Tendencias para el 2019

Por supuesto que es imposible realizar pronósticos precisos. No somos astrólogos ni brujos. El despliegue de tendencias paralelas y que eventualmente se niegan unas a otras, lo impide. Igual alimenta la falibilidad de cualquier prospección, nuestra propia desesperación e ignorancia general y, en particular, acerca de las intenciones y cálculos ocultos de los actores y la escasez de evidencias de ciertos procesos que causa la indecisión de los mismos protagonistas. Aún así, puede ser útil al menos enumerar ciertas tendencias cuya culminación puede colorear los acontecimientos del año por nacer.

En el mundo interconectado de hoy, es inevitable comenzar por considerar la dirección de los sucesos internacionales. Aquí parecen más evidentes las cosas: continuará la “guerra fría” entre la alianza euroasiática (Rusia y China) y los Estados Unidos. Las recientes caídas de la Bolsa de Wall Street, acompañadas por sombríos pronósticos y la información de las intenciones de la reserva norteamericana de continuar aumentando los intereses, anuncian que la recesión volverá a predominar en el panorama económico del mercado mundial capitalista, en pleno reacomodo. El imperio norteamericano, con cada vez más claros signos de declinación, encabezado por un gobierno acuciado por sus propios errores, una oposición creciente y la profundización de las dificultades económicas, puede ser llevado a respuestas aventureras ante el debilitamiento de lo que es todavía su principal columna de sostenimiento: el predominio militar estratégico. Las “retiradas” norteamericanas en algunas regiones, pueden ser suplidas por aliados con relativa autonomía (Israel, Arabia Saudita), que se proponen sus propias guerras “calientes”. El dólar continuará perdiendo su hegemonía en las zonas de influencia de las superpotencias emergentes que han asumido la política de basar su intercambio comercial con sus principales clientes (sus aliados y cercanos, como Irán, Turquía y la India) en las respectivas monedas nacionales (yen, rublo, etc.). Ya desde hace años, China y, muy atrás, Rusia, son los principales acreedores de los países de América Latina, región donde ya la respuesta popular al neoliberalismo, concretada en los gobiernos “de izquierda” de la primera década del 2000, se ha retirado, dando espacios a una respuesta de derecha, plegada completamente a los designios de Washington.

Es este reacomodo del capitalismo mundial el que pretende aprovechar, con cierto oportunismo geopolítico, el gobierno de Venezuela, para conseguir sobrevivir ante el colapso de su modelo rentista-populista-autoritario, y el aislamiento y la agresividad diplomática de un bloque de gobiernos latinoamericanos, encabezado por los Estados Unidos. Si bien, desde hace por lo menos un par de siglos que todo enfrentamiento político serio de apariencias nacionales, es, en última instancia, también un conflicto internacional, el caso venezolano es muy peculiar porque un sector de la oposición derechista parece alimentar planes de “gobiernos en el exilio” que, para abandonar su condición ficticia, requeriría una fuerza militar (o, por lo menos, de acción violenta interna) que todavía no se ha construido. Si revisamos la experiencia histórica, siempre los “gobiernos en el exilio” requieren una base armada en el interior del país. La oposición derechista venezolana no tiene siquiera capacidad de movilización masiva de sus bases.

Así, presenciamos un peculiar equilibrio de recursos de poder (coacciones formales o legales, amenazas políticas, propaganda por todos los medios) donde ninguno de los dos polos puede imponerse definitivamente sobre la otra; en el que una parte controla (o son) las fuerzas armadas y la burocracia estatal fundida con un partido de bases clientelares, y la otra se halla dispersa, dividida, profundamente desorientada entre líneas y perspectivas contradictorias, aunque pudiera representar una amplia mayoría de rechazo. Esta situación ha cristalizado en una suspensión indefinida de la institucionalidad con un poder de facto o dictatorial (en el sentido de sobre cualquier ley, incluida la Constitución) que, de todos modos, se muestra incapaz de superar las graves disfunciones que carcome su hegemonía, sobre todo una crisis económica sin precedentes, por la cual hemos caído de tal manera que ya tenemos la mitad del PIB de 2014 y la producción petrolera, prácticamente el único producto de exportación, se ha reducido a un mínimo histórico.

En las últimas semanas, han aparecido indicios de algunos cambios en el “estado de ánimo” del bloque en el poder. Se ha posicionado una suerte de “madurismo crítico” (Escalona, Jaua, Rodríguez, Rangel, entre otros dirigentes medios), correspondiente a un creciente malestar de las bases organizadas en los CLAP y las UBCH partidarias, que ha puesto sobre la mesa, no sólo la crítica a la corrupción, la ineficiencia y la admisión de “graves errores” (el peor, la tolerancia a la corrupción en los altos mandos, desde un momento muy temprano del período chavista), sino la nueva posibilidad de un acuerdo, al menos con un sector de la oposición.

La oferta de la negociación es interesante. Que la Asamblea Nacional retome sus funciones, a través de la solución electoral de la representación de Amazonas y una recomposición del CNE, no sólo resuelve el “impasse” institucional que ha dado lugar a esta dictadura por un “vacío de poder institucional inducido”, para decirlo con un chiste, sino que abre las puertas a un camino inevitable: el refinanciamiento de la insoportable deuda externa. Es decir, le conviene al sector “realista” de la oposición, para dejar de cifrar sus esperanzas de retomar la acción  política en lugar de soñar acceder al poder por la vía de una intervención extranjera; le conviene al gobierno burocrático-militar para asegurar cierto respiro a la maltrecha economía nacional, mediante la entrega de los recursos minerales y petroleros del país al capital transnacional (ruso y chino, pero también canadiense, norteamericanos, etc.). Incluso, podría haber un desenlace honroso a ese sainete denominado pomposamente “Asamblea Nacional Constituyente” que, al parecer, sólo sirvió para detener unas manifestaciones callejeras, por lo demás ya controladas por las fuerzas represivas.

Vladimir Villegas informó, a mediados de noviembre, que los contactos ya se estaban realizando, con la participación entusiasta del llamado “grupo de Boston” y el vampiresco gobernador de Carabobo. Por supuesto, no tengo idea de cómo van esas conversaciones. Me llama la atención que pocos días después de los anuncios de Villegas, aparezcan las declaraciones de Jaua y, unos días más tarde, nos hayamos enterado de las opiniones de Isaías Rodríguez y José Vicente Rangel cuestionando la efectividad de la Constituyente para atender a los problemas del país y realizar la única tarea que le es propia: hacer una nueva Constitución de la cual nada se sabe. En la misma onda, Julio Escalona se lanza un discurso que es asumido por parte de la base madurista como expresión de las cuitas de las bases de Jobs militantes, el sufrido rebaño que se aferra a su fe a pesar de que la desgracia económica y las cada vez más numerosas evidencias de que todo ha sido una mamadera de gallo.

Apostar a estas conversaciones es jugar a ciegas, claro. Sobre todo porque hay otros acontecimientos que nos abruman, como la represión a una dirigencia sindical que se ha atrevido a levantar su voz contra el engaño, así como esa cotidianidad urgente de la hiperinflación y el empeoramiento de los servicios públicos, sobre todo el problema del agua y la electricidad.

Lo que resulta claro como la luz del sol, es que aquí no ha habido revolución, que desde hace tiempo se perdió la voluntad de hacerla en aquellos que las circunstancias colocaron como herederos del inmenso capital político de Chávez, que el país agoniza en medio del colapso del modelo rentista populista exacerbado con la corrupción galopante, que la oposición es más una gran arrechera que una política. En otras palabras, cada vez es más obligante la necesidad de la construcción de otra referencia política y un nuevo pensamiento político.



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Jesús Puerta


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