéndum popular, y confirmada por un golpe de estado.

Justamente, pienso que eso ocurrió en Venezuela. Esquemáticamente, puedo resumirlo así: 1) Debilitamiento de todas las clases en lucha, empezando por la dirección de la gran burguesía tradicional y los dueños de los medios de comunicación (1999-2004: o sea, la serie de paros patronales, golpe de estado, paro petrolero, referéndum revocatorio, abstenciones, "guarimbas"), seguidos por los partidos políticos "reencauchados", de estirpe socialdemócrata y democristianos, que representarían a la mediana y pequeña burguesía (a partir de 2006, con los sucesivos agrupamientos de la oposición partidista: Coordinadora Democrática, MUD, G4-Guaido). Pero entre los derrotados está también la clase obrera, con las reducciones sistemáticas de las contrataciones colectivas, la imposición de bonos, la represión de dirigentes, pero sobre todo, la cooptación al Partido de los sindicatos (y demás formas organizativas populares a nivel comunitario) por la intervención directa del gobierno. Todo esto respaldado por la imposición de una cultura autoritaria, de lealtad personal al jefe ("Fuhrer-prinzip" fascista), que, en sí, es una derrota a las clases populares y a la democracia.

En cuanto a la desintegración de las instituciones democráticas, comenzó por la violencia hacia la Constitución de 1999 con la frustrada reforma de 2007, la enmienda subsiguiente, la creación de "protectores" de los estados; luego, la designación viciada de los magistrados del TSJ en 2015, una vez que la oposición ganara las parlamentarias de ese año, la invalidación de las elecciones en Amazonas y la declaración del desacato de la Asamblea Nacional, que anuló todo un poder público, luego de las amenazas de confrontación con el Ejecutivo (error táctico evidente de la oposición). La convocatoria, también inconstitucional, de la Constituyente remató a la Constitución, cuando se estableció un organismo que reunía todos los poderes, por encima de la propia Constitución y las leyes. La última Ley Antibloqueo no es más que el entierro de la Constitución, al ungir al Presidente con poderes extralegal y extraconstitucional para liquidar los activos de la Nación y echar para atrás las estatizaciones del tiempo de Chávez.

El tercer rasgo, la emergencia del poder bruto de una cúpula militar, con un respaldo de una clientela empobrecida (Marx habla del "lumpen"; hoy y aquí, ese lumpen son los militares corruptos, los "bachaqueros" contrabandistas, la nueva burguesía enchufada, las conexiones del Poder con el crimen organizado) y una burocracia omnipresente, es evidente, y constituye la tendencia más evidente. El asunto es que este "bonapartismo", que pretende representar a toda la Nación, en medio de una pugna internacional entre superpotencias, ahora ensayará un nuevo régimen económico basado en más exacerbación del rentismo, a través de la liquidación de los activos de la Nación a los capitales extranjeros, especialmente chinos, rusos, iraníes y (¿por qué no?) norteamericanos, canadienses, etc.

Por supuesto, sobre esta nueva estructura, se levanta una "superestructura" de leyes y una cultura propia, marcada por el autoritarismo, un "culto y lealtad personal al Jefe", y un antiimperialismo vacío, que ha terminado por manchar todo el ideario socialista y de izquierda. De alguna manera, la desafiliación política le es funcional a este nuevo orden de cosas. Jesús Seguías dice que Maduro va hacia un "socialismo capitalista tipo China" con aprovechamiento geopolítico de la emergencia del bloque euroasiático. El detalle es que el PSUV no es, ni de lejos, el PCCh.

Pero un principio de la dialéctica es que nada se mantiene fijo, todo cambia, y a partir de sus propias contradicciones. Veremos en sucesivas entregas, como veo esto.







 



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Jesús Puerta


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