Insomnio en Miraflores

Para los inquilinos de Miraflores dormir ha dejado de ser una prioridad, obligatoriamente han tenido que encontrar nuevas fórmulas que les permitan recargar baterías para continuar su "épica" batalla contra el imperialismo; no es momento de relajarse, cualquier descuido puede ser la diferencia entre las mieles del poder y los laberintos del infierno.

Son muchas las cosas que deben rondar por las atolondradas cabezas de Nicolás Maduro y su corte perversa; imágenes que serían poco agradables para cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad: niños famélicos, pacientes crónicos al borde de la muerte por falta de tratamiento, miles de compatriotas hurgando en los basureros para poder llevar algo a la boca, la sangre de cientos de jóvenes valientes regada en el asfalto por el solo hecho de reclamar libertad y democracia, otros cientos de presos políticos torturados en cárceles insalubres, el cuerpo inerte y sin vida de Fernando Albán arrojado al vacío desde lo alto de un edificio, familias separadas por la diáspora más grande en la historia de nuestro continente; son elementos para quitarle el sueño al más pintao, mas sin embargo, la principal preocupación de los opresores de hoy no son esos escabrosos detalles, que para ellos solo representan un calculado daño colateral. Su perturbación se refleja fundamentalmente en el despertar de la esperanza colectiva de la gran mayoría del pueblo venezolano, y de la aparición de un líder joven e inesperado que ha dado al traste con sus planes de perpetuarse en el poder por tiempo indefinido.

Por primera vez en mucho tiempo el régimen luce acorralado, sorprendido por una jugada que tal vez no esperaban, o sencillamente subestimaron a los actores en contienda; porque si algo está claro es que su aparato de inteligencia conocía con antelación que Juan Guaido iba a ser investido como Presidente de la Asamblea Nacional, lo cual seguramente les pareció una buena noticia; la asunción al frente del parlamento de un dirigente sin mayor proyección y sin el carisma y liderazgo necesarios para cautivar a una población aletargada y desmoralizada les caía como anillo al dedo; la posibilidad de otro año sin mayor sobresalto a lo interno, como en 2018, donde a pesar del inmenso número de protestas sociales no vieron amenazada su hegemonía sostenida por la cúpula de la fuerza armada y por la instauración de un estado policial en toda su esencia.

Pero esta vez la suerte no ha estado del lado de Nicolás Maduro y su cúpula corpomilitarista. El curso vertiginoso de los acontecimientos ha desnudado su absoluta fragilidad, sin apoyo popular y cercado internacionalmente solo se mantiene usurpando la primera magistratura por la complicidad de menos de una decena de altos oficiales que han preferido defender sus granjerías y privilegios en contra del clamor de un pueblo ansioso de un cambio radical en la conducción del país; ellos, y la cúpula madurista son los únicos culpables de la agonía diaria que padecen millones de venezolanos. Me imagino que la cúpula militar entregada a Maduro tampoco pueda dormir tranquila; saben que no lograran escapar del juicio de la historia, que al final del cuento terminaran pagando por todo el daño que Maduro y sus compinches han provocado al glorioso pueblo de Venezuela. Para Padrino López y su combo la frase "defender la patria y sus instituciones hasta perder la vida si fuese necesario" se ha convertido en palabras vacías, en retorica para justificar lo injustificable, ya negociaron su juramento, vendidos como judas por unas míseras monedas de plata.

Lo de Juan Guaido es una avalancha, un tsunami; millones de venezolanos responden sin chistar ante el llamado del joven a veces parco que les habla con franqueza, que mide sus pasos y sus palabras, el hombre que se atrevió a asumir la responsabilidad que todo el país reclamaba. Mientras, en Miraflores se cierra el círculo, se han vuelto erráticos, nadie cree en los tambores de guerra de Diosdado, todos saben que será el primero en huir, en esconderse, como ya lo hizo el 4 de febrero de 1992, y, en abril de 2002; es un cobarde consumado, sus altisonantes discursos se quedan sin audiencia, no tiene escapatoria, para el Capitán solo se trata de huir hacia adelante. El inefable Jorge Rodríguez intenta mostrar su sonrisa más sardónica, pero tampoco le sale, acaso una tímida mueca se muestra dudosa en la comisura de sus labios; el psiquiatra maneja los tiempos, y sabe que el suyo se agota irremediablemente.

Nicolás estudia sus escasas posibilidades, nadie en el mundo se cree su llamado a dialogo, todos saben que se trata de la búsqueda desesperada de tiempo, y eso es precisamente de lo que no dispone el pueblo de Venezuela; su salida es innegociable, de allí parte todo, casi 30 millones le estamos gritando que nos entregue el carguito que se robó, no estamos pidiendo favores, lo despedimos y se va.

Esta semana los minutos de sueño del usurpador se verán más limitados, escasos, escasísimos, un brutal insomnio se apodera de todos sus sentidos, aletargado ve pasar los días, días que lo conducen directo a un callejón sin salida, un callejón que tiene como fecha el sábado 23, el día señalado para el ingreso de la ayuda humanitaria, donde millones de venezolanos se aseguraran que la misma traspase las fronteras nacionales para socorrer a los más necesitados, para quienes no hay opciones ni chances. Ese día la fuerza armada tendrá que decidir entre seguir obedeciendo a un dictador o cumplir el sagrado juramento de defender la patria. No hay espacio para medias tintas, el momento es ahora.

En Miraflores el café humeante no falla, es el energizante necesario para los inquilinos que corretean de un lugar a otro como zombis insomnes, nerviosos; el reloj de arena ya se ha puesto en marcha, irreversible; esa frase macabra, odiosa y repulsiva ahora los golpea a ellos, a la cúpula que destruyo al país más rico de América Latina.

Maduro teme echar una pestañita, cerrar los ojos para dormir es una invitación a pesadillas siniestras, a lugares oscuros y tenebrosos. El heredero de Stalin tiene miedo, sus pesadillas lo ubican en un lugar reducido, donde apenas puede mover su obesa figura, donde unos fríos barrotes lo separan del mundo, donde ya no puede hacer daño a nadie más.

El agotamiento termina por derrumbarlo, por fracciones de segundos, minutos tal vez. De pronto despierta sobresaltado, mira a su alrededor y sonríe sin ganas, sabe que su futuro está marcado por la fatalidad, por la derrota, que será a su vez la victoria de Venezuela. Saca fuerza de flaquezas e intenta mostrarse erguido, vacila, su corte lo observa atentamente, ellos también están pensando en su futuro inmediato. Nicolás intenta articular una orden, pero no le sale, se siente cansado, pero esta consiente que no puede dormir, no ahora. Solo le queda pedir otra taza de café.

Leisserrebolledo76@gmail.com



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